miércoles, 25 de febrero de 2026

CORAZONES SEGUROS



El 2 de mayo se celebra el Día Internacional contra el bullying o el acoso escolar 2026, con el objetivo de concienciar sobre el grave problema del acoso en las aulas 

EMILIA R.M.

Quizá porque en el patio del colegio me llamaban “vaca” y los niños mugían cuando yo pasaba y perdí las ganas de jugar y de saltar a la comba. O porque, ya en el instituto, las chicas me hacían el vacío porque iba vestida como un chico, porque me gustaba, pero también porque no me cabía la ropa que ellas llevaban. Puede que fuera eso lo que me hiciera asomar la cabeza por el agujero del váter, para ver si podía vaciarme de rabia y tristeza. Nunca conseguí que saliera nada por mi boca, afortunadamente; sí asomaron pintitas rojas en los párpados del esfuerzo de haber querido vomitar. 

Confieso por primera vez que con 15 años intenté hacerme daño, no diré cómo para no dar ideas, y me pudieron el miedo y la culpa de poder hacer daño a los demás con mis heridas. La mujer de hoy abraza a la niña que fue y conversa, a modo de terapia, con la joven que luego, en la universidad, sufrió el acoso de un compañero que consiguió arrinconarla y hacerla tambalear. 

Qué cerca estuve del precipicio… Y ahora, como profesora, siento pánico y angustia por quienes pudieran estar sufriendo igual que aquella niña. Preguntadles a ellos. Son muchos los nombres. Y piden que nadie mire hacia otro lado cuando uno de ellos recibe un insulto, un empujón o son ninguneados porque, si lo hacemos, seremos títeres a veces o impasibles espectadores, cómplices silenciosos del acoso y derribo del más débil. Solo cuando se llega a un fatal desenlace trascienden sus historias y los padres, los profesores y los propios niños, tomamos conciencia del alcance y la gravedad del problema. 

En las aulas asistimos a diario a situaciones que en principio no deberían alarmarnos; los niños pasan mucho tiempo juntos, los conflictos surgen de la convivencia y hay veces en que saltan al escenario. Cualquier profesor intentará mediar para convencerles de que las diferencias no pueden resolverse a través del enfrentamiento, pero ¿en qué momento debemos ponernos en alerta? ¿Cuándo podemos saber que estamos ante un caso de acoso? ¿Por qué hay niños que muestran comportamientos tan agresivos y desmedidos, tanta falta de empatía? 

Sabemos que los niños llegan al mundo como un libro en blanco que debe ser llenado de experiencias, de contenido. Si en sus páginas terminamos encontrando preocupantes garabatos o vacíos inexplicables, pudiera ser porque la raíz de su historia vital no ha sido convenientemente alimentada, nutrida, alentada... Nuestros chavales son reflejo de sus adultos y también espejo de la sociedad en la que les ha tocado vivir. Mirando las hojas de estos libros, de estos árboles (cualquiera de las dos metáforas, la del libro o la del árbol, resulta gráfica y elocuente), podremos ver si estamos ante un "niño verde, de aspecto saludable, de trazo equilibrado y óptimo desarrollo". Mirándoles a los ojos, escuchando cómo y de qué hablan, comprobando si sonríen y si el dibujo en sus labios transmite alegría, se puede, la mayoría de las veces, detectar cualquier anomalía. La infancia es una etapa fundamental del desarrollo humano, de construcción del yo; el niño aún no debe haberse "contaminado" del prejuicio de los adultos; debería estar centrado en aprender, en jugar, en relacionarse con el mundo y con los otros. Y en esa interacción con el entorno no deberían verse en él conductas nocivas, estilos de comunicación agresivos, porque estos no creo que sean connaturales al niño; son comportamientos aprendidos del exterior o desarrollados como mecanismo de defensa ante determinados individuos o situaciones hostiles. Detrás de estos niños que "rompen la pauta" de una sana conducta, detrás del perfil del acosador, pero también detrás del acosado, hay casi siempre un problema de educación emocional. Así lo creo yo, como madre y como docente, y así lo sostiene también "Save the children" en su último informe sobre el acoso escolar o bullyingINFORME SAVE THE CHILDREN o https://www.savethechildren.es/actualidad/romper-el-silencio-del-acoso-escolar 

Tanto los padres como los profesores, como responsables de la educación del niño, de su desarrollo físico, mental, académico y social, deben ser conscientes del impacto que sobre los hijos y alumnos pueden tener sus estilos pedagógicos. Es preciso educar desde la cuna en el afecto, pues con él se estará alimentando al niño con agradables sensaciones que contribuirán a la imagen que vaya construyendo de sí mismo. El afecto no está reñido con la educación en normas o límites; no se trata de dulcificar y malcriar, sino de acompañar la educación de imágenes positivas, porque son estas las que construyen la autoestima del niño, las que consiguen que crezca con seguridad en lo que es y en sus cualidades y posibilidades, tomando conciencia también de sus limitaciones. Esa percepción positiva de uno mismo favorece que la relación con los otros sea fluida, tanto para conectar con quienes identificamos como afines y que vienen a enriquecernos, como para saber a quién queremos sacar de nuestro camino porque viene a violentarnos. "Sé quién soy, sé lo que quiero. No voy a dejar que me hagas daño". La asertividad es un arma de protección emocional y es fruto de una adecuada autoestima; además contribuye al desarrollo de las habilidades sociales, porque proporciona seguridad en uno mismo y transmite un mensaje positivo y firme a los demás. Autoestima y asertividad nos permiten identificar situaciones e individuos nocivos y conectar en positivo con el mundo. "Yo a eso no juego", reza el lema de "Save the children". Y, lógicamente, también se consigue el control de impulsos y la agresividad, que son los motores del acoso escolar. 

La autoestima nos da las coordenadas de lo que somos y del lugar que ocupamos; si esta es buena, si está bien construida, nos sentiremos fuertes ante los embistes de la vida en una situación de conflicto, y sabremos actuar ante un ataque, buscando ayuda si es preciso. En los centros escolares encontramos a muchos niños con baja autoestima, que se sienten vulnerables y que se convierten en blanco fácil; tan sensibles y desprotegidos que sufren el riesgo de convertirse en acosados, si terminan siendo arrinconados por el miedo, o bien de sufrir una transformación antinatural que les convierte en acosadores. Porque muchos de los niños acosadores han sido primero víctimas; las carencias afectivas y las circunstancias familiares desfavorables se convierten en el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de una pobre imagen de sí mismo, de inseguridades, o de sentimientos de culpa, que pueden transformarse en odio hacia ellos mismos o hacia los demás. En los ojos del acosador se puede ver también el reflejo de la víctima que primero fue. Y busca a su alrededor, con comportamientos propios de un depredador, presas fáciles contra las que cargar su ira, su odio, en forma de palabra, de cruel silencio, ridiculizando al que percibe como más débil, creyendo que en su flaqueza puede construir él su fuerza. El agresor levanta su autoestima hundiendo raíces corrompidas; su éxito no nace del interior, de los logros de "su yo", sino que surge de vampirizar el ánimo de su víctima y de revestir la hazaña ante los ojos de los demás con el disfraz del falso líder. 

No olvidemos, además que, de la mano de un correcto desarrollo emocional, suele venir la empatía, la capacidad de ponerse en la piel del otro, de comprender las emociones ajenas, y que derivará en comportamientos solidarios y conciliadores. Parece claro, por todo lo expuesto, que debemos educar sobre la base de cualidades positivas, porque esto redundará en un saludable desarrollo individual del niño y una correcta interacción con el grupo, lo que además tendrá una óptima repercusión social. A los niños hay que quererles alimentándoles, procurándoles abrigo y formación escolar, pero también a través del abrazo, de la sonrisa, del "creo en ti, porque vales mucho", " ese comportamiento de hoy no es adecuado"; "te quiero como eres"; "cuántas cosas buenas tienes para ofrecer"... En definitiva, un lenguaje afectivo, positivo, forjará corazones seguros, fuertes y valientes, para domesticar los propios impulsos negativos (que todos tenemos), para dar respuesta a quienes vienen a intentar doblegarnos, o para buscar sin miedo la ayuda necesaria. Si educamos niños emocionalmente sanos, dejaremos pronto de hablar de niños acosados y de niños acosadores. Se convertirán en adultos de comportamiento impecable y el mundo, quizá, se convierta en un lugar mejor.

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