martes, 5 de junio de 2018

"Doll face". Buscando las palabras...

Ilustración realizada por Sara Jiménez, 1º de Bachillerato. IES Valmayor
Comparto con vosotros una actividad muy interesante con la que hemos puesto el broche al curso académico. A partir de las imágenes del vídeo Doll Face, los alumnos se han lanzado a escribir un texto, experimentando con su forma e intención, para plasmar en él las sensaciones o ideas que se hubieran despertado en ellos. 

Con distintos estilos, todos han sabido formular una dura crítica contra los estereotipos de belleza y el consumismo alienante. Os dejo una selección de textos de 1º de Bachillerato y uno de 2º de ESO. 




El espejo de Nora
Por Niko González, 1º Bach.

En el cuarto de Nora ya no había rastro de su perfume y la luz cálida que hasta hacía un par de segundos iluminaba la habitación estaba ya apagada. Si alguien hubiese tocado las teclas de su pequeño piano de madera, probablemente habría sonado desafinado. Y rendida en la alfombra, se encontraba la niña, como si de ella emanase una atmósfera de penumbra. Su rostro parecía inerte.

Nora volvió a alzar la mirada para ver que, frente a ella, continuaba ese espejo reflejado en sus lágrimas. Una lámina enmarcada que rompió la magia y que nunca debía haber estado ahí, descansando sobre una de las paredes de su cuarto.

Se acercó lentamente al espejo. El camino le pareció interminable y, cuando por fin consiguió tocar el cristal con el dedo índice, la bestia que en él se reflejaba le desgarró con sus zarpas el brazo, hasta llegar a la muñeca, por donde la tomó, arrastrándola después al vacío.





3, 2, 1...
Por María Partida, 1º de Bach.

Mi estructura, mi cuerpo sale de una caja.
Una caja donde me siento presa, mi mente y mi cuerpo están presos. Mi mente en forma de televisión imagina mi yo, mi verdadero yo.

Me quiero acercar un poco y un poco más. Casi estoy.
Esta imagen que rebota contra mi mente se presenta con una piel impecable, con toques rojos sobre las mejillas, los ojos perfectamente dibujados bajo el color de las sombras, un rojo potente sobre mis labios…

Sin embargo, ¿soy yo o simplemente soy la persona que quieren que sea? ¿Dónde queda mi interior?

Pienso. Pienso y recapacito, ¿por qué?
¿Por qué las mujeres estamos sometidas a seguir un canon? ¿No somos igual de bonitas sin maquillaje? Pues sí, te lo aseguro.
No quiero vivir más así. Destruyo mi sueño de sentirme “normal” y aceptada por la sociedad.
Y a cambio noto algo. Ha merecido la pena.
Libertad, sí, ese maravilloso sentimiento.
Qué bien sienta sentirse libre, no seguir ninguna norma, no hacer caso de nada, elegir qué hacer y qué decir.
Me siento única, preciosa, maravillosa. Una MUJER.

Ahora sí, brillo más que nunca. Nada ni nadie me va a parar. Este es mi momento.




Apariencias
Alejandra Fernández, 1º Bach.

¿De dónde has sacado esos pantalones? Ya no se llevan.
¿Cómo puedes ir así vestida?
¿Y esas ojeras? Tápatelas, te hacen súper fea.
Ponte un poco de colorete, estás súper pálida.
Con los ojos tan bonitos que tienes… Te quedaría mejor un poco de rímel.
¿Y ese pelo? Plánchatelo, liso te queda mejor.
Los tacones estilizan las piernas. ¿Qué más da si luego te duelen los pies?
Estar cómoda es lo de menos. Para presumir hay que sufrir.
¿Qué más da cómo te sientas?
Al fin y al cabo, lo físico es lo que importa.

Vivimos en un mundo de apariencias, donde todos seguimos una serie de estereotipos marcados por la sociedad. Una serie de objetivos que queremos cumplir. Cuánto más cerca creemos estar de ellos, más nos alejamos, pero de nosotros mismos, de nuestra propia identidad.

Y, casi sin darnos cuenta, terminamos teniendo dos vidas, paralelas y completamente diferentes, la propia y la que aparentamos tener.

Aparentar.
Vivimos gastando dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para impresionar a gente a la que no le importamos.
Pensemos, ¿de verdad merece la pena?
Dime, ¿realmente así eres feliz?



Deshaciéndonos del yo
Por Sanae El Kadi, 1º de Bach.

Vivimos, si se puede decir que lo hacemos... Porque no vivimos para nosotros, sino para la gente. Vivimos en un mundo de engaño, donde el yo vale más que cualquier otra cosa, aunque para completarlo haya que contar con el visto bueno de todos los demás.

Caminamos midiendo pasos, midiendo miradas que nos contemplan, oyendo susurros que en realidad no existen, pero que pretenden convencernos: “Si el de en frente es mejor, adelante, supéralo”.

Levantarse un día más, abrir los ojos y ver desvanecerse los sueños.
Hay que comenzar, sí, comenzar a prepararse, no para mí, sino para la gente.
Un día más, la sociedad no me puede esperar. Tengo que darme prisa, prisa para deshacerme del yo y convertirme en ella, porque, según dicen todos, ella es mejor.
Empecemos pues a destruirnos.   



Atrapada
Por Por Amina Achehbar, 1º Bach.

Abro poco a poco los ojos, acostumbrándome a la luminosidad de la habitación. Los restriego y observo.

Pantallas y pantallas me rodean. Otra vez he aterrizado en el mundo de los estereotipos, ese que tanto evito. Me levanto del suelo y me analizo. Llevo una vestimenta diferente de la que recuerdo, unos tacones de aguja, una falda dos dedos por encima de la rodilla y una blusa con los primeros botones abiertos.

Arrastro las manos hasta mi cara. Está embadurnada de esa asquerosa pintura tras la que se esconde mi verdadero ser. Intento quitármela, como otras veces he hecho, pero es imposible.

Camino alrededor de la sala, centrándome en las miles de pantallas con las que quieren mostrarnos cómo deber ser una sociedad perfecta.

Hay un momento en que mi mirada se encuentra con otra. Me acerco y veo cómo una chica, idéntica a mí, se refleja en la pantalla. Está sonriendo, luciendo asquerosamente feliz, sin ningún rasguño, ninguna imperfección, como “toda una señorita”. Ya lo sé, no es real, no es de verdad. Es otra de las mentiras a las que tan acostumbrados estamos.

Intento alejarme, pero ya es demasiado tarde. Unos brazos metálicos salen de la pantalla, hago un intento de escaparme, pero, aun así, logra alcanzarme. Y lo siguiente que recuerdo es que ahora soy la chica "perfecta" que antes mostraba esa pantalla.



Muñecas de porcelana
Por Carmen San Nicolás, 1º Bach. 

Desde hace mucho, mucho tiempo, se nos enseñaba a estar en casa como muñecas de porcelana, la piel blanca y lavada, sin un rastro de maquillaje, como si estuviésemos encerradas en un castillo. Pero, al final lo conseguimos, conseguimos abrir esa puerta. Abrimos los ojos y vimos la sociedad, nuestra vida y la del mundo que nos rodeaba.

Desde que se creó la televisión a principios del pasado siglo, nos mantuvimos así, con la piel pálida. Tal vez sentíamos un poco de rubor, pero a escondidas y sin que se notase mucho. Cada vez iban saliendo mujeres más bellas, aunque con la tez más morena, un color de labios más rosa y más impactante. Poco a poco se fueron creando unos nuevos cánones. Avanzamos, tensando más y más la cuerda que nos separaba de ese castillo de donde habíamos salido. Pero queríamos, sí, queríamos parecernos a esas bellas mujeres que salían por la televisión; queríamos ser como ellas, porque así seríamos felices, o eso creíamos...

Llegamos al final, al final del mecanismo, hasta el punto en el que las imágenes que ansiábamos alcanzar se iban alejando más y más de nosotras. Ya no podíamos seguirlas. Iban demasiado rápido, tanto que el mecanismo terminó rompiéndose y, con él, nuestros sueños de ser como ellas. Caímos y nos rompimos en mil trozos por haber querido ser muñecas de porcelana.

Dayana
Por Arancha Calvo, 1º Bach. C
Hola, soy Dayana. Y no, no soy un robot.
Soy una mujer como otra cualquiera,
Sí, como cualquiera.
Si soy así es gracias a la sociedad en la que vivimos,
Que tira de nosotros para decirnos cómo debemos ser,
Cómo hay que ser para encajar.
Pero todo se me complica cuando no puedo tirar más de mí, cuando no doy más de sí y ya no me guían. Ahora es mi turno y tengo que empezar a ser yo misma, aunque a mí no me enseñaron a eso. Quizá por eso me siento rota, vacía... Ahora es el momento de aprender a ser yo misma.





Copias
Por Jamila Amerziane, 2º ESO

Siempre tendemos a copiar lo que está bien visto por los demás, lo que interesa a la sociedad, lo que llama la atención...

Pero nunca nos paramos a pensar cómo engañamos a nuestro cuerpo y a nuestra mente haciéndonos creer que eso es lo que nos gusta y lo que realmente queremos ser. Tememos la opinión de los demás, el qué pensaran de mí.

La mayoría nos comportamos como robots, programados para copiar lo que vemos, lo que creemos que gustará y no lo que nos gustará a nosotros y lo que nos hará felices. Finalmente, si se seguimos haciendo lo que la sociedad nos impone y no lo que nosotros queremos, nos acabaremos rompiendo por dentro. Comprenderemos quizá entonces que hemos dejado de ser nosotros mismos. Nos hemos convertido en una copia de otra copia que terminará convirtiéndose en otra copia.


Resulta bastante triste sentirse obligado a cambiar por alguien a quien no le importamos, porque la gente que de verdad nos quiere lo único que desea es vernos felices y satisfechos.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Mis musas, las maestras




No sé qué me pasa últimamente, pero no me siento muy motivada, así en líneas generales y, más particularmente, a la hora de escribir. No me quiero dejar arrastrar, aunque siempre se ha dicho que la creatividad es una cuestión de inspiración, ¿dónde estáis musas, que me tenéis abandonada? Nada me mueve y la sensación me deja con el corazón estancado. Quizá, si pusiera más interés por la actualidad informativa y viese el telediario de vez en cuando, podría llegar a sentir indignación ante la desvergüenza de muchos de los personajes del panorama social y político, alentándose desde mis entrañas un fogonazo contestatario que termine por despertarme ya de este sopor existencial mío.

Veo que mi compañera de trabajo, muy querida y admirada por otra parte, luce en su mochila de profesora un pin con la bandera de la República española. Raquel celebra su cumpleaños  este sábado, día 14 de abril, orgullosa de soplar velas el mismo día en que se conmemora la proclamación de la II República Española. Mi amiga se considera una firme defensora de que nuestro país se transforme radicalmente e instaure la tercera y definitiva república que, según ella, nos proporcione un sistema verdaderamente democrático, en el que prevalezca la justicia, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley que debe ampararnos, más allá de nuestras diferencias culturales, religiosas, ideológicas o económicas.

La escucho con mucha admiración, porque veo que sabe mucho y muestra conciencia política y social. Yo, que pertenezco a la generación postfranquista y nací un año antes de que se firmase la Constitución Española, crecí escuchando en casa lo bueno que había sido nuestro anterior rey, Juan Carlos I; todo eran elogios a la hora de valorar su papel institucional en la denominada Transición, pues, según nos han contado, supo conciliar posturas, dar cabida en el  nuevo escenario democrático a todas las posiciones políticas, incluso a las que durante décadas tuvieron que vivir en el exilio y fueron perseguidas en razón al color de su bandera.

Me declaro muy ignorante en muchos aspectos relacionados con la historia reciente de España. Quizá lo sea porque en los años que tuve que estudiarla había muchos temas que seguían tratándose de manera muy edulcorada, y a veces sectaria, pero también por cierta dejadez . Creo que mi actitud habría sido bien distinta si la vida me hubiera puesto en el aprieto de tener que sufrir en mis propias carnes las consecuencias de las injusticias, del reparto desigual de las riquezas, que encumbra a una minoría y arrincona a tantos, esposándolos a una realidad socioeconómica en muchos casos insostenible. La tibieza de pensamiento se tornaría indignación, furia interna incontrolable, si hubiera sentido que mis derechos y libertades han sido quebrantados por algún grupo de poder, ya sea el Estado o por parte de los llamados poderes fácticos…



He leído algunos textos sobre la II República. Creo que entiendo, en líneas generales, cuál fue el propósito republicano después del reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera. Reconozco, sin embargo, que me he perdido en la maraña de acontecimientos políticos que se sucedieron en los dos bienios que abarcó la segunda República “en paz”, entre republicanos-socialistas, el partido republicano radical, la Confederación Española de Derechas Autónomas, la Revolución de 1934, que representó la insurrección anarquista y socialista y el posterior Frente Popular, que, tras las elecciones generales de 1936, solo pudo gobernar cinco meses, hasta que el 18 de julio de ese mismo año tuvo lugar el golpe de Estado por una parte del ejército que desembocó en la guerra civil española. Por no hablar de la llamada segunda República en guerra, de 1936 a 1939.

Llegados a este punto me doy cuenta de que no es nada fácil bucear en el pasado y comprender las razones y sinrazones que conducen a un país a una guerra. Creo, de hecho, que fue entonces, en aquellos tres años terribles, donde terminaron de forjarse, a fuego lento y ensañado, las etiquetas, los colores, los prejuicios que han mantenido enfrentados a los ciudadanos de este país: rojo, morado, azul, fascista, comunista, franquista, derechas, izquierdas, y otras heredadas, marxistas, leninistas, anarquistas… No quiero ni entrar a descrifrar qué significa ser una cosa o la otra. Yo he terminado convirtiéndome en una mujer adulta, con cierta instrucción, del siglo XXI, sin el resguardo de ninguno de esos paraguas, aunque quizá sí a la sombra del que eligió mi familia para significarse políticamente. Mis padres, que vivieron la represión franquista y estudiaron Geografía e Historia en los últimos años de la dictadura, se declararon siempre firmes defensores de la democracia y de la Monarquía constitucional que se instauró con Juan Carlos I y continua, de momento, con Felipe VI…

Pero quiero pensar que el concepto de República tiene mucho más calado y trasciende las banderas y la cuestión política e institucional (tendré que seguir madurando en este sentido mis posiciones como ciudadana comprometida que aspiro a ser). Porque yo miro a Raquel, observo su trato con los alumnos, escucho sus opiniones sobre lo que debe ser la escuela y su análisis de la realidad educativa y veo en ella a una mujer comprometida con su trabajo, que está convencida de que la educación debe ser pública, de todos para todos, porque todos tenemos los mismos derechos, porque la educación es un derecho, y veo que ella, como otros tantos compañeros a los que me honra haber conocido, ofrece lo mejor de sí misma al alumno pobre, al rico, al que tiene dificultades en el aprendizaje y al que se le desborda el intelecto, a la chica peleona que despotrica contra todo, a la muchacha del pañuelo, al chaval de trato amable y al que osa, desde la más supina ignorancia, cuestionar la calidad de un texto de García Lorca. Me gusta su espíritu crítico y me encanta escucharla hablar de cuestiones muy candentes y actuales, como el feminismo. No sé si comparto todo cuanto ella defiende, pero sí sé que contar con ella, con su visión del mundo, de la vida, de la educación, de la literatura, resulta del todo estimulante y enriquecedor.

Y como ando en este momento vital tan confuso y no daba con el aire que quería darle a este texto, pensé que sería buena idea comentarle a Raquel que tenía que preparar para mi próxima reunión de Empiñadas algo relacionado con la República. Le estuve hablando de que tenía en la cabeza hablaros de las Sinsombrero, nombre con el que se conoce a la generación de mujeres pintoras, poetas, novelistas, ilustradoras, escultoras y pensadoras, que a través de su arte y activismo desafiaron y cambiaron las normas sociales y culturales de la España de los años 20 y 30: Teresa León, Ernestina de Champourcín, María Zambrano, Rosa Chacel, Maruja Mallo, nombres silenciados de la historia oficial de la generación del 27, entre muchos otros… y pensé en ellas porque hacerlo significaba querer entender su contexto histórico, que abarca los años de la dictadura de Primo de Rivera, la República y la guerra civil.

Aunque a Raquel creo que le pareció interesante la idea, sobre todo porque los profesores de Lengua y Literatura llevamos años queriendo reivindicar los nombres de todas estas mujeres como legítimas representantes de la clase intelectual española de aquel momento, me sugirió un tema si cabe más oportuno. ¿Por qué no hablas de las maestras de la República? Así podrías mostrar qué representaron las ideas republicanas para la educación…

Aunque los entresijos políticos e históricos que sustentaron la República me hayan resultado difíciles de asimilar, así en una primera lectura, mi compañera me hizo ver que había una cuestión mucho más próxima a mí y que, sin lugar a dudas, constituye el punto de partida para cualquier propuesta ideológica que pretenda enarbolar la bandera de la libertad y la igualdad entre las personas. 


Uno de los grandes compromisos sociales de la democracia de la Segunda República fue la educación, pues solo acercando el saber y la cultura a todos los ciudadanos sería posible asegurar una sociedad libre e igualitaria, con criterio para elegir su destino desde el mismísimo conocimiento de causa. El objetivo era configurar el estado docente, que llevaría la enseñanza a los rincones más remotos del país para construir una sociedad más justa, equitativa y solidaria.

Las maestras de la República, o sencillamente republicanas, tuvieron un papel principal en este propósito, pues participaron de forma comprometida y valiente en su desarrollo material. En aquellos años 30, estas profesionales representaban el modelo de mujeres modernas e independientes. Ellas serían las responsables, en buena medida, de la construcción y difusión de la nueva identidad ciudadana, al educar a su alumnado en los valores de igualdad, libertad y solidaridad, tanto a través de la transmisión en los contenidos en las aulas como, sobre todo, con su ejemplo personal. Algo que nos suena ahora a rabiosa actualidad, al colmo de la reivindicación de la educación en valores, fue ya una realidad hace más de setenta años. Estuvimos en el camino de convertirnos ya, a comienzos del siglo XX, en la sociedad moderna en la que aún hoy aspiramos a convertirnos.

Estas maestras trabajaron con denuedo en las aulas de todo el país desde el más absoluto compromiso con la igualdad social y de género. Como nos cuentan en el documental que se les ha dedicado y que os recomiendo, fueron conscientes de que cada paso que daban representaba el dibujo del camino por el cual otras transitarían". Se embarcaron en los viajes de estudios, participaron en las Misiones pedagógicas, ocuparon puestos de dirección en los colegios y formaron parte de organizaciones sindicales, políticas y asociaciones feministas y ciudadanas. Fueron pioneras en diversos procesos de innovación y prácticas pedagógicas que abrían las aulas a una metodología activa y participativa. Sentaron las bases de una propuesta educativa que actualmente consideraríamos del todo revolucionaria y que, en caso de que nuestro sistema de enseñanza la incorporase, nos conduciría, casi con toda seguridad, a un éxito rotundo en materia de educación. Ríase usted de Finlandia.

Porque creían en la igualdad derribaron los muros que separaban a los alumnos y alumnas, apostando por la enseñanza mixta y laica, pues creyeron que así era posible compartir intereses y conocimientos desde la igualdad, dejando de lado los condicionamientos sociales, culturales o religiosos. 

Este ambicioso proyecto pedagógico quedó interrumpido tras la guerra civil, con la represión ejercida por el bando vencedor sobre el ejercicio del magisterio por parte de estas maestras. Se intentó acabar con ellas tanto física como simbólicamente, persiguiendo los valores de igualdad y autonomía que representaban.  Además, con el franquismo, se produjo una intolerable injerencia del Estado y la Iglesia en lo referente a la enseñanza, con el consiguiente menoscabo en el ejercicio de la función pública docente. Durante la dictadura, no ejercieron el magisterio los mejores profesionales, sino aquellos, a veces de dudosa preparación, elegidos por su afección al nacionalcatolicismo.

Afortunadamente, en los últimos cuarenta años mucho han cambiado las cosas en materia de educación. Hay, sin embargo, diversos aspectos que precisan de una profunda transformación, sobre todo en lo referido a la metodología y la cuestión pedagógica, pues todavía en nuestro siglo se sigue pretendiendo que todos los estudiantes respondan a un único perfil académico, a un canon a veces inalcanzable. La atención a la diversidad conforma un capítulo cada vez más importante para quienes legislan; lo mismo ocurre con el apartado referido a la educación en valores. No podría ser de otra manera, pues una sociedad moderna y plural como la nuestra debe velar por que cada uno de quienes la conforman tenga acceso a una educación que le permita convertirse, en condiciones de igualdad y libertad, en ciudadanos activos y participativos en la vida social, económica y política de nuestro país.

Somos muchos los profesores comprometidos con este objetivo, doy fe de ello, pero hay unos pocos que parecen traer el testigo de quienes, en otro tiempo, defendieron ya los mismos ideales. Mi compañera y amiga Raquel es una de estas maestras de hoy que trabajan para reivindicar el derecho a una educación pública que garantice los principios de igualdad y libertad, pues solo de esta manera podremos decir que vivimos en una verdadera democracia. Ella y las maestras de la República han terminado por convertirse en mis musas; han venido a despertarme de mi sopor, a darme un nuevo contenido y ganas renovadas para ilusionarme con lo que de verdad me mueve e ilusiona, ser maestra, y por lo que parece, republicana.

martes, 1 de mayo de 2018

Tristeza de otras vidas

Orfeo y Eurídice

Me traen tus ojos tristeza de otras vidas,
Huelen a hierba cansada de ocre y lluvia.
Dibujas con el lápiz de la negrura
la leve sonrisa que apenas sonríe.

Me sabe a ceniza tu piel enjugada,
a fruta demasiado madura la lágrima
que te atraviesa e ignora el camino de vuelta a la herida.

Me inunda de hastío recibir tu mirada,
Me llega tu amor secuestrado
que a un tiempo me seduce y me mata.

Yo no sé qué secreto encierran tus cejas, arco y sombra
de un sueño antaño irisado,
convertido hoy en párpado crepuscular
donde duerme y te acuna
quien sin sueño
llora contigo la negra amargura.

Vuelva a ti la luz,
Sal ya de ese extraño mundo;
sigue las notas de mi voz y mis pasos;
dormirán a tus furias
y te salvarán de la bestia
y de la insondable oscuridad.





domingo, 1 de abril de 2018

El abrazo eterno


Hay órbitas destinadas a esquivar el repetido camino, el previsible horizonte elíptico que nos acerca y aleja del sol, que nos obliga a consumir inviernos soñando con otras estrellas.

Se cansó de girar con los ojos cerrados. Venus detuvo sus pasos y esperó al guerrero, el del corazón de fuego y la mirada encendida. Un mundo los separaba, cielos inmensos, aguas hechas de tiempo ya ido, selvas inexploradas de silencio convertido en desierto.

A Marte no le importó. Dio tres pasos al frente y se olvidó del camino. Desde allí, la miró traspasando un planeta entero, con los brazos llenos de amor. Aprendió a respirar, a caminar, a nadar, para recorrer la oscuridad y encontrarse con la tintineante luz que impaciente lo espera.

Dicen que se alinean cada mil años la diosa y el guerrero, que se funden más allá de la Tierra que los separa, hasta dejarse sin aire. Palpita el corazón bajo la curvatura de su pecho y siente el de él arderle por dentro. 

Retumba desde entonces el eterno abrazo
que hizo tambalearse al universo entero.

lunes, 29 de enero de 2018

Cuando el Homo dejó de ser sapiens. #DíaDeLaPaz


30 de enero de 2018

La violencia es a veces silenciosa y consigue enraizarse allá donde nadie la espera ni desea jamás. Se impregna maliciosamente en el lenguaje, en los gestos y miradas de nuestros jóvenes, los mismos que un día tomarán el testigo y tendrán que velar por  nuestro futuro, por nuestra evolución...

“¿Os acordáis de mi primera clase? En ella os explicaba cómo y por qué aparece el lenguaje humano; la capacidad lingüística surge como consecuencia de la inteligencia. Hasta que los primeros homínidos no contaron con un cerebro lo suficientemente desarrollado no apareció el lenguaje, la posibilidad de comunicarse con otros miembros de la especie a través de la palabra. La comunicación humana ha ido perfeccionándose desde entonces a medida que los individuos y las sociedades que estos han constituido han evolucionado. Así que nuestra lengua, la que estudiamos en esta clase, es espejo de nuestra inteligencia, de manera que es preciso y necesario cuidarla y formarnos en su correcto uso, pues ella nos permitirá dar forma lingüística a nuestro pensamiento y será el vehículo de entendimiento con otros. Esa debería siempre ser el arma para resolver cualquier desencuentro”.

“Por otra parte, pensad que en esas primeras etapas de la vida del hombre, cuando ya se le puede llamar “Homo sapiens”, y en las que no existían las naciones ni las banderas ni las religiones ni las lenguas, si me apuráis igual ni los nombres, no había etiquetas. La vida giraba en torno a un objetivo común, subsistir como especie, no sucumbir a los avatares del ciclo natural del planeta, no desaparecer. Habría disputas, no lo dudo, pero por cuestiones relacionadas con el mantenimiento del “ciclo sin fin”, la cadena trófica.

El hombre descubrió el fuego, inventó la rueda y comprendió las inmensas posibilidades que para él había en el mundo. Durante miles de años nos hemos diversificado, hemos evolucionado y afortunadamente hemos alcanzado cotas insospechadas de desarrollo que nos alejan de las cavernas. O no.

Se nos ha olvidado que seguimos formando parte de la misma especie, que deberíamos estar velando por asegurar nuestra pervivencia en el planeta. En la era de las comunicaciones globales, la palabra, el lenguaje humano, no parece ser muy útil para asegurar la convivencia entre los pueblos. Se ha abandonado el objetivo común; cada pueblo, el pequeño en el que vivo y la nación más lejana, busca su propio interés, sea del tipo que sea. Levantamos banderas; apelamos a la lengua, a la religión, al dinero (por tenerlo o por carecer de él). Las guerras del pasado parece que no han servido para aprender que hay caminos que es mejor no transitar. Tal es la soberbia humana que hemos terminado por olvidar que somos caducos, que nadie se va de este mundo con riquezas ni ideologías, pero que sí deberíamos preocuparnos por dejar un lugar habitable para las generaciones venideras.


Así que, chicos, yo no sé de política ni de Historia, pero repasando todo lo que os he contado, quizá deberíamos pensar en “involucionar” un poco, volver a los orígenes, a cuando no había banderas, países ni lenguas para recuperar la consciencia y ver cuál debe ser el objetivo de nuestra especie: sobrevivir. Yo estoy por hacerme “Homo sapiens”, mirad lo que os digo”. Cuando por fin he terminado de hablar (me han escuchado atentos y lo he agradecido), la más habladora del grupo ha puesto la guinda, justo antes de sonar el timbre, con un “pues yo también me hago Homo Sapiens de esos, profe”.

viernes, 24 de noviembre de 2017

La lágrima en el beso

Dibujo de Gloria Gallego

Se me ha caído un beso
delante de tu boca;
me tembló el pulso y la sonrisa
y, justo cuando tendría que haber
fruncido los labios
para silenciarte y envolverte,
me interrumpió una palabra
que me vino de dentro,
para nombrarte y pedirte un pañuelo.
La muy inoportuna se me adelantó
para secar la náufraga lágrima
de mi pobre y espachurrado beso.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La redondez del mundo


En la cóncava caricia de tu mano en mi pecho cabe la redondez del mundo,
toda su luz,
la inmensa noche
y el trémulo gesto
que mágicamente nos une,
como la gravedad que me clava al suelo.

Se expande el universo
en este breve espacio
para acercar los cuerpos,
diluir las almas
y lanzarnos así al cielo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Sueño en ocre

Dibujo realizado con la técnica Sumi-e por Elena Margarita

Caes en suave balanceo, trémula, insegura, como quien no quiere llegar ni posarse.
La rama es ya solo una evocación; queda lejos ahora su savia y cobijo; atrás, los cálidos días de reunión en torno al cielo.

Surcas la llovizna de esta tarde de octubre,
Te capitanea la brisa racheada, empeñada en evitar tu descenso. Te me escapas airosa, huidiza, pues tampoco tú quieres tocar el suelo.

Ven al lecho y descansa, que ya volverán las primaveras. Sueña en verde, que despierta tu alma de hoja; duérmete en mi ocre, que calienta los cuerpos y los reposa.

Dibujo realizado con la técnica Sumi-e por Rosa Espín

lunes, 23 de octubre de 2017

A la sombra de tu nariz

Ilustración de Gloria Gallego

A la sombra de tu nariz

Podría dormir recostada en tu sonrisa,
Acurrucada sobre el lado del corazón y, así, desde allí, ver el mundo a la sombra de tu nariz.

Sería amplio mi lecho, de comisura a comisura, en días alegres, podría estirarme hasta tocar tu mejilla. Me gusta la curvatura de mi cuerpo arqueado sobre tus labios.

Solo siento que, mientras sueño en tu boca, no puedas verme, tan altos y lejos tus ojos.
Una pena, así de cerca tus pestañas y no poder siquiera tocarlas.

Gloria Gallego

viernes, 20 de octubre de 2017

Ventanal con vistas


Mañana me reuniré con mis amigas y vecinas, las "empiñadas" en escribir. El tema que nos convoca en esta ocasión resulta muy sugerente, amplio y bello. "Desde mi ventana" debe ser el título del texto que cada una haya creado y que leerá al respetable auditorio...

Ahí va mi ventanal con vistas:

Queridas amigas:

Hoy es viernes. Hace apenas un minuto eran las 10,30. Aún se oye un murmullo en los pasillos del instituto, algún alumno díscolo empeñado en andar zascandileando en vez de en su aula, su pupitre, que siente como su prisión.

Estoy en el departamento de Lengua, en mi hora de atención a padres. Hoy no ha venido nadie, de manera que he podido sentarme a pensar, a disfrutar de mi primera mandarina otoñal y, así, sin quererlo, en el gesto recostado sobre el sillón en el que me hallo, mis ojos se han sentido atraídos por la luz exterior que me llega a través de la ventana.

Después de los amagos tormentosos de principios de semana, terminamos, a dios gracias, con una mañana clara y templada. Sólo se aprecian algunas nubes de recovecos grisáceos en el horizonte, encaramadas en lo alto de las montañas que desde aquí se divisan.

El primer edificio que sobresale sobre los demás es la iglesia de Valdemorillo, que debe ser bastante antigua, y que se localiza en el centro del pueblo. Alrededor de la torre se condensa el rojizo de los demás tejados. Más allá, ya se extiende el verde, ininterrumpidamente, hasta El Escorial. Veo desde mi ventana nuestro pueblo y sé que, al fondo, aunque no pueda apreciarlo con nitidez, se levanta el regio Monasterio.

Nunca pensé que pudiera llegar a acostumbrarme a estos paisajes serranos y a sus cambios de escenario estacionales, del marrón de noviembre al blanco y gris invernales y el verde intenso y frondoso de mayo. Lejos quedan mi mar, las palmeras, limoneros y llanuras semidesérticas de plástico. El tiempo todo lo ajusta. Ahora sé que estoy donde debo y necesito. Aquí están mi hogar, mi trabajo y mi remanso de paz.

Todo esto pienso mientras miro y contemplo el mundo desde mi ventana, pero, si en vez de posar la mirada en los confines que hay detrás del cristal, me asomo por mi ventanuco interior, el que conecta con el laberinto de mi alma, sé que podré quedarme igualmente absorta y reflexiva. Os diré que, desde aquí, en este momento vital que quiero pensar que se encuentra en la mitad del camino de mi vida, puedo divisar con perspectiva, y desde la madurez de mis cuarenta recién cumplidos, los acontecimientos del pasado; soy crítica conmigo misma y con mi historia, pero me siento satisfecha con todo lo cosechado hasta el momento, a golpe de esfuerzo, a golpe de suerte.

Ahora, al mirar mi horizonte interior, lo que más valoro, sin duda, es la sensación de libertad que me embarga; me siento dueña de mis designios, segura de mis principios. Por primera vez en mucho tiempo, no siento angustia ante el devenir de la vida. Doy la bienvenida a cada día como una oportunidad para crecer, para aprender, para ofrecer lo mejor de mí misma y enmendar mis desatinos. No me hace zozobrar la inquietud de no saber qué será de mí mañana. Nadie lo sabe. No es bueno sufrir por lo que aún no ha pasado.

Si tuviera que elegir colores para decorar este mundo mío, el de dentro, creo que elegiría tres, azul, verde y amarillo, en su versión más tenue. Retratan mi calma y buena energía. Quizá haya algún día borrascoso, pero habré de difuminarlo a pinceladas.

La paz de este instante parece que será en breve interrumpida. Realmente no me importa, pues este bullicio estudiantil que ameniza mi día a día es realmente otra de las grandes fuerzas por las que me siento movida en este momento. Con mis alumnos descubro nuevos paisajes a diario. Intento mostrarles el mundo desde mi ventana, la de profesora, de fondo verde y marco de pizarra. Lo que allí escribo, el mensaje que retrato, confío en que pueda llegar a convertirse en un complemento más para la decoración de su futuro escenario vital. Quizá, cuando un día se sienten a mirarse por dentro, recuerden a quien les abrió la ventana por primera vez.

Suena el timbre. Cierro el cristal, por si mañana llueve y ya no estoy.

jueves, 12 de octubre de 2017

Esperando a Samuel

StreetArt, publicado por @QuéGraffiti en Twitter


Avanza el calendario sin sentir; día sobre día terminó yéndose definitivamente el verano y este octubre, cálido y extraño como nunca, nos ha colocado ya en medio del primer trimestre.

Las caras de los chavales comienzan a resultarme familiares; sus nombres, poco a poco, están grabándose en el disco duro de la memoria. Adrianes, Alexandrus y Alejandros, Paulas, Marías varias, Aminas, Sofías y Fátimas o Pablos... Muchos sustantivos propios para interiorizar y volver a olvidar, algunos repetidos a lo largo de los años, pero con distintos rostros. 

Unos pocos, a veces, se quedan para siempre, como registro de una experiencia profesional o humana que debe trascender y ser recordada. Va conmigo por ello el recuerdo de mi primera Alejandra (¡Suerte con tu oposición, campeona!); de José Ángel, el primero de mis alumnos que estudió Filología Hispánica y es hoy un graduado con menciones honoríficas; María, mi artista, la alumna que cumple ya su sueño estudiando el Bachillerato de Artes; o Rubén, a quien todo el mundo daba por perdido y que ya ha culminado la primera fase en su formación profesional (¡Que no me entere que decae el tema, chaval!); Marius, de coco resuelto y prometedor profesional del arte de la persuasión; Rocío, aspirante a alcanzar metas y que pronto dará el campanazo, o Marcos, "el filósofo", que aún debe darse la oportunidad de lanzarse por el camino de las letras sin complejos, para demostrar que el mundo no está solo hecho de cifras y códigos binarios.

Pero sigo buscando, sin éxito, a Samuel, mi Samuel. Llevo tres años sin verlo. Regresa constantemente a mí su imagen y el recuerdo de aquel año en el que me tocó en suerte trabajar como profesora y tutora de un grupo específico de educación compensatoria. Yo no era la indicada; no estaba ni estoy cualificada para ello, pero así son las cosas, hay que trabajar al dictado de quienes organizan y disponen, muchas veces de manera arbitraria, quién enseña, qué enseña, dónde lo hace y a quién dirige sus esfuerzos.

Ya referí en una entrada del blog, a propósito de otro alumno que conocí aquel año, en qué consistía este tipo de agrupamiento escolar. Para formar parte de un grupo como este, los alumnos deben reunir dos requisitos, por un lado haber repetido al menos dos cursos, con el consiguiente desfase académico, y, por otro, estar en riesgo de exclusión social. 

Para algunos de los alumnos que fueron propuestos ese año ya era la segunda vez en compensatoria. Sin embargo, para Samuel y para mí supuso una experiencia totalmente nueva, un reto que, al principio, a mí, en calidad de docente y tutora, me pareció inasumible. 

Mi predecesor como responsable del grupo era profesor de Plástica, especialista en Bellas Artes; mi especialidad como docente es Lengua y Literatura. Ninguno de los dos contábamos con los recursos didácticos y pedagógicos apropiados para enseñar a chicos que, aunque oficialmente estuvieran matriculados en 1º de ESO, presentaban un nivel académico de 3º, 4º o 5º de Primaria, según los casos. 

El equipo docente seleccionó para mi clase once alumnos (diez españoles y un rumano, todos de etnia gitana). La mayoría de ellos había estado durante largos periodos de su educación Primaria sin escolarizar. Hay que puntualizar que no estamos ante niños con deficiencias intelectuales; en muchos casos tienen un gran potencial. Son víctimas de la dejadez familiar, de la falta de perspectivas de futuro que su propia comunidad les plantea en el horizonte, víctimas de un entorno económicamente desfavorecido, del prejuicio social…

Lo más desolador de la situación no es descubrir que un chaval de instituto no sepa leer o dividir, o que ignore casi todo del mundo que le rodea. Lo que más me impactó desde el principio fue su absoluta indiferencia hacia todo lo relacionado con la escuela. “Profe, yo no necesito estudiar. Me voy “a la chatarra o a la fruta” o “a mí no me hables de multiplicaciones, que yo ya estoy pedida, me voy a casar y sólo vengo para que no nos quiten la ayuda y no venga la policía a buscarnos…”. 

Así que, con ese espíritu, suena el timbre, entran al aula, se acuestan sobre la mesa, sumidos en la modorra, la desidia y el enfado, en un gesto de rebeldía ante lo que consideran un encierro, un tremendo castigo, tantas horas allí con alguien (la "paya" de la profe) que no sabe ni cómo enfrentarse al panorama. 


Y, precisamente, en ese poco halagüeño contexto me encontraba aquel otro otoño, cuando conocí a Samuel, "el gitano rubio de ojos azules, que quién diría por su aire infantil y candidez respecto a los demás compañeros que iba a ser también carne de cañón para la implacable presión de grupo, la de su comunidad, la del prejuicio y la cruel etiqueta.


Transcurrieron los primeros días de curso, y Samuel, junto a Nano, otro chavalín del barrio, aún a medio hacer, afortunadamente, y por ello rescatable, eran los únicos que asistieron a mi clase más de tres días seguidos. Ambos se concedían, con el visto bueno de sus padres, un día más de descanso que añadían al fin de semana, así que el viernes era para mí un día de soledad y frustración profesional.

Cuando venían, Samu y Nano terminaban mostrándose accesibles a las actividades que yo les iba proponiendo. No podía ser muy ambiciosa; si hubiera llegado a clase con los libros de texto al uso o con altas expectativas respecto a los contenidos, directamente me habrían mandado a paseo (bueno, ellos no lo habrían dicho así), de manera que tuve que adaptarme y muchas veces improvisar para "atacar" su materia gris sin que ellos descubrieran mis armas e intenciones. Aprendimos a jugar al ajedrez, nos atrevimos con decenas de "cruciletras"; hicimos manualidades a pesar de lo mal que se me dan  a mí las cuestiones plásticas y también leíamos...



Al final del primer trimestre, Samuel se me acercó inquieto; quería preguntarme cómo podía hacer él para sacar un sobresaliente (decía que nunca había tenido uno). Le contesté que, si esa era su intención, no tenía más que acompañarme a la biblioteca del instituto y comprometerse a leer al menos un par de libros y demostrarme, eso sí, que la lectura había sido provechosa (se me olvidó comentar que mi alumno tenía un nivel de lectura espectacular teniendo en cuenta su edad y nivel académico. No sabría apenas nada de sustantivos y verbos, pero leía con una velocidad, entonación e intención admirables). 

Aquel mes de enero comenzó su procesión, cargado de libro, del instituto a su casa y de su casa al instituto. Era su único material escolar; no llevaba ni mochilas ni libros de texto ni estuches; todo se quedaba en el aula para asegurarme de que, llegado el caso de que quisieran  trabajar, disponíamos de todo lo necesario. Así fue cómo Samuel decidió llevarse el libro de la biblioteca envuelto en una bolsa verde de mercadillo, bajo el brazo, jurándome y perjurándome que no se le caería en ningún charco ni circunstancia callejera.

Fue tanto el interés que vi en él en aquella época que me lancé a querer explicarle contenidos, de aquí y de allá, unos de gramática, otros de sociales, otros de ética o geografía. Había muchas lagunas por cubrir y era preciso aprovechar su repunte de entusiasmo. Yo le hablaba y él, a ratos, parecía aburrirse como una ostra, pero, a veces, se le iluminaban los ojos y parecía estar viendo el mundo desde otro prisma, extraño y apasionante (por desconocido) para él. Y, en una de esas, un día en que quise explicarle cuestiones relacionadas con los verbos, sus tiempos, aspectos y modos, Samuel me interrumpió de repente para decirme: "Ay, profe, no sé qué me pasa... Cuando tú me explicas, hay veces en que siento... No sé cómo decir... Siento como que me crece el cerebro... Siento hasta que me duele y todo...". Y entonces se me paralizaron a mí los sustantivos, adjetivos y endemoniados verbos. ¿Qué podría contestar? "Bueno, Samu, no te apures, que esto del cerebro debe ser como cuando uno hace deporte la primera vez después de mucho tiempo, que siente agujetas porque los músculos han hecho un sobreesfuerzo...".


¡¿Qué más podía decir la profesora?! Este chico era un diamante en bruto, una semilla esperando el riego oportuno... Seguimos leyendo, "Manolito Gafotas", "Los Futbolísimos", fragmentos adaptados del "Quijote" con los que terminaba rulado de risa porque aseguraba pode imaginarse a Sancho y Don Quijote en el pasaje de los batanes o luchando con molinos confundidos con gigantes. Aquellas sesiones se convirtieron en mi bálsamo contra la frustración que me provocaba ser profesora en aquel contexto tan adverso.

Poco antes de la primavera, Samuel decidió leer un libro de los propuestos en los listados de lecturas de 1° de ESO, uno de un autor de literatura juvenil, "El asesinato de la profesora de Lengua", de Jordi Sierra i Fabra. Tanto le gustó que lo primero que hacía cada día era hacerme la sinopsis de lo que iba ocurriendo en aquella historia de alumnos curiosos y profesores provocadores. "¡Cómo mola, profe!". ¿Sí? -le contesté-. ¿Y te gustaría entonces que escribiésemos una carta al autor, contándole tu historia y cómo has llegado a emocionarte y disfrutar de su libro? 

-¿Y crees que nos contestará?

Silencio... "Bueno, no perdemos nada, ¿No crees? Y, si lo hacemos, aprenderás cómo escribir una carta y te ayudará en tu sobresaliente... ¿Cómo lo ves?


Los dos nos vinimos arriba y nos dispusimos en nuestros ratos de soledad, que eran muchos dado el absentismo del grupo, a escribir aquel correo, aprendiendo a manejarnos con el ordenador e internet. Yo busqué en Google una dirección a la que poder mandar aquella misiva a Jordi Sierra i Fabra, poco confiada en que nuestro atrevimiento pudiera obtener respuesta.

¡Cuál no sería mi sorpresa el día en que encontré en mi bandeja de correo electrónico un mensaje del mismísimo Sierra i Fabra! En el primero que nos mandó nos expresó lo entrañable y extraordinaria que le había parecido la historia de Samuel y su afán por sacar sobresalientes, aun a pesar del "dolor de cerebro". Prometió que, tan pronto pudiera, escribiría una carta a mi alumno, para poder contarle con detalle su propia historia de niño. Y así lo hizo, a los pocos días, aplaudiendo los esfuerzos de Samuel por superarse, animándolo a seguir trabajando y transitando por el camino de los libros. Jordi le contó que cuando él era niño también tuvo que luchar y superarse (era "muy tartamudo", según refirió); se dedicaba a vender pan seco y periódicos viejos para ganarse dos reales y poder alquilar un libro ¡cada día! Los devoraba en apenas dos horas. Nos aseguró que todas las lecturas de su infancia y juventud le terminaron convirtiendo en lo que es hoy, a pesar de que la maestra que le cayó en gracia lo llamaba "inútil" y aseguraba que sería un fracasado. "¿Sabes que te envidio? Lo tienes todo por delante, un mundo entero. Pero depende de ti que sepas aprovecharlo", añadía Jordi. ¡Qué contentos nos pusimos Samuel y yo con aquella carta! ¡Qué importantes nos sentimos en aquel momento! 

Una de las frases que más gracia le hizo al chaval fue aquella con la que el escritor le decía que le había impresionado saber que sentía como que le crecía el cerebro cuando leía, "pero no me río -proseguía Jordi-, que así son las cosas y la vida misma a veces duele. No te detengas porque sientas que se te gasta el cerebro y, si hace falta, alquílate otra cabeza! Saber te da felicidad, porque entiendes de qué va esta película en la que estamos. Ignorar es morir en silencio".

Aquel episodio representó para la profesora y el alumno un soplo renovado que nos animaba a seguir con nuestro propósito lector. Una ilusión quedó en el horizonte, la invitación personal que Sierra i Fabra hizo a Samuel para acudir a la Feria del Libro de Madrid y poder así conocerse en persona. Samuel ignoraba qué era aquello de la Feria o dónde estaba el parque de Retiro del que le hablé para explicarle dónde se celebraba el evento. Aún quedaban unos meses para el encuentro; creí que todavía tenía tiempo para ilustrarlo y mantener viva la llama que había quedado prendida en su interior.

No nos duró mucho la alegría. Los primeros días después de la anécdota, Samuel no paraba de hablar del tema con algunos compañeros y, según me contó, en su casa trataba de explicar a los padres lo que le había pasado y lo importante que era ese señor que le había escrito. "Pero, profe, mi madre es una ignorante y dice que no me quiere verme tratar con señores mayores desconocidos, que vete a saber qué quieren de mí...". "No seas duro, hombre, tu madre, como todas las madres, solo intenta protegerte de lo desconocido, porque teme que pueda sucederte algo. Yo intentaré convencerla".

No pudo ser. No hubo forma humana de hacer ver a aquella familia que en la vida de su hijo se había abierto una ventana nueva al mundo, que ahora se sentía motivado para seguir descubriendo cosas en los libros e intentar ser algo más que vendedor de naranjas en un mercadillo.

No pudo ser tampoco con los demás compañeros de clase, que ejercieron una brutal presión de grupo sobre Samuel, haciendo chanza sobre su gusto por la lectura, por andar siempre con la profe en la biblioteca, como si aquello le restase puntos en su condición de proyecto de hombre gitano. Se ve que lo gitano andaba reñido con la cultura, el saber y la idea de un futuro prometedor. Y así fue cómo, poco a poco, terminaron entre todos minando los ánimos de mi pupilo, que en unas semanas ya había terminado por alejarse de mí; me rehuía; agachaba los ojos cuando le preguntaba por los libros; comenzó a ausentarse de las clases y a hacer piña con los más díscolos de su grupo.

Me costó aceptarlo y, hasta el último día, no cejé en mi intento de conseguir que Samuel viniera conmigo a conocer a Jordi a la Feria del Libro. Les dije a sus padres que, aunque fuera sábado, pasaría a recogerles al barrio y les acompañaría hasta el Retiro. El día de antes les llamé para confirmar nuestra cita; con una improvisada excusa de la familia terminó muriendo mi ilusión. Tuve que acudir sola a la caseta en la que Sierra i Fabra firmaba libros; habría sido poco educado faltar a su invitación. Bueno, sería injusto decir que fui sola, porque mi familia al completo quiso acompañarme a mí "encuentro literario". Así llegué hasta el lugar convenido; con gesto desolado, me presenté como la profesora de Samuel y le expliqué como pude las razones por las que el muchacho no me había acompañado. "Mujer, no te culpes -comentó el escritor-, no has podido hacer más. Debemos confiar en que, ahora que ya ha entrado un nuevo rayo de luz en su cabeza, él mismo será capaz, cuando llegue el momento y cuente con más madurez, de rebelarse contra quienes quieren poner barreras a su futuro. Lo importante es que Samuel ya sabe que al otro lado hay un mundo entero por descubrir...".



Me habría gustado otro final para esta historia. Creo que no es sólo una anécdota profesional, sino la punta del iceberg de un problema con raíces profundas, de índole cultural y social. Mi intención no es hacer un análisis de la situación escolar de una gran parte de los alumnos de etnia gitana; ni buscar responsables. Yo solo soy la que durante nueve meses tuvo que enfrentarse a una realidad inquietante: niños, casi adolescentes, abocados a un futuro incierto, a los que parece imposible convencer de que hay otro camino transitable, distinto al de la venta ambulante y el mercadeo de chatarra, que si estudian y se preparan pueden romper con el estereotipo social, con la etiqueta prejuiciosa que el sistema les endosa por defecto. Para ellos, todo eso es “apayarse”, o lo que es lo mismo, convertirse en payos al intentar imitar su estilo de vida, faltando por tanto a su condición gitana y defraudando a los de “su raza”, como declaran ellos con orgullo.

Hace apenas dos días, mientras daba forma a este texto, pregunté al compañero de Matemáticas que sigue trabajando en aquel centro si sabía algo de Samuel. Me alegró enormemente saber que sigue allí matriculado, en 3° de ESO, aunque sea repitiendo curso. Según me dijo el profesor, se le ve bastante centrado y tranquilo... Lo mejor es que, a pesar de los potenciales peligros que podrían haber forzado su salida del sistema educativo, Samuel ha conseguido mantenerse, quizá motivado por su pasión por el fútbol (en el equipo en el que entrenaba era un requisito ir al instituto y rendir todo lo posible), y no caer en las trampas que otros antes que él ya encontraron en las calles.

Quizá dentro de no mucho se acuerde de un escritor que quiso conocerlo y preguntarle por sus agujetas neuronales o de la profesora que se empeñó en llevarle a un lugar de la Mancha. Yo seguiré esperándolo, entre molinos y batanes, por si algún día quisiese lanzarse de nuevo a la aventura del saber. Confío en que mi espera no sea en vano...