martes, 27 de diciembre de 2016

Donde el hada nos lleve, amiga

Diseño de Agustín Linares, www.veletas.net

Veleta de viento. Para mí, representa la dirección hacia donde nos lleva la poesía, el arte, la música, simbolizados por el hada que con suavidad sopla e inspira.

Ésta de la fotografía fue un regalo de mi amiga y compañera de profesión Almudena LiCa; el diseño y la creación es de su padre, Agustín Linares (www.veletas.net). La conservaré siempre como recuerdo de las maravillosas coincidencias que la vida a veces nos pone delante; cruce de caminos, de personas, de destinos...

Cuando decidí que este blog se llamase "Palabras cardinales", enseguida pensé en la imagen de una veleta para la página principal. Busqué una por internet, sin mucho miramiento respecto a los derechos de uso de las imágenes que encontramos en Google. Elegí una muy sencilla y la utilicé en el diseño del blog. 

Poco tiempo después, mi compañera de Física y Química, una andaluza salerosa recién llegada a Madrid, me preguntó que de dónde había sacado la foto de la veleta que compartía junto a mis textos. Le conté el proceso conforme lo he hecho ahora y ella, con una amplia sonrisa, me reveló que aquella veleta era diseño de su padre, un ingeniero aficionado al hierro forjado y las veletas de viento. La imagen del blog le resultó muy familiar y la mostró en casa, donde pudieron comprobar que, efectivamente, presentaba una serie de detalles técnicos que caracterizan las obras de Agustín.

No sabía dónde meterme. ¡Qué vergüenza! La primera cosa que "robo" y me viene a pillar una compañera de trabajo. Le pedí disculpas y le prometí que la quitaría, por supuesto. Me dijo que ni se me ocurriese, que se lo había comentado a su padre y hasta le había hecho gracia. Tampoco era la primera vez que encontraba sus veletas decorando páginas web.

La anécdota me inspiró para escribir "Ingeniería poética", un texto que dediqué a Almudena y a Agustín como muestra de agradecimiento y que utilicé en algunas clases, refiriendo cuál había sido mi motivación, para mostrar a los alumnos cómo la realidad puede generar ficción. Aquella historia de sus profesoras y la veleta del hada animó a algunos de ellos a experimentar con la narración. Ésta es la prueba de cómo un ingenuo clic en Internet puede poner en marcha el complejo engranaje del universo... A la familia Linares debió agradarle el relato, tanto que el padre me envió esta preciosa veleta del hada como muestra de afecto y amabilidad. 

Llevaba tiempo queriendo escribir sobre ella. Hace unas semanas salí al campo a hacerle una "sesión de fotos al hada". Pensé que sería bonito utilizar la imagen como portada del libro "Relatos cardinales". Finalmente, el diseño fue otro, especialmente dedicado a Amaya Gil, la niña a la que está dedicada la publicación. Reservaré mi reportaje fotográfico a la veleta de Agustín para otra ocasión. 

Quiero dedicar esta entrada a Almudena Linares, que además siempre lee, y generosamente comenta, los textos del blog. Un abrazo y gracias, por el cariño y apoyo que siempre me has brindado en este proyecto. Sigo creyendo que tan maravillosas coincidencias no son mera casualidad.

sábado, 24 de diciembre de 2016

La Nochebuena de la abuela Mónica


Casi todo el mundo considera la Nochebuena el día navideño por excelencia; y lo ha sido para muchas generaciones sin necesidad de que un gordinflón rojo alimentara ilusiones con sus regalos y sus nórdicos renos. Recordamos nuestras  Nochebuenas de infancia por la reunión familiar, la cena entre langostinos, entremeses y turrones, los villancicos populares al pedir el aguinaldo y, para algunos, por la "Misa de Gallo" que coronaba la "Noche de noches".

Mi abuela era una mujer de tradición y familia. Quizá por eso quiso instaurar entre sus hijos, nietos, y a la postre bisnietos, la hermosa costumbre del "Niñico Jesús". La Nochebuena era el único día en que conseguía reunirnos a todos en torno a su mesa, cinco hijos, con sus respectivos cónyuges, y doce nietos; así que debía hacer del encuentro un momento único e inolvidable. Ponía todo su esfuerzo engalanando la casa con un hermoso Nacimiento y nos agasajaba con elaborados platos y artesanos mantecados y toñas (un dulce navideño bañado en miel típico de Almoradí y alrededores).

Antes de la cena se escuchaba con atención el mensaje navideño del Rey. Mi abuelo siempre fue un monárquico convencido y la Nochebuena disfrutaba comentando sus inquietudes ideológicas con hijos, yernos y nueras. 

Tras unos villancicos con el acompañamiento al piano de mi madre, ¡todos a la mesa! Los niños, en un apartado especialmente dispuesto para ellos. Y, ya hacia los postres, un golpe seco en la gran puerta del salón nos dejaba a todos los pequeños expectantes e ilusionados. ¡Por fin había venido el Niño Jesús! Para celebrar su Nacimiento, el Niño lleva a todos los niños buenos regalos y dulces. Jolgorio, fiesta y juego con los primos. Alguna desilusión para quien espera alguna muñeca en vez de tanto y tanto libro (ya me iban marcando camino).

De aquellas Nochebuenas ha quedado en la memoria el sabor del turrón de chocolate junto al de los primeros sorbos de sidra y el olor dulzón del plástico de las primeras muñecas, aligerados por el helado ambiente del coche en el viaje de regreso a casa, cargado de ilusiones infantiles.

Y también una tradición que he perpetuado a través de mis hijos. Esta noche, los tres esperan la llegada del Niño Jesús y sus presentes navideños. Saben que en las casas de sus amigos hay otras costumbres y mágicas visitas. El mundo es grande y son muchos los niños a los que hay que hacer sonreír. En nuestra casa, en Nochebuena seguiremos cantando y esperando al "Niñico Jesús" de la abuela Mónica.

Feliz Noche a todos.

jueves, 15 de diciembre de 2016

"Relatos cardinales por "El reto de Amaya", ya a la venta en Amazon


Ya está a la venta en Amazon "Relatos cardinales por "El reto de Amaya", una selección de los textos del blog PalabrasCardinales. 


Todo lo recaudado será destinado a la causa solidaria de Amaya Gil, una niña que padece el síndrome de Wolf-Hirschhorn. el propósito es colaborar con sus padres en los costosos tratamientos.

Gracias a todos por apoyar la causa, leer su historia y otros "Relatos cardinales". En nombre de la familia os animo a darle la mayor difusión posible.

*"Relatos cardinales" es una publicación electrónica. Podéis descargar la aplicación Kindle para smartphones Android y también leerlo en tabletas y ordenadores.

(...)


Prefacio

Queridos amigos,

Os presento "Relatos cardinales", una modesta aventura electrónica que reúne algunos de los textos publicados en el blog “Palabras cardinales”. Hace ahora un año que me lancé de nuevo a escribir, movida por la necesidad de poner en palabras un sueño muy especial que acababa de tener. Aquel primer texto representó un pequeño homenaje a un amigo (MI AMIGO DEL ALMA, así, con mayúsculas, presente siempre en mis sueños y pensamientos), desaparecido cuando apenas contábamos dieciocho años y fantaseábamos con qué queríamos ser de mayores. Ahora que yo ya soy mayor y soy capaz de mirar atrás sin perder el equilibrio, desde estas coordenadas con las que me siento capaz de orientar mi rumbo, quiero recordar de nuevo a Pascual, que de algún modo también me guía y protege.

Desde aquel primer texto, ya no ha habido manera de parar de escribir, con mayor o menor acierto o efecto estético, con mayor o menor periodicidad. Al principio, sólo los compartía en redes sociales, como publicaciones espontáneas destinadas a los amigos más cercanos. Recién estrenado este año 2016, varios amigos (y lectores generosos) me animaron a crear un blog especialmente dedicado a mis textos. Debo reconocer que me pareció en principio pretencioso; tampoco estaba haciendo nada del otro mundo para creer que aquello fuera merecedor de un espacio virtual propio, al que habría que obligar a los amigos a visitar y festejar, aun cuando no lo mereciera…

Me costó lanzarme, pero terminé haciéndolo. Con el nombre “Palabras cardinales”, aludiendo abiertamente al hecho de que cada texto es, en realidad, un mapa de situación vital de su autora, creé el blog en enero pasado. Ha sido una gran sorpresa comprobar cómo, gracias a la magia de internet, ha ido creciendo el número de visitas, hasta alcanzar las casi veinte mil actuales, desde multitud de países a los que jamás pensé que pudiera llegar y que, probablemente, nunca llegaré a conocer.

Gracias a todos los que, en algún momento, habéis contribuido a este proyecto que, sin afán literario, ha servido también como vehículo de expresión de mis experiencias como docente y como material de trabajo, de comentario y de motivación a la escritura para algunos de mis alumnos. Gracias a los que amablemente habéis tenido el gesto de haceros con un ejemplar de este libro. Ya os avancé que todo lo que se consiguiese recaudar con su venta iría destinado a una causa solidaria, a favor de Amaya Gil Sampere.

Entre todos, estamos colaborando con “El reto de Amaya”. La pequeña Amaya es hija de Susana y Jose, unos amigos cercanos que tuvieron que reinventarse como padres y personas el día que nació “su princesa”. La vida les puso por delante un reto grande, que quizá creyeron insalvable al principio, pero que les ha permitido crecer como individuos y como miembros de una fantástica familia numerosa. Después del periodo de asimilación y aceptación que representó para ellos el diagnóstico de Amaya, que padece el síndrome de Wolf-Hirschhorn, estos padres decidieron hacerse fuertes y buscar aliados con los que combatir las dificultades de  su hija. Como ocurre con todas las enfermedades raras, las instituciones sanitarias no destinan suficientes recursos económicos y son las familias las que deben asumir casi todos los costes de los tratamientos, que ayudan a los afectados a tener una mayor calidad de vida. Susana y Jose llevan años movilizando la solidaridad de su entorno. Yo me sumo ahora con este libro, Relatos cardinales. En el primero de sus textos podréis descubrir más sobre quiénes son los Gil Sampere, con la dulce Amaya como bandera, y cuál es su Reto…

Pequeños pasos hacen camino... Amaya lo sabe mejor que nadie. A pesar de lo que representa en sus vidas el síndrome de Wolf-Hirschhorn, Amaya y su familia trabajan y se esfuerzan diariamente por conseguir salvar las barreras que impiden su integración. Ellos saben mucho de sortear todo tipo de obstáculos burocráticos y de romper con los prejuicios sociales hacia las personas con dificultades. Rara es la enfermedad... Ella es Amaya...

Gracias a todos por vuestro interés y colaboración.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Consolación (Epílogo a "Demonios encarcelados").

"Consolación", Edvard Munch, 1907


Querida Eva:

Puede que no lo creas, pero el día que tú naciste fue el más maravilloso de mi vida. Recordaré siempre ese primer instante en que te tuve sobre mi pecho, recién llegada, envuelta en una toalla, con los ojillos aún cerraditos, que mira que me costó verte con ellos abiertos, porque parecía que te resistieras a conocer el mundo y desearas volver al vientre, para quedarte allí bien protegida de tristezas, de golpes, de los sinsabores que nos quedaban por delante.

Ninguna madre sabe muy bien cómo ser madre, ¿sabes? La naturaleza te va guiando; lo más fácil es dar de comer a un hijo cuando se intuye que tiene hambre, taparlo para darle calor y curar las heridas cuando se cae. Hay veces que escuchamos un llanto desconsolado y no sabemos qué dolor debemos calmar... Un médico nos orientará y nos dará una medicina, la inyección que todo lo cura, la receta para devolver el buen color y la temperatura a los hijos.

Pero, ¿Qué hacemos los padres cuando no hay fiebre ni herida abierta que curar; cuando la hija se nos aparece como alma en pena por el pasillo; cuando la oímos llorar en su cuarto; cuando preguntamos "qué te pasa" y no hay palabra de vuelta; cuando pongo un plato caliente en la mesa y lo apartas; cuando te compro un pantalón y me lo lanzas a la cara; cuando me niego a verte siempre vestida de negro con el pelo en la cara y me gritas e insultas; cuando me enfado porque sólo te veo con una manzana y una botella de agua;  o al entrar, creyendo que estudias, te veo en esas páginas de Internet donde salen chicas esqueléticas?

¿Qué hago, Eva? Dime tú cómo podía ayudarte. Yo sólo sé que se me salta la piel de las manos a tiras  de tanta lejía, estropajos y fregonas; desde que tenía apenas tu edad tuve que remangarme y ponerme a trabajar, porque había que comer y salir adelante. Quizá no te entienda porque yo no pude pararme delante del espejo a pensar si me gustaba mi cara; si lucía bonito el peinado o si tenía más o menos caderas. Las chicas de entonces no estábamos para pensar en esas cosas. Claro, a lo mejor, porque no teníamos la libertad de disfrutar de todo lo que tenéis ahora los jóvenes...

No podía conciliar el sueño por las noches de pensar en ti, tan llena de rabia y de frustración. Yo no tengo la culpa -pienso en el silencio de la noche-; yo quería traer al mundo una hija y Dios me dio una criatura maravillosa, pero, me digo, yo no tengo la culpa del color de sus ojos, de los rasgos de su cara o de la forma de su cuerpo. Cada uno es como le corresponde por la herencia familiar, ¿no funciona así eso de los genes? Pues, mira Eva, cariño, créeme que, si es eso lo que te hace sufrir, lo siento; siento no ser perfecta ni especialmente hermosa; lamento mis hechuras de madre entregada al trabajo y no ser rica ni exitosa. Es lo que tu padre y yo podíamos ofrecerte: una vida y los mejores cuidados, sin lujo, ni apariencias que mostrar a todos. ¿Acaso te parece poco?

"La niña enferma", Edvard Munch. 1885


Al principio creí que tu mal no era otro más que el de la insolencia y la ingratitud de una adolescente. ¡Después de todos los sacrificios por sacarte adelante, para comprarte ropa y libros para la escuela; para pagar las clases de gimnasia aunque no llegásemos a final de mes! Se me abrían las carnes al ver lo injustamente que nos tratabas cuando nos ignorabas o, en el mejor de los casos, nos desobedecías.

Yo andaba con el enfado calado hasta en los huesos cuando llegaba a casa y te veía en el sofá, en tu mundo, con los auriculares, sin estudiar, pasando de tus clases de rítmica que con tanto esfuerzo pagábamos. Y, en la cocina, el plato de guiso sin tocar y la nevera, revuelta. Cosas raras -creía-, payasadas de las tísicas de Internet; querrías imitarlas, ¿o no era eso, Eva?

Aquel día debería haberme tragado la tierra para no ver lo que vi; deseé no haber siquiera nacido para no tener que recoger a mi hija del suelo del baño, desnuda, desmayada, embadurnada en vómito y locura. Cogí tu cabeza poniendo mi mano bajo el cuello y te creí muerta, como muertos me parecieron tus brazos extendidos e inertes sobre la fría losa de gres. Y entonces las vi, las marcas, esos cortes hechos vete a saber con qué; no están tiernos, eran heridas ya curadas por fuera, que no por dentro, porque el mal que las ocasionaba estaba instalado en lo más profundo de tu ser... ¡Yo no entiendo, hija! Para mí sufrir es no tener qué comer o no poder pagar mi recibo de la luz... A ti te estaba doliendo el alma y yo (no es que no tenga alma, que de piedra no soy) miro de frente al mundo para poder vivir en él y ahora entiendo que tú sólo sabes mirar para tus adentros, para buscarte o perderte, eso ya no lo sé...

"Desnudo femenino de rodillas", Edvard Munch. 1919.

Quise esconderlo. Nadie podía enterarse de que mi hija había enloquecido y se hacía cortes en los brazos. Ni a tu padre... ¡Que no, hombre, que no, que esto es un pueblo muy pequeño y no hay más que darle alas al pregonero! Ni siquiera a ti te dije nada cuando volviste a tu ser, para que no te avergonzases y también para no tener que enfrentarme a una situación tan extraña para mí. Pensé que lo mejor sería controlarte; pasar más tiempo en casa, aunque tuviera que trabajar menos horas y cobrar menos y, así, no dejarte sola en esos bajones tuyos de asaltar la nevera y castigarte después.

No me valió, porque pronto me llamaron del Instituto. Resulta que tú terminaste estallando allí, contándole a alguien tu vacío y condena y seguro que pensaron "vaya madre debe tener esta chiquilla, qué pena, tan frescos andarán por su casa". Así que, cuando me citaron para hablarme de tu situación, sentí que me estaban juzgando. ¿De verdad alguien cree que podría haber sido mejor madre que yo para ti, Eva? ¿Debo sentirme culpable por no haber sido la madre perfecta? ¿Hay alguna madre por ahí que pueda decirme cómo se tiene que hacer cuando una hija no se quiere a sí misma; desvía la mirada cuando pasa cerca de un espejo; cuando me grita y desprecia porque quizá crea que debería haber sido yo quien la hubiera parido más guapa, más alta, más del gusto de todos? Hija mía, yo adoro tu rostro, la luz de tus ojos, la misma que lucían el día que naciste. Eres una niña aún y tú cuerpo debe desarrollarse y modelarse; no te odies, eres tú y tienes que vivir contigo misma para siempre. No escupas al cielo y a la madre que te trajeron hasta aquí; estarías escupiendo y despreciando al futuro que te hemos brindado. Tienes una maravillosa oportunidad, un camino por delante.

En tu instituto me dijeron que debía llevarte al psicólogo porque, conforme tú lo habías relatado, te encontrabas en una situación extrema. "Voy a volverme loca", le dijiste a tu profesor de Plástica. Me enseñó aquel dibujo que hiciste: Los ojos de esa chica que pintaste no se me parecen a los de mi niña; miran algo que espanta y duele. No hay vida en ellos. ¿Por qué los labios cosidos, Eva? ¿Qué es eso que te corroe tanto y crees que no puedes decirnos? Me dijo el psicólogo que quizá tampoco te habíamos estado ayudando mucho no dejándote ser tú misma. ¿Es eso lo que callas? ¿Son esos los demonios que se esconden en tu cabeza? ¿Es rabia por no poder ser la Eva que sientes que eres o sufres acaso porque no eres como el mundo dice que deben ser las chicas; porque tú querrías seguir dando patadas al balón de fútbol y no tener que competir en agilidad y ligereza con las compañeras de la gimnasia rítmica? ¿De verdad crees que serías más feliz si pudieses llevar una talla 36? Cariño, que los kilos de más y de menos no quitan ni ponen sonrisas; que la vida es otra cosa, ya lo aprenderás con el tiempo. No sé cómo convencerte de que, diga lo que diga una báscula o la etiqueta de tu ropa, tienes unas cualidades maravillosas que deberías cuidar y potenciar. Me dicen tus profesores que en todos los trabajos demuestras una sensibilidad especial; tienes talento con los lápices, también escribiendo. Todo ese mundo que llevas dentro no se alimenta de manzanas ni de hojas de lechuga; pero, si sigues castigándolo, puede que todo en él se marchite para siempre. 

Confío en que sepas escuchar a otros, en que se te caiga la venda que te está cegando y que no pase mucho tiempo, porque siento que te estoy perdiendo. Te sentí ya un poco menos mía el día que tuviste que ingresar en aquel centro de rehabilitación para personas con trastornos de la alimentación. Nunca creí que podría estar días sin poder verte, sin ser yo quien te preparase la comida, aunque apenas comieras. Me dijeron que allí se encargarían de estabilizarte, de enseñarte a comer saludablemente, a cuidar tu cuerpo y tu mente. No quiero que tengas que volver allí; sí, ya sé que te cuidaron y velaron por ti, pero mi niña debe siempre dormir en su cama, comer de lo que hay en casa... Mi Eva tiene que ser feliz con lo que tiene. Los médicos y psicólogos no saben dar besos de buenas noches ni arropar cuando hace frío...

"Pubertad", Edvard Munch 1894.

Deseo con todas mis fuerzas que sigas avanzando, para que un poco más adelante, allí donde esta senda deja de ser de piedra, volvamos a encontrarnos. Espero que entonces, cuando los sufrimientos de la adolescencia hayan quedado desperdigados y olvidados, puedas comprender que, aunque no fui perfecta, soy tu madre y algo bueno, además de la vida misma, puedo llegar a ofrecerte.

Tendré que esperarte en el borde del camino, sentada, rezando para que sepas encontrarme y para que, a pesar de las heridas, puedas reconocerme y perdonarme. Y mientras miro el horizonte para ver si ya llegas, te prometo que yo también me esforzaré para saber escucharte y comprenderte y reanudar juntas, por fin, este viaje.

sábado, 22 de octubre de 2016

Liberación. Segunda parte de "Demonios encarcelados".

"Demonios encarcelados"
¿Cómo no iba a darme cuenta de que Eva era especial? Cualquier profesor lo habría visto, sin duda; de hecho no fui el primero en reparar en su enigmática mirada. A estas edades, ya sabe que lo más común es que los chavales sean ruidosos y se dejen sentir allá donde estén. No hay quien les haga callar ni en los pasillos ni en el aula ni bajo el agua... Y, claro, en medio de ese ruido torrencial, una silenciosa presencia termina resultando muy llamativa.

Hay alumnos que son tímidos, sin más; no hablan como los otros ni destacan entre el bullicio escolar no porque no deseen significarse y dar rienda suelta al verbo; simplemente, no han encontrado todavía la tecla de su altavoz. Sin embargo, no era éste el caso de Eva. Al principio no supe bien qué le sucedía; bueno, ya sabe, una adolescente rara, como muchos otros, que sienten que están en otra frecuencia, que están decidiendo aún el registro de su voz. ¿Sabe a qué me refiero, no? Yo con esta chica enseguida presentí el sufrimiento. Al entrar a nuestra aula de Dibujo, la única que aguardaba sentada mi llegada era ella; refugiada detrás de su media melena, escondía el perfil mientras esbozaba figuras con su lápiz. Cuando conseguía que los demás guardaran un silencio razonable y se sentasen, me tomaba la molestia de pasar lista y de intercambiar unas pocas palabras con los chicos, preparando el terreno para mi clase, claro. Al llegar a Eva, la comunicación terminaba en mí, porque nunca hallaba en ella la réplica. Después de escucharme pronunciar su nombre, sólo atinaba a levantar los ojos de su papel y dirigirme una mirada esquiva como respuesta. "¡Vaya, aquí tenemos a nuestra artista! ¡Tomad nota de su trabajo!", dije aquella primera vez para aligerar la tensión en que me pusieron los ojos de Eva.

Aquellas retinas me parecieron dos espejos para ese mundo interior suyo que andaba buscando órbita. Ahora creo que en el cuerpo de esta niña ha permanecido secuestrada la mujer adulta en la que tendría que convertirse. Usted es psicólogo, esto debe tener un nombre; una disfunción cronológica de la personalidad, ¿no cree? Sí, niños que más parecen sabios con canas y arrugas, adultos atrapados en el juego infantil, ¿verdad? Eso es, esta chica sufría por sentirse fuera de lugar, por la extrañeza ante su propio yo y el mundo que la rodea. Como si entre su cuerpo y su espíritu hubiese un infinito universo, insalvable. ¿Cómo si no explicamos ese dibujo?, dígame...

Labios condenados; palabras obligadas al silencio, entre firmes costuras, infranqueables, como barrotes. ¿Y qué me dice de los ojos? Grandes, muy abiertos y tan fijos que dejan una sensación estática, como si estuvieran castigados a mirar a la pared o a admirar algo que embruja y a un tiempo mata. Quizá, es eso lo que asfixia a Eva, contemplar un mundo hostil que deja ante ella un paisaje impuesto, en el que debe aprender a vivir. Le dicen cómo debe ser una chica de su edad; cómo debe vestir si quiere ser como las demás; qué ver y qué escuchar; hacer de sí misma un escaparate para exhibir una talla, poca tela, mucha piel... Una máscara. Porque los ojos, aun siendo apenas una niña, deben de ribetearse de negro; los labios, de rojo; las prendas pegadas casi al alma de tan pequeñas. ¿Y el alma, dónde está? Se pregunta Eva. "¿Y dónde estoy yo? Ni soy como ellos quieren, ni hay dentro de mí nada que mostrar bajo esos focos".

Al mirarse en el espejo y no reconocer en él ni un gramo de cualquiera de esas chicas que tanto admira, siente frustración, rabia, ganas de decirle a todas adónde pueden llevarse sus caras o caretas bonitas y sus contornos de maniquí raquítico, al mismísimo infierno... sin saber que el infierno se expande no muy lejos, en su cabeza, y tan insufrible resulta convivir con lo deseado, pero inalcanzable; con el dolor de sentirse rechazada y el de rechazarse a sí misma, que hasta los demonios quieren huir de esa cárcel. Mire, mire, el dibujo: ahí están, con cara desencajada, representando lo que Eva quiere gritar y no puede; la desesperación y la desesperanza de quien se ve amordazado física y mentalmente. ¿Qué son, si no, esos cortes? Un castigo al que se somete el que se culpa de ser distinto, una extraterrestre que, por mucho que quiera, no consigue ser de este planeta.

A pesar de ese muro que Eva había levantado a su alrededor y que cortaba el paso a todos (no sólo a mí, sino, como supe después, también a sus padres y a sus mejores amigos), yo insistía en mostrarme cercano a ella. A veces, sólo una mirada cómplice de "Hola, estoy aquí y quiero ayudarte"; en otras ocasiones, me acercaba con la intención de elogiar su lápiz, sus colores o la profundidad de sus acuarelas. Me costó mucho llegar hasta ella, conseguir que me mirase a los ojos, que escuchase mi impresión como profesor sobre sus trabajos de clase. Y es que, después de tantos años en esto, imagínese que mi misión terminase al sonar el timbre o que todo pudiese resolverlo a base de exámenes. Usted pensará igual: con un test no puede atender a un paciente; necesita escucharle, escrutarle y después, con suerte, devolverle las riendas de su vida. Pues yo me siento un poco así, como un guardián para los chavales. Me debo a ellos, y no sólo porque se espere de mí que les enseñe el valor del arte, su historia, sus técnicas, sino porque, ante la idea de poder tener delante a un nuevo Da Vinci o un Picasso, me propongo siempre despertar en todos ellos el lado oculto, la sensibilidad que viene cifrada en su código genético, para que terminen dándole forma sobre una lámina o un lienzo. Otro psicólogo, vamos.

Un día, al final, conseguí que se acercase a mi mesa mientras yo recogía el material. La vi venir por el rabillo del ojo y en ese instante debo reconocer que me sentí muy satisfecho; seguro que aprovechaba para preguntarme algo sobre el trabajo de clase, el de la técnica del retrato. Se me licuó sin embargo la sangre cuando, ya en mi mesa, Eva despegó los labios y me puso al borde del precipicio. "Profe, no estoy bien. Necesito tu ayuda". A lo mejor era eso lo que yo esperaba escuchar, lo que me permitiría lanzarme al reto de ser su guía era esa bandera de alerta que la chica acababa de desplegar frente a mí, pero en ese momento sentí que se me acababa de caer encima un enorme edificio de veinte plantas. ¿Ayudarla yo? Pero ¿en qué? ¿Qué irá a contarme? Se me disparó la imaginación. Quería confesarme algo y ni de lejos imaginaba la magnitud de su problema. "No me soporto -continuó diciendo-. ¿Podríamos charlar un día, fuera de clase?". Le juro que sentí ganas de salir corriendo. ¡Yo soy profesor, no psicólogo! ¿Sabría ayudarla? Y, además, yo, hombre; aunque tengo hijas no ando muy suelto a la hora de comprender a las adolescentes. Pero no tenía más opción; después de todo, le había transmitido ese mensaje con la mirada: "Estoy aquí. Puedes contar conmigo". No pude evitar sorprenderme que Eva, que tan hermética se había mostrado ante todos, hubiera dado aquel paso al frente, con tanta seguridad, y con un mensaje tan directo: "Estoy mal... Necesito ayuda. Quiero contarte qué me pasa, por qué me odio tanto".

No supe si hablar antes con mis compañeros, con su tutor o con la orientadora; nunca se me había planteado una situación así, ¿sabe?, ser consciente de que un alumno te ha elegido para hacerte depositario de su confianza, para desvelar su mundo. Estaba inquieto, pero al final opté por la lealtad y el silencio, a la espera de ver qué dimensiones cobraba la historia conforme me la fuera revelando...

Ni de lejos sospechaba hasta qué punto Eva estaba sintiéndose acorralada por Eva. El día antes de que nos reuniéramos para charlar se me ocurrió pedirle que trajese algo escrito: ¿cómo te describirías?; ¿qué cualidades destacarías de ti misma?; ¿qué te gustaría cambiar en tu vida?... ¿No es eso lo que habría preguntado un profesional para romper el hielo? A mí me pareció una buena manera de empezar a hablar y, si además lo traía escrito, Eva se sentiría menos bloqueada; leyendo estaría dándome las claves de su problema. Creí que se nos iría más tiempo con esta primera parte, porque, iluso de mí, pensé que tendría mucho que contar de sí misma, pero no: "Soy una chica sensible. No hay nada en mí que pueda gustar a los demás. Tengo algo bueno, sé ponerme en la piel de los demás, y sufro con los demás. Querría cambiarlo todo, a mí, al mundo, pero no puedo". Así me quedé, petrificado.

-Pero, ¡si eres una muchacha maravillosa, con talento!

-Bueno, no sé. Yo querría mirarme en el espejo y verme guapa, delgada y feliz. Hace mucho que estoy intentando cambiar y perder kilos. Me odio y los demás huyen de mí, porque me toman por loca y eso me duele, me duele mucho, pero no se lo digo. Sí me grito a mí misma lo que callo ante el mundo y escupo a esa persona que odio tanto y que vive detrás de mí espejo. Todos me piden que sonría cuando de lo único que tengo ganas es de llorar, porque me siento destrozada... Y por eso, porque dentro de mí no encuentro razones, me sigo destrozando.

Y en ese momento se levantó las mangas del jersey y colocó los dos brazos sobre la mesa, con las palmas de la mano hacia arriba. Ni una palabra me salió de entre los labios. ¿Qué se puede decir cuando una niña te muestra las señales de su sufrimiento? Eva me dijo que sentía aquellas heridas como versos terribles compuestos por ella misma, grabados a cuchilla sobre su piel: "Me inspiran -continuó diciendo- esas voces que vienen a trastornarme cada noche, a criticarme y repetirme mil veces mis defectos y errores. Mis voces, mis musas".

Perdone, doctor, me cuesta hablarlo. Creo que siento hasta dolor en el pecho cuando recuerdo a Eva de esa manera... Bueno, enseguida supe que estaba dispuesta a todo. Quizá fueron esas mismas voces maléficas de las que la chica me hablaba las que la convencieron de que dejara de comer. Me contó que, como ya sospechábamos todos los profesores, intentaba ayunar todo lo que podía. Nada en el desayuno; tampoco almorzaba en el recreo (lo que su madre le preparaba lo tiraba a la papelera del patio). Al llegar a casa debía comer algo, claro, para que sus padres no se enfadaran, pero por la tarde... debía sentir un hambre terrible y, como me dijo, "arrasaba con todo lo de la nevera; un poco de cada cosa, para que no se notasen los vacíos...". No hizo falta que me diera más detalles sobre cómo iba a terminar la escena. A las siete  de la tarde empezaba su entrenamiento y Eva no iba a presentarse allí, bajo ningún concepto, desbordada de comida y de angustia, así que intentaba reconciliarse consigo misma, vaciándose de excesos, aunque realmente lo que estaba ocasionando con cada arcada que se provocaba era una fractura irreparable entre lo que era y lo que creía ser. Su espejo ya no le devolvió jamás una imagen nítida de su persona. Desapareció la luz sobre el cristal.

En aquella primera sesión de confesiones me sentí desbordado. Intenté convencerla de que le contase todo a su madre, a nuestra orientadora, a alguien que no fuera yo, porque yo no era psicólogo y cualquier indicación que le diera, tratándose de una menor, habría sido irresponsable sin el visto bueno de sus padres. Eva me contó que precisamente con su madre no creía que pudiera contar. "Me protegió mucho cuando de pequeña se enteró de que había niños que me acorralaban e insultaban, pero, ahora que me he hecho mayor, dice que le parezco muy rara; que entiende que los demás se alejen; me pide que deje de hacer cosas extrañas y de querer llamar la atención de todos. No pienso decirle lo que siento. No lo va a entender y me hará sentir aún peor".

Al final, la convencí de que tuviese una entrevista con la orientadora del centro; si conseguía que se sincerara también con ella, todo sería más fácil, podríamos contactar con la familia para citarla oficialmente y, así, ayudar a Eva a contar sus tormentos. Los acontecimientos, al final, se precipitaron, porque la madre la descubrió un día en el baño de su casa, casi inconsciente, la piel fría, impregnada de la humedad de las lágrimas y el vómito. Ésa fue la primera vez que entró en un hospital y se vio obligada a explicar su estado físico y mental, el porqué de su naufragio.

Me enteré de lo ocurrido por otro alumno, Nacho, el único amigo de Eva, me atrevería a decir. Sentí vértigo, mucho miedo. Cómo no me vería aquel muchacho que tuvo que sentarme en mi propia silla de clase, para recobrar la palabra y el sentido. Una situación tan dramática como la de esta chica es una bofetada para nosotros, los adultos, los padres... Una evidencia del fracaso estrepitoso de este mundo que hemos construido a los sucesores...

Usted conoce mejor que nadie estos trastornos. La bulimia nos llegó hace ya más de veinte años. Entre las chicas de mi grupo de entonces ya había alguna que empezaba a sentir los estragos de esta enfermedad. Nadie quiere quedarse fuera de este espectáculo que hemos hecho de la vida misma, pero, imagínese, todos quieren ser protagonistas, nadie desea ser segundón, ni figurante, ni mucho menos mero espectador. Y cualquiera no da la talla, ¿verdad? Se encargan de ponernos el listón muy alto.

¿Cree que debe ser fácil? A mí me da pánico, porque tengo dos niñas, casi adolescentes. ¡Se me pone la carne de gallina cuando las acompaño a ver tiendas! Ahora no vale de nada que nos escandalicemos, ni que pongamos el grito en el cielo. ¿Qué otra cosa podía suceder con esta sociedad de consumo que nos rodea y que nosotros mismos alimentamos? Ven, compra, yo te doy todo lo que necesitas para lucir sobre el escenario. Vente conmigo y te convertirás en el centro de todas las miradas. Pasarelas, pantallas, redes sociales... Pasen y vean, quédese fuera quien no quiera estar en primera fila. ¿Y yo, cómo resuelvo la encrucijada con mis hijas... y con mis alumnos? La imagen ha sido siempre importante, el canon de belleza que estudiamos en Arte, pero ¿dónde nos deja la publicidad, la exhibición constante de Internet, el consumo voraz al que nos abocan las grandes multinacionales, el afán que se alimenta entre los jóvenes de ser "lo más de lo más", el objeto de deseo y de admiración de todos aquellos que les rodean? Dígame si me equivoco, ¿no han tenido ustedes las consultas más llenas que nunca? ¿Cómo no vamos a tener hijos o estudiantes desmotivados, frustrados, que se sienten a años luz del objetivo marcado por los que mueven los hilos? Y ¿quién demonios mueve estos jodidos hilos? ¿Quién consiente que los chavales que deben convertirse en el futuro de nuestra especie, de nuestra sociedad, acaben ahogados, sin anhelos para mañana?

Eva salió de aquel primer ingreso tocada, mutilada, aún más... aunque ahora ya no podría seguir ocultándose; cada descabellada aventura con la comida o con las cuchillas sería supervisada por la madre, que no sería la mejor amiga, pero sí la más honestamente comprometida con ella; por su amigo Nacho, que desde entonces decidió no dejarla ni a sol ni a sombra; y por mí y por Esther, la orientadora, sus dos guardianes en el instituto. Conseguimos que volviera a las clases; la primera semana, la pobre parecía un fantasma. Pronto nos pusimos manos a la obra. Esther la vería al menos una vez por semana, para comprobar que seguía estable emocionalmente. Organizamos talleres para todo el instituto sobre la importancia de unos hábitos saludables de vida; también hubo actividades desde el lado del deporte. Todos nos implicamos; nadie puede mirar hacia otro lado...

De todos modos, lo que creo que más ayudó a Eva a reencontrarse consigo misma no fue la tranquilidad de no tener que esconderse, o de saber que, si volvía a verse en el abismo, podría gritar y ser escuchada; ni siquiera creo que fuera por contar con su apoyo... Acordé con su madre que Eva y yo nos veríamos una vez a la semana en el taller del departamento, para intentar ayudarla a través del dibujo y la pintura; se le daban bien y le procuraban paz, la necesaria para pensar con claridad, para ejercitarse en la aceptación. Se lo digo siempre a mis hijas: "No debemos competir con nadie más que con nosotros mismos. Siempre encontraréis a alguien más alto, más guapo, más listo. Es de locos aspirar a la perfección (o lo que nos han hecho creer que es la perfección). Esforzaos siempre, claro, pero por ser mejores que ayer; luchad por ser la mejor versión de vosotras mismas. Y encontrad vuestro talento, la pasión que os mueve...". Eva terminó encontrándolos. Ése dibujo fue el primero de su transformación. Ya veo que a usted también se los mostró... Buena cosa, porque todos hallamos la salvación cuando hemos logrado sacarnos de dentro los demonios que nos castigan. Y Eva los ha ido desterrando con cada trazo, con el pincel por escoba. Algún día la veremos brillar, se lo digo yo. Prepárese, que iremos juntos a contemplar su obra expuesta. ¿Acaso lo duda?

jueves, 13 de octubre de 2016

Demonios encarcelados... (Primera parte)


Ya le digo que Eva era mi mejor amiga. El primer mensaje que recibía por la mañana era su "whatsapp" preguntándome qué tal había dormido. Mal síntoma el del día que no daba señales madrugadoras. Si llegaban las 10,00 y  andaba aún silenciosa con el móvil, me daba prisa por echarle un ojo a su "was" y, efectivamente, allí estaba ella, sin foto de perfil ni nada, o, a veces, con un pantallazo negro y agorero... Mala espina la que se me clavaba en la garganta de imaginarla en medio de su hundimiento sin poder hacer nada por reflotarla.

Cuando se ahogaba en el miedo, Eva se esforzaba por desaparecer, eso sí dando señales claras al mundo de que andaba con los ojos vueltos hacia adentro, mirándose los recovecos del alma, y, por eso, dejaba siempre frases fulminantes en su estado de las redes... Foto agónica total y mensaje lapidario para dejar a todos tiritando de susto.

-"No hagas eso, niña. Así sólo parece que quieras llamar la atención y la gente termina cansándose de tanto teatro de penas...".

- "Y yo pensando que tú eras quien mejor me comprendía... ¡Que te den...!".

Sentía una patada en la boca del estómago cada vez que ella me soltaba aquellas palabras, que acompañaba de una mirada que conseguía partirme, así, a cuchillo... Era mi mejor amiga, sin lugar a dudas. Ya ni me acuerdo, pero quizá desde el tercer curso de primaria.

Me encantó aquella niña que en nada se parecía a las demás, escondida detrás del silencio o la vergüenza cuando estaba en clase y crecida como un titán a la hora del partido en el patio. La única chica de entonces capaz de correr y disputar el balón aunque para ello hubiera que clavar la rodilla y el amor propio en el terregal del improvisado campo de juego. Los otros niños de la clase se burlaban al principio a sus espaldas; Eva se lo olía, pero como si nada. Cabeza bien levantada, objetivo establecido y balonazo a la red del portero: su derecha terminó por convertirla en el "rayo de 4° B".

Cuando terminaban los partidos se sentía eufórica y empezaba a narrar, con atropello y orgullo, cada una de las jugadas, reviviendo el subidón que habíamos tenido poco antes con cada entrada y cada gol. Y, entonces, se le relajaban los músculos de la cara y conseguía reír, soltar la alegría, ser ella misma... Regresábamos juntos a casa y, en ese camino fue cuando conocí a Eva sin careta, al natural. Tremendamente divertida, aunque pocos lo supieran.

Sí, debió ser en aquella época. Alguna vez me contó que, cuando los chicos del equipo estábamos preparándonos para el entrenamiento, en el vestuario de las chicas, las de la clase de rítmica  se reían de ella, primero con cierto disimulo, entre cuchicheos cómplices; poco tiempo después, sin ningún tipo de reparo, aprovechaban el momento en que Eva se ponía la equipación de fútbol para hacer un corro en torno a ella e insultarla abiertamente. "Nacho -me confesó un día sollozando- , me llaman gorda y marimacho mientras se carcajean en plan burlón. Un día consiguieron que saliera de allí medio derribada por sus pelotas de gimnasia".

Así perdió mi amiga su sonrisa. Dejó de ir a los entrenamientos. Nadie sospechaba cuáles eran sus razones. Los demás compañeros de equipo se lo reprochaban cuando la veían por el colegio y ella, huidiza y sintiéndose más avergonzada aún, terminó por no querer ir a las clases. Su madre debió sufrir mucho al verla convertida en un espíritu errante entre las cuatro paredes de su cuarto. Se empeñó en no ir al colegio porque allí volvía a encontrarse con esas chavalas de la rítmica, las mismas que consiguieron que odiara el fútbol y que se odiara a sí misma.

No tardaría mucho en volver a verla en la clase; sin justificación médica o causa de fuerza mayor, ningún niño puede ausentase del colegio ni ningún padre puede dejar de cumplir con la obligada escolarización. Eso sí, la que regresó no parecía Eva, mi amiga y compañera de mesa; allí, a mi lado, se sentó apenas una sombra de aquella niña que corría tras el balón; sin luz ni ilusión en el gesto se presentó de nuevo ante el mundo. Todos la observamos con cierta curiosidad morbosa, ¿qué tiene y por qué se han apoderado de ella las ojeras? Eva no decía nada, pero yo, con solo mirarla a los ojos, la escuchaba gritar angustiada. Aun cuando se esforzaba por serenar su expresión facial, yo juraría haberla visto llorar. No había humedad en sus mejillas, aunque anduviese con el corazón anegado de dolor, hecho añicos y desesperanzado...

Ningún compañero se atrevía a cruzar la frontera y, bien por indiferencia o por vergüenza, nadie se acercaba a interesarse por Eva. Yo rehuí durante varios días de la que, sin lugar a dudas, era mi obligación como amigo. Sentí extrañeza ante alguien en cuyo ademán ya no reconocía la complicidad de entonces, la de cuando a ella no le importaba más que el fútbol, al que se entregaba en cuerpo y alma. Desde entonces, su cuerpo lucía muy desmejorado, flacucho y débil, y su alma, secuestrada por la voluntad de quienes la hirieron con el insulto fácil y la arrinconaron en un vestuario infantil.

Sí, así es... Usted lo ha dicho. Fue entonces cuando me enteré de que, por las tardes, Eva asistía a las clases de gimnasia artística. Me costó mucho creerlo, ¿Qué sentido tenía terminar acercándote a quienes te habían hecho sentir tan insignificante? ¿Para qué querría mostrarse ante aquellas arrogantes  chicas, precisamente en el momento en que más vulnerable resultaba? Y no sólo porque su mirada y su ánimo parecieran resquebrajarse a cada paso, sino porque su cuerpo también tenía un aspecto muy frágil.

Poco después lo entendí, claro... en cuanto me detuve a observarla en clase, siempre estática, mirando al infinito verde de la pizarra, hasta que algún profesor pretendía rescatarla de su ensimismamiento. Era entonces cuando Eva, en un intento de respuesta, se sentía atrapada, primero por la sensación de mareo y, después, por el desmayo.

- Muchacha -entonaba el profesor  con intención amable-, ¿Pero tú has desayunado hoy?

Eva sólo atinaba a apretar los dientes y agachar los ojos. Ahí mismo me di cuenta. Mi amiga había empezado a comer menos que poco, porque necesitaba ser como las demás, las que podían enfundarse en la moda que llevan las chicas de ahora, ajustada, atrevida, para marcar, como me contaba ella, los huesos de las caderas y lucir una pronunciada clavícula, sobre la cual algunas, las más extremas, colocaban piedras redondeadas para después poder demostrar en las redes sociales el poder de sujeción de sus esqueletos.

Eso mismo pensé yo, una locura, una extraña locura. ¿Por qué, Eva? "Necesito sentir que me quieren, que aquellas chicas me aceptan en su grupo, porque creen que estoy tan delgada y soy estilosa como ellas. Y quiero que ellos me miren y me sonrían al verme; que deseen hablarme y sea yo quien les esquive; que les guste acercarse a mí y tengan en cuenta lo que digo y lo que hago. ¿Tú saldrías conmigo, Nacho? Dime, ¿te gustó así, como para querer salir y que te vean conmigo? ¿Te parezco interesante acaso con mi camisa ancha y mis vaqueros rectos de chico, talla enorme, que llevaba antes? Anda, no mientas...".

-"Eva, tú eres mi amiga" -le decía- y , en ese instante, se hacía el vacío, un terrible silencio venía a caerme encima, como una enorme losa que me sentenciaba y aniquilaba, por idiota, por insensible.

Yo no sé si era porque la conocía desde la niñez y no era capaz de ver en ella todo lo que en las demás me parecía un sagrado deleite, o porque una chica de gesto tan gris y hundido no venía precisamente a despertar pasiones ni sentimentales ni hormonales. Sea como sea, no lograba ver en sus ojos más que un remoto recuerdo de la niña desenfadada y feliz que un día fue, con sus botas del fútbol y su balón bajo el brazo... Y, ahora, la miraba y buscaba allí en la pupila de siempre a la amiga, mas solo encontraba un gesto hostil, a veces hueco.

La veo frente a su espejo. Se ha desnudado. Va recorriendo con los ojos cada recodo de su figura, mientras da voz a su infierno interior diciéndose "¡mira qué horrible eres; tienes muchas caderas y la celulitis se ve por todos lados; qué pelo tan soso y áspero; llena de granos y sin apenas pechos...! ¿Cómo les vas a gustar?". La mirada se detiene ahora a la altura de los brazos extendidos. Veo espantado esos terribles cortes, algunos ya cicatrizados, otros más recientes, y otros pocos sólo arañazos de lo que aspiraba a ser una herida de muerte y se vio frustrado por el miedo y el abatimiento. Eva llora cada vez que se descubre la piel y comprueba las marcas inconfundibles de la autodestrucción. Piensa en ese momento que es inútil castigarse con el hambre, llenando vacíos con agua y manzanas; así que, asestada por la frustración y un latigazo en el estómago, carga su ira contra la puerta de la nevera, para sacar de ella todo lo que pueda ayudarla a calmar sus ansias. Se le escapa la furia de entre los dientes y chilla, entre bocado y bocado. Se odia por estar haciendo eso, por llenar su boca más y más, sin dar tiempo a masticar. Le corren las lágrimas por la cara y siente cuando traga un jirón por dentro. Deprisa, que pueden verte; traga, Eva, ¡qué más da! No vas a ser como ellas...

Me contó que aquellas escenas continuaban en el baño, agarrada a la taza e intentando vaciarse de culpa y comida con ayuda de los dedos en la garganta. Y así la descubrió su madre. En los párpados superiores le vio unos puntitos rojos muy marcados, por los capilares rotos con el esfuerzo del vómito y un día en la ducha vio las lesiones de los brazos. Además, después de esos episodios compulsivos, Eva caía en un estado emocional que la recluía en su cuarto y la ahogaba en llanto. La vida terminó haciéndose insostenible. "Nacho, no me soporto; odio mi imagen en el espejo; odio a mis padres; odio este mundo porque no hay lugar en él para mí... Y por eso quería un día ser valiente y poner fin a este infierno. No me quedan fuerzas ni para estar clase ni para continuar con los entrenamientos. Nadie se dará cuenta de mi ausencia, lo sé".

Eva comenzó a visitarle desde entonces. Su madre acudió primero al instituto para averiguar si allí ya se habían dado cuenta de algo. La orientadora la informó de que casi todos los profesores comentaban que el carácter de su hija había cambiado mucho en el último año. Había pasado de ser una alumna participativa y motivada en el primer curso de secundaria, a convertirse en un espíritu silencioso, ajeno a los libros; a los compañeros; a mí, que era su mejor amigo, e incluso a sus dos pasiones, el balón y los pinceles y lápices que tan bien se le daban. La madre se enteró también de que hacía meses que Eva había dejado de ir a las clases de gimnasia rítmica de las tardes. Ya no se lo pensó más; la trajo a su consulta medio engañada, haciéndole creer que iba a hacerse unos análisis de sangre. La verdad no sé si realmente usted consiguió ayudarla en algo. Es muy fácil eso de "habla, que yo te escucho" o decir "debes quererte más y hablar con tus amigos".

No sé cómo no reaccioné antes. Sí, ya lo sé, alguien que dice ser el mejor amigo de otro alguien debe acercar el hombro; vigilar los silencios, las lágrimas y las furias del amigo, a veces sólo escuchar y otras, simplemente dar un abrazo. Tendría que haberle dicho antes que a mí sí me gustaba, por su profunda mirada, su sonrisa de antes, sus atléticas piernas, el pelo en media melena que siempre se le venía a la cara; por su hondo pensamiento, que hacía que los demás pareciésemos mentes superfluas y ridículas. A mí no me parecía que fuese una chica gorda. Ninguna falta le hacía pretender una escuálida figura con la que lucir más ligera y elegante, al danzar con las cintas o lanzar las mazas, sobre todo porque a Eva no le gustaba de verdad esa constante exhibición que exige la gimnasia rítmica. No era su pasión; la suya habría sido poder seguir corriendo tras el balón sin que nadie la señalase y la hiciera sentir ridícula. "Amiga, llevas la belleza en tu manera de ser, no en la talla de tu pantalón ni debajo de la lycra del maillot. No dejes que te asfixien más. No castigues más tu cuerpo y tu insegura alma". Sí, tendría que haber ido a su casa para decirle todas estas cosas, para que tomase contacto con los de este mundo; ella hacía tiempo que había entrado en otra dimensión, donde las de sus edad a veces eran incluso ingresadas para recuperar un poco de peso y templar los nervios. La madre de Eva me contó que una de aquellas amigas casi "transparentes" había estado más de un mes ingresada en un centro especial y que, cuando salió y vio el estado en el que se encontraba su hija, le aconsejó que en la próxima visita al psicólogo le dijera que cuando vomitaba echaba también sangre, aunque fuera mentira. Así se aseguraba el ingreso de rescate. En qué estado no estaría Eva... Si seguía así, si a escondidas continuaba lesionándose, sin apenas comer ni hablar ni sonreír... Sucedería, con seguridad. ¿No supo usted actuar? ¿Le contaba ella sobre los demonios que vivían entre sus pensamientos? ¿Lloraba cuando hablaba? ¿Hablaba acaso? Tendría que haber sido yo el que estuviera en su sillón, no le quepa la menor duda. También podría haberle dicho a su madre que dirigirse siempre a Eva con esa dureza no iba a servirle más que para que se aislase más aún en su castillo interior. "No me gusta que vistas así, siempre de negro, con esa raya en el ojo. Come ya y deja de querer llamar la atención, que un día nos vamos a cansar y te quedarás sola...". Yo no te voy a dejar sola, Eva... aunque tenga que ir a rescatarte allí dentro y enfrentarme a ese dragón que tan celosamente te asedia...

Ni fue usted, ni su madre ni yo. Un día, por sorpresa, llamó a su casa su profesor de Plástica. No podía creer que su mejor alumna, la "artista del boli Bic", como él la llamaba en clase, llevase tanto tiempo sin aparecer por clase. Ya sabía, claro está, que a Eva ni le iban del todo bien las cosas. No hizo falta que la dirección del centro le diese muchas pistas sobre las razones de su ausencia. Un tipo inteligente y sensible como aquél supo ver desde el primer día que en los ojos de Eva había otros muchos ojos acechando desde dentro.

lunes, 8 de agosto de 2016

La Sima de las palabras


La palabra terminó convirtiéndonos definitivamente en humanos. El eslabón decisivo de nuestra evolución fue sin duda la aparición del lenguaje: el gran salto que permitió a nuestra especie conquistar un hito único en términos evolutivos.

El don de la comunicación por medio de palabras puede llegarnos bien en forma de regalo de los "dioses", que nos eleva y dignifica, o como veneno letal que transforma al hombre en un lobo para el hombre...

A nadie le pasa por alto que cuando hablamos dejamos siempre una huella indeleble en el otro. Nuestras palabras pueden enamorar o despertar el odio más acérrimo; pueden dibujar una sonrisa y ser fuente de placer o reavivar los más oscuros fantasmas en el otro. Tenemos una enorme responsabilidad sobre el uso que hacemos de nuestro lenguaje, pues  con él podremos ocasionar guerras mundiales o forjar grandes amores.

En estos pensamientos ando mientras intento dar forma a las explicaciones de una de mis primeras clases de Lengua. Me gusta comenzar el curso analizando cómo y por qué aparece el lenguaje humano. Sea cual sea el nivel de secundaria en el que nos encontremos, es importante hacerles ver que la capacidad lingüística surge como consecuencia de la inteligencia, para que así comprendan que, precisamente por ello, porque el lenguaje es el más valioso fruto del intelecto, debemos ser cuidadosos con nuestras expresiones, perfeccionarlas, en nuestro idioma y en todos los que seamos capaces de aprender, puesto que con ellas estaremos demostrando nuestro grado de evolución intelectual, emocional y, si me apuráis, espiritual.

Les encanta que hablemos de este tema... "Hasta que los primeros homínidos no contaron con un cerebro lo suficientemente desarrollado, no apareció el lenguaje, la posibilidad de comunicarse con otros miembros de la especie mediante signos conscientemente articulados...". Apareció por todo ello, pero también por contar con un sistema articulatorio y auditivo adecuado y, por supuesto, tras haber sentido la necesidad de expresar el pensamiento.  Y buscando más información sobre este asunto fue como terminé enterándome de la existencia del llamado gen del habla. Su descubrimiento permitió establecer mejor la cronología de la aparición del lenguaje. Por tratarse de un tema tan cercano a nuestra materia y tan sugerente para los chavales, nos lanzamos a indagar sobre el glorioso gen que nos convirtió en bípedos parlantes, el FOXP2.

Nuestras indagaciones nos sorprendieron muchísimo. Hasta hace apenas veinte años se creía que el Homo Sapiens Sapiens, la rama a la que pertenecemos, era el primer homínido capacitado para el lenguaje, de ahí el apellido relativo a su "sabiduría", pero un estudio relativamente reciente desmontó la teoría, aportando datos que deberíamos quizá asumir como una lección de humildad.

Todo apunta a que la aparición del habla humana no sólo estuvo condicionada por la capacidad cerebral de los primeros "homo", por su adecuada anatomía fonadora o por las circunstancias ambientales. El factor genético parece que representó la entronización de nuestra especie en el reino animal. El gen FOXP2 es un interruptor genético que regula la expresión de otros genes implicados en áreas cerebrales. Este gen, que es sólo uno de los relacionados con el lenguaje, se descubrió tras la investigación llevada a cabo sobre una familia británica que tenía alterada su capacidad del habla desde hacía tres generaciones. Los científicos descubrieron que tenían el FOXP2 inactivo. Aunque parece que casi todos los vertebrados poseen también este gen en una forma muy parecida, las versiones  del chimpancé y del ser humano presentan diferencias sustanciales en su composición (concretamente en dos aminoácidos), algo que ha reforzado la hipótesis de que ciertas alteraciones en el gen podrían haber impulsado la evolución del lenguaje.

Se creía que el FOXP2 tenía una antigüedad de entre 100 y 200 mil años; un análisis exhaustivo sobre los restos fósiles confirmó que podría remontarse hasta 1,9 millones de años, coincidiendo con la cronología de los primeros homínidos, nuestros antecesores.

Prestigiosos paleoantropólogos, dedicados al estudio de la evolución humana y a su registro fósil, han descubierto que hay indicios suficientes de que los Neanderthales estaban capacitados para poder hablar. Habrían sufrido una alteración en el gen FOXP2, una particularidad que les dotaría con la facultad del lenguaje. Al parecer eran muy comunicativos, a pesar de la rudeza y aire cavernario con los que les recuerdan los libros. Lo que ya no sabemos es qué tipo de lenguaje empleaban, si utilizaban o no palabras ni a qué idioma podría parecerse aquel primer "código" humano... No hay que fantasear mucho para deducir que aquellos signos lingüísticos prehistóricos debían estar relacionados con su mundo, con su estilo de vida.



Y llegados a este punto del tema, se me ocurrió referirles a los alumnos que en mi tierra, cerca del Mar Menor, se levanta el llamado Cabezo Gordo, una formación montañosa de apenas trescientos metros de altitud con la que el devenir geológico salpicó la llanura agrícola, repartida entre bancales e invernaderos, que conduce a la imponente laguna salina de Murcia.

Allí se encuentra la "Sima de las Palomas", donde en 1991 se descubrió uno de los yacimientos de restos del hombre del Neanderthal más importantes del mundo. Su importancia radica en la existencia de restos de dos tipos distintos del género Homo: el Homo Sapiens Neanderthalensis y el Homo Sapiens Arcaico, que habitó la sima antes de los hombres de Neanderthal. Los palentólogos responsables de estudiar la Sima estiman que la ocupación humana se produjo durante un amplio periodo de tiempo que podría superar los 300.000 años. Se han hallado también restos de una variada fauna; entre las especies animales que vivieron allí destacan ciervos, caballos, linces, leones o tortugas de tierra.

Este yacimiento se ha convertido en los últimos años en el centro de trabajo de la Escuela de Campo "Sima de las Palomas del Cabezo Gordo", que reúne a especialistas venidos de todos los rincones del mundo movidos por el deseo de conocer mejor las raíces del hombre de Neanderthal. Todos han contribuido, desde 1991, a un amplio número de hallazgos sobre su fisionomía y hábitos vitales.


En nuestro trabajo escolar recordamos que eran nómadas y solían vivir cerca de ríos o en cuevas y debieron dedicarse a la caza y a recoger cuantos frutos les daba la tierra. Pensando en que en la orografía que rodea el Cabezo Gordo no existe hoy (e imagino que tampoco en el Pleistoceno) lugar donde guarecerse de cualquier ataque animal o inclemencia meteorológica, es lógico que aquellos Neanderthales que poblaron este rincón del sureste peninsular eligieran la Sima como lugar de recogimiento.

Al calor del fuego o en la oscuridad de las grutas... ¿En qué pensarían?; ¿cómo sonaría su lenguaje? ¿existirían ya las palabras? Estas preguntas me habría hecho si hubiera podido estar este pasado domingo entre los visitantes de la Sima de las Palomas. Solamente una vez al año, el yacimiento se abre al público; durante la visita, varios científicos les informan sobre los últimos descubrimientos, que lo convierten en un lugar destacado en el mapa de la evolución humana en Europa y que quizá también podríamos considerar (aunque esto ya es una ocurrencia mía) una de las cunas en las que comenzó a forjarse, a fuego lento, el lenguaje articulado, el que entendemos como sucesión de sonidos dotados de significado...



Es un misterio, pero los chavales juegan con la imaginación: "Profe, los "homo ésos" seguro que dirían cosas como "comer", "cazar", "peligro", "bisonte"...". No está nada mal la hipótesis; es lógico, pero yo les sugiero algo incluso más sencillo y también, más humano. Cerramos los ojos y viajamos con la mente hasta la Sima, la de los tiempos en que no había nada de nada, ni carreteras ni casas, alrededor del Cabezo. Nos adentramos en su oscuridad, sin miedo cuando escuchamos a los murciélagos, y nos dejamos guiar por un leve resplandor. Una vez allí, adivinamos una figura que suponemos de mujer, pues entre los brazos estrecha al pequeño de la familia. Arropados por la hoguera, los dos nos parecen casi uno, porque el bebé se esconde al cobijo de su madre, que lo amamanta y arrulla entre sonidos casi melódicos. Crepitan los restos del fuego, y vemos, sorprendidos, que no nos diferenciamos tanto de los Neanderthales en las cuestiones más primarias. De repente, el lactante separa la cabeza del pecho materno, levanta la mirada para examinar su rostro, casi en sombras; no importa, el afecto de una madre puede sentirse hasta con los ojos cerrados. Juega entonces con la boquita para hacer sonidos con los que llamar su atención; ya sabe juntar los labios y hacer salir de allí algo que suene bonito y que haga que ella lo mire. Y, sin saber que estaba siendo el primer arquitecto del lenguaje, casa una sílaba con la siguiente, igual que la primera, para no arriesgar demasiado, y de su boca brota la palabra, la semilla, el germen de todas las venideras. Él dijó "mamá" y su madre ya tuvo nombre; ella lo miró; congeló por un momento su gesto, quizá sorprendida de ser llamada por primera vez, e inmediatamente dibujó una amplia sonrisa, buscando en su cerebro y su corazón otra palabra con la que corresponder aquel regalo y bautizar a su "hijo", al suyo y a todos los hijos de la historia del mundo.

Desde aquel mágico y cálido instante en la cueva, la especie empezó a ser humana. El origen de nuestra privilegiada condición quedó formulada en dos contundentes sílabas ("ma-má"), coincidentes en casi todos los idiomas, y que, casi con seguridad (no científica, claro está) deben estar ya cifradas en nuestro código genético, en nuestro ADN de bípedo parlante.

miércoles, 13 de julio de 2016

"Post fata resurgo..."


Monasterio de Prestado de El Escorial

Llevar el timón de una familia numerosa se antoja fatigosa misión a todos los que se nos acercan... No sé cómo puedes, ay, pobre, y tres niños, con lo que guerrean y alborotan... Pues sí, qué le vamos a hacer, que la demografía no crece por generación espontánea y la genética familiar nos ha dejado permanente el cromosoma Y... y, precisamente, con lo que nos ha costado criarlos, con el desgaste físico, material y emocional que supone la paternidad, no vamos a quitárnoslos de encima, así, como quien no quiere la "cosa", sólo porque estemos cansados de no ser otra "cosa" más que "papá" y "mamá". Atrás quedaron nuestros nombres; a quién le importa ya.
La travesía puede resultar a veces lenta y pesada; no parece haber orilla a la que arribar para soltar el ancla y sosegarse un poco. Uno piensa, madre mía, conforme está el panorama, hasta que estos hijos míos se independicen, allá para su cuarentena, cuando yo ande rondando los setenta inviernos, poco rumbo quedará por perseguir y alentar... ¡Qué misión tan larga y cuánta responsabilidad  encierra, capitán!
Muchos lunes, a pocos minutos de que suene el timbre para que empiecen las clases, los profesores nos tomamos un café arrebatado para empezar la mañana. No deja de sorprenderles verme el primer día de la semana con una sonrisa de oreja a oreja: "¿Cómo es posible que puedas estar de buen humor...?". Pero, ¿cómo iba a poder tener el gesto torcido si estoy plácidamente, tomando un café entre colegas adultos, hablando de temas de mayores y con una semana de maravillosa rutina por delante?
Cierro los ojos al tercer sorbo y retrocedo en el tiempo cuarenta y ocho horas, por obra y arte del café (con una gota de leche y sin azúcar), hasta el instante justo en que tomaba ese primer expreso del sábado y emprendía la odisea familiar del día de "no-descanso". A eso de las 6,30, sin clemencia, despiertan los tres chiquillos, como polluelos hambrientos, ávidos de actividad.
Nos ponen a prueba desde el minuto uno. Por las horas que son, y más si estamos en invierno, la primera salida de emergencia pasa por la pantalla de casa y los endemoniados (y adorados a partes iguales) canales de dibujos animados. Así, con los niños a base de narcóticos televisivos (una amiga se refiere a la televisión como el lobotomizador... ¡madre mía!), igual conseguimos que no nos echen del vecindario. Al mayor aún podríamos convencerle de que, ya que madruga, lo mejor que podría hacer es avanzar con sus deberes, o dibujar o leer... Pero con los dos fierecillas, los casi gemelos, de 4 y 3 años, no hay mucha opción para dialogar, razonar y persuadirles de que estén tranquilos, haciendo puzles o montando castillos.
Debe ser por el nivel de testosterona acumulado en mis cuatro paredes; está comprobado, apagamos la tele, en un ataque de conciencia y responsabilidad pedagógica, y en menos de diez minutos se ha desatado una batalla en el salón. Según los días puede tratarse de un combate con los cojines del sofá, un cuerpo a cuerpo como pequeños luchadores de sumo o carreras de coches... Son las siete y algo de la mañana. Fuera hace frío y dentro se masca la tragedia: alguno de los tres va a salir mal parado, o bien uno de los progenitores sufrirá un colapso y, después de una vuelta de cuello a "lo niña del exorcista", se le desbocarán todos los sapos y culebras conocidos y por conocer...
Así que, antes de que queden desatadas las furias, uno de los dos, normalmente el padre, que es más aventurillas, pone sobre la mesa el plan de emergencia: piedra, papel o tijera, uno se va con los tres a la calle a explorar el entorno.
- ¿El entorno, dices? ¡Pero si ahí fuera hace un frío que pela y todavía no ha salido el sol!".
-"Hazme caso. Tú, si no quieres venir, quédate estudiando, descansando o recogiendo el escenario de guerra. Aprovecha. Nosotros vamos a dar una vuelta...".
 
Y así se iban, abrigados hasta las cejas si era invierno; a pie, el padre y el hijo mayor y los otros dos, en un carro gemelar mastodóntico, cuando eran más chiquitines, siempre equipados con la mochila de "combate", a saber, bolsa provista de agua, algo para picar, pañales, toallitas y ropa de cambio. Ése es el "kit" básico; otras versiones más sofisticadas llevan botiquín de primeros auxilios y ungüentos varios para posibles percances. Hala, móvil cargado por si hay que avisar a emergencias y ¡marchando!
Primera parada técnica, apenas siete minutos después de haber salido de casa, la churrería de Antón, un lugar pequeño, pero que, al calor del aceite en ebullición para las porras madrileñas, procura a la expedición un poco de calor, amén de una vehemente conversación con el dueño del local. Antón es un hombre de unos cincuenta, de nacionalidad rumana, mentalidad muy convencional e ideas inamovibles. Siempre atiende a mi familia a las mil maravillas; mientras va sirviendo tres tazas de chocolate caliente, unos churritos recién hechos y un café para el guía, el churrero va preparando su batería de preguntas. Tiene que descubrir qué hace un señor y tres niños dando tumbos por el pueblo, sin mujer que le acompañe, "pobre hombre", pensará Antón, "por ahí tirado desde el alba, que dice que se va ahora por los caminales que bordean el pueblo". ¿Y dónde dices que está la madre de estos niños? Escucha la respuesta con cara desolada, sin dar crédito a que el hombre de la casa tenga que andar vagando como alma en pena mientras la mujer se dedica a libros y otras martingalas... En sus esquemas mentales no entra lo de la familia con cometidos repartidos según necesidades, sin atender al rol hombre-mujer... No lo vamos a culpar, encima de que aguanta a mis tres zagalillos en torno a su mostrador. Mientras dura el chocolate en la taza, bien, pero cuando se acaba el asunto, revolotean y zumban hasta enloquecer al padre, al churrero, a los clientes mañaneros que se llevan los churros a casa y hasta el pobre perro, de nombre Thor, que está atado a la reja de fuera esperando a sus dueños (don Andrés y doña Pilar), un delicioso matrimonio casi octogenario que festeja la presencia de mis hijos con generoso júbilo.


Cumplida la primera estación. El avituallamiento de la churrería pone las pilas hasta al más aletargado y apático de los expedicionarios. Anda pues, ahora seguimos camino, empujando el carro de los pequeñajos, dirección a Las Cebadillas, ya a las afueras del pueblo, cruzando la carretera que está a las espaldas de la iglesia de San Bernabé. Antes de adentrarse a la zona de las fincas particulares, algunas dedicadas al cultivo y otras al cuidado de animales, vacas, bueyes y caballos, hay que cruzar una amplia zona que, en la época de fertilidad inmobiliaria, fue recalificada para ampliar la zona de viviendas de El Escorial. Las calles están trazadas y los servicios de alumbrado y saneamiento están esperando a que se restaure la actividad económica para que el negocio de la construcción levante otra remesa de casas unifamiliares. La pena es que este ladrillo sobre ladrillo termina arrebatando terrenos a la naturaleza y a la historia. Al hombre no le debería estar permitido invadir los pocos rincones vírgenes del planeta, porque siempre termina arrasando con todo, sin miramientos. Esto pienso cuando pongo los ojos en la ladera del monte Abantos y la veo ribeteada con una hilera de dúplex. Antes había bosque. Un incendio, dicen...
Rebasando estas primeras calles de asfalto sin casas, en seguida se retoma el camino empedrado del campo, el que atraviesa las tierras de los paisanos escurialenses que consagran sus días al ganado y la agricultura. Aquí ya se hace más complicado andar puesto de carro gemelar, de casi dos metros de longitud, con el traqueteo del trazado y la queja inevitable de los hijos, aunque bien es cierto que, a fuerza de costumbre y repetido trayecto, el avezado conductor ha terminado por hacerse con cada uno de los baches que sortean el caminito. "¡Mirad, chicos, caballos y ahí, vacas!". Hasta un zorro muerto han llegado a ver;  el colmo de experiencia silvestre les hizo espectadores del violento enfrentamiento entre una culebra y un lagarto. Días estuvieron contando la anécdota. Superado el pequeño trauma de tener que asumir qué es eso de la cadena trófica y que el grande se suele comer al pequeño, todos se sintieron felices de saludar y admirar a los bichos del lugar. Luego tocará el remate de la excursión, rebasar un arroyo que pasa por las fincas y que las provee de agua para el riego. Cuando al llegar a casa me relatan los detalles transfluviales entro en pérdida, como los aviones: "con el carro y tres niños ¿¿¿te atreves a saltar un riachuelo???", otra vuelta de cuello en el exorcismo de madre irritada... "Nada, no te preocupes, si sólo se han mojado un poco y, ya de regreso, nos ha salido al paso un señor de una de las fincas, que dice que nos ve siempre explorar por la zona, y nos ha invitado a pasar...". Y así, conocieron a Carlos, y al pony Mayo, al caballo Starlight, a las gallinas y las ovejas... Cada vez que surgía el plan dominguero en modo "scout", se hacía obligada la visita al amigo, "el de los animales", como empezaron llamándole mis hijos.
Carlos debió pensar lo mismo que Antón el primer día que vio a mi familia, tan temprano, investigando casi en los confines del pueblo. Mi marido llegaba a casa explicándome la cantidad de cosas que habían aprendido los críos: han dado de comer a las gallinas, han montado al pony, han corrido con las ovejas y, mira, hasta huevos recién puestos traemos. Este señor prepara su propia pomada para picaduras con la cera de sus abejas. Y yo, una vez sobrepuesta a la tensión de imaginarme al trío calavera con los dientes en el suelo después de montar, terminaba quedándome con la intriga de saber más de Carlos o de Valentín, su vecino de finca, que también saludaba con afecto a los míos y que, incluso, en alguna ocasión nos ha obsequiado con frutos de la tierra, como coliflores y acelgas.
Después de un tiempo tuve que animarme a participar en una de esas incursiones rústicas, no sin antes parar a saludar en la churrería y demostrar con mi presencia que existo y que no soy una madre desalmada; a veces, en el colmo de mi entrega a los hijos, hasta empuño el carro y lo empujo. Antón no está muy por la labor de conversar conmigo; a él le gusta polemizar sobre temas de hombres y yo no doy mucho juego. Su mujer, Coca, que trabaja de cocinera en un restaurante cercano y también colabora con la elaboración de los churros y las porras, me sonríe cómplice desde su puesto de mando con la masa entre las manos y el aceite borboteando. Tiene cara de mujer sabia, aunque trabaje en silencio, un poco a la sombra del verbo del marido.
Una de esas mañanas, por fin, tuve el honor de conocer a Carlos. Debe tener la misma edad que tendría ahora mi padre. Es un hombre sencillo, afable y lleno de sorpresas. Ya tenía noticias de que nuestro amigo no era un labriego sin más. Sus desvelos hacia el gallo, las gallinas y el pequeño corderito recién llegado, al que da el biberón con mimo maternal, quedan elevados casi a experiencia mística, porque con Carlos, el modesto carnicero, transformado en jardinero por el devenir de la vida, toda conversación está rodeada de un apacible halo de espiritualidad. Con un lenguaje llano, aunque lleno de sabiduría (de la popular y de la libresca), nuestro amigo desmenuza las verdades existenciales al tiempo que brinda exquisitos trozos de pan duro a las ponedoras de su corralillo. Habla de los trabajos del alma en su vida terrena; de la Divinidad y de las exigencias que implica querer aspirar a ese plano extracorpóreo... No deja de sorprenderme que un paseo por el pueblo pueda terminar con unos diálogos casi místicos, con un señor que ha terminado por convertirse en el arquetipo del "beatus ille" ("feliz aquél") que imaginaba el poeta Horacio. Y, efectivamente, Carlos está consagrado al ocio campestre del sabio, que observa la naturaleza y se deleita con ella, con las estaciones y sus inmutables leyes cíclicas... Contemplando el tiempo, como parte del tiempo, que pasa y parece haberle traído desde el pasado. Porque él es un viajero, un mensajero de la vida, quizá de otras vidas, que nos trae al común de los mortales el conocimiento acumulado de las generaciones que nos anteceden y que pisaron esta tierra antes que nosotros. Allí mismo, en su finca, se apilan unas enormes piedras, seguro que milenarias; él está convencido de que se trata de un altar celta, en el que se celebraban liturgias para conectar con el universo y los seres supremos. Sí que es verdad que el ambiente natural que nos rodea al entrar por aquella puerta nos envuelve y nos hace sentir algo mágico: se nos relajan los circuitos, se esparcen las emociones y caen al suelo las máscaras. Allí, con Carlos, somos nosotros mismos, con nuestras luces y sombras, y acabamos confesando tristezas y alegrías. “Cuídate, mujer, que tu mirada anda cansada y tienes que velar por el batallón. Come más fruta y no te preocupes tanto…”. Madre mía, si parece que es capaz de atravesar mi retina, ver por dentro y comprenderme…


Así es nuestro amigo, granjero, agricultor y escritor… Sabe de letras; no hay más que escucharle. Me dejó extasiada el día en que, como si nada, mientras arreaba a las ovejas para que regresasen, comenzó a hablar de Santa Teresa de Jesús y de su estrecha amistad con San Juan de la Cruz, unidos ambos por el amor a Dios y la experiencia mística brindada a través de los versos. Carlos me refería anécdotas sucedidas cuatrocientos años atrás, como si les hubiera conocido y no sólo a través de la poesía. Aquella mañana terminó con un profundo diálogo sobre los misterios del mundo, del ser humano y de la vida misma. Ya cuando estábamos a punto de despedirnos, nos invitó a un concierto de violonchelo que iba a celebrarse ese fin de semana en el Monasterio de Prestado. “¿Perdona? Pues no sé yo dónde está ese sitio…”. Se quedó perplejo ante nuestro desconocimiento y yo aún todavía más al saber por su boca dónde está, qué fue y qué es hoy ese edificio de la Leal Villa de El Escorial.
A dos calles de mi casa, en frente de la plaza del pueblo, donde está el Ayuntamiento, hay una fachada de piedra, como tantas otras encontramos en esta zona de la sierra. Luce una austera puerta de madera adintelada y tres filas de  ventanas, una por cada planta. Contiguo a este edificio se levanta otro, el de la oficina de Correos. A quien no es de aquí y no conoce la historia, poco o nada puede hacerle pensar en la importancia del lugar. A mediados del siglo XVI, esta casa (llamada entonces “La casa de los Rubios”) fue comprada por los monjes jerónimos, que llevaron a cabo las primeras obras de acondicionamiento para que pudiera albergar al mismísimo Felipe II, cuando acudía a visitar las obras del Monasterio de San Lorenzo (el que hoy todos conocemos y al que debemos la expresión “la obra de El Escorial” al referirnos a algo que nos ha llevado mucho tiempo y dedicación). Imagino que por esta razón, por alojar al Monarca en su larga espera, la Casa del Rey que hay cerca de la mía recibe el apelativo “de prestado”. En este momento, Carlos aprovecha para comentarme cosas interesantísimas sobre el Rey “Prudente”, su secretario Antonio Pérez y las leyendas que giran en torno a ambos y a Ana Mendoza de la Cerda, la princesa de Éboli… Este amigo nuestro, “el de los caballos”, cada día nos sorprende e ilustra más.
El Monasterio se convirtió más tarde en vivienda del Padre Campero (administrador, según tengo entendido, de todas las propiedades de los monjes en El Escorial) y después en Horno de Vidrio. Durante la Guerra de la Independencia sufrió un devastador incendio, ocasionado –nos informa nuestro guía- por los soldados franceses cuando abandonaron el pueblo tras la derrota. Había sido su centro de operaciones y, al tener que marcharse, se encargaron de condenarlo a las llamas. Quedó destruido y abandonado, hasta que en 1880, Federico Fliedner, pastor alemán de la Iglesia Evangélica, lo adquiere y restaura para convertirlo en un centro de difusión cultural y residencia para niños necesitados del pueblo. El dintel de su puerta reza: “Post fata resurgo” (o “después del hecho resucita”, como el Ave Fénix, que resurgió de sus cenizas). Y así fue y sigue siendo. Actualmente, el edificio es propiedad de la Fundación Federico Fliedner; es un centro de espiritualidad, cómo no serlo entre muros centenarios y teniendo un jardín tan hermoso… Y en este punto volvemos a Carlos, pues a él, que había trabajado como jardinero durante años, acudieron los religiosos de la magna casa para intentar devolver el esplendor a aquel patio histórico que durante años se había mantenido asilvestrado, sin cuidar. “¡Qué honor!”, debió pensar nuestro amigo.
Monasterio de Prestado, El Escorial
Puerta exterior del Monasterio de Prestado. Mirad el dintel: "Post fata resurgo"
Así que, la primavera pasada, se encargó de acondicionar el jardín, desbrozando, plantando árboles y flores y recuperando otros. “Venid a verlo; ahora que se ha recuperado ese maravilloso espacio se puede visitar una exposición de escultura, al aire libre”. Maravillosa, sin duda. De nuevo, “Post fata resurgo”, porque, gracias al sabio ingeniero de almas y flores, los Jardines del Monasterio de Prestado acogieron hace un año el ciclo “Clásicos de verano”, organizado por la Comunidad de Madrid. Después de esta maravillosa historia descubierta a través de Carlos, no podía faltar a la cita. Él mismo dispuso las sillas en torno al pequeño escenario; un jardín amorosamente regado y preparado para el concierto “Música de cámara en entornos históricos”. Sentada en medio de la historia, en medio de la belleza, respirando música y amistad… ¿Podéis escucharlo? Ningún avatar parece ahora alterarme, ni niños madrugadores ni noches maternales en vela. El mundo parece incluso un lugar mejor. Y pienso: “Post fata resurgo…”.

Jardín del Monasterio de Prestado, rehabilitado por mi amigo Carlos


En la última fotografía aparezco con mi amigo Carlos, en los Jardines del Monasterio de Prestado de El Escorial. Hemos estado conversando sentados en uno de los bancos originales del siglo XVI. Apenas hace un año de aquel primer concierto; el jardinero sabio ha devuelto el verde esplendor a este histórico espacio. Ahora tiene un huerto, como al parecer lucían los antiguos jardines reales, y un rincón de "botica", en el que Carlos ha plantado multitud de hierbas medicinales. Y un hermoso estanque...

El próximo reto es excavar la tierra sobre la que estuvo construida la primera iglesia de El Escorial. Se conservan los cimientos; la pared en la que estaban la puerta y la ventana que daban a la calle; el relicario y la zona del altar... Hacia él mira el lateral del Monasterio, donde se situaba la habitación del Rey, que comunicaba directamente con el templo para que pudiera escuchar Misa sin salir de sus aposentos... Una vez que Carlos se asegure de que en ese suelo no queda ningún antiguo objeto que rescatar, lo acondicionará para convertirlo también en jardín.

Ha sido una deliciosa charla, amenizada con música clásica y las voces de mis hijos jugando bajo las sombra de la higuera... Iba de camino a comprar el pan y me paré en el Monasterio de Prestado a saludar...








Grabado de la puerta del Monasterio