miércoles, 17 de mayo de 2017

La escuela, un "lugar seguro", ames a quien ames. No a la "LGTBIfobia"


17 de mayo, día internacional contra la homofobia y la transfobia
Una de las cuestiones que más inquieta a la comunidad educativa, a las familias y lógicamente también a la sociedad en su conjunto, es el llamado acoso escolar. Muchos niños y adolescentes son objeto de la desconsideración más descarnada, que procede de algunos de "sus iguales", otros niños y adolescentes, que lejos de actuar como compañeros de clase son, en realidad, el enemigo que nadie espera encontrar entre los pupitres y las mochilas del colegio.
No creo que los niños sean buenos o malos por naturaleza; sí estoy convencida, sin embargo, de que son el vivo reflejo del entorno que les ha visto crecer, que ha alentado u obviado, en ocasiones, los comportamientos menos ejemplares del ser humano. "Son cosas de niños" o "Mira a mi hijo, menudo es. Gruñe como una bestia y dice unas cosas...". Los acosadores toman siempre la bandera de la intolerancia, del prejuicio, con la que pretenden excluir a aquellos a los que consideran distintos a ellos; no les cuesta encontrar público que les aplauda o que, preso del miedo, baje la cabeza temeroso y acobardado. Sus víctimas no entienden por qué en el lugar al que deberían ir a aprender han terminado encontrando un infierno en el que son objeto de insultos, ataques, burlas o de la demoledora indiferencia de quienes deberían ser sus amigos.
Ningún niño debe sentirse excluido, jamás, en la escuela. Aquí vienen a aprender contenidos, pero también los valores que deben sustentar a las sociedades democráticas y que no son otros que el respeto y la tolerancia hacia el prójimo, sea cual sea su raza, su religión, su nacionalidad, su sexo o su orientación sexual.
Siempre se ha dicho que la infancia es un momento crítico que puede llegar a determinar nuestro desarrollo posterior. La adolescencia, por su parte, representa ya en sí misma una transición que a veces conlleva confusión y mucho sufrimiento. El entorno familiar y el escolar deben procurar siempre a nuestros menores un espacio seguro, donde puedan compartir sus inquietudes, sus satisfacciones, donde resolver sus dudas, donde encontrarse, para aceptarse como individuos, seguir caminando y poder encontrar su sitio en el mundo.
Hoy pienso en todos mis alumnos, pero especialmente en aquellos que acaban de descubrir (o están a punto de hacerlo) que no forman parte de la mayoría dominante en lo que a la orientación sexual se refiere. Son chicos y chicas que puede que sientan miedo a verse señalados, juzgados, rechazados por ser "distintos", por "amar distinto" ("distinto" a lo que la tirana mayoría dice que debe ser "amar").
El 17 de mayo se celebra que hace 27 años que la homosexualidad fue retirada de los manuales de médicos, donde figuraba como una enfermedad mental. El parlamento europeo y la ONU lo han institucionalizado como el día contra la homofobia y la transfobia y anima a los centros escolares a impulsar actividades de carácter informativo acerca de la comunidad de LGTBI (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales), que favorezcan el ambiente de respeto y la convivencia deseables en el lugar donde deben formarse los adultos del futuro.

Conseguiremos desterrar todas las fobias que nos han ido lastrando a lo largo de la Historia cuando seamos capaces de educar, en casa y en las aulas, en el respeto y el amor, hacia uno mismo y hacia los otros.
Comparto con vosotros el manifiesto que un grupo de adolescentes valientes y resueltos ha leído hoy en el instituto. Se trata de un mensaje, un llamamiento con el que reclaman el derecho a ser ellos mismos, a no esconder ni el más mínimo resquicio de su identidad, a desarrollarse y crecer como personas, plenamente y en libertad.
Un abrazo a todos ellos.
"Hoy, viendo el camino recorrido en estos veintisiete años, decimos alto y claro que las vidas de lesbianas,  bisexuales, intersexuales, gays y trans importan. Son nuestras vidas y tenemos el derecho y las ganas de vivirlas a tope.
Reclamamos el derecho a una adolescencia íntegra y segura, a una juventud digna y una vida que merezca la pena ser vivida. Por esto, hoy colgamos nuestra bandera, que todas y todos ya conocemos. Este multicolor alegre y respetuoso, bajo el cual solo hay sitio para el respeto, la inclusión, el diálogo, la cercanía y el amor.

Reclamamos una vida igualmente segura para  las personas LGTBI de todo el planeta. Ni una calle, ni un barrio, ni un pueblo, ni una ciudad, ni un país en los que nuestras vidas estén en riesgo de muerte, real o simbólica. Este año condenamos especialmente la reclusión de hombres gays en campos de concentración en Chechenia; el mantenimiento de los crímenes de honor en Turquía; los asesinatos de personas trans en Brasil y la mutilación genital de millones de niñas en el mundo.
 
Agradecemos de corazón al profesorado, al personal del centro, a nuestras compañeras y nuestros compañeros su compromiso con las libertades sexuales, su alianza con nosotras y nosotros para erradicar de nuestras aulas cualquier discriminación y hacernos sentir bien. Así de fácil, hacernos la vida mejor entre todos.

Por el placer y la libertad de ser quienes somos, ames a quien ames
…".

miércoles, 10 de mayo de 2017

#InfluencER: #Horrores lingüísticos


Ahí van mis intentos por persuadir al público en edad escolar acerca de la importancia de cuidar nuestras expresiones, orales y escritas, nuestra "logoimagen" (lo que reflejamos a través de nuestras palabras).

Pueden confirmar quienes han sido mis alumnos que lo que podéis ver en estos vídeos es viva imagen de lo que se encuentran ellos en mis clases, con todo lo bueno y todo lo menos bueno que hay en mí... xD



lunes, 8 de mayo de 2017

Cómo entrenar a tu furia nocturna. #EducaciónEmocional


Saben mis alumnos que una de las bromas que más me gusta contarles tiene que ver con la película de animación "Cómo entrenar a tu dragón". En ella, el protagonista es un adolescente vikingo que se siente rechazado por la gente de su aldea por negarse a cumplir con la tradición, que obliga a los varones a luchar y dar caza a los dragones...

A pesar de su negativa, "los dioses" quisieron que el chaval terminase conociendo a un dragón, negro azabache y mirada aparentemente inofensiva, al que bautizaría con el nombre de "Desdentao", porque al esbozar una sonrisa parecía más bien un bebé totalmente mellado. Pronto descubrirá que, en realidad, su nuevo amigo es un ejemplar único de "furia nocturna", el más temido por los vikingos desde tiempos remotos. Y tal nombre no le viene precisamente por ser el más bondadoso y sosegado del mundo de los dragones... Hipo y "Desdentao" terminarán formando un tándem perfecto una vez que el muchacho haya conseguido domeñar los impulsos instintivos y descontrolados de su amigo el dragón...

Y el guiño a mis alumnos viene precisamente en este punto de la historia. En esos días en los que ellos están especialmente revueltos, habladores e inaguantables (que son más de los que los profes querríamos y sus padres imaginan), les pido que sean cautos y tengan cuidado, porque, aunque yo soy mujer contenida y gesto calmado, como la versión zen del dragón de la peli, también puede aflorar en mí el lado oscuro, el gesto torcido, con gruñido incorporado, que me acerca peligrosamente a la especie de las furias nocturnas. Como si me poseyera un diablo, puedo llegar a retorcerme alrededor de mi eje vertebral y empezar a soltar sapos y culebras por la boca, entre llamaradas de olor sulfurado. De repente, un nanosegundo de silencio; calma tensa... Y carcajada general e incrédula. "Reíd, reíd", que las risas también hacen que me salga una furia de dentro, jejeje.



No es fácil gestionar nuestras emociones. No dejamos de oír hablar del control de los impulsos y de la respiración profunda y consciente como herramientas para mantener a raya nuestro volcán interno, para combatir la ansiedad y una buena lista de sentimientos asociados al desequilibrio de la "psique"...

"Mindfullness" lo llaman algunos, algo así como vivir cada instante llenando la mente solo de la experiencia que te está procurando el momento. Consciencia plena, respiración pausada que calma los sistemas fisiológicos y la corriente alterna de las emociones... Sin embargo, siempre hay algo que viene a dinamitar nuestra calma, a llenar el horizonte de nubes tormentosas y, así, sin ir más lejos, como el rayo inclemente, el intermitente sonido de la alarma mañanera nos atraviesa y zarandea, ahí mismo, en la cama, cuando apenas pasan diez minutos de las 6 de la mañana y el día se levanta delante de nosotros, como un Everest helado y angosto, unos ocho kilómetros de respiraciones profundas y tropezones varios hasta la cima, que remataremos con ducha, cena, pijama y vuelta a empezar... Ha acabado el día y haciendo balance compruebo el número de veces en que he levantado la voz, por fuera y por dentro; cuántos minutos me he sentido presa del pánico escénico delante de los demás; cuántas escenas amables y sombrías han venido a mi mente a lo largo del día; momentos en que me he sentido satisfecha, agobiada, hastiada, contenta, plena, triste o feliz... ¿Se darían cuenta también los demás? Sin duda...

Una vez en pie, mientras llevo a cabo con minuciosa precisión la ceremonia del desayuno, aprovecho para amueblar los pensamientos, dejando de lado a esos cansinos que se levantan conmigo y pretenden venirse cada mañana, en la mochila; han llegado desde el lado oscuro del sueño y se empeñan en arruinar mi pacto con el buen humor. "Emilia, el enfado o la irritación no ayudan en nada, créeme. El día volverá a tener veinticuatro horas y dará paso al siguiente, sí o sí, así que más te valdrá abordar el trance con buena actitud...".

La leve sonrisa que había conseguido esbozar levantado las comisuras de los labios se tuerce pocos minutos después. Se despiertan los hijos, cada uno a una hora, reclamando atenciones. "Tranquila, inspirar, espirar. No pierdas los estribos. Gritar no te va a ayudar a salir antes por la puerta de casa. Cuanta más calma apliques, menos tensión tendrás por dentro, la furia nocturna resoplará y se revolverá, pero no atacará... Así, conseguirás que los tres dragoncillos no lloren ni chillen ni se enfurruñen, quizá hasta consigan ir peinados, aseados e incluso contentos... ¿Para qué tanta pedagogía de libro si luego te desatas en el primer envite del día? que no... Que a los hijos hay que enseñarles modales y valores; llevarlos a la escuela para que aprendan los conocimientos básicos, sin duda, pero lo que más necesitan, de cara a ser felices y saber convivir con el resto de la humanidad, es precisamente capacidad de autocontrol o educación emocional: saber controlar los impulsos (mantener nuestra furia a raya, para no ser víctimas de ataques de ira); desarrollar la tolerancia a la frustración; saber expresar sus necesidades a los otros sin necesidad de gritar o llorar; mirarse al espejo y aceptarse conforme es, con su "desdentado" y con su "lado oscuro" o "furia nocturna", y empatía, mucha empatía, para poder ser consciente del miedo que el otro puede llegar a sentir cuando nos vea con los dientes de dragón fuera, batiendo nuestras alas para sembrar temor...". Y, sobre todo, la enseñanza principal para padres e hijos será saber sonreír, porque hasta los dragones feroces saben hacerlo e, incluso, tienen amigos.


¡Qué fracaso de madre seré si no consigo sobreponerme a mis zozobras internas para saber escuchar y atender las necesidades de mis hijos! Qué triste sería que viviéramos tan ofuscados que olvidáramos que la mayor lección para un niño pasa por saber quererse y querer a los demás, respetarse para ser respetados, sin que para ello haga falta infundir miedo o malhumor inútil en los otros.

Y lo mismo con los alumnos. ¡qué mala profesora soy el día que llego a clase acompañada de mi furia, absorbida de rabias o preocupaciones, sin darme cuenta de que esa actitud no me va ayudar en mi misión. Al contrario, solo conseguiré transmitir agresividad y despertaré rechazo en los chavales. Lógicamente, los profesores somos humanos y no todos los días respiramos igual, pero merece la pena intentar dejar en casa a los dragones, porque sus gruñidos y llamaradas sólo consiguen más gruñidos desabridos y gestos desagradables. En ese clima tan hostil ni podrá haber sana convivencia ni tendrá lugar un provechoso aprendizaje. 

Merece la pena pues que aprendamos a entrenar a nuestra furia interna, porque quizá así consigamos ser mejores padres, profesores y personas... ¿Sí o qué? (Que dirían los alumnos).

lunes, 17 de abril de 2017

InfluencER en verso: docencia y pasión en las redes...


Indudablemente, el futuro de la educación va a transitar por los caminos tecnológicos y de las redes sociales, que favorecen el encuentro virtual (y deseamos que fructífero) entre alumnos y profesores...

De manera muy modesta e ingenua, yo ya he terminado por lanzarme a esta aventura, sobreexponiéndome, quizá, más de lo acostumbrado. Nadie suele ver qué ocurre dentro de las aulas, cuando el maestro comienza su lección... No solemos tener espectadores externos ni jueces... Sería saludable para el sistema que se abrieran las puertas de las clases, aunque también peligroso, porque todo el mundo se cree con el legítimo derecho de opinar cuando hablamos de la enseñanza de nuestros hijos. 

Internet ofrece una ventana amplísima y pública para que los docentes nos asomemos a contar, cantar, exhortar a los alumnos a que pongan atención a lo que allí ocurre, porque no todo en las redes tiene por qué ser trivialidad o nadería.

Empecé por las sintaxis y continuaré en las próximas semanas con las lecciones sobre el Predicado. Pero no debo olvidar que mi materia es "Lengua Castellana y Literatura" y, por eso, es de ley que dedique un espacio a las letras escritas en español... De momento, la poesía, que siempre conecta bien con los jóvenes por ser expresión bella y contradictoria de nuestros mundos interiores (ellos necesitan encontrar el punto de encuentro entre lo que llevan dentro y el mundo en el que viven). 

Creo que a ellos les gusta la iniciativa, porque están hartos de que la Literatura consista en memorizar corrientes artísticas y biografías lejanas. No pretendo dar clases magistrales sobre Literatura; no tengo el conocimiento suficiente ni tendría mucho sentido, porque lo que mis interlocutores necesitan es motivación, no docta explicación. Desean que alguien o algo prenda un fogonazo en sus conciencias, para lanzarles al arte, al verso, al mundo y que aprendan a descifrarlo a solas y por deseo propio. 

Sed indulgentes conmigo, que no quiero ni debo hacer mucho ruido...

Vídeos recitando poesía:

Gloria Fuertes:



Sor Juana Inés de la Cruz:




Gustavo Adolfo Bécquer. Rima LIII:




viernes, 14 de abril de 2017

Viernes Santo en Murcia: "La Pasión según Salzillo"


Oración del Huerto

Imágenes tomadas de "La Pasión según Salzillo", libro conmemorativo editado por Cajamurcia en 1995.

Viernes Santo. No ha salido aún el sol, pero se escucha a los pajarillos anunciando a los murcianos que ya ha llegado el día para lucir sus Salzillos, toda la belleza y el colorido de la más imponente imaginería barroca. 

Paso de la Última Cena

Acompaña esta vez generosa la primavera, cielo azul, salpicado a ratos de alguna nube. Ya, desde primera hora, la temperatura es agradable. La iglesia de Jesús es el lugar de encuentro para el cortejo que acompañará al Nazareno por el "Vía Crucis" que conforman los pasos de la procesión. La ciudad se transforma; las calles y plazuelas de Murcia ya no son las mismas en Viernes Santo. Las gentes acuden a la llamada de la música, del sordo ruido de tambores, de las trompas de plañir quebrado que entonan el lamento popular en este día de duelo para los cristianos.

Trompas



"La Dolorosa"

El desfile de los pasos de Salzillo saca la Pasión y la muerte de Jesús al encuentro con nuestro ajetreado mundo. Arte y devoción en grado sumo. Se para el tiempo al contemplar el cortejo procesional, belleza en movimiento, acunada por la brisa cálida de abril y el fervor del pueblo. 

Última Cena

Sería imposible no acordarme hoy de mi abuelo Jesús, con quien asistí a los primeros Viernes Santo, en alguna ocasión desde la salida de la procesión, haciéndonos hueco entre el tumulto, y otras en la Plaza del Cardenal Belluga, a ver la llegada de la Última Cena a la Catedral. Él era un fiel devoto, tanto en su sentir religioso como en su pasión por el arte. Poseía una extraordinaria sensibilidad estética. Yo lo vi llorar incluso al contemplar el rostro del San Juan, la Dolorosa o el Ángel de la Oración del Huerto... Tal es el poder catártico de una imagen bella. Siempre recordaba que el escultor valenciano Mariano Benlliure dijo sorprendido al ver salir de su templo el San Juan que talló Salzillo: "Dejadlo, que anda solo".

San Juan Evangelista a su salida de la Iglesia de Jesús
San Pedro y Malco, detalle del Prendimiento

Desde Murcia, en Viernes Santo, un recuerdo especial para todos los que lo hacen posible cada año, también, cómo no, para mi abuelo. Os animo a todos a conocer los Salzillos y disfrutar de la Semana Santa murciana.

"La Verónica"

Medias de un Nazareno estante

San Juan Evangelista. Al fondo, la Catedral de Murcia

miércoles, 5 de abril de 2017

InfluencER sintáctica: el sintagma nominal SUJETO


Sigo trabajando en este modesto proyecto educativo, grabando vídeos para mis alumnos de Secundaria. El objetivo es ayudarles con los contenidos gramaticales que más se les resisten, casi todos pertenecientes a la parte de Sintaxis: sujeto, predicado nominal, predicado verbal, oraciones transitivas o impersonales...

Recopilo en esta entrada los tres vídeos que acabo de compartir en Youtube y que tratan de resolver las cuestiones relacionadas con el concepto de sujeto gramatical. Espero que os resulten útiles:




sábado, 25 de marzo de 2017

InfluencER: Lo que decimos + Cómo lo decimos = Lo que somos y ve todo el mundo




Porque no es fácil aprender a analizar las entrañas de un idioma, aunque sea el materno y el que sentimos como parte de nuestro ADN; por eso, quiero ayudaros desde esta ventana digital...

porque aprender no es sólo memorizar conceptos, sino tener activados los sensores de la motivación para saber por qué y para qué estudiamos algo...

Porque en la era de la comunicación global, en la que, casi desde la cuna, los humanos aprendemos a mantenernos en continua conexión con el mundo a través de las redes sociales, debemos cuidar nuestro lenguaje, su expresión formal y su contenido, como parte de nuestra imagen, la que mostramos a diario y que habla de nuestra inteligencia, de nuestra sensibilidad; en definitiva, de nuestro mundo interior.

Porque la realidad nos demuestra que no solo se aprende en las aulas... Sería una ingenuidad creer que sobre los pupitres y las pizarras están formándose los adultos del mañana... Ellos, los actuales estudiantes, los infatigables navegantes, cambiaron el líquido amniótico que les trajo hasta aquí por el buceo en aguas tecnológicas, internacionales, apasionantes y a veces peligrosas... Como profesores, debemos "echar una red a la gran red" para ayudar y guiar, para mostrar nuevos rumbos...

Estaría bien conocer cómo valoran ellos sus procesos de aprendizaje, su realidad académica, sus perspectivas de futuro... ¿Qué les interesa y qué les gustaría aprender...?




sábado, 18 de marzo de 2017

Ser tu sujeto...


Ser tu sujeto...

Por ser mi comienzo; 
tú, mi predicado, que se conjuga y transforma para brindarme la esencia:
un número, un tiempo, una persona. 

Podré ser yo tu agente o tu paciente, 
realizarte o bien recibirte con los brazos abiertos de mi sintagma...

Lo sustantivo en mi seno
casa con tu alma de verbo, 
que me copula o me predica,
tal es tu sintaxis en mi enunciado.  

No importa si otras quieren cortejarte, 
palabras hay muchas en el mar de nuestro idioma. Mas solo una, la mía, que es cardinal y certera, concuerda contigo,
cual binomio que me mueve,
me sujeta...
y me resuelve.


InfluencER sintáctica

jueves, 16 de marzo de 2017

"InfluencER" sintáctica



Comparto con todos vosotros los enlaces de los vídeos (caseros, muy caseros, de momento), con los que he querido "echar un cable" a mis alumnos antes de su examen de Sintaxis. 

La acogida por parte de los chavales ha sido fabulosa, tanto que me he animado con la idea de poder ser "una influencer" sintáctica, jajajajaja. En realidad, lo que me satisface es pensar que, con el tema de ver a la profe "sin cabeza" hablando delante de la cámara, han terminado por "engancharse" hasta quienes nunca escuchan y parece que nada de los libros les importa. No les creáis, no hay alumno malo; es solo cuestión de actitud... 

Hay que renovar las metodologías en los centros escolares, no sólo porque el conocimiento teórico no es ya la clave del aprendizaje y deberíamos trabajar por competencias, sino porque en un aula de la escuela pública es imposible explicar contenidos a 29 alumnos ruidosos y bastante desmotivados. Libros inabarcables, clases muy "nutriditas" y numerosas pruebas y exámenes (internos y externos) por superar. 

En ese contexto, con el simple hecho de poder dar una clase, sin interlocutor activo, con el sosiego de saber que no va a haber interrupción... Claro, ¡me vengo arriba! ¡me emociono! Sin dudarlo... ¡¡¡Si por la mañana en el aula siento que predico en el desierto!!!

Aquí os los dejo... A pesar de lo chocante de haberme lanzado a salir espontáneamente, hasta sin cabeza... ¡Un profe debe dejarse en casa los complejos!

Saludos y gracias a todos, a los generosos y pacientes amigos y a los alumnos, que tanto me animan... 







lunes, 6 de marzo de 2017

Palabra de mujer




Lo que recitan mis neuronas de mujer,
en el eléctrico verso que las conecta con cada rincón y cada poro; con mis contornos visibles y los que solo yo conozco, con la intimidad de mi alma y la de cada uno de mis pliegues y cadencias.. 

Esas notas arrancadas al pentagrama de mi pensamiento y convertidas en rimas; toda mi métrica y poética te susurro esta noche, para que sepas quién soy y dónde encontrarme, donde vibran las palabras, las cardinales.

martes, 28 de febrero de 2017

Yo fui como tú



"Te entiendo, porque yo fui un poco como tú. Y como tú. O tú". Yo también fui adolescente y anduve distraída en platónicas ensoñaciones y quise rebelarme contra quienes querían imponerme su manera de ver el mundo y preferí siempre salir con los amigos a sentarme a estudiar; incluso alguna vez practiqué el escapismo y me esfumé de alguna clase por la puerta de atrás, aun cuando yo era la delegada y responsable del parte de faltas, versión rudimentaria muy alejada del registro digital que ahora llevamos los profesores. 

Sí, me sentí como vosotros, en un cruce de caminos, desorientada; en el ojo del huracán, el centro de todas las críticas y presiones: "tienes que estudiar; es la única herencia que te podemos dejar" -decían mis padres-; "deberías ser como menganita, que saca todo dieces y va a ser dentista" -sugería algún familiar-; "¡qué pena que suspendas tantas, si eres buena chica...!" -otro comentarista inoportuno-; "el futuro está en las ciencias y la tecnología, quien no sepa de ordenadores y maneje el inglés irá seguro al paro"- idea extendida entre la mayoría de los estudiantes, promovida por algunos orientadores de entonces...

Que sí, que yo también suspendía asignaturas en el instituto y muchas por trimestre. Había terminado la etapa de Primaria con muy buenos resultados. Fui una niña aplicada y obediente. Mis padres eran profesores y digamos que, en ese sentido, el contexto me resultó muy favorable, porque ellos estaban ahí para reforzarme y apoyarme, pero sobre todo para estimular mi inquietud hacia aquello que me contaban en la escuela. En mi casa había muchos libros y mucho amor a la pedagogía. Mi padre solía leer poesía o filosofía y mi madre me explicaba apasionadamente la genealogía de la monarquía española desde los Reyes Católicos hasta Juan Carlos I, que por cierto aprendí de memoria en 8° de EGB para luego exponerla en clase casi con la misma efusión que mi maestra. 

En el colegio, un centro público de un pueblo pequeño, conté con unos profesores extraordinarios que consiguieron mantener la llama encendida en el corazón de aquella niña. Doña Isabel, don Vicente, don Salvador, la señorita Victoria o Manoli (que ya no gustaba ni del "doña" ni del "señorita") están en mi memoria escolar, junto a los "progresa adecuadamente" y las calificaciones de entonces.

Llegó el momento de dar "el gran salto" a la educación secundaria, que por aquel entonces tenía lugar una vez acabada la Educación General Básica y tras haber adquirido el correspondiente Graduado escolar. La mayoría de nosotros tenía ya trece años y, en muchos casos, debíamos acudir a un centro de otro municipio, ya que, en aquellos años 80 y 90, la red de institutos no era tan grande ni estaba tan bien dotada de recursos como la actual.

Cambiaban el escenario, el pueblo y el aula, pero también los compañeros y la dinámica académica, en tanto que pasábamos a tener un profesor especialista por cada una de las materias y estas se multiplicaban por áreas de conocimiento: Historia, Biología, Dibujo técnico, Música, Matemáticas, o Latín, Filosofía, Geología y Física y Química, que llegarían ya en los cursos superiores. Cada docente llegaba al aula con su propio repertorio, con un estilo de enseñanza y sus exigencias; los había muy tradicionales y severos, mientras otros procuraban desmarcarse con algún que otro pinito de innovación metodológica. El caso es que para mí, al borde del precipicio adolescente y con una frágil autoestima académica, aquellas interminables clases de doctos señores terminaron por hundirme en el "sólo sé que no sé nada". Quizá no supe adaptarme al hecho de que ya no existiera un director que orquestase el conjunto, ese profesor de la Primaria que venía a ser casi como un padre o madre y que velaba por saber en todo momento cómo estabas y cómo podía ayudarte. Allí, cada uno llegaba con su instrumento, a ejecutar, magistralmente, sin duda, su partitura. Una pena, pero para mí, aquello no era un concierto, sino un caótico ir y venir de profesores, de sesudos libros de texto y sus indescifrables contenidos, que vinieron a convertirse en una sinfonía tortuosa, que nada parecía tener que enseñarme. Eso sí, había que aguantar como fuese el concierto hasta el final y demostrar que uno había entendido la finalidad del mismo. 

Todo aquel que pensase en "ser algo el día de mañana" debía acabar el BUP, el COU e ir a la universidad. En la España de la democracia empezó a crecer el número de jóvenes que cursaba estudios de secundaria y el que luego accedía a las distintas facultades a graduarse. Comenzó entonces la "fiebre académica" que sembró nuestro país de licenciados y diplomados. La educación se perfilaba como un horizonte prometedor que nos haría progresar como ciudadanos y como sociedad. Aunque es obvio que el grado de cualificación condicionaría las oportunidades laborales futuras, una muchacha adolescente como era yo, que aún no había descubierto sus aptitudes intelectuales, no podía apropiarse de aquellas elevadas expectativas. 

Yo, como otros en mi clase de entonces y otros tantos en las clases de hoy, no tenía la madurez ni la perspectiva suficientes para saber qué camino emprender; no era consciente de la dificultad de su trazado ni del nivel de exigencia del mismo. No estaba pensando en el futuro; solo importaba mi presente, mis rebeldías y apasionamientos y mis amigos. Me preocupaban mis malos resultados, pero no porque supiera que me cerrarían puertas venideras, sino porque disgustaban a mis padres y me hacían creer que yo no sabía, ni servía ni aprovechaba. Nada parecía poder sacarme de aquel estado de bloqueo. 

Ahora, que tan de moda está hablar de trastornos de déficit, creo que podríamos decir que yo sufría uno muy dañino, el TDM, o lo que bautizo desde ya con el nombre de Trastorno de Déficit de Motivación... El colmo fue escuchar a mi tutor de segundo de BUP decirle a mi madre que sería mejor que pensase en otra alternativa para mí, "porque Emilia no parece que valga para los estudios". Hala, sentencia firme: "como no sabes bien qué es eso del cálculo infinitesimal, cuando "x tiende a infinito"; como no parece que la velocidad, el tiempo y el espacio o la aceleración te inmuten lo más mínimo y dado que las espinas del "rosa, rosae" se te han atragantado, te has perdido entre el Mío Cid y Espronceda y no sabes de verbos transitivos, yo te declaro "estudiante incompetente" para el mundo académico universitario y para el desarrollo de cuantas profesiones exigen el título de marras". ¿Y si mis padres hubieran hecho caso a los augurios agoreros de mi profesor? ¡Qué peligrosas son las etiquetas, que nos segregan y limitan!



Afortunadamente, mis padres intuyeron que en mí había una semilla que un día germinaría. Sólo era cuestión de tiempo, de paciencia y de trabajo. La realidad era que había que pasar por los filtros del sistema e ir superando los cursos y lo fui consiguiendo, con profesores particulares de apoyo que me ayudaron a aprobar, que no a comprender, y "empollando" datos sin procesar para después "vomitarlos" sin saber muy bien por qué ni para qué. El trayecto de la secundaria me resultó si cabe más difícil porque, cuando llegó el momento de elegir materias optativas, me dejé guiar por las voces proféticas que nos convencían que "ser de ciencias" te daría trabajo seguro... De nuevo, las etiquetas. Convencida de que no tenía ningún talento en concreto, hice lo que todas las futuras promesas hacían, optar por "ciencias puras", firmando sin saberlo mi sentencia de muerte y así, llegué, fracasada antes de empezar a la anhelada universidad... 

Con mi nota media del instituto y la Selectividad, solo podía matricularme en Ciencias Exactas, Físicas o Biológicas. Mi necedad y el sinsentido de la secundaria me condujeron a un callejón sin salida. Necesité dos años de descalabro universitario para aceptar que me había equivocado, que necesitaba encontrar algo que me hiciese sentir útil y viva, porque aquellas clases de Botánica y la disección de la sardina estaban hundiéndome poco a poco en un fracaso abisal. Cuando veía a una de mis compañeras hablar emocionada de sus clases de la facultad sentía mucha envidia sana. "¡Cuéntame! ¿Qué es eso que estudias tú?". -"Filología Hispánica. No sé qué me gusta más, chica, si la Psicolingüística o las clases sobre García Lorca". -"¿y crees que alguno de tus profesores me dejaría entrar a una de esas clases como oyente, a ver de qué van y si me gustan?"... Una tarde entré a la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia y ya no salí; quedé seducida por versos, sintagmas y semánticas renovadas. Descubrí aquel día que había para mí un lugar donde aprender y una oportunidad de futuro (gracias a mi amiga Arantxa Martín por arrojar luz a mi vida y llevarme al "santuario" de las Letras).

Terminé mis estudios de Filología Hispánica y por primera vez me sentí satisfecha, a pesar de que, por aquel entonces, ni me planteaba la enseñanza como profesión, aun siendo como era el final más previsible. Otros diez años hicieron falta y una primera incursión laboral en el mundo del Periodismo, para terminar descubriendo que mi sitio era este, que mi función en este mundo era ser docente, transmitir (o eso espero) y persuadir a los más jóvenes de la belleza del lenguaje...

La enseñanza ha ido evolucionando y procura cada vez más adaptarse a la diversidad de los alumnos, a los nuevos y trepidantes tiempos, pero aún tiene mucho que modernizar en sus entrañas. Hay profesionales extraordinarios empeñados en hacer realidad esa necesaria transformación, ese cambio de mentalidad. Porque ya no creemos que haya uno solo tipo de inteligencia; hay que apostar por que todos tenemos un talento, por que es muy necesaria la educación, pero también la motivación, poner en marcha el "motus", "lo que te mueve". Y, puede que sea verdad que en ese mundo tecnológico y global haya grandes oportunidades para quienes sean diestros en los aspectos científicos, pero también hay lugar en él para pensadores, artistas, emprendedores, músicos, profesores e, incluso, vendedores de sueños...

No dejéis que nadie os convenza de lo que sois o no sois capaces, porque todos tenemos una semilla, una cualidad que merece atención y cuidado. Necesitará de alguien que sepa regarla convenientemente, pero no os confundáis, requerirá además de toda vuestra entrega y esfuerzo. No creáis que la vida regala nada. Cada día perdido es una oportunidad que no vuelve. Yo tuve que cumplir los veinte años para saber qué rumbo quería tomar; para ello, fue fundamental el apoyo incondicional de mis padres, que apostaron por mí, a pesar de mis reiterados batacazos. No siempre las circunstancias son favorables; no siempre los padres pueden estar dando soporte material a nuestros despistes e inseguridades. Por eso, vosotros debéis perder el miedo a saber qué queréis ser; nosotros, los profesores, debemos procuraros no sólo la guía académica, sino también la humana y la emocional, y los padres tendrían que dejar a los hijos descubrir su talento, su camino, más allá de lo que ellos tenían previsto para el futuro. No proyectemos en nuestros hijos nuestros sueños. Dejémosles ser y soñar. Chicos, no dudéis de que el futuro es vuestro, de nadie más. Creed en vosotros y apostad fuerte siempre. Ganaréis.

lunes, 6 de febrero de 2017

Mi pizarra, mi ventana


Muchas veces, en el transcurso de mis clases, hay momentos que podríamos llamar de conexión intergeneracional. Ante la pasividad de algunos alumnos, caras de aburrimiento o incomprensión o también frente a quienes parecen reaccionar al estímulo académico y se enfrentan a sus estudios con la motivación del buen resultado, no puedo dejar de sentir empatía, mucha empatía.

Siento a veces que mi voz debe abrirse paso, pertrechada de la entonación y firmeza que la ocasión requiere, y cruzar la gran muralla que asedia sus mentes. Y, de repente, la memoria me traslada al otro lado de la trinchera, y me veo de nuevo sentada en una de esas mesas verdes, con catorce o quince o dieciséis años, intentando escuchar un discurso vacío para mí, además de indescifrable si se trata de números. Soy una adolescente y en absoluto entiendo esa gravedad y ceremonia con la que los profesores dan a conocer sus conceptos, que me resultan tan extraños y parecen encriptados con la mala fe de quien preferiría seguir siendo el único poseedor de la verdad...

El profesor continúa con la tiza enrabietada sobre la pizarra verde, inundada de un galimatías de letras y números, guiones, corchetes y llaves, potencias, infinitos insufribles e inquietantes secuencias (i)lógicas... Recuerdo ahora a aquella muchacha para la que la historia era un entramado de fechas y eventos desconectados y lejanos, aunque a veces apasionantes; la poesía, un ritmo, con rima o sin ella, un espejo que nos trae de vuelta la imagen de quien querríamos ser. Aminoácidos y enzimas; lípidos y cromosomas, se empeña la joven en engullir, sin masticar, a traición, que luego habrá que demostrar. Ígneas o metamórficas, caen sobre mi mesa enormes y traicioneras rocas, que no termino de entender ni ubicar en mi mundo. Sólo atino a hacer propio el "sólo sé que no sé nada" y aquello que Platón sugería sobre el amor idealizado en el que ya están más que licenciados nuestros adolescentes.

Y frente a ese escenario donde los profesores celebran la liturgia del saber, yo, espectadora despistada y a veces indiferente, termino volviendo la cara, bien para buscar compañera de charla o bien el perfil del chico que me tiene ganado el seso (hasta ahora así, escrito solo con "s") y a ratos, el alma. Si no hubiesen venido ni uno ni otro a clase hoy, mis ojos se habrían ido, sin pensarlo, hacia la ventana, para quedarse allí atrapados, en los árboles del patio o los nubarrones que anuncian lluvia en el cielo, pero también tempestades en mi pensamiento. 

Estoy (están mis alumnos) secuestrada/os en otra dimensión, zarandeados por las voces paternales que me/nos riñen por llegar tarde, estudiar poco  y por esa habitación desastrosa que tenemos. "Tarde", "poco" y "desastrosa", palabras poco estimulantes para quien se siente también asediado por las etiquetas con las que le marca la red (más bien trampa) de ciberamigos: "empollón", "manta", "gordo/a", "chivato/a", "nenaza", "marimacho", "gafotas", "enano"...

Quiero silenciar estos ruidos, bajarles la frecuencia. Debo empezar a escuchar qué es eso de los polinomios y el verso hiperbólico ¿o era el tiro parabólico? Me preguntan por el grupo de clase si la acción del cuento que había que analizar era dinámica o estática y que cuántos sintagmas preposicionales había... Y yo que ando aún descifrando qué es eso del H2SO4 y su relación con las Cruzadas... A veces, estoy por decir "basta", "que me bajo", que yo no atino a comprender qué hay detrás de lo que me dicen, granizada de conceptos que me martillean y hunden, dejándome más clavado aún en esta silla. Abriré mi paraguas, para no mojarme con tanta tormenta de ideas... ¿Hay alguien ahí dentro que pueda escucharme? A lo mejor me vengo yo creyendo de la rama Sapiens de los Homo y va a ser que todavía no he pasado de invertebrado descerebrado... Me miro en el espejo y no me lo parece; ahí están mis rasgos en la cara y mis dos manos, que aún no sé si serán neurocirujanas, concertistas o recolectoras, de frutos o de mentes ajenas, o de ambas cosas... Y sé que pienso y que siento, que me emocionan las historias, los paisajes, la música y el viento... Pero, ando perdido en el bosque de las ideas.




A lo lejos parece oírse un murmullo, apenas audible, pero que sí entiendo... Ahora lo escucho más nítidamente, es mi profesor de Plástica, que me habla de perspectiva y está mostrándonos muchos lugares desde distintos rincones. ¡Hey, que yo sé de eso, de puntos de vista, de perspectivas extrañas y a veces incomprendidas, de la furia con que se mueven los árboles del patio y de lo gris que parece todo desde mi lado del cristal...! Cierro los ojos, que la oscuridad también da perspectiva.

Y abro los ojos, ya desde este lado de la mesa del profesor, y veo a ese alumno absorto en el cristal; a la chica de la fila de atrás que juega con el lápiz, misteriosa y taciturna; a los juguetones que, entre risas, me cortan cada cinco palabras; a las que copian o hacen (no sé bien) los deberes de matemáticas de la clase que viene después, para que nadie diga a sus padres que no traen la tarea; pares de ojos que me miran, pero están ausentes, pensando tal vez en el bocadillo del recreo o si verán a la chica de la clase de enfrente. 

Algo de lo que hoy he explicado sin duda habrá sido almacenado oportunamente por sus cerebros. Todos son muy capaces, aunque también es cierto que a una gran parte de ellos les falta hábito de estudio, espíritu de sacrificio e inquietud por conocer, por aprender. Hacen infinitos deberes por las tardes, como máquinas, a destajo, que hay que ir al tenis, a inglés o a música, y si no se sabe cómo hacerlos, se copia, que lo importante es que figure el positivo. Y siguen empeñándose en aprenderse de memoria los conceptos, uno o dos días antes, aun sin entenderlos, en castellano, inglés o francés, que todos somos ya bilingües, porque el sistema sigue poniéndonos delante exámenes que evalúan "al peso" nuestra capacidad memorística. 

Entienden que en la era que les ha tocado vivir, todo el saber está ya en Internet y que, incluso, hay tutoriales en Youtube para resolver problemas. La ley, los profesores y los libros de texto les bombardean también con conceptos de los que hay que dar cumplida cuenta, porque los padres quieren resultados favorables. ¿Que si han aprendido realmente? Creo que mucho menos de lo que habrían sido capaces, si no les hubiésemos convertido en autómatas escolares. ¿Si hubieran sentido deseo por aprender, necesidad de experimentar a través de las materias para comprobar después su evolución constante, si además de memoria se les hubiera pedido las otras dos potencias del alma que definían los pensadores griegos, el entendimiento y la voluntad... Y si aderezásemos la mezcla con la emoción...? La moderna neuroeducación ya nos dice que los aprendizajes verdaderos se producen cuando trabaja la amígdala, la parte del cerebro encargada de gestionar las emociones. 

Puede que nuestros estudiantes de Secundaria tengan la capacidad de comprender el entramado de contenidos que prevén los currículos, pero no cuentan con la madurez ni la perspectiva que les permitiría conectarlos todos y darles sentido. Deberíamos darnos cuenta de que en esta etapa la misión no es formar perfiles profesionales, como hacen los profesores universitarios, para los que sí son indispensables los conocimientos técnicos y especializados. Es el momento, por el contrario, de favorecer los aprendizajes verdaderos, los que no se borrarán de la memoria interna, y que no siempre van ligados al procesamiento de datos puros y duros (aunque también requieran dedicación y estudio, pero desde otro planteamiento). 

Los profesores de Secundaria ya no somos la única fuente de información, el transmisor inevitable al que hay que escuchar y entender. No tiene sentido ya, en la era de la comunicación y la información digitales y globales, intentar hacer a los alumnos depositarios de contenidos teóricos... Más bien debemos guiarles, abrirles caminos por los que transitar en el futuro y ventanas desde las que ver el mundo, despertar verdadera inquietud por el saber, que será lo que les convierta en adultos libres y formados. Los conceptos volverán de la mano de la vida, los aprenderán cuando haya llegado el momento de ser médicos, bomberos o mecánicos.

Quizá es ya la hora de que me quite mi traje de profesora (y de madre), deje de explicar y hablar a los ingenieros del mañana, me baje dos escalones de esta "tarima", real o figurada, que me mantiene alejada de ellos, y empiece a preocuparme por quiénes son y cómo son ahora, qué les interesa y preocupa, cómo podría yo convencerles de que la poesía, el arte, la ciencia o la filosofía son los que nos han convertido en humanos pensantes y sensibles y que también ellos pueden aportar su granito a este ciclo evolutivo.

Olvidarán quizá la perfecta métrica de un endecasílabo de Garcilaso, pero nadie jamás podrá arrebatarles el recuerdo de aquel primer soneto con el que se emocionaron. -"Dime, sí, la que mira por la ventana, ¿qué sientes que dice el poeta? -"Nos dice "Carpe diem, profe, aprovecha el momento". Así sea.


sábado, 4 de febrero de 2017

Súbete al Reto de Amaya con mis "Relatos cardinales"



Calendario solidario "El reto de Amaya" 2017

Ya está a la venta en Amazon "Relatos cardinales por "El reto de Amaya" (4,70€), una selección de los textos del blog "Palabras cardinales". Para comprar pincha en

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Portada del libro

Todo lo recaudado será destinado a la causa solidaria de Amaya Gil, hija de nuestros amigos Susana y Jose y que padece el síndrome de Wolf-Hirschhorn. El propósito es colaborar con el reto de esta familia y ayudarles con los costosos tratamientos.

Gracias a todos por vuestro apoyo, por leer su historia y otros "Relatos cardinales". En nombre de la familia os animo a darle la mayor difusión posible. Febrero puede ser un buen mes para subirse a nuestro RETO CARDINAL :)




*"Relatos cardinales" es una publicación electrónica. Podéis descargar la aplicación Kindle para smartphones Android y también leerlo en tabletas y ordenadores.



¿¿¿Nos das un "ME GUSTA"??? ;)

miércoles, 11 de enero de 2017

Volviendo al cuento de nunca acabar


TEXTO: Emilia R. M.

FOTOS: Miguel J. Berrocal


Cada mañana, un trayecto casi diagonal en tren de cercanías, cuando el sol aún no ha salido, pero miles de personas ya marchan, cual ejército, camino de sus obligaciones. Es un viaje largo, de más de una hora, con un transbordo y numerosas estaciones de paso, unas en el subterráneo de la ciudad, otras al aire, marcando la dirección a la sierra. Me pregunto siempre cómo se pueden pasar tantas horas en un vagón sin terminar desquiciado con tanto empujón mañanero, tanta mezcla de olores, sonidos, voces, sintiéndose en medio de un cruce de miradas perdidas. Hay veces que cierro los ojos segura de poder llegar a escuchar los pensamientos de la chica que se sienta en frente de mí e intenta aislarse con sus enormes y noventeros auriculares.

Somos animales de costumbres. Después de practicar la misma rutina a diario, durante meses, uno terminaba por subir al mismo vagón del mismo tren en el exacto minuto en que lo hizo el día anterior, comprobando que esta maniática precisión es también buscada por los compañeros de viaje. Las caras se repiten cada jornada, tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta.

Pasan 15 minutos de las 7 de la mañana; he salido del portal de mi casa para dirigirme a la estación más cercana. Tres manzanas después, ya he empezado a buscar en el bolso el dichoso billete, siempre escondido más allá de la funda de gafas, los pañuelos y el paquete de cigarrillos. Primera prueba: encontrarlo antes de llegar al torno de control de viajeros. Superada. Ahora empieza de verdad el periplo. Un rosario de personas bordeando el andén, con la cabeza girada a la izquierda para ver aproximarse en el horizonte la luz del tren procedente de Alcalá de Henares o de Guadalajara -cualquiera de los dos para en mi estación y lleva a quien monte en ellos al centro de la ciudad o a otros puntos del norte de Madrid-.

La gente aquí aún se dedica alguna mirada, sabedora de que, a lo mejor, el que tienes al lado es el mismo que te encuentras cuando vas a comprar el pan o quién sabe si tu vecino de arriba; es lo que tiene vivir en el mismo barrio, no eres el anónimo ciudadano presa de la despersonalizada ciudad, menos aún tratándose de un barrio como éste, sencillo, más humano, probablemente. En aquel andén, decía, los viajeros nos miramos a los ojos con cierta complicidad matutina, como diciendo, “vecino, compañero, ánimo, que el día no ha hecho más que empezar; quizá nos veamos dentro de doce horas, de regreso a casa”. Se dice pronto.

Una adormilada expresión maquilla mi rostro a las 7,30 de este primer día de regreso a la realidad, cuando por fin llega el convoy de Alcalá. Apuro el cigarro, respiro hondo y subo al vagón. Apenas treinta segundos después, un pitido fuerte e intermitente anuncia el cierre de puertas. No hay peligro, aún no somos los suficientes viajeros, cabemos holgadamente, sin necesidad de apretarnos unos contra otros al oír la señal. Siete u ocho minutos después, el tren entra en la estación de Atocha, el gran hormiguero de más de 7 vías donde se cruzan caminos, direcciones, destinos, vidas; en definitiva, personas.



Tengo que bajar de mi primer tren y esperar en el andén 1 a que llegue el que a las 7, 45 arranca rumbo a mi destino. Ahora somos muchos más en el trasiego viajero de las mañanas de Atocha. Cuidado, el bolso. Mira, hay grupos de personas que parecen conocerse después de tanto subir y bajar. Quién sabe si además de compañeros de tren lo son también de trabajo. Un hombre joven, maletín en mano, mira impaciente su reloj de pulsera. Aquella chica de auriculares lleva bajo el brazo un enorme libro de anatomía, quien sabe si, al final del viaje, será de anatomía forense.

¡Vamos por fin!, que arranque ya este tren, que casi se me olvidó haber desayunado. Hay empleados de la estación encargados de “remeter” bien a los viajeros en los distintos vagones; como si condujeran al rebaño, nos apremian para que vayamos subiendo, apretándonos un poco contra el señor de en frente, para que detrás de nosotros quepan otros tantos. Aprovechamiento del espacio y del tiempo; hay que cargar bien el tren para amortizar el viaje y hacer hueco en el andén, que pronto bajarán otros varios centenares procedentes de Aranjuez, para enlazar con el de Alcobendas. Venga, venga, suban, hagan hueco… Delirante, diría un amigo mío. Ni que fuéramos al campo de concentración, oiga… Bueno, bien visto, a lo mejor somos eso, esclavos condenados a otro campo de concentración, disfrazado de modernidad y democracia. Un mismo y engañoso lema: “El trabajo os hará libres”. Escalofriante, diría ahora yo. Pues eso, vamos camino del trabajo, de la mentirosa libertad.

Estamos todos montados. Todavía no he conseguido asiento; para eso me quedan aún más de cinco estaciones, atravesar la ciudad por la oscuridad de los túneles del cercanías y leer, por lo menos, los titulares del día en el periódico del señor con el que comparto frontera textil (que casi vamos del brazo, vaya). Bajo un poco los ojos para intentar leer sin gafas las noticias, mientras la señora de atrás me clava el aliento en la nuca. Puedo sentir su cálida respiración detrás de mí; también, el intenso pachulí que eligió esta mañana para ir a trabajar. ¿Qué opinará ella de que le esté clavando mi enorme bolso en el costado? Todo depende del cristal desde el que se mira, está claro.

En Nuevos Ministerios, el centro económico y financiero de Madrid, se baja el impaciente hombre del maletín y el reloj de pulsera. El grupo de amigos-trabajadores lo ha hecho en la estación de Ramón y Cajal (quizá sean empleados del hospital). En Las Rozas se apeará la joven de auriculares y el libro de anatomía. Ahora sí que sí, ya puedo sentarme y abrir mi libro, mirar el paisaje hasta que lleguemos al final de trayecto y deleitarme con algún ciervo del Monte del Pardo.



“Próxima parada, El Escorial, final de trayecto”. Se acabó el dulce sueño apoyada en la ventanilla del tren que durante un buen rato me ha acunado; adiós a las fantasías con el paisaje campestre como telón de fondo. Sean bienvenidos a la realidad, una larga jornada por delante, y otras dos horas de viaje de regreso al final del día. Al llegar a casa habrán transcurrido ya doce horas desde que saliera al rayar el alba. No se muestra muy sugerente la rutina, pero teniendo en cuenta el privilegiado lugar en el que me encuentro, mientras cientos de miles de seres humanos pululan en la ciudad como las abejas en torno a sus colmenas, puedo darme por contenta.