sábado, 24 de octubre de 2020

Otras cosas extrañas que nos trajo la pandemia



Ha transcurrido este inicio de curso pandémico de una manera, como os dije, ciertamente extraña, entre mascarillas, flechas indicadoras del buen destino y un baño de gel hidroalcohólico (ungüento que las leyendas que relaten los avatares del pasado referirán como bálsamo de inmortalidad, estoy casi segura).

Superadas las primeras contrariedades que nos han llevado a los profesores a rebelarnos contra los gobernantes que nos vapulean mientras sentencian la debacle del sistema educativo, llegó el momento de la verdad, el del cara a cara con el trabajo, con la gesta, tan malentendida y malquerida por la sociedad, de intentar educar a los que deben salvarnos del desastre integral.

Allí, en la arena, sin más disfraz ni armadura que una mascarilla quirúrgica ni más arma que una tiza, un cable y una pantalla para los más aguerridos, y mucha, pero que mucha paciencia, todos los que defendemos la educación como bandera del desarrollo y la igualdad para todos los ciudadanos, nos sentimos fuertes y comprometidos, a pesar del desdén de quienes nos ven desde las gradas, a pesar de la desmotivación de nuestros pupilos, a pesar de que el amor por el conocimiento ande en fase degradada y quién sabe si al borde de la extinción.

Frente a la pizarra y una decena de pares de ojos que asoman al borde enmascarillado de su existencia, me olvidé de mi enfado profesional, de la apatía que se me había instalado tras el confinamiento, se esfumó el desánimo por la ventana abierta por donde también esperamos que se vaya el bicho innombrable. En esas dos horas de clase intensiva se produce a veces la magia, cuando el profesor intuye que ha conseguido conectar con el alumno, a veces gracias a un guiño, una sonrisa (ahora obligadamente escondida, pero siempre evidente en el brillo de los ojos), un gesto cómplice que celebra que se ha entendido el concepto, que un aprendizaje empieza a recorrer la galaxia de neuronas para convertirse otro día en ladrillo de nuevos aprendizajes.

Y entonces, justo cuando empezaba a sentirme a salvo de la confusión generalizada, de la sensación de caos reinante, un día, a la salida del instituto, mientras saboreaba satisfecha el deber cumplido (que tiene regusto a gloria cuando se ha alcanzado el propósito a pesar del contexto desfavorable), me llega la noticia de que alguien ha manifestado un reproche sobre mi persona. Y, según voy escuchando el relato, se me van cayendo los vítores y galardones del triunfo que andaba celebrando. Más podría decir, a juzgar por aquellas nefastas palabras, que nunca debí sentirme vencedora en este improvisado rin en que se han convertido las aulas. 

"Estamos en una pandemia mundial y ella, sin embargo, bajó su mascarilla, incumplió su obligación y nos puso en peligro...". Oh, qué tristeza tan grande saber que mis pobres adolescentes, mis queridos alumnos de la era COVID, no han sabido reseñar de su profesora, de entre todas sus cualidades y defectos profesionales, más que la anécdota de que en alguna ocasión, después de llevar más de una hora explicando, sobreponiéndose a su dióxido de carbono, ante el desconcierto que produce ver al público impertérrito, quizá impasible, y tras pedir permiso para tamaña incorrección, descubrió la nariz para respirar, asegurándose de hacerlo pegadita a la puerta, con la distancia de seguridad, en una clase de apenas diez alumnos y las ventanas abiertas.

¿Qué hago yo explicando gramática castellana a quien realmente necesita lecciones de lógica? ¿Cómo se explica a estos hijos de la pandemia que en el mundo existen normas ineludibles, pero que, incluso ante las más importantes, existen las salvedades? ¿Debemos ser tan obedientes con el buenismo imperante como para que renunciemos a respirar aunque sea unos segundos por miedo a la censura en estos tiempos convulsos?

Siento bastante inquietud ante lo que me parece ya una tendencia social. Se nos ha inoculado un terrible virus llamado estupidez que quizá sea el causante de nuestra pronta desaparición.

Espero recuperar pronto el aliento porque, ya sea sacando la cabeza por la ventana o exiliándome unos minutos en el pasillo, como la alumna desobediente, tomaré aire para volver a entrar a las aulas como si mereciera la pena seguir educando en el sentido común y el espíritu crítico.


sábado, 19 de septiembre de 2020

Stranger Things: el regreso a las aulas

 


Hace apenas unos meses, aun cuando no se había dado por terminado el confinamiento, no sospechaba que esto pudiera suceder. Llegó el verano, que supo a agua de mayo después de un trimestre enloquecedor en el que convertimos nuestros salones en aulas, la cocina, en sala de profesores y el baño, en cuarto de castigo. Nunca fueron tan bienvenidas las vacaciones. Me ha parecido incluso que este verano se ha oído menos eso de “vives como un profesor; quién tuviera tus vacaciones” (provocación que siempre encajo mal y a la que suelo responder “ya sabes, las Facultades de Educación están abiertas y las oposiciones a sufridor docente se convocan regularmente”).


De verdad, que no voy a practicar el victimismo, que a mí me gusta mi trabajo; es más, me apasiona, me hacer sentir útil, siento que he sido llamada a esta gran gesta que es la enseñanza (o sea, que esto es vocacional), pero creedme que ejercer de profesor agota, física, pero, sobre todo, emocionalmente.


Y de eso nos quejábamos hasta hace poco, del estrés de trabajar con adolescentes, de los horarios apretados sin tiempo para preparar clases, del trabajo invisible que todos nos llevamos para las tardes y los fines de semana… ¡Qué bien vivís los profesores! Ja, me río yo… Si al menos contásemos con el reconocimiento social o se nos remunerase en razón al esfuerzo y la dedicación con que nos enfrentamos a la misión…


Ha hecho falta un confinamiento, que todos los niños y adolescentes de este país estuvieran encerrados en sus casas durante más de dos meses, para que las familias hayan empezado a comprender el valor de nuestro trabajo como educadores, como personas encargadas de custodiar e ilustrar a sus hijos en el camino del conocimiento. Como funcionarios públicos, prestamos un servicio que muy pocos han sabido valorar, hasta que se han visto en la obligación de apoyar a sus hijos con las distintas materias escolares, hasta que han tenido que soportar 24/ 24 horas a sus criaturas en todo su espectro neurótico…


"Bueno, ya terminó lo peor", pensé en junio, cuando tuvieron lugar todas las sesiones de evaluación virtuales con que calificamos tan generosamente al alumnado, certificando el “ego te absolvo”, el pasaporte al curso siguiente para los aplicados, que lo son con pandemia mundial o sin ella, los vagos incorregibles que entregaron 150 tareas en cuatro días y los coronados para la ocasión con el "san Covid" que todo lo perdona. Alguno se quedó en el camino, claro, porque incluso en esta benevolencia “urbi et orbe” hay quien resulta irrescatable.


Pero lo peor estaba por llegar. Ya en agosto estuve pensando en cómo sería el regreso a las aulas. Estos meses han sido para mí muy enriquecedores, a pesar del fastidio de andar entre las cuatro paredes de mi casa, desbordada de trabajo docente y doméstico, de profesora, de madre, de ama de casa y de esposa que anda preparando su “separamiento”, como lo llama uno de mis hijos. Con todo, de cada crisis surge un aprendizaje y, no sin dolor, para mí ha representado un gran paso en términos de crecimiento personal. Me sentía fuerte para darme un baño de multitudes adolescentes, de 1º de Secundaria a Bachillerato, para pelear con esto de que alguien me escuche mientras hablo de sintaxis o metáforas, para abrirme paso entre los pasillos arrebatados de hormonas dislocadas y saludos de alumnos que solo saben hablar a voces…


Soñaba con volver a la normalidad, como todos, vaya. Pero la normalidad no llegó, porque, tarde y mal, los que gestionan esto del enseñar quisieron convencernos a todos de que, para que el regreso se produjera en un entorno seguro, los alumnos debían incorporarse escalonadamente, en grupos de no más de veinte y en el caso de los niveles superiores repartidos en dos subgrupos que acudirían al centro en días alternos. Así que el instituto tuvo que prepararse, cambiar sus decorados, para que en las aulas cupieran las mesas necesarias con la distancia de seguridad prescriptiva, para señalizar con flechas la dirección en la que caminar sin darse de bruces con nadie por el pasillo… Geles hidroalcohólicos para ahuyentar al bicho y, ya de paso, ver si se desinfecta la herida de la ignorancia arrastrada por los chicos desde el confinamiento. 


Más profesores asignados para este plan de contingencia con el que se quiere hacer creer a la opinión pública que la enseñanza es en este país una prioridad. Sin embargo, a finales de este mes de septiembre, se cuentan con los dedos de las dos manos los compañeros de trinchera que aún están por llegar. Aquí los esperamos los demás, mercenarios de un sistema que nos obliga, además de a llevar mascarilla, como cualquier ciudadano de bien, a ejercer nuestra profesión en una situación a todas luces precaria. Ahora no solo hay que enseñar, sino compensar las carencias académicas, tecnológicas y psicosociales de nuestros alumnos desde el formato de la semipresencialidad, no la nuestra, claro, sino la de los alumnos, porque lo que se espera de nosotros en más bien la omnipresencia y la omnipotencia, ya que habremos de atender a los más pequeños, de 1º y 2º de ESO, que vendrán a diario, con la urgencia de retomar el contacto (en la distancia social eso sí) con esto del instituto, pero también tendremos que satisfacer las necesidades de quienes se queden en sus casas en días alternos, para que, en ningún caso, nadie pueda  reprocharnos que no satisfacemos su derecho a la educación. Y para ello, igual ha llegado el momento de formarnos en telequinesia más que en herramientas técnicas, porque las altas instancias pretenden que lo hagamos grabando nuestras clases, o con nuestros móviles o con alguna de las pocas cámaras con las que está dotado el centro, sin red Wifi ni un digno ancho de banda, pero, eso sí, que pasemos lista, que comprobemos que los adolescentes que están solos en sus casas se han levantado a las 8 y no están malgastando su tiempo en dormir o en enredarse entre las pantallas del ocio.


Creo que están urdiendo la gran distopía para la enseñanza. Nos tienen como a cobayas, quieren experimentar qué pasaría si esto de las aulas virtuales hubiera llegado para quedarse, cómo optimizar los recursos para gastar poco en capital humano, comprar una docena de dispositivos y lanzarnos a la nefasta aventura de ser el profesor holograma, que se te presenta después del desayuno y te entretiene y educa al hijo hasta la hora de comer. A mí ya me suena a película, de terror…


Igualmente inquietante y cinematográfica ha sido esta fase de pruebas del experimento distópico. Es el primer día de instituto. Todos los profesores nos saludamos arqueando las cejas por eso de resultar más expresivos ahora que llevamos mascarilla, dándonos ánimo para este nuevo curso, el del Covid del demonio; cogemos una tiza, como gesto aprendido, porque aún dudamos de que utilizarla no vaya a tirar por tierra las medidas de prevención del protocolo. Empiezo a subir las escaleras, siguiendo la flecha que me obliga a mantenerme a la derecha, junto a la barandilla. Levanto la mirada, el pasillo está vacío, casi en penumbra. Ni rastro de los chicos que en febrero recorrían el instituto dos veces antes de llegar a su clase porque así veían al colega repetidor. Nada de besos furtivos de las parejitas de enamorados que entre clase y clase se funden con la pared y se comen el cuello pase quien pase por su lado. Tampoco está el de “profe, ¿me puedes abrir, que me he dejado el bocadillo?”. Silencio. Me ha parecido oír el timbre; se ve que aún no han llegado. Pero la puerta de 1º de Bachillerato está abierta y sale luz. Antes de llegar hasta ella me encuentro a la compañera de Inglés: “Oye, Ana, qué mal rollo, ¿no? Ni rastro de los chicos”. No habían dejado rastro, pero sí habían llegado. Asomé la cabeza por la puerta, por si efectivamente estuviera la clase vacía y se me hizo un nudo en el estómago al comprobar que los alumnos ya habían entrado, se habían sentado, cual ejército, sin salirse ni medio centímetro de su zona de seguridad. Los saludé. No serían más de trece en esta clase. No sé si mascullaron un "hola" debajo de sus mascarillas porque, si así fue, me resultó inaudible. Tampoco fui capaz casi de reconocerlos, aunque sabía por las listas que muchos habían sido ya mis alumnos. 


Irreconocibles sus rostros enmascarillados, pero más aún su actitud silente y adiestrada. Entro con cierta efusividad, casi teatral, por eso de romper un poco el hielo, pero de poco sirve, apenas si se mueven, quién sabe si por miedo, por espíritu zombi o porque el confinamiento los ha metamorfoseado en unos seres tan evolucionados que olvidaron qué era eso de la algarabía, la impertinencia y la frescura adolescentes. Casi dos horas de clase de presentación con quince pares de ojos que me escrutan y parece incluso que me censuran cada vez que dejo mi nariz asomar por encima de la mascarilla antes de que me asfixie el CO2 que genera una explicación de análisis sintáctico.


Pues nada, chicos, ha llegado el momento de que nos echemos el gel hidroalcohólico y limpiemos las mesas. ¿Sabéis qué? Este fin de semana me reúno con mis amigas del "club empiñado en escribir". Tengo que sacarme de la manga un texto que se titule “De película”. ¿Quién sospecha de qué tratará mi historia después de comprobar lo extraño que está siendo todo hoy? ¿Quiénes sois vosotros y qué habéis hecho con mis alumnos?


Silencio y títulos de crédito. Stranger things...

sábado, 2 de mayo de 2020

Amor de supermercado


Es casi la hora. Habíamos quedado en que sería mejor esperar un poco al final de la tarde para que hubiera menos gente, aún menos de la que se deja ver estos días por la calle. Antes del cambio de hora, cuando empezó todo esto, venía a oscurecer a eso de las 8, así que el plan cuadraba si bajábamos una media hora antes. Para cuando regresáramos a nuestro portal, ya se habría hecho prácticamente de noche y resultaría más fácil romper con las distancias y arrancarnos apasionadamente las mascarillas y tocarnos sin guantes. Pero, ahora, en mayo, salir a la hora acostumbrada implica exponerse a la luz vespertina y a los ojos inquisidores de los balconazis del barrio.

Siempre le digo a mi madre lo mismo. “¿Qué hace falta para hoy? ¿Traigo huevos?... No creo que a estas horas queden tomates o patatas, ya sabes que no. Sí, lejía traigo y papel, pero no te pases, que tengo que venir andando cargado con las bolsas”. Ella sabe perfectamente qué intención hay detrás de mi afán por colaborar con las obligaciones de suministro doméstico.. Conoce a Susi desde que era pequeña y sé que le hace ilusión que salgamos juntos. Siempre me dice, “hijo, es fantástico que seáis vecinos, compañeros de estudios y ahora compañeros de vida”. “Sí, mamá, pero no te flipes, que nadie ha hablado aún de comprarnos una casa o de tener hijos; estamos disfrutando, conociéndonos”. En estos días de convivencia intensiva con mi madre, la he escuchado varias veces decirle a sus amigas por teléfono: “sí, sí, mi hijo Manu es quien me hace la compra y le dejo salir, pobre mío, que a él solo le queda ahora el amor de supermercado”.

Menos mal que, aunque sea 2 de mayo, es sábado y abrirá al menos el súper del bulevar. Este año ni festivo ni nada, que está Madrid para pocos chotis con esto de la cuarentena y el puto bicho. Nos han quitado las vacaciones de semana santa y ahora el puente, así que por falta de ganas no será, digo, porque si sumamos las semanas que llevamos a las espaldas de aislamiento, estamos todos tan histéricos que bien podríamos proclamar el nuevo levantamiento rebelde de esta ciudad. Por mí, eso sí, hoy mejor no, que se queden otro día más todos en sus casitas, que yo tengo que verme con mi diosa allí, en el pasillo de los yogures, o camino a la frutería, para decirle en voz baja, mientras pesa los kiwis cuánto me gusta pasarme las horas charlando con ella hasta la madrugada, por whatsapp o por el insta…

“Anoche estabas preciosa en la foto que te hiciste en pijama con la cerveza en la mano, para brindar como si estuviésemos en nuestro cien montaditos de La Latina… Ay, dios, quién volviera a ese Madrid del mes de enero que nos dejaba abrazarnos bajo las gotas de lluvia de aquel techado. ¡Qué dulces me parecieron entonces tus ojos, Susi! 



Ella había bajado sobre las 19:25. Justo después de cerrar con ímpetu la puerta de la casa, su madre salió al rellano de la escalera mientras la recadera familiar se dejaba rodar escalones abajo; la llamada del deseo es poderosa y podía escuchar sus requiebros desde dos manzanas más allá. “¡Susiii! ¡Que no se te olvide el jabón de manos, hija, ni los yogures, que tu padre no cena otra cosa!”. Viéndola precipitarse por el vestíbulo del edificio, no parecía que la chica hubiera tomado nota de aquellas peticiones…

Yo aguardaba escondido en el hueco de la escalera. Desde allí pude verla abrir la puerta y salir a la calle. No quise decirle nada para no alterarla; ya me pareció muy agitada al oírla bajar los últimos escalones. Esperé un par de minutos para hacer yo lo propio y lanzarme a la carrera en dirección al supermercado. Nada más atravesar el umbral de nuestro portal y dirigir mis pasos por la acera, pude adivinar la figura de Susi avanzando ya hacia la otra esquina de la calle. Iba tirando de su carrito de la compra. ¡Qué elegante me parece esta chica siempre, hasta con chándal y carrito!

Habíamos quedado en que nos encontraríamos en el pasillo del pan y las galletas. Y allí mismo la encontré. Con ese porte, no me costó ni medio segundo reconocerla, a pesar de la mascarilla y sus manos de látex. Revisaba las etiquetas de los paquetes de las galletas, disimulando, como si realmente le importase lo del aceite de palma. Miré a mi alrededor; comprobé que no hubiera ningún perseguidor de infractores y me lancé al gran despropósito. Acerqué mi carro al suyo y, antes de que se diera cuenta de que ya había llegado, rodeé su cintura desde atrás, al tiempo que acercaba mis labios a su cuello. “Mi reina, qué bella estás poniendo cara de seria”.

Susi respingó, como asustada… ¿Estás loco, o qué te pasa? Si nos ve el de seguridad nos multan, idiota… Quiso fruncir el ceño y hacerse la contrariada, pero le pudo más la emoción y el saberse abrazada por un amor furtivo. Al ver mi sonrisa picarona apostada en su hombro, se giró para plantarme un beso eléctrico, fugaz e intenso. Por el rabillo del ojo vi que por el pasillo principal cruzaba una señora mayor que nos miró con gesto de extrañamiento ante la falta de distancia social. “Perdona,  -dije improvisando-, ¿podrías acercarme esa caja de cereales que está allí al fondo, porfa?

Tan pronto desapareció la intrusa, nos echamos a reír por lo bajo. No os podéis imaginar lo excitante que resulta transgredir las normas en estos tiempos tan paranoicos. Que ya me lo ha dicho mi madre antes de salir: “Manu, tú todo con guantes; el látex te protege, te lo digo yo; que nadie te vea que te atreves a coger las manzanas con las manos desnudas que la has liado, ¿eh? Y a Susi la ves, sí, pero nada de tontunas, ni acercamientos, hijo, que la gente está muy rara y hay mucho miedo. Vosotros hacéis como los novios de antes, os miráis, os sonreís y, a lo sumo, os decís un algo amoroso, pero no me hagáis los tontos, que tiempo tendréis”...

“Sí, eso mismo me ha dicho a mí la mía, así que, al menos aquí, no te dispares, que además nos tiene que dar tiempo a hacer la compra antes de las 20:00, que nos cierran. Mira, yo aún tengo que buscar el jabón de manos, el pan y las nueces”. 

Me pone mucho cuando adopta esa actitud responsable. "¡Yo también tengo que ir a por la lejía y los huevos”, pero no puedo desaprovechar ni un minuto, te deseo, necesito oler tu perfume y mirarte, aunque solo sea eligiendo entre el pan rústico y el de hogaza. Paso muchísimas horas al día, más de las que tiene, yo creo, encerrado en las cuatro paredes, pensando en ti, soñando contigo, recordando nuestros paseos, los conciertos, las estrellas cuyos nombres me enseñaste aquella noche de invierno. Me da igual, qué lejía ni qué hostias. Si tú compras nueces, yo avellanas. Te acompaño al pasillo. Mientras Susi elegía entre las de Macadamia y las de California, me atreví de nuevo, esta vez a besarle el cuello.

“¡Estás como una cabra! ¿Lo sabes, no? Como nos llamen la atención, a ver con qué cara venimos el jueves. Y, si nos multan, mi padre me aplica otra cuarentena, hasta agosto lo menos.

“Estimados clientes, les informamos que este supermercado cerrará sus puertas dentro de diez minutos. Vayan acercándose a la línea de cajas. Les agradecemos su confianza”.

Cogimos las avellanas naturales y las nueces con cáscara y nos dirigimos arrebatados a la cola para pagar. 

- “Sepárate un poco, no vaya a ser que la cajera ya ate cabos. Llevamos muchas semanas haciendo lo mismo”.
-Yo creo que no es la misma tía, no te rayes, anda.

Susi levantó una ceja sonriendo mientras iba poniendo su compra sobre la cinta. Cuando yo quise hacer lo mismo, ella ya salía por la puerta del súper, así que quise darme más prisa, porque ya debían ser casi las 20.00.

Metí todo en las bolsas a lo loco. Tenía que llegar más o menos al mismo tiempo que ella. Otro día más, caminando ya los dos por la acera que nos lleva a casa, pudimos deleitarnos con la ovación del vecindario. Puntuales siempre, allí estaban todos en sus balcones, con sus arco iris y su música a todo trapo. Susi y yo comentábamos luego lo gracioso y emocionante que resulta que parezca que todos te aplauden. “Es que saben que somos amantes de estraperlo, ¿sabes? y están ahí viéndonos, como espectadores de un teatro, emocionándose con nuestras idas y venidas, nuestros carros cargados de tomates y de besos, jajajaj”. Nos molaba sabernos admirados por el pueblo de Madrid.

Sonaba aún el "Resistiré" que siempre pone nuestra vecina del tercero a todo volumen, cuando alcancé el portal. No haría ni tres minutos que Susi había entrado. Dejé todas las bolsas en el suelo para poder abrir la puerta. Me sudaban las manos con los guantes puestos, así que me los quité, tembloroso. Tenía ya los nervios agarrados en el estómago.

Recogí mi compra rápidamente. No había tiempo que perder. Teníamos que aprovechar el jolgorio vecinal, el ruido y la variedad musical para hacer esos minutos fugaces más largos. Ella y yo sabíamos lo que pasaría, lo que siempre pasaba. Entré al portal y sin más dilación fui a su encuentro. Allí estaba, debajo de la escalera, sonriente, como una niña que espera al compañero de travesuras. Ambos sabemos que un encuentro furtivo como este está perseguido por la inquisición colectiva. 





Comenzamos a besarnos, la agarré de la nuca, acariciándole el pelo como sé que le gusta. Nos fundimos contra la pared mientras nos buscábamos acaloradamente. Sentía cómo la cadencia de su respiración se iba acelerando más y más; las caricias se estaban convirtiendo en una verdadera declaración de intenciones.
"Me gustaría tener más tiempo para preámbulos -me dijo susurrando-, pero ahora que la gente está entretenida con el santo ritual, no podemos desperdiciar ni un instante". Entre besos húmedos llenos de pasión, con algún mordisco fogoso de por medio, Susi me cogió la mano adentrándola bajo su licra ajustada. Con el primer impacto de mis dedos, tembló, suspiró, entre el deseo, la calma y el placer. 
Después fue ella quien me buscó, arrebatadamente, bajo el chándal y me encontró, ¡oh, dios, vaya que si me encontró! Durante unos minutos, nuestros cuerpos retorciéndose bajo la escalera, temblorosos, movieron nuestro centro de gravedad, trastornando (estoy convencido) la frecuencia cardíaca de todo el vecindario... Me emociona siempre verla disfrutar, temblorosa. Le apretaba de la cintura, besándole el cuello y mordiendo sus labios. 
"¡No puedo más! dime que has traído protección". Le contesté que sí, pero le susurré: "¿Nos dará tiempo? Sus ojos me respondieron afirmativamente, picarones. Nos desvestimos, no demasiado; había que tener tiempo para reaccionar en caso de intrusión. Se dio la vuelta; yo la abracé por detrás. Más allá del placer físico, recuerdo, entre idas y venidas, rodear su cintura con una mano y pasar mi brazo por sus axilas, cogiéndola del hombro, desde delante hacia atrás, oler su pelo y su cuello, mientras apoyaba mi frente sobre su nunca. "Huele a paz, a sosiego y felicidad", pensé, si a eso se le puede considerar pensamiento consciente. Susi se retorcía y temblaba intentando contener cualquier ruido que delatase nuestro “incivismo”. 
Me costaba cada vez más coordinar los movimientos, luchaba contra los gritos sordos que se apoderaban de mí; la apretaba más y más fuerte, pero lo hacía entre el cariño y la potencia emocional previos a la explosión. Sus piernas trémulas me avisaban de que el momento estaba a punto de llegar. Habría estado bien tener a todos los vecinos de espectadores de la escena final y, con ella, la ovación popular. Nos agarramos las manos, tan fuerte como quienes se agarran a la vida, pletóricos de éxito, deleitándonos aún con los temblores erráticos del éxtasis último.
Nos despedimos con un cálido y rápido abrazo y mi beso entre la comisura de los labios y su nariz. "Te quiero", le dije. "Y yo a ti. Esto pasará pronto y disfrutaremos de los momentos y los besos sin miedo", me respondió mientras miraba el reloj. 
"No sé yo si podremos besarnos alegremente después que pase todo esto", le dije, "la gente va a estar en plan “no me toques ni con un láser atado a un palo”. Susi se rio. Yo quise silenciar su carcajada con un gesto para avisarla de que nos podían pillar. 
Miramos el reloj otra vez;  había que volver a la nueva normalidad. Ella asintió y yo, antes de ponerme los “profilácticos de mano”, altamente recomendados por mi madre, le toqué la cara y le sonreí. Se marchó escaleras arriba, vigilante, buscando moros en la costa. Yo hice lo propio, regresando a esta “nueva no normalidad”, a la espera de otra excusa, otra oportunidad, para nuestro amor de supermercado

sábado, 18 de abril de 2020

Audiorrelato: "Sol de invierno. Cómo te enamoras de la vida", por Dio Sinequanon, en la voz de Emilia Ruiz



Audiorrelato: "Un día cualquiera", por Dio Sinequanon, en la voz de Emilia R. M.



Un sinsentido


Si me preguntáis qué siento hoy os diré que cierto estatismo vital... Mi percepción del mundo parece distorsionada y extraña por la falta de contacto con el entorno y los contornos, los que podrían decirme que hoy es 18 de abril y es primavera, los que me traerían la intensidad de la tierra mojada, de las gotas de lluvia sobre el verde de la montaña, los lilas recién nacidos que mis ojos ahora solo recuerdan. La suavidad de la hierba fresca en la palma de mi mano es una evocación lejana que me transporta al mundo que era antes de hoy, el que anhelo y proyecto sobre un futuro que quiero que huela a verdad.

Saboreo entre los recovecos de mi cerebro el suave licor que disfrutaba, entre risas, al final del invierno, cobijada por la calidez y ternura de los abrazos envolventes, de los besos que se congelaron en el tiempo a la espera de la caricia estival que los reviva... Huele este aire a cierta tristeza, casi palpable, al tedio que me saluda desde la ventana del sueño nada más abrir los ojos. 

Solo atino a ver en mi casa de los sentidos a los mismos de siempre, en el lugar de siempre, intentado recuperar la alegría de otro tiempo frente a la tarea repetida de vivir en este eterno bucle de puerta cerrada y amargura en los labios.

Solo me salva de la perdición y el olvido el susurro vivaracho de los pajaricos, que me cantan por dentro desde el azul silencioso; vive el cielo de este mundo un poco extrañado por no vernos deambular como hormigas adiestradas por nuestros alocados caminos y existencias vacías.

No puedo más que soñar con llenarme esta noche de los perfumes de antaño, los que me devuelven el color de los besos que saben a luz, a amarillos silencios entre los olivos, a la seda de la mariposa con la paz en las alas.

Perdónenme los sentidos porque la belleza confunde hoy mi alma.

#CincoSentidos
#SinSentido
#Sentimental
#Sensible
#Sensitiva

jueves, 2 de abril de 2020

viernes, 24 de enero de 2020

Planeta Mariposa


En el planeta Mariposa no existe amanecer en que no raye al alba un tenue sol de invierno, aunque sea primavera, que tiernamente abraza a los enamorados, y que huele a leña quemada y a tímida lluvia que nunca cala.

Allí, suben y bajan escaleras a ninguna parte, no hay camino que te pierda ni conduzca pues no espera en el horizonte destino alguno para quien nada busca.

Es mi planeta un ingrávido aleteo para esta Mariposa que hoy levanta el vuelo sobre ruinas de imperios pasados que solo atinan a temblar, mirándola en lo alto batir infinitos colores en el azul del futuro.

Llegan mecidas por el cielo estrellas que mudaron fugacidad por eterna calma placentera.

Dibujan sobre lo oscuro esta hermosa partitura que guía, entre caricias y besos, melodías hechas de tiempo presente, de belleza transformada en abrazo que no entiende ni espera a la muerte.

martes, 5 de noviembre de 2019

Se muere el mar de todos... Me lo dicen los peces...


Cuentan los nómadas de este mundo que uno no termina nunca de abandonar la tierra que lo vio nacer; que por muy anchos que sean los mares que cruzaron e infinitos los kilómetros recorridos siguiendo los pasos de la incierta fortuna, siempre se lleva prendido en el alma el perfume del país, ciudad o aldea que nos lanzó un día a explorar la vida y sus avatares.

Así siento yo que vienen conmigo aquellos aires húmedos, que pocas veces saben a lluvia, y huelen a azahar, a dulzón verde de invernadero, a palmera que cimbrea sus brazos a la orilla del mar. 

Traen las leves olas la otra esencia, de arena y salitre pegados al barco con que sueño que lanzo mis redes para atrapar al elegante caballito y traerlo conmigo hasta esta montaña que hoy me cobija.


Y por eso me duelen también las heridas de mi tierra, las que trajeron las aguas salvajes de tantos septiembres, cambiando sus calles por insondables y temibles ríos que buscan el azul de siempre para ir a morir. 

En esta tierra adoptiva, donde el otoño se puebla de hojas caídas, siento yo mientras las piso como si me subiera el agua fría que inunda y asola mi huerta lejana, mi trémulo mar del que huyen los peces.

Boquean agónicos en mi garganta. Me susurran, ya moribundos, su funesto presagio. Dicen que morirán muchos más en otros lugares, que su huida de este pequeño mar anuncia lo que, si no les escuchamos, nos vendrá. Oíganles, nos lo dicen sus ojos, estáticos casi, sobre la arena donde ayer jugábamos y soñábamos con las estelas del caballito de mar.



sábado, 19 de octubre de 2019

Silencio



Regreso del sueño cada mañana, en silencio, justo el que necesito para ordenarme por dentro, para recordar quién soy y qué me espera en el mundo, ahora que tengo los ojos abiertos. 

Necesito el vacío de palabra para recobrar las ganas y lanzarme al día. Desaconsejo que nadie perturbe el momento de mi liturgia en silencio, la del café humeante y la mirada perdida.

Falta al menos una hora para que pueda ser capaz de sonreír, después de dar gracias por todo lo que tengo y tomar conciencia de que la vida merece mucho la pena. Esa gran verdad cósmica me es revelada por el silencio, en silencio.

Se rompe la magia imperturbable cuando se van despertando mis hijos, de uno en uno, haciendo aumentar a cada minuto el nivel de ruido y agitación. No importa, no zozobres, que con hijos chillones también resulta apetecible vivir, me digo, mientras contengo el grito en la garganta con el que reprocharles que no obedecen a ninguna de mis indicaciones y van a conseguir que el vecino de al lado quiera mudarse de barrio.

Recobro el silencio y la calma en el justo momento en que dejo a los ruidosos en el colegio. Me despido de ellos mientras suben la escalera, que se me antoja larga y tardona. Una sonrisa se me dibuja en los labios sabiendo como sé que media hora de silencio en el pensamiento me separa del próximo baño de estruendo del aula. Aun con la música estridentemente alta, siento con satisfacción que puedo navegarme el alma, abstraída frente al parabrisas y el horizonte.

Llego al trabajo. Con un pie en mi clase, después del efusivo saludo a los compañeros y alumnos, compruebo que no soy la misma que se despertó al rayar el alba, que en ese escenario donde soy profesora me siento llena de ilusión y energía. Sonrío y me muevo con seguridad y soltura. Creo que convenzo a todos de que me gusta lo que explico y  de que aprenderlo puede procurarles a ellos la misma felicidad. 

"Profe, tú es que siempre sonríes". "No te creas, amigo, que yo siempre me despierto escupiendo fuego, enfadada con todo y con todos porque habría preferido quedarme aferrada al silencio de la noche".

A pesar de la alegría que me embarga la mayor parte de los días en el trabajo, hay varios e insufribles momentos en el transcurso de las clases en los que vuelve a saltar por los aires el equilibrio. "Shhhh, shhhh, silencio!!!!" ¿Queréis dejarme terminar la frase? ¿Por qué chilláis así, como polluelos hambrientos y enloquecidos? Silencio, silencio, por favor. Hasta que no calléis, no sigo. No siento que respetéis mi esfuerzo por abrir la ventana de vuestros cerebros...

Se me frunce el ceño. Pienso entonces en lo vulnerable que es la paz interior, en cuánto ruido nos ensordece y colapsa. Comprendo al observar a mis alumnos que, en realidad, no hay mala intención en su comportamiento. No saben ser de otra manera, porque les han enseñado a ser así, a hablar siempre para opinar siempre, porque alguien pensó alguna vez que no se puede privar a los niños de su libertad de expresión, no se vayan a traumatizar los pobres. 

Me doy cuenta de que no solo debo enseñarles la vida de las palabras, cuántas existen y cómo se ordenan para nombrar el mundo, sino que, también, están pidiendo a gritos alguien que les calle la boca, que les enseñe el valor del silencio, para escuchar lo que los demás nos tienen que contar, para aprender a corresponderles solo cuando es oportuno y pertinente. Porque en silencio es como dejamos trabajar a nuestra mente; saber callar es la fórmula prudente para no invadir el espacio de los demás, en silencio es como podemos apreciar la belleza de la poesía y la música, elegantes quebrantadores de mi calma.

Shhhh, shhhh, contened la palabra, no me robéis " las ganas de tener ganas" de hablaros y sonreíros, ensordeciéndome ahora el oído y el alma.

Silencio, que en silencio llegamos al día, y a la vida, y en silencio nos vamos al sueño, que todo lo acalla. Me siento a esperarlo, olvidada del ruido del día, que tanto me espanta...

sábado, 28 de septiembre de 2019

El bípedo parlante


En alguna de las primeras clases de mi asignatura suele salir el tema del lenguaje humano, ese maravilloso don, espejo de nuestra inteligencia y de nuestro mundo interior que los profesores nos esforzamos por desmenuzar para desentrañar su esencia e intentar insuflar en nuestros alumnos el amor por la palabra.

Según sabemos, ya los Neanthertales contaron con un sistema de comunicación bastante parecido al código verbal del Homo Sapiens Sapiens. Haciendo un ejercicio de humildad, a sabiendas de que esto del hablar nos viene de lejos y nosotros, los humanoides parlantes del siglo XXI, no somos los únicos elegidos, nos arriesgamos a jugar con la imaginación: "Profe, los "homo esos" seguro que dirían cosas como "comer", "cazar", "peligro", "bisonte"...". No está nada mal la hipótesis; es lógico, pero yo les sugiero algo incluso más sencillo y también, más humano.

Cerramos los ojos y viajamos con la mente hasta una sima, la de los tiempos en que no había nada de nada, ni carreteras ni casas, alrededor de nuestra cueva. Nos adentramos en su oscuridad, sin miedo cuando escuchamos a los murciélagos, y nos dejamos guiar por un leve resplandor.

Una vez allí, adivinamos una figura que suponemos de mujer, pues entre los brazos estrecha al pequeño de la familia. Arropados por la hoguera, los dos nos parecen casi uno, porque el bebé se esconde al cobijo de su madre, que lo amamanta y arrulla entre sonidos casi melódicos.

Crepitan los restos del fuego, y vemos, sorprendidos, que no nos diferenciamos tanto de los Neanderthales en las cuestiones más primarias. De repente, el lactante separa la cabeza del pecho materno, levanta la mirada para examinar su rostro, casi en sombras; no importa, el afecto de una madre puede sentirse hasta con los ojos cerrados. Juega entonces con la boquita para hacer sonidos con los que llamar su atención; ya sabe juntar los labios y hacer salir de allí algo que suene bonito y que haga que ella lo mire.


Y sin saber que estaba siendo el primer arquitecto del lenguaje, casa una sílaba con la siguiente, igual que la primera, para no arriesgar demasiado, y de su boca brota la palabra, la semilla, el germen de todas las venideras. Él dijó "mamá" y su madre ya tuvo nombre; ella lo miró; congeló por un momento su gesto, quizá sorprendida de ser llamada por primera vez, e inmediatamente dibujó una amplia sonrisa, buscando en su cerebro y su corazón otra palabra con la que corresponder aquel regalo y bautizar a su "hijo", al suyo y a todos los hijos de la historia del mundo.

Desde aquel mágico y cálido instante en la cueva, la especie empezó a ser humana. El origen de nuestra privilegiada condición quedó formulada en dos contundentes sílabas ("ma-má"), coincidentes en casi todos los idiomas, y que, casi con seguridad (no científica, claro está) deben estar ya cifradas en nuestro código genético, en nuestro ADN de bípedo parlante.

lunes, 20 de mayo de 2019

"Juego de tronos o la triste historia de la humanidad", por Eva Rey Ureña


Poco después de la emisión del último capítulo de Juego de Tronos, comparto en el blog un lúcido análisis sobre el sentido y profundidad de la serie. Su autora, EVA REY UREÑA, aborda con hondura y sensibilidad los temas que, a su parecer, vertebran esta historia, cuyo contenido interpreta a partir de una analogía con nuestra realidad más cercana. Le doy las gracias por permitirme publicar su artículo. Sus augurios se han hecho realidad hoy.


A pocas horas del estreno del último capítulo, me produce cierta fascinación (en el sentido de curiosidad antropológica y social) la enorme polémica que la última temporada de la serie está suscitando. No dejan de aparecer hordas de fans protestando por los derroteros que está tomando el desenlace. No contentos con las quejas, algunos “ofendiditos” (casi un millón ya) incluso se han lanzado a crear una petición en Change.org exigiendo a los guionistas que rehagan la octava temporada (¡qué ridículo y qué patético todo!). Y yo me pregunto si esta oleada de indignación y decepción no se puede deber a una errónea interpretación de lo que en realidad es, o debería ser, Juego de Tronos.

No quisiera pecar de arrogante dando a entender que mi interpretación es la correcta. Creo que, precisamente, la diversidad de interpretaciones da la medida de la grandeza de una creación narrativa. Cuanto más abierta es una historia, cuantos más ríos de tinta se derramen escribiendo sobre ella, cuantas más opiniones, hipótesis e interpretaciones, muchas de ellas opuestas, surjan, más riqueza y complejidad tiene la obra. Recordemos algunas de las obras maestras de la literatura universal: ¿Cuántas páginas se han escrito acerca del significado del Quijote, o de Cien años de soledad? No pretendo hacer comparaciones, obviamente; sólo pretendo mostrar que cuanto más abierta, compleja y rica es una historia, más hipótesis suscita.

Juego de Tronos, tanto en su versión literaria como en la televisiva, ha desarrollado su argumento en un período de tiempo ampliamente dilatado. Han sido diez años de serie. Los libros ni siquiera han terminado. Cuando el desarrollo de una historia se prolonga tanto en el tiempo, con, además, largos lapsus de espera entre una temporada y otra, a menudo olvidamos la manera en que la historia evoluciona. Se nos olvidan los pasos que se han ido dando hasta llegar al punto en el que estamos ahora. Yo misma he pecado de eso. Yo misma, cuando vi el episodio cuarto, y, sobre todo, el quinto de esta última temporada, me quedé francamente disgustada. Sin embargo, hay una idea que me ha estado rondando la cabeza casi desde el principio de la serie. Me imagino que a muchos de vosotros también. Había momentos, episodios, escenas, diálogos, cuyo significado parecía trascender los hechos que estábamos contemplando. Desde hace tiempo, intuyo que esta historia va mucho más allá de lo literal, y que toda ella está impregnada de un sentido metafórico. Está claro que Juego de Tronos pertenece al género fantástico (dragones, gigantes, brujas, la ambientación…). Muchos autores antes de George R.R. Martin han creado universos fantásticos en los que han desarrollado sus argumentos. Sin embargo, a mi juicio, la grandeza de una obra de fantasía consiste en ir mucho más allá de esos argumentos. Consiste en ser capaz de generar un paralelismo entre ese universo inventado, y el real, de manera que, finalmente, toda la historia sea una especie de parábola que vincule lo imaginario y lo real (recordemos, por poner un ejemplo, El señor de los anillos, y su parábola sobre el bien el mal). Cuando podemos extrapolar el mensaje de una historia ficticia y hacerlo universal, aplicable a la raza humana, entonces esa obra es grande.

Creo que el final de Juego de Tronos ha enfadado y decepcionado a muchos porque no entienden, o no quieren entender, que es una obra realista. Han querido permanecer en ese universo de fantasía, sin ver los paralelismos que existen con el mundo real. Han obviado las metáforas, los símbolos, lo oculto pero patente. Han querido verlo como un mundo de fantasía regido por las leyes de la fantasía. Yo misma he pecado de ello. Yo misma transformé a Daenerys en mi heroína particular, hasta que algo me sacudió y me dije: no, no van por aquí los tiros. Claro que duele ver desmoronarse ese mundo maravilloso que la tele y los libros han creado para nosotros. Pero es que tal vez esa serie nos está transmitiendo un mensaje que no hemos querido ver. Para mí, la clave para ver y entender la parábola es la propia evolución de la historia. Como decía antes, el factor temporal influye. La historia es taaaaan larga… Pasan taaaaantas cosas… Han sido taaaantos años… Que tal vez se nos olvida cómo empezó.



Anoche, de pronto, y sin saber muy bien por qué, sentí la necesidad de volver a ver el primer capítulo de la serie. Y así lo hice. Y verlo me supuso un shock. Porque es COMPLETAMENTE DIFERENTE a los capítulos de esta última temporada. Parece casi como si fueran dos series distintas. ¿Cuál es la esencia de ese cambio? ¿En qué ha consistido la evolución, y qué significado subyace a dicha evolución?

La serie comienza con un nivel de complejidad extraordinario. Eso es lo que hizo que mucha gente no se enganchara al principio; te pierdes, con semejante complejidad. Pululan por la historia cientos de personajes en cientos de escenarios diferentes, múltiples familias que, además, llevan tras de sí un pasado igualmente complejo que hemos de ir descubriendo poco a poco. El universo narrativo que se nos presenta es de una riqueza mayúscula. Dicha riqueza y complejidad son las constantes de las dos primeras temporadas. Luego esa enorme diversidad va disminuyendo progresivamente, pero a ritmo creciente, hasta llegar al penúltimo capítulo. Si, en efecto, comparamos este último capítulo emitido, con los primeros, resulta de una simplicidad pasmosa: por el número de personajes (dramáticamente mermado desde hace tiempo, y cada vez más), por el número de escenarios, y, lógicamente, por la simplicidad argumental. Exactamente de eso es de lo que parecen quejarse muchos fans: la simplicidad argumental y la velocidad a la que todo parece precipitarse. Pero, ¿acaso no es lógico? A más personajes, tramas más complejas. A menos personajes, tramas más simples. Cuanto más complejas son las tramas, más lentamente se desarrollan, puesto que más son los factores que intervienen en ellas. Sin embargo, cuando apenas quedan personajes en pie, las tramas deben ir más rápido, puesto que ya apenas queda complejidad con la que jugar.

¿Y qué significado tiene esta creciente pérdida de complejidad? ¿Es gratuita? Definitivamente, NO. La historia de la creciente simplicidad de la serie es la historia del poder y la concentración de este poder en cada vez menos manos.

Porque, ¿qué nos cuenta exactamente Juego de Tronos? ¿De qué va en realidad la historia? Pensemos por un momento que todo este universo sea, en realidad, un reflejo de la humanidad. De la de verdad. De la nuestra. Y observemos el punto de partida: la riqueza, la variedad, la complejidad. El universo de Juego de Tronos, en sus primeras temporadas, nos muestra un amplísimo abanico de los más grandes universales del ser humano. TODO está presente en la serie. Hace poco leí un artículo muy lúcido de un seguidor de la serie y los libros, que afirmaba que la historia era shakesperaniana. No puedo estar más de acuerdo. Shakespeare es tan grande porque supo reflejar en sus obras los grandes universales del ser humano (Romeo y Julieta, el amor imposible; Otelo, los celos; Hamlet, la duda; etc, etc). Y eso mismo es lo que nos encontramos en Juego de Tronos. Sus (maravillosos) personajes representan las principales pulsiones del ser humano. Si intentamos ir más allá de la trama, vemos que casi todos los conflictos que se plantean tienen un trasfondo real, que se corresponde con los conflictos a los que en distintos momentos se ha tenido que enfrentar la humanidad. Vemos, por ejemplo, cómo muchos de los personajes representan las distintas ideologías políticas. La casa Lannister es un claro símbolo del capitalismo (recordemos sus alianzas con el Banco de Hierro). Daenerys Targaryan casi parece símbolo del comunismo a lomos de sus dragones, liberando esclavos y buscando la justicia social en el mundo. Sólo le falta cantar: “Arriba los pobres del mundo, en pie los esclavos sin pan…”. Subtramas como el conflicto de los Reñideros de Mereen plantean cuestiones a las que siempre nos hemos tenido que enfrentar los seres humanos: la lucha entre la tradición y el progreso (recuerdo que cuando vi esa parte, me vino a la cabeza el tema de la tauromaquia: acabar con una tradición sangrienta y violenta, o mantenerla simplemente porque es una tradición). La mayoría de los conflictos políticos que se plantean en la serie, existen o han existido en algún momento de la historia del ser humano. Tan solo se limita a disfrazarlo con un bonito traje de fantasía.



También desde el principio de la serie se nos muestran las luces y las sombras de la humanidad, encarnadas en los diferentes personajes. Vemos la grandeza en Tyrion, un hombre hecho a sí mismo, encarnación de la justicia en su sentido más noble, de la INTELIGENCIA, en mayúsculas. Vemos a esa primera Daenerys, símbolo de la lucha por la igualdad y la libertad, otro personaje hecho a sí mismo, superando todas las adversidades y creciendo en carisma. Y vemos a Jon, el enorme y maravilloso Jon, un personaje que muchos creen que está siendo maltratado por los guionistas en la última temporada, opinión que trataré de contraargumentar más adelante. Jon representa, a mi juicio, el más bello de los ideales: la unión de los seres humanos frente a la división y la lucha individualista. Es el afán de fraternidad hecha personaje. Y, junto a las “luces” de Juego de Tronos (con un largo etc detrás, pues son muchos otros los personajes que encarnan las pulsiones más nobles del ser humano) también tenemos, desde el principio, las sombras: el ansia de poder (Cercei), la crueldad (Jeoffrey, Ramsey), la manipulación (Lord Baelish), el interés materialista (Bronn), y otro largo etc. A pesar de encarnar las diversas fuerzas que mueven a la humanidad, todos los personajes distan mucho de ser planos, o simples. Prácticamente todos ellos experimentan importantes evoluciones, igual que nosotros, los mortales de carne y hueso, porque eso es la vida, cambiar y evolucionar.

La historia es compleja y “real” hasta en el tema de las creencias. Las múltiples religiones que profesan los personajes, parecen un trasunto de la diversidad religiosa que ha existido siempre en la historia de la humanidad.



Si todo esto es así, entonces, ¿a qué se debe la progresiva pérdida de complejidad de la trama? Más allá de lo evidente –mueren muchísimos personajes, desaparecen familias enteras-, y siguiendo con la parábola, ¿no se trata del reflejo del cada vez mayor aumento de entropía al que se enfrenta la humanidad? Veo esa pérdida de riqueza como el reflejo de dos cosas: en primer lugar, como el comienzo de la auto-aniquilación de la humanidad , y, en segundo lugar, como la pérdida de diversidad y riqueza que conlleva esta brutal globalización que cada vez tiende más al pensamiento único. Al igual que en la serie, este fenómeno tiene lugar cuando se da una enorme concentración de poder (mucho, muchísimo poder), en muy pocas manos. El capitalismo salvaje al que nos enfrentamos va por ese camino. Lo estamos viendo de forma cada vez más patente. La riqueza (y con ella el poder) se va concentrando cada vez en menos personas, y el equilibrio se rompe. En Juego de Tronos, las distintas familias de nobles representaban los núcleos de poder. Un poder en permanente lucha, como siempre ha sucedido en la humanidad, pero en ese extraño equilibrio que proporciona la complejidad. Es la ambivalencia, la armonía entre opuestos de la que nos habla el yin-yang. Sin embargo, a medida que las familias van cayendo, extinguiéndose para siempre en muchos casos (los Frey, los Bolton, los Mormont…), el poder se va concentrando cada vez en menos manos. Ya ni siquiera lo encarnan familias, lo encarnan tan solo personas. La cantidad de poder es inversamente proporcional a las manos que lo ostentan. Al final, sólo dos personajes de la serie concentran en sí mismas todo el poder: Cercei Lannister y Daenerys Targaryen. Lo que venga después sólo puede resumirse en una palabra: DESASTRE. El espectador no se ve sorprendido por el ansia de poder y de destrucción de Cercei, porque siempre ha sido uno de los “malos”. Pero sí se ha visto defraudado por las consecuencias que este poder ha tenido en Dany. ¿Acaso somos tan ingenuos de pensar que tantísimo poder es compatible con la bondad? ¿Con la cordura, siquiera? Nos dicen algunos que Daenerys ha acabado así por sus genes, por ser una Targaryen, por su padre, el Rey Loco. ¡Qué explicación tan simplista! ¿Qué figura histórica de la humanidad ha alcanzado mucho poder y no ha caído en la barbarie, en la destrucción? Tal vez pensar en Hitler no sea lo más acorde a la ideología de Dany, pero, como leí en otro artículo precioso, nuestra querida Khaleesi es esa heroína comunista que, de tanto poder como adquiere, acaba cometiendo las atrocidades que cometió Stalin. El poder corrompe. Eso no es ninguna novedad. ¿por qué entonces indigna tanto la transformación de Daenerys? ¿Tal vez porque nos molesta el realismo de la serie? ¿Quizás porque preferíamos seguir en ese mundo de dragones, brujas y gigantes, donde creíamos que a nuestros héroes o heroínas no les afectaría el poder? Los cuentos de hadas son muy bonitos. Pero Juego de Tronos no es un cuento de hadas (afortunadamente). Insisto: la historia de la la creciente simplicidad de la serie es la historia del poder y la concentración de este poder en cada vez menos manos. 



Siguiendo con esta línea de interpretación, la última temporada de la serie no puede ser más coherente. En ella se nos muestran las consecuencias de la acumulación de poder en muy pocas manos: el desastre. Nos encontramos en la octava temporada con las dos mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad: una solventada gracias a ese enorme héroe que es Jon Nieve, y la otra no. Me refiero a la Batalla de Invernalia contra el Rey de la Noche, y la destrucción de Desembarco del Rey. ¿Cuáles son esas dos amenazas? Analicemos estos dos episodios.
Para interpretar el episodio de la Batalla de Invernalia, no podemos olvidar quién es el Rey de la Noche y qué representa. Recordemos su origen: hace muchísimos años, los Primeros Hombres, en sus ansias de poder, comenzaron a destruir los bosques (¿os suena?: la destrucción de nuestro planeta por intereses capitalistas). Los Hijos del Bosque, horrorizados ante la amenaza que esto suponía para su hogar, crearon al Rey de la Noche, que, a medida que avanza la historia, irá cobrando mayor relevancia, creando un enorme ejército para acabar con el reino de los hombres. ¿¿Quién dice que el Rey de la Noche es malo?? Representa la amenaza del propio planeta rebelándose contra la destrucción y la ambición humanas. ¡Qué lúcidos los discursos de Jon Nieve cuando intenta convencer a todos para que olviden sus diferencias y se unan en esta misión, porque lo que está en juego es la SUPERVIVENCIA de los humanos! ¡Qué razón tenía al decir: olvidaos de vuestras estúpidas luchas de poder, individualistas y egoístas! ¿Qué más da quién gobierne, si no habrá reino sobre el que gobernar? Me recuerda tanto a nuestros políticos actuales. Los vemos “pegarse” por cuestiones como el nacionalismo catalán, por muros, por petróleo, por territorios más o menos polémicos, por impuestos… Cuando todo eso no servirá de nada si no se resuelve el mayor de los problemas: seguir teniendo un planeta en el cual vivir. Puro sentido común, Jon Nieve.

Por eso, ese tercer episodio de la última temporada me resultó tremendamente sobrecogedor. ¡Y qué bien hecho estaba, para transmitir precisamente eso, ese terror absoluto que provoca la idea del apocalipsis! Maravilloso el equipo técnico, Y Ramin Djawadi, por esa música espeluznante. Tampoco entiendo las críticas a este episodio: ¿Que estaba oscuro? Pues claro. No iba a suceder en un día luminoso. Para transmitir toda esa desolación, ese terror absoluto, esa idea del final del mundo, ese horror casi innombrable, era necesaria la oscuridad. El caos y la confusión de que se quejaron algunos… Es el caos y confusión que experimentaban los que estaban allí, luchando cuerpo a cuerpo con la muerte, con el final de todo. Gracias por hacérnoslo sentir a los espectadores también. El colofón fue esa melodía de Ramin Djawadi durante los últimos quince minutos del episodio, en los que toda la esperanza parecía perdida, en que parecía que no habría salvación para los humanos. Estoy segura: la desesperanza, el horror, la desolación, el fin del mundo…suenan a la canción de Ramin Djawadi.

Este tercer episodio representa, para mí, el último resquicio de grandeza humana. En la serie, claro, pero también en la vida real. Porque nunca los seres humanos son tan grandes como cuando se unen por una causa mayor, cuando olvidan sus diferencias y caminan todos en una misma dirección. Fue el último capítulo heroico. Y, aunque para muchos Jon Nieve no fue el héroe de este capítulo, para mí sí lo fue. Es cierto, Arya mató al Rey de la Noche. Pero el que hizo posible esta unión fraternal entre tanta gente, el que les convenció a todos para luchar juntos, el que unió en vez de separar, fue él. Y le costó muchísimo. Por mucho que se diga, para mí, Jon Nieve siempre será el gran héroe de Juego de Tronos, por encarnar el lado más noble del ser humano.


La segunda gran amenaza para el ser humano y su historia se ve reflejada en el polémico quinto capítulo de esta última temporada, en el que hemos asistido a la destrucción de Desembarco del Rey por una desquiciada Daenerys Targaryen. Muchos han criticado la evolución del este personaje (tema del que ya he hablado). Otros han criticado lo abrupto de esta evolución, lo rápido que ella cambia (esta última crítica me parece más lógica). Sin embargo, entra dentro de las leyes de la causalidad este estallido de violencia y crueldad de la Madre de Dragones. Se trata de un BUCLE DE AMPLIFICACIÓN, una de las explicaciones más racionales de la causalidad. En determinadas circunstancias, el efecto provocado por una causa X es mayor de lo esperado. Esto provoca que el siguiente efecto sea mayor, y el siguiente mayor, y así sucesivamente, de manera exponencial. De manera que, lo que en circunstancias normales llevaría siglos producirse, puede acelerarse dramáticamente y provocar una última consecuencia tan imprevisible como destructora y ya inevitable (esto es, por cierto, de lo que nos están avisando los científicos en relación con el cambio climático: otro bucle de amplificación, o causalidad con crecimiento exponencial). La evolución de Daenerys fue lenta al principio. Pero el poder cada vez mayor que va adquiriendo (gracias a los Dothrakis, los Inmaculados y, sobre todo, sus dragones) va actuando, dentro del enlace causativo, como elemento provocador de un bucle de amplificación, de manera que las consecuencias finales se “descontrolan”. No olvidemos, además, que existe una causa previa, sí, pero también unas causas desencadenantes que contribuyen a precipitar unas consecuencias que estaban ya ahí en estado latente: la muerte de Jorah, Missandei y dos de sus dragones, el alejamiento afectivo de Jon, la creciente soledad y aislamiento… Si no se tiene esto en cuenta, el desconcierto es comprensible. O, a veces, incluso teniéndolo en cuenta, no nos gusta. Claro que no nos gusta. Pero reconozcámoslo: coherente, es. Aunque duela salir abruptamente de nuestro cuento de hadas. Aunque en nuestros corazones esperábamos un final feliz. Qué queréis que os diga: yo dudo mucho que haya un final feliz para los humanos, y eso es lo que creo que Juego de Tronos nos quiere decir.



Pero, a lo que iba: el episodio de la destrucción de Desembarco del Rey representa, a mi juicio, la segunda de las grandes amenazas para la humanidad: una guerra letal que acabe con todo. Creo que, además, la intención de este capítulo va en consonancia con esta interpretación: se trata de mostrarnos la crudeza de la guerra. El episodio no escatima en detalles del horror: niños mutilados, familias rotas, ciudades destruidas. Eso provoca el poder desmedido. Nuestra querida Khaleesi es ahora una tirana borracha de poder. Su maravilloso dragón ya no es un elemento de cuento de hadas, sino un arma de destrucción masiva, equivalente a la peor de las bombas nucleares. No hay más que ver los efectos que nos muestran con todo lujo de detalles en el capítulo. Igualito que en la vida real. Como me dijo mi hermano, aquí ya no hay ni héroes ni heroísmo de ningún tipo. Sólo guerra y destrucción. Claro que no nos gusta. ¿Cómo nos va a gustar? Pero, insisto: Juego de Tronos va mucho más allá de la ficción. Es una parábola de la naturaleza humana. 



No sé cómo acabará la serie. No sé qué veremos mañana en el último capítulo. Mi coherencia me pide la destrucción total, que no quede ni un personaje vivo. Mi corazón me pide que Jon Nieve ocupe el Trono de Hierro, aunque lo veo complicado. ÉL NO QUIERE. Y he aquí otra de las grandes lecciones de esta serie, que viene de manos de un personaje recientemente desaparecido: Lord Varys. El eunuco es uno de los personajes que más antipatías ha despertado a los fans, sobre todo en esta última temporada, en cuanto empezó a dar muestras de su deslealtad y traición a Daenerys. Pero, pensémoslo. Bajo el prisma de esta interpretación, Daenerys merecía ser cuestionada. Varys, a pesar de su apariencia desagradable, de sus intrigas y manipulaciones, es, en realidad, un personaje enormemente coherente y, a mi juicio, con muchísima razón. Se le ha tachado de traidor y chaquetero. Pero, para mí, Varys representa la voz del pueblo y el espíritu crítico. En la séptima temporada, le decía a Danaerys: “La incompetencia no debe recompensarse con lealtad ciega (…). Mi verdadera lealtad no es para un rey o una reina, sino para el pueblo”. Sabias palabras, a mi juicio. Palabras que, en su coherencia, subyacen a su decisión de traicionar a Daenerys. Porque ella ya no es lo que prometía ser. Porque se ha corrompido. Y Varys sabe que esa lealtad ciega es estúpida. El poder corrompe, por eso los reyes acaban siendo malos reyes cuando alcanzan demasiado poder. Por eso Varys ha servido a tantos. Por eso ha sido un “chaquetero”. Y por eso en la vida real votamos cada cuatro años. Porque entendemos que el poder debe alternarse o, al menos, ser sometido a la voluntad del pueblo cada cierto tiempo, ya que es algo que corrompe. Otra cosa es que hoy en día todo esto se haya convertido en una pantomima pseudo-democrática. Pero la idea es esa. Varys ha sido uno de los personajes más demócratas de la serie. Lamento su ejecución. 



Sin embargo, antes de ser ejecutado por Daenerys, Varys muestra su deseo de que Jon ocupe el Trono. Tyrion le recuerda que Jon no quiere. La respuesta de Varys a esta observación me parece enormemente lúcida: “¿Habéis pensado que el mejor gobernante quizás sea el que no quiere gobernar?” ¡Pedazo de frase! En perfecta consonancia con lo que se viene diciendo hasta ahora. Una frase que resume a la perfección lo que sucede con las ansias de poder. Cualquiera con ansias de poder se acaba corrompiendo y termina siendo un tirano, por eso, tal vez deberían gobernar aquellos que no quieren “gobernar”, entendiendo por gobernar la total falta de ambición de poder. De hecho, esta ha sido la constante de Jon Nieve. Todos los cargos que ha ido consiguiendo: Comandante de la Guardia de la Noche, Guardián del Norte, Rey en el Norte… No los ha escogido él, él no los quería. Fueron los demás los que le pusieron ahí, y tal vez por eso lo hizo tan bien. Consiguió sus apoyos, no por ser quien era (un simple bastardo), sino por lo que hizo. Rompió las rígidas normas de Poniente sólo gracias a su valía. Muchos han criticado el rol de Jon esta última temporada. Que era anodino, insulso, que no reaccionaba, que no hacía nada, que le faltaba heroísmo, que estaba como paralizado. Es cierto. Pero, ¿qué otra actitud cabe ante semejante desenlace? Jon puede mostrar su heroicidad es un contexto en el que aún sea posible esa heroicidad. A partir del capítulo tercero, la heroicidad desaparece de la serie. Sólo queda la corrupción. Y en un mundo tan corrupto, los nobles de corazón sólo pueden asistir con dolor y perplejidad al mal ajeno. Por otra parte, al haberse simplificado la trama por las razones antes comentadas, las posibilidades de intervención disminuyen. Jon fue heroico en un mundo complejo en el que muchas de las tramas, con muchos de sus personajes, favorecían su heroicidad. Ahora, las tramas se han simplificado, quedando sólo una: la de Cercei y Daenerys, las dos representantes del ansia desmesurada de poder. Ante semejante desastre, Jon no quiere, ni puede, ni debe intervenir. Es impotente ante semejante maldad. Porque, cuando se sobrepasan todos los límites de la ética, la única manera de enfrentarse a mucha maldad es con aún más maldad. Jon no va a pasar por ahí. Y esto sólo habla a su favor. Algo parecido sucede con el otro personaje que aún encarna el lado bueno del ser humano: Tyrion. Los dos actúan y reaccionan igual: con impotencia y frustración. En este nuevo modelo del mundo que queda tras esa acumulación de poder en tan pocas manos, ese poder es tan grande, que Tyrion y Jon nada pueden hacer. Ya no hay subtramas ni contra-tramas en las que puedan actuar. Nada puede brillar ahí donde la entropía ha triunfado.



Por eso, barajo dos posibles finales para la serie: el peor pero más realista: la destrucción total, la aniquilación de todos los personajes; y un final feliz: la subida de Jon al Trono, con Tyrion como su mano, que representaría, tal vez, un resquicio de esperanza para esta humanidad enferma, corrupta y ambiciosa que tan bien ha sabido retratar Juego de Tronos. O tal vez, no sé, mañana la serie me sorprenda con un nuevo giro inesperado, como ha pasado tantas otras veces a lo largo de todo este tiempo. En realidad, lo único que tengo que lamentar es que se acabe. Y no sólo por los momentos gloriosos que me ha hecho vivir, a mí y a tanta gente, sino, sobre todo, y más importante, por lo muchísimo que he aprendido de ella sobre la terrible naturaleza humana y su triste historia.