sábado, 24 de octubre de 2020

Otras cosas extrañas que nos trajo la pandemia



Ha transcurrido este inicio de curso pandémico de una manera, como os dije, ciertamente extraña, entre mascarillas, flechas indicadoras del buen destino y un baño de gel hidroalcohólico (ungüento que las leyendas que relaten los avatares del pasado referirán como bálsamo de inmortalidad, estoy casi segura).

Superadas las primeras contrariedades que nos han llevado a los profesores a rebelarnos contra los gobernantes que nos vapulean mientras sentencian la debacle del sistema educativo, llegó el momento de la verdad, el del cara a cara con el trabajo, con la gesta, tan malentendida y malquerida por la sociedad, de intentar educar a los que deben salvarnos del desastre integral.

Allí, en la arena, sin más disfraz ni armadura que una mascarilla quirúrgica ni más arma que una tiza, un cable y una pantalla para los más aguerridos, y mucha, pero que mucha paciencia, todos los que defendemos la educación como bandera del desarrollo y la igualdad para todos los ciudadanos, nos sentimos fuertes y comprometidos, a pesar del desdén de quienes nos ven desde las gradas, a pesar de la desmotivación de nuestros pupilos, a pesar de que el amor por el conocimiento ande en fase degradada y quién sabe si al borde de la extinción.

Frente a la pizarra y una decena de pares de ojos que asoman al borde enmascarillado de su existencia, me olvidé de mi enfado profesional, de la apatía que se me había instalado tras el confinamiento, se esfumó el desánimo por la ventana abierta por donde también esperamos que se vaya el bicho innombrable. En esas dos horas de clase intensiva se produce a veces la magia, cuando el profesor intuye que ha conseguido conectar con el alumno, a veces gracias a un guiño, una sonrisa (ahora obligadamente escondida, pero siempre evidente en el brillo de los ojos), un gesto cómplice que celebra que se ha entendido el concepto, que un aprendizaje empieza a recorrer la galaxia de neuronas para convertirse otro día en ladrillo de nuevos aprendizajes.

Y entonces, justo cuando empezaba a sentirme a salvo de la confusión generalizada, de la sensación de caos reinante, un día, a la salida del instituto, mientras saboreaba satisfecha el deber cumplido (que tiene regusto a gloria cuando se ha alcanzado el propósito a pesar del contexto desfavorable), me llega la noticia de que alguien ha manifestado un reproche sobre mi persona. Y, según voy escuchando el relato, se me van cayendo los vítores y galardones del triunfo que andaba celebrando. Más podría decir, a juzgar por aquellas nefastas palabras, que nunca debí sentirme vencedora en este improvisado rin en que se han convertido las aulas. 

"Estamos en una pandemia mundial y ella, sin embargo, bajó su mascarilla, incumplió su obligación y nos puso en peligro...". Oh, qué tristeza tan grande saber que mis pobres adolescentes, mis queridos alumnos de la era COVID, no han sabido reseñar de su profesora, de entre todas sus cualidades y defectos profesionales, más que la anécdota de que en alguna ocasión, después de llevar más de una hora explicando, sobreponiéndose a su dióxido de carbono, ante el desconcierto que produce ver al público impertérrito, quizá impasible, y tras pedir permiso para tamaña incorrección, descubrió la nariz para respirar, asegurándose de hacerlo pegadita a la puerta, con la distancia de seguridad, en una clase de apenas diez alumnos y las ventanas abiertas.

¿Qué hago yo explicando gramática castellana a quien realmente necesita lecciones de lógica? ¿Cómo se explica a estos hijos de la pandemia que en el mundo existen normas ineludibles, pero que, incluso ante las más importantes, existen las salvedades? ¿Debemos ser tan obedientes con el buenismo imperante como para que renunciemos a respirar aunque sea unos segundos por miedo a la censura en estos tiempos convulsos?

Siento bastante inquietud ante lo que me parece ya una tendencia social. Se nos ha inoculado un terrible virus llamado estupidez que quizá sea el causante de nuestra pronta desaparición.

Espero recuperar pronto el aliento porque, ya sea sacando la cabeza por la ventana o exiliándome unos minutos en el pasillo, como la alumna desobediente, tomaré aire para volver a entrar a las aulas como si mereciera la pena seguir educando en el sentido común y el espíritu crítico.


sábado, 19 de septiembre de 2020

Stranger Things: el regreso a las aulas

 


Hace apenas unos meses, aun cuando no se había dado por terminado el confinamiento, no sospechaba que esto pudiera suceder. Llegó el verano, que supo a agua de mayo después de un trimestre enloquecedor en el que convertimos nuestros salones en aulas, la cocina, en sala de profesores y el baño, en cuarto de castigo. Nunca fueron tan bienvenidas las vacaciones. Me ha parecido incluso que este verano se ha oído menos eso de “vives como un profesor; quién tuviera tus vacaciones” (provocación que siempre encajo mal y a la que suelo responder “ya sabes, las Facultades de Educación están abiertas y las oposiciones a sufridor docente se convocan regularmente”).


De verdad, que no voy a practicar el victimismo, que a mí me gusta mi trabajo; es más, me apasiona, me hacer sentir útil, siento que he sido llamada a esta gran gesta que es la enseñanza (o sea, que esto es vocacional), pero creedme que ejercer de profesor agota, física, pero, sobre todo, emocionalmente.


Y de eso nos quejábamos hasta hace poco, del estrés de trabajar con adolescentes, de los horarios apretados sin tiempo para preparar clases, del trabajo invisible que todos nos llevamos para las tardes y los fines de semana… ¡Qué bien vivís los profesores! Ja, me río yo… Si al menos contásemos con el reconocimiento social o se nos remunerase en razón al esfuerzo y la dedicación con que nos enfrentamos a la misión…


Ha hecho falta un confinamiento, que todos los niños y adolescentes de este país estuvieran encerrados en sus casas durante más de dos meses, para que las familias hayan empezado a comprender el valor de nuestro trabajo como educadores, como personas encargadas de custodiar e ilustrar a sus hijos en el camino del conocimiento. Como funcionarios públicos, prestamos un servicio que muy pocos han sabido valorar, hasta que se han visto en la obligación de apoyar a sus hijos con las distintas materias escolares, hasta que han tenido que soportar 24/ 24 horas a sus criaturas en todo su espectro neurótico…


"Bueno, ya terminó lo peor", pensé en junio, cuando tuvieron lugar todas las sesiones de evaluación virtuales con que calificamos tan generosamente al alumnado, certificando el “ego te absolvo”, el pasaporte al curso siguiente para los aplicados, que lo son con pandemia mundial o sin ella, los vagos incorregibles que entregaron 150 tareas en cuatro días y los coronados para la ocasión con el "san Covid" que todo lo perdona. Alguno se quedó en el camino, claro, porque incluso en esta benevolencia “urbi et orbe” hay quien resulta irrescatable.


Pero lo peor estaba por llegar. Ya en agosto estuve pensando en cómo sería el regreso a las aulas. Estos meses han sido para mí muy enriquecedores, a pesar del fastidio de andar entre las cuatro paredes de mi casa, desbordada de trabajo docente y doméstico, de profesora, de madre, de ama de casa y de esposa que anda preparando su “separamiento”, como lo llama uno de mis hijos. Con todo, de cada crisis surge un aprendizaje y, no sin dolor, para mí ha representado un gran paso en términos de crecimiento personal. Me sentía fuerte para darme un baño de multitudes adolescentes, de 1º de Secundaria a Bachillerato, para pelear con esto de que alguien me escuche mientras hablo de sintaxis o metáforas, para abrirme paso entre los pasillos arrebatados de hormonas dislocadas y saludos de alumnos que solo saben hablar a voces…


Soñaba con volver a la normalidad, como todos, vaya. Pero la normalidad no llegó, porque, tarde y mal, los que gestionan esto del enseñar quisieron convencernos a todos de que, para que el regreso se produjera en un entorno seguro, los alumnos debían incorporarse escalonadamente, en grupos de no más de veinte y en el caso de los niveles superiores repartidos en dos subgrupos que acudirían al centro en días alternos. Así que el instituto tuvo que prepararse, cambiar sus decorados, para que en las aulas cupieran las mesas necesarias con la distancia de seguridad prescriptiva, para señalizar con flechas la dirección en la que caminar sin darse de bruces con nadie por el pasillo… Geles hidroalcohólicos para ahuyentar al bicho y, ya de paso, ver si se desinfecta la herida de la ignorancia arrastrada por los chicos desde el confinamiento. 


Más profesores asignados para este plan de contingencia con el que se quiere hacer creer a la opinión pública que la enseñanza es en este país una prioridad. Sin embargo, a finales de este mes de septiembre, se cuentan con los dedos de las dos manos los compañeros de trinchera que aún están por llegar. Aquí los esperamos los demás, mercenarios de un sistema que nos obliga, además de a llevar mascarilla, como cualquier ciudadano de bien, a ejercer nuestra profesión en una situación a todas luces precaria. Ahora no solo hay que enseñar, sino compensar las carencias académicas, tecnológicas y psicosociales de nuestros alumnos desde el formato de la semipresencialidad, no la nuestra, claro, sino la de los alumnos, porque lo que se espera de nosotros en más bien la omnipresencia y la omnipotencia, ya que habremos de atender a los más pequeños, de 1º y 2º de ESO, que vendrán a diario, con la urgencia de retomar el contacto (en la distancia social eso sí) con esto del instituto, pero también tendremos que satisfacer las necesidades de quienes se queden en sus casas en días alternos, para que, en ningún caso, nadie pueda  reprocharnos que no satisfacemos su derecho a la educación. Y para ello, igual ha llegado el momento de formarnos en telequinesia más que en herramientas técnicas, porque las altas instancias pretenden que lo hagamos grabando nuestras clases, o con nuestros móviles o con alguna de las pocas cámaras con las que está dotado el centro, sin red Wifi ni un digno ancho de banda, pero, eso sí, que pasemos lista, que comprobemos que los adolescentes que están solos en sus casas se han levantado a las 8 y no están malgastando su tiempo en dormir o en enredarse entre las pantallas del ocio.


Creo que están urdiendo la gran distopía para la enseñanza. Nos tienen como a cobayas, quieren experimentar qué pasaría si esto de las aulas virtuales hubiera llegado para quedarse, cómo optimizar los recursos para gastar poco en capital humano, comprar una docena de dispositivos y lanzarnos a la nefasta aventura de ser el profesor holograma, que se te presenta después del desayuno y te entretiene y educa al hijo hasta la hora de comer. A mí ya me suena a película, de terror…


Igualmente inquietante y cinematográfica ha sido esta fase de pruebas del experimento distópico. Es el primer día de instituto. Todos los profesores nos saludamos arqueando las cejas por eso de resultar más expresivos ahora que llevamos mascarilla, dándonos ánimo para este nuevo curso, el del Covid del demonio; cogemos una tiza, como gesto aprendido, porque aún dudamos de que utilizarla no vaya a tirar por tierra las medidas de prevención del protocolo. Empiezo a subir las escaleras, siguiendo la flecha que me obliga a mantenerme a la derecha, junto a la barandilla. Levanto la mirada, el pasillo está vacío, casi en penumbra. Ni rastro de los chicos que en febrero recorrían el instituto dos veces antes de llegar a su clase porque así veían al colega repetidor. Nada de besos furtivos de las parejitas de enamorados que entre clase y clase se funden con la pared y se comen el cuello pase quien pase por su lado. Tampoco está el de “profe, ¿me puedes abrir, que me he dejado el bocadillo?”. Silencio. Me ha parecido oír el timbre; se ve que aún no han llegado. Pero la puerta de 1º de Bachillerato está abierta y sale luz. Antes de llegar hasta ella me encuentro a la compañera de Inglés: “Oye, Ana, qué mal rollo, ¿no? Ni rastro de los chicos”. No habían dejado rastro, pero sí habían llegado. Asomé la cabeza por la puerta, por si efectivamente estuviera la clase vacía y se me hizo un nudo en el estómago al comprobar que los alumnos ya habían entrado, se habían sentado, cual ejército, sin salirse ni medio centímetro de su zona de seguridad. Los saludé. No serían más de trece en esta clase. No sé si mascullaron un "hola" debajo de sus mascarillas porque, si así fue, me resultó inaudible. Tampoco fui capaz casi de reconocerlos, aunque sabía por las listas que muchos habían sido ya mis alumnos. 


Irreconocibles sus rostros enmascarillados, pero más aún su actitud silente y adiestrada. Entro con cierta efusividad, casi teatral, por eso de romper un poco el hielo, pero de poco sirve, apenas si se mueven, quién sabe si por miedo, por espíritu zombi o porque el confinamiento los ha metamorfoseado en unos seres tan evolucionados que olvidaron qué era eso de la algarabía, la impertinencia y la frescura adolescentes. Casi dos horas de clase de presentación con quince pares de ojos que me escrutan y parece incluso que me censuran cada vez que dejo mi nariz asomar por encima de la mascarilla antes de que me asfixie el CO2 que genera una explicación de análisis sintáctico.


Pues nada, chicos, ha llegado el momento de que nos echemos el gel hidroalcohólico y limpiemos las mesas. ¿Sabéis qué? Este fin de semana me reúno con mis amigas del "club empiñado en escribir". Tengo que sacarme de la manga un texto que se titule “De película”. ¿Quién sospecha de qué tratará mi historia después de comprobar lo extraño que está siendo todo hoy? ¿Quiénes sois vosotros y qué habéis hecho con mis alumnos?


Silencio y títulos de crédito. Stranger things...

sábado, 2 de mayo de 2020

Amor de supermercado


Es casi la hora. Habíamos quedado en que sería mejor esperar un poco al final de la tarde para que hubiera menos gente, aún menos de la que se deja ver estos días por la calle. Antes del cambio de hora, cuando empezó todo esto, venía a oscurecer a eso de las 8, así que el plan cuadraba si bajábamos una media hora antes. Para cuando regresáramos a nuestro portal, ya se habría hecho prácticamente de noche y resultaría más fácil romper con las distancias y arrancarnos apasionadamente las mascarillas y tocarnos sin guantes. Pero, ahora, en mayo, salir a la hora acostumbrada implica exponerse a la luz vespertina y a los ojos inquisidores de los balconazis del barrio.

Siempre le digo a mi madre lo mismo. “¿Qué hace falta para hoy? ¿Traigo huevos?... No creo que a estas horas queden tomates o patatas, ya sabes que no. Sí, lejía traigo y papel, pero no te pases, que tengo que venir andando cargado con las bolsas”. Ella sabe perfectamente qué intención hay detrás de mi afán por colaborar con las obligaciones de suministro doméstico.. Conoce a Susi desde que era pequeña y sé que le hace ilusión que salgamos juntos. Siempre me dice, “hijo, es fantástico que seáis vecinos, compañeros de estudios y ahora compañeros de vida”. “Sí, mamá, pero no te flipes, que nadie ha hablado aún de comprarnos una casa o de tener hijos; estamos disfrutando, conociéndonos”. En estos días de convivencia intensiva con mi madre, la he escuchado varias veces decirle a sus amigas por teléfono: “sí, sí, mi hijo Manu es quien me hace la compra y le dejo salir, pobre mío, que a él solo le queda ahora el amor de supermercado”.

Menos mal que, aunque sea 2 de mayo, es sábado y abrirá al menos el súper del bulevar. Este año ni festivo ni nada, que está Madrid para pocos chotis con esto de la cuarentena y el puto bicho. Nos han quitado las vacaciones de semana santa y ahora el puente, así que por falta de ganas no será, digo, porque si sumamos las semanas que llevamos a las espaldas de aislamiento, estamos todos tan histéricos que bien podríamos proclamar el nuevo levantamiento rebelde de esta ciudad. Por mí, eso sí, hoy mejor no, que se queden otro día más todos en sus casitas, que yo tengo que verme con mi diosa allí, en el pasillo de los yogures, o camino a la frutería, para decirle en voz baja, mientras pesa los kiwis cuánto me gusta pasarme las horas charlando con ella hasta la madrugada, por whatsapp o por el insta…

“Anoche estabas preciosa en la foto que te hiciste en pijama con la cerveza en la mano, para brindar como si estuviésemos en nuestro cien montaditos de La Latina… Ay, dios, quién volviera a ese Madrid del mes de enero que nos dejaba abrazarnos bajo las gotas de lluvia de aquel techado. ¡Qué dulces me parecieron entonces tus ojos, Susi! 



Ella había bajado sobre las 19:25. Justo después de cerrar con ímpetu la puerta de la casa, su madre salió al rellano de la escalera mientras la recadera familiar se dejaba rodar escalones abajo; la llamada del deseo es poderosa y podía escuchar sus requiebros desde dos manzanas más allá. “¡Susiii! ¡Que no se te olvide el jabón de manos, hija, ni los yogures, que tu padre no cena otra cosa!”. Viéndola precipitarse por el vestíbulo del edificio, no parecía que la chica hubiera tomado nota de aquellas peticiones…

Yo aguardaba escondido en el hueco de la escalera. Desde allí pude verla abrir la puerta y salir a la calle. No quise decirle nada para no alterarla; ya me pareció muy agitada al oírla bajar los últimos escalones. Esperé un par de minutos para hacer yo lo propio y lanzarme a la carrera en dirección al supermercado. Nada más atravesar el umbral de nuestro portal y dirigir mis pasos por la acera, pude adivinar la figura de Susi avanzando ya hacia la otra esquina de la calle. Iba tirando de su carrito de la compra. ¡Qué elegante me parece esta chica siempre, hasta con chándal y carrito!

Habíamos quedado en que nos encontraríamos en el pasillo del pan y las galletas. Y allí mismo la encontré. Con ese porte, no me costó ni medio segundo reconocerla, a pesar de la mascarilla y sus manos de látex. Revisaba las etiquetas de los paquetes de las galletas, disimulando, como si realmente le importase lo del aceite de palma. Miré a mi alrededor; comprobé que no hubiera ningún perseguidor de infractores y me lancé al gran despropósito. Acerqué mi carro al suyo y, antes de que se diera cuenta de que ya había llegado, rodeé su cintura desde atrás, al tiempo que acercaba mis labios a su cuello. “Mi reina, qué bella estás poniendo cara de seria”.

Susi respingó, como asustada… ¿Estás loco, o qué te pasa? Si nos ve el de seguridad nos multan, idiota… Quiso fruncir el ceño y hacerse la contrariada, pero le pudo más la emoción y el saberse abrazada por un amor furtivo. Al ver mi sonrisa picarona apostada en su hombro, se giró para plantarme un beso eléctrico, fugaz e intenso. Por el rabillo del ojo vi que por el pasillo principal cruzaba una señora mayor que nos miró con gesto de extrañamiento ante la falta de distancia social. “Perdona,  -dije improvisando-, ¿podrías acercarme esa caja de cereales que está allí al fondo, porfa?

Tan pronto desapareció la intrusa, nos echamos a reír por lo bajo. No os podéis imaginar lo excitante que resulta transgredir las normas en estos tiempos tan paranoicos. Que ya me lo ha dicho mi madre antes de salir: “Manu, tú todo con guantes; el látex te protege, te lo digo yo; que nadie te vea que te atreves a coger las manzanas con las manos desnudas que la has liado, ¿eh? Y a Susi la ves, sí, pero nada de tontunas, ni acercamientos, hijo, que la gente está muy rara y hay mucho miedo. Vosotros hacéis como los novios de antes, os miráis, os sonreís y, a lo sumo, os decís un algo amoroso, pero no me hagáis los tontos, que tiempo tendréis”...

“Sí, eso mismo me ha dicho a mí la mía, así que, al menos aquí, no te dispares, que además nos tiene que dar tiempo a hacer la compra antes de las 20:00, que nos cierran. Mira, yo aún tengo que buscar el jabón de manos, el pan y las nueces”. 

Me pone mucho cuando adopta esa actitud responsable. "¡Yo también tengo que ir a por la lejía y los huevos”, pero no puedo desaprovechar ni un minuto, te deseo, necesito oler tu perfume y mirarte, aunque solo sea eligiendo entre el pan rústico y el de hogaza. Paso muchísimas horas al día, más de las que tiene, yo creo, encerrado en las cuatro paredes, pensando en ti, soñando contigo, recordando nuestros paseos, los conciertos, las estrellas cuyos nombres me enseñaste aquella noche de invierno. Me da igual, qué lejía ni qué hostias. Si tú compras nueces, yo avellanas. Te acompaño al pasillo. Mientras Susi elegía entre las de Macadamia y las de California, me atreví de nuevo, esta vez a besarle el cuello.

“¡Estás como una cabra! ¿Lo sabes, no? Como nos llamen la atención, a ver con qué cara venimos el jueves. Y, si nos multan, mi padre me aplica otra cuarentena, hasta agosto lo menos.

“Estimados clientes, les informamos que este supermercado cerrará sus puertas dentro de diez minutos. Vayan acercándose a la línea de cajas. Les agradecemos su confianza”.

Cogimos las avellanas naturales y las nueces con cáscara y nos dirigimos arrebatados a la cola para pagar. 

- “Sepárate un poco, no vaya a ser que la cajera ya ate cabos. Llevamos muchas semanas haciendo lo mismo”.
-Yo creo que no es la misma tía, no te rayes, anda.

Susi levantó una ceja sonriendo mientras iba poniendo su compra sobre la cinta. Cuando yo quise hacer lo mismo, ella ya salía por la puerta del súper, así que quise darme más prisa, porque ya debían ser casi las 20.00.

Metí todo en las bolsas a lo loco. Tenía que llegar más o menos al mismo tiempo que ella. Otro día más, caminando ya los dos por la acera que nos lleva a casa, pudimos deleitarnos con la ovación del vecindario. Puntuales siempre, allí estaban todos en sus balcones, con sus arco iris y su música a todo trapo. Susi y yo comentábamos luego lo gracioso y emocionante que resulta que parezca que todos te aplauden. “Es que saben que somos amantes de estraperlo, ¿sabes? y están ahí viéndonos, como espectadores de un teatro, emocionándose con nuestras idas y venidas, nuestros carros cargados de tomates y de besos, jajajaj”. Nos molaba sabernos admirados por el pueblo de Madrid.

Sonaba aún el "Resistiré" que siempre pone nuestra vecina del tercero a todo volumen, cuando alcancé el portal. No haría ni tres minutos que Susi había entrado. Dejé todas las bolsas en el suelo para poder abrir la puerta. Me sudaban las manos con los guantes puestos, así que me los quité, tembloroso. Tenía ya los nervios agarrados en el estómago.

Recogí mi compra rápidamente. No había tiempo que perder. Teníamos que aprovechar el jolgorio vecinal, el ruido y la variedad musical para hacer esos minutos fugaces más largos. Ella y yo sabíamos lo que pasaría, lo que siempre pasaba. Entré al portal y sin más dilación fui a su encuentro. Allí estaba, debajo de la escalera, sonriente, como una niña que espera al compañero de travesuras. Ambos sabemos que un encuentro furtivo como este está perseguido por la inquisición colectiva. 





Comenzamos a besarnos, la agarré de la nuca, acariciándole el pelo como sé que le gusta. Nos fundimos contra la pared mientras nos buscábamos acaloradamente. Sentía cómo la cadencia de su respiración se iba acelerando más y más; las caricias se estaban convirtiendo en una verdadera declaración de intenciones.
"Me gustaría tener más tiempo para preámbulos -me dijo susurrando-, pero ahora que la gente está entretenida con el santo ritual, no podemos desperdiciar ni un instante". Entre besos húmedos llenos de pasión, con algún mordisco fogoso de por medio, Susi me cogió la mano adentrándola bajo su licra ajustada. Con el primer impacto de mis dedos, tembló, suspiró, entre el deseo, la calma y el placer. 
Después fue ella quien me buscó, arrebatadamente, bajo el chándal y me encontró, ¡oh, dios, vaya que si me encontró! Durante unos minutos, nuestros cuerpos retorciéndose bajo la escalera, temblorosos, movieron nuestro centro de gravedad, trastornando (estoy convencido) la frecuencia cardíaca de todo el vecindario... Me emociona siempre verla disfrutar, temblorosa. Le apretaba de la cintura, besándole el cuello y mordiendo sus labios. 
"¡No puedo más! dime que has traído protección". Le contesté que sí, pero le susurré: "¿Nos dará tiempo? Sus ojos me respondieron afirmativamente, picarones. Nos desvestimos, no demasiado; había que tener tiempo para reaccionar en caso de intrusión. Se dio la vuelta; yo la abracé por detrás. Más allá del placer físico, recuerdo, entre idas y venidas, rodear su cintura con una mano y pasar mi brazo por sus axilas, cogiéndola del hombro, desde delante hacia atrás, oler su pelo y su cuello, mientras apoyaba mi frente sobre su nunca. "Huele a paz, a sosiego y felicidad", pensé, si a eso se le puede considerar pensamiento consciente. Susi se retorcía y temblaba intentando contener cualquier ruido que delatase nuestro “incivismo”. 
Me costaba cada vez más coordinar los movimientos, luchaba contra los gritos sordos que se apoderaban de mí; la apretaba más y más fuerte, pero lo hacía entre el cariño y la potencia emocional previos a la explosión. Sus piernas trémulas me avisaban de que el momento estaba a punto de llegar. Habría estado bien tener a todos los vecinos de espectadores de la escena final y, con ella, la ovación popular. Nos agarramos las manos, tan fuerte como quienes se agarran a la vida, pletóricos de éxito, deleitándonos aún con los temblores erráticos del éxtasis último.
Nos despedimos con un cálido y rápido abrazo y mi beso entre la comisura de los labios y su nariz. "Te quiero", le dije. "Y yo a ti. Esto pasará pronto y disfrutaremos de los momentos y los besos sin miedo", me respondió mientras miraba el reloj. 
"No sé yo si podremos besarnos alegremente después que pase todo esto", le dije, "la gente va a estar en plan “no me toques ni con un láser atado a un palo”. Susi se rio. Yo quise silenciar su carcajada con un gesto para avisarla de que nos podían pillar. 
Miramos el reloj otra vez;  había que volver a la nueva normalidad. Ella asintió y yo, antes de ponerme los “profilácticos de mano”, altamente recomendados por mi madre, le toqué la cara y le sonreí. Se marchó escaleras arriba, vigilante, buscando moros en la costa. Yo hice lo propio, regresando a esta “nueva no normalidad”, a la espera de otra excusa, otra oportunidad, para nuestro amor de supermercado

sábado, 18 de abril de 2020

Audiorrelato: "Sol de invierno. Cómo te enamoras de la vida", por Dio Sinequanon, en la voz de Emilia Ruiz



Audiorrelato: "Un día cualquiera", por Dio Sinequanon, en la voz de Emilia R. M.



Un sinsentido


Si me preguntáis qué siento hoy os diré que cierto estatismo vital... Mi percepción del mundo parece distorsionada y extraña por la falta de contacto con el entorno y los contornos, los que podrían decirme que hoy es 18 de abril y es primavera, los que me traerían la intensidad de la tierra mojada, de las gotas de lluvia sobre el verde de la montaña, los lilas recién nacidos que mis ojos ahora solo recuerdan. La suavidad de la hierba fresca en la palma de mi mano es una evocación lejana que me transporta al mundo que era antes de hoy, el que anhelo y proyecto sobre un futuro que quiero que huela a verdad.

Saboreo entre los recovecos de mi cerebro el suave licor que disfrutaba, entre risas, al final del invierno, cobijada por la calidez y ternura de los abrazos envolventes, de los besos que se congelaron en el tiempo a la espera de la caricia estival que los reviva... Huele este aire a cierta tristeza, casi palpable, al tedio que me saluda desde la ventana del sueño nada más abrir los ojos. 

Solo atino a ver en mi casa de los sentidos a los mismos de siempre, en el lugar de siempre, intentado recuperar la alegría de otro tiempo frente a la tarea repetida de vivir en este eterno bucle de puerta cerrada y amargura en los labios.

Solo me salva de la perdición y el olvido el susurro vivaracho de los pajaricos, que me cantan por dentro desde el azul silencioso; vive el cielo de este mundo un poco extrañado por no vernos deambular como hormigas adiestradas por nuestros alocados caminos y existencias vacías.

No puedo más que soñar con llenarme esta noche de los perfumes de antaño, los que me devuelven el color de los besos que saben a luz, a amarillos silencios entre los olivos, a la seda de la mariposa con la paz en las alas.

Perdónenme los sentidos porque la belleza confunde hoy mi alma.

#CincoSentidos
#SinSentido
#Sentimental
#Sensible
#Sensitiva

viernes, 24 de enero de 2020

Planeta Mariposa


En el planeta Mariposa no existe amanecer en que no raye al alba un tenue sol de invierno, aunque sea primavera, que tiernamente abraza a los enamorados, y que huele a leña quemada y a tímida lluvia que nunca cala.

Allí, suben y bajan escaleras a ninguna parte, no hay camino que te pierda ni conduzca pues no espera en el horizonte destino alguno para quien nada busca.

Es mi planeta un ingrávido aleteo para esta Mariposa que hoy levanta el vuelo sobre ruinas de imperios pasados que solo atinan a temblar, mirándola en lo alto batir infinitos colores en el azul del futuro.

Llegan mecidas por el cielo estrellas que mudaron fugacidad por eterna calma placentera.

Dibujan sobre lo oscuro esta hermosa partitura que guía, entre caricias y besos, melodías hechas de tiempo presente, de belleza transformada en abrazo que no entiende ni espera a la muerte.