martes, 12 de enero de 2016

"Gallito 2015", un libro y un mazapán


Entrada especialmente dedicada a mis alumnos cadalseños ;)

Lo primero que le dicen a un profesor a su llegada al CEIPSO (Centro de Educación Infantil, Primaria y Secundaria) "Eugenio Muro", de Cadalso de los Vidrios, en Madrid, es algo así como:

"Bienvenido, nos alegra tenerte por esta buena tierra; comprendemos el esfuerzo de llegar hasta rincón escondido cada mañana. Terminará gustándote esto. Para que te vayas animando, te avisamos de que tenemos un evento escénico en diciembre, cuya organización debes asumir como parte de tu obligación y programación docente...".

-"¿Pues de qué se trata y por qué os preocupa tanto ahora, en septiembre que estamos?".

-"Uy, hija, esta fiesta es centenaria. Generaciones y generaciones la celebran cada año, por Navidad, y representa para las gentes del pueblo una costumbre arraigada, importante e ineludible. Recibe el nombre del "Gallito", en honor a la figura de mazapán con forma de gallo que todos los alumnos del centro reciben por parte de las autoridades municipales como "aguinaldo" y en agradecimiento por su función navideña. En Cadalso, estos mazapanes se llaman así, "gallitos", incluso cuando tienen otras formas, y suelen regalarse en estas fechas".

Pero, para el caso que nos ocupa, el "gallito" se regala a todos los escolares que hayan participado en esta curiosa y trabajada puesta en escena, junto a otro presente, muy valorado por parte de las familias y la comunidad educativa: un libro. Los profesores eligen los títulos más apropiados para cada uno de los niveles, teniendo también en cuenta que puedan formar parte de las lecturas obligatorias del curso, sobre todo en secundaria, aligerando así el esfuerzo económico de los alumnos en la adquisición de material. Se trata por tanto de una iniciativa loable, por cultural y entrañable, por promover la lectura desde hace más de cien años, incluso en otros tiempos en los que la educación no llegaba a todos y un libro representaba a veces un lujo inalcanzable.

"A cambio", los niños deben esforzarse por organizar, ayudados por sus maestros y profesores, una función escénica y musical, que cada año escoge una temática distinta que sirva de hilo argumental para las distintas actuaciones, desde los primeros cursos de infantil, con los nenes de 4 años, hasta las de los chavales mayores, ávidos de jolgorio y presencia sobre las tablas. Los padres, orgullosos desde las gradas del pabellón municipal. El alcalde y acompañantes, conscientes del trabajo que hay detrás, aplauden y se cargan de razones para perpetuar esta tradición, aún cuando haya que competir con los tiempos modernos y prosaicos.

Este año, el tema ha sido "Los ecosistemas. La biodiversidad", nada fácil de articular y llevar a escena, con el oportuno atrezo y la representación diversa y coral de todos los cursos. Han sido tres meses de frenética actividad; los profesores, en especial los más cualificados en esto del folclore y la escena teatral, han tenido trabajo doble o triple, además de las consabidas clases y los reglamentarios exámenes. Los que hemos llegado nuevos hemos participado con expectación y prudente papel.

El resultado, el "día D", no puede dejar indiferente a ninguno en el pueblo. Calidad e ilusión a raudales. Una pena no poder compartir imágenes en las que salgan los niños, los verdaderos protagonistas. Ha sido un día muy intenso y divertido. Todos hemos salido hoy de allí con un libro y un mazapán bajo el brazo. ¡Gracias, Cadalso!


lunes, 11 de enero de 2016

ELA, la ladrona de sueños

Vistas de La Paz, desde El Alto (Bolivia)

Anoche soñé que mis piernas salían corriendo despavoridas de esta cárcel. La brisa me iba envolviendo conforme avanzaba en mi carrera a ninguna parte. Miré al frente y me pareció ver que las hojas caducas sobre el empedrado camino me iban indicando, con el crujir de mis pasos sobre ellas, la dirección, el destino.

Ya casi se me olvidó cuándo y cómo fue. Yo era entonces médico cooperante en La Paz, Bolivia. Junto a aquellos colegas de la ONG hice lo que mejor sabía hacer, curar heridas, atender a aquellos niños desangelados y olvidados, dar medicinas a sus cuerpos y calmar las penas de sus almas.

No sé si podía llamarse felicidad a aquello. Para mí era la primera experiencia en tierra extraña. Desde luego, no fue fácil aprender a vivir en El Alto de La Paz, a 4.000 metros de altitud. Sumado a las extremas temperaturas de su clima de montaña y a la pobreza que asfixiaba la zona en que vivía, cualquier vivencia anterior parecería ridícula. Pero aquel lugar, en principio inhóspito, terminó por atraparme; a lo mejor fue la satisfacción por el trabajo bien hecho o bien la calidez de la gente, el saberse desposeído de casi todo lo material, pero próximo al dolor del otro.

Los vendajes se me cayeron de las manos una soporífera tarde de mayo. Sentí que la extrañeza se me dibujó en el rostro. Como cada día, ponía en orden todo el material que necesitaría en el puesto ambulatorio. Jeringuillas, pinzas, vendajes, suero y apósitos decoraban mi mostrador. No sabía cuándo necesitaría de una de las vacunas que había en la nevera o cuándo tendría que escayolar a alguno de los traviesos que jugaban entre la mugre de la colonia. Al ver que el rollo de venda se deslizó entre mis dedos, comprendí que quizá había llegado el momento de descansar más, de pasar más horas en la cama, dejando reposar los huesos y los pensamientos. El cansancio no es buen aliado para un médico. Todo el mundo allí confiaba en mí; incluso había quienes me veían como un chamán que debía protegerles de la muerte.

No sentí que debiera aún alarmarme. Cerré las contraventanas y me preparé para marcharme con la repetida satisfacción del trabajo bien hecho. Al intentar cerrar la puerta del barracón, no atiné a meter la llave en la cerradura. Después de varios intentos lo conseguí, pero la muñeca derecha fue incapaz de hacer el doble giro. Me paré unos segundos, de pie delante de mi coche; respiré hondo, y me monté en él con decisión, como si nada hubiese ocurrido frente a aquella cerradura del demonio.

La inquietud me persiguió desde aquel día. Era médico y ciertas señales no podían pasarme inadvertidas. No quise alimentar la imaginación, pero en seguida, a las pocas semanas, me di cuenta de que me empezaba a costar caminar con normalidad. No hizo falta que nadie me dijera nada. En unos meses, el debilitamiento del cuerpo era más que evidente; demacrado y con bastantes kilos de menos, el pánico se apoderaba de mí cada vez que sentía un calambre en las piernas o notaba que se me adormecían las manos. No debía esperar ni un día más. Fui a ver a uno de mis compañeros de la ONG, que también trabajaba en el Hospital de La Paz.

El doctor Gálvez se empleó a fondo con todo tipo de pruebas neurológicas y de análisis. La primera resonancia magnética no arrojó unos resultados que digamos muy halagüeños. Efectivamente, todo parecía indicar que el deterioro era galopante y conducía a un abismo de profundidad desconocida. En el hospital concluyeron que, a falta de una segunda opinión, se podía hacer un diagnóstico casi certero: padecía una enfermedad llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que en mi caso parecía de origen azaroso ya que no había ningún antecedente familiar. Con sólo escuchar el juicio clínico, se me tornó vidriosa la mirada y el abatimiento arrasó mi, hasta entonces, optimista sonrisa.

Los médicos no podían aventurar cuál sería la progresión ni cuánto tiempo tardaría la musculatura de mi cuerpo en despedirse para siempre del movimiento. Podían ser meses o años. Tampoco supieron hablarme ni de las causas ni de la existencia de ningún tratamiento contra aquella lenta muerte programada.

Al salir de allí, anduve durante más de una hora. Sentí que el gélido aliento de la Muerte se había clavado en mi nuca y no tenía intención de darme esquinazo, como yo habría querido dárselo a ella. Tras de mí caminaría desde el terrible momento en que una venda se escabulló de entre las manos hasta que la parálisis total del cuerpo terminara arrastrándome al definitivo precipicio.

Una vez que mis facultades físicas estuvieron tan mermadas que resultaba imposible seguir ejerciendo la profesión, no había razón para permanecer en Bolivia y comprendí, sin mayor discusión, que había llegado la hora de volver al punto de partida. Mis hijos eran aún pequeños o, al menos, lo suficientemente pequeños para vivir un cambio tan radical con cierta naturalidad. Los niños saben adaptarse a casi cualquier situación nueva: a vivir en otra ciudad, a hacer nuevos amigos, a ir a otra escuela. Pero nunca podrán adaptarse a tener que ver sufrir a un padre. La enfermedad y la muerte nunca están entre los invitados a la mente de un niño.

Lo único que sabíamos sobre aquel mal era que existían otras muchas enfermedades parecidas que afectan a las células nerviosas. La esclerosis lateral amiotrófica deriva en una silenciosa y progresiva atrofia muscular, que, al menos, deja intactas las facultades intelectuales y sensoriales. Desconocíamos cuánto tiempo nos quedaba; mi mujer creyó que lo mejor era tomar ventaja a la enfermedad y procurarme un entorno lo más sosegado posible. En lo más profundo de mi entraña hubiera preferido que la esclerosis, en aquel devastador ataque, acabara, además de con mi cuerpo, con mi razón. Creedme si os digo que convertirme en espectador consciente de mi propia desintegración es el peor final, incluso para cualquier tragedia.

¿Qué me trajo a estas orillas sin mar ni escapatoria y por qué tendré que contemplar, con desolación e ira, mi irremediable naufragio? No hubo Dios que contestara ni calmara el grito ahogado de quien pide cuentas al cielo.

Me llevé de El Alto el nudo en la garganta; no desaparecería ya, nunca. De ella pronto dejó de poder salir el más mínimo atisbo de palabra. No pude articular en versión sonora mi pensamiento. Aprendí a vivir con el silencio, con la impotencia de que mis dos hijos tuvieran que verme hecho casi un vegetal, con los ojos perdidos en la nada. Yo, que tendría que enseñarles a caminar con valentía y determinación por este mundo, me había convertido en un inválido, de piernas muertas y sin camino que andar.

Sea otoño o primavera, siempre que la lluvia o el frío nos lo permiten, salimos a dar ese paseo mañanero. Ella empuja con bastante esfuerzo la silla de ruedas, peleando con los adoquines y las interminables cuestas del pueblo.

Como minúsculos granos de arena, nos deslizamos en esta espiral inexorable. El tiempo nos absorbe a todos, sin excepción. Igual que las aguas del río que el poeta vio avanzar hacia el mar… La vida antes, en El Alto, parecía que sólo era cuestión de seguir navegando por muy turbulentas que fueran las aguas; se trataba de pelear cada día contra la miseria y el hambre de aquellas gentes, de levantarse con ganas de entregarse hasta el final; de curar las heridas de sus cuerpos y de sus mentes. Yo creía que aquello justificaba mi existencia, que era un argumento más que perfecto para la historia que me había tocado en suerte. Pero hay historias que ya conocen su final desde la primera de las líneas del relato. El mío sería el colmo de lo fatal.

Sentado espero su llegada. A veces, en el horizonte se me antoja que no es la muerte, sino otra figura la que viene a buscarme. Presa de mis propias alucinaciones, me parece que soy yo mismo quien camino hacia mi propio encuentro, con paso firme y enérgico, con ganas de preguntar al señor postrado en esa silla de ruedas qué le traerá el porvenir que ahora a mí ya se me ha consumido.

Yo, el de ahora, ya he dejado de caminar; ya veo cuál es el final. No deseo saber nada más de lo que me resta por descifrar. Intuyo y fantaseo con el desenlace, en silencio, para que ella no adivine mi tristeza ni mi sensación de fracaso y acabamiento. Elisa clava sus meditabundos ojos en el horizonte madrileño, que tan nítidamente se ve en días claros desde el Jardín de los frailes. Allí termina siempre nuestro paseo diario y hasta allí, quizá, llegue la muerte a buscarnos.

Vistas desde el Jardín de los frailes. San Lorenzo de El Escorial.

domingo, 10 de enero de 2016

San Lorenzo de El Escorial y el aleteo de la mariposa



Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid.



El día que Felipe II salió triunfante de la Batalla de San Quintín quedó sentenciado nuestro destino. El rey ordenó construir el Monasterio para conmemorar su victoria en aquella afrenta contra los franceses, que tuvo lugar el 10 de agosto de 1557, coincidiendo con la festividad de San Lorenzo, de ahí el nombre del Real Sitio ubicado en El Escorial.

De no haber sucedido aquello, hoy no habría ni Monasterio, ni camino empedrado, ni Casita del príncipe; no habría grandes casas en la ladera del monte Abantos, la vida no nos habría traído hasta aquí, ni a mí ni a las miles de personas que, durante años, eligieron San Lorenzo de El Escorial como lugar de descanso. La historia sería otra, quién sabe quiénes seríamos y dónde estaríamos si aquel rey no hubiera elegido este mágico enclave para construir su sueño de grandeza. Por lo pronto, mi hijo pequeño ya no se llamaría Lorenzo; quién sabe si el mundo que esa nueva generación está a punto de descubrir también tendría otro nombre y apellidos. Creo que el destino de mi familia habría sido distinto, sin duda.

El monarca, hombre de fe y extrañas obsesiones, eligió la sierra de Guadarrama, a escasos cincuenta kilómetros de Madrid, para ordenar la construcción de un universo único, una Ciudad de Dios en cuyas piedras quedasen custodiados el conocimiento y la memoria real. En un primer alarde mistérico, la arquitectura del monasterio parece ser reflejo de coordenadas astrológicas muy precisas. Dicen que es un templo del sol, una magna obra en la que algunos han creído que se halla la mismísima “Boca del Infierno”.  A esta leyenda debió contribuir la historia del perro negro que los monjes vieron merodear por primera vez en 1577, durante la construcción del monasterio. Los aullidos del can encogían el alma de cuantos trabajaban de sol a sol con el granito de El Escorial y al cernirse la noche escuchaban al animal clamar a la luna.

El sueño del rey se rompía también con el lamento perruno, aunque varios monjes intentaron convencerle de que aquello que él creía un heraldo de muerte pertenecía en realidad a un miembro de la corte aquejado de horrosos dolores. Nada calmó su angustia. Felipe II tomó una drástica e inquietante decisión: mandó ahorcar al perro en una de las ventanas del templo, a la vista de todo el mundo; allí permaneció colgado hasta pudrirse. Aquello imprimió un particular sello en la mágica historia del lugar y el inofensivo (y probablemente aterrado) perro se reencarnó en el Can Cerbero, el monstruo que según la mitología guardaba las puertas del infierno. Cuentan las viejas historias que nuestro rey, famoso entonces por ser el regio gobernante más poderoso del “orbe conocido”, presa quizá del pánico que despertaban en él la idea de la muerte y los espíritus del mal, siguió escuchando en el silencio de su alcoba y en el de sus pensamientos, el aullido infernal, aun habiendo sacrificado ya hacía años al pobre animal.

Admirando la sobria fachada del Monasterio, no se llega a sospechar la riqueza que alberga en su interior. Cruzo el patio de los Reyes que da la bienvenida al visitante del templo. Desde allí es obligado pasar a conocer la biblioteca; todos quedan maravillados al descubrir sus dimensiones, su belleza y la riqueza de sus fondos. Fue creada para hacer acopio de todos los saberes imaginables y albergar en sus anaqueles ejemplares únicos sobre literatura, ciencia, astrología, alquimia, juegos e, incluso, dibujos y grabados. Una librería del pueblo ha llevado hasta hace poco el nombre de Arias Montano, aquel fraile agustino a quien quedó encomendada la ilustre tarea de reunir para la Biblioteca del rey los fondos bibliográficos sobre todo el conocimiento de la época.

Encaminamos los pasos de nuestra visita al Monasterio hacia los palacios, donde el lugar que más interés despierta es la habitación real, recogida y austera, lugar de ansiado reposo para el monarca y rincón donde llegó a esperar durante más de treinta días una agónica y penosa muerte. Nos cuenta el guía que Felipe II se empeñó, contraviniendo las indicaciones médicas, en ir a morir a San Lorenzo de El Escorial, a despedirse de su querido monasterio. Dicen que el viaje desde Madrid, transportado en silla de manos, duró siete días; todos apostaban a que se quedaría en el camino. Pero no, tuvo que soportar aún altísimas fiebres, sentir hasta el delirio el dolor y el olor de sus llagas y pústulas. No sé qué le atormentaría más, si la proximidad de la muerte o el saberse rodeado de aquel hedor, él que era conocido por su extremada pulcritud y aseo. 

Mientras hablaba el encargado de la explicación, imaginé que a aquel lecho de muerte debieron acudir en procesión todos los fantasmas y miedos del rey, incluido el aullido del perro que sacrificó hacía años, y que, ante la perturbadora estampa, sólo debía reconfortarle poder escuchar desde su cama la misa oficiada en el altar mayor de la basílica, con la que su habitación tenía comunicación directa. El gran hombre, que se había hecho señor de medio mundo, se desintegraba, literalmente, para encontrar el definitivo final el 13 de septiembre de 1598.

En el silencio de nuestros pasos se intuye el vuelo de una mariposa. Esta que bate hoy las alas quizá sea la misma que se posó sobre las flores estivales, aquel mes de junio de 1571, en la festividad de San Bernabé, día elegido por el rey y los religiosos para abandonar la villa de El Escorial (conocida popularmente como El Escorial “de abajo”) y empezar a habitar el monasterio de San Lorenzo. Entonces dio comienzo un capítulo crucial de la historia de nuestro tiempo y de nuestras propias y pequeñas historias vitales, estoy segura. Cerca de estos legendarios e imperecederos muros uno se siente sujeto a los dictados del pasado, atado al pretérito aleteo de una mariposa que sobrevoló este cielo hace cuatrocientos años.

Frente a los días que se escurren, como la arena de un reloj, nos quedan estas mañanas escurialenses; contemplar el cielo y sentirnos contemplados por él; esperar de cada día su irremediable ocaso, confiando en que nos sea regalado durante mucho tiempo un despertar más.






sábado, 9 de enero de 2016

Volviendo al cuento de nunca acabar...


Cada mañana, un trayecto casi diagonal en tren de cercanías, cuando el sol aún no ha salido, pero miles de personas ya marchan, cual ejército, camino de sus obligaciones. Es un viaje largo, de más de una hora, con un transbordo y numerosas estaciones de paso, unas en el subterráneo de la ciudad, otras al aire, marcando la dirección a la sierra. Me pregunto siempre cómo se pueden pasar tantas horas en un vagón sin terminar desquiciado con tanto empujón mañanero, tanta mezcla de olores, sonidos, voces, sintiéndose en medio de un cruce de miradas perdidas. Hay veces que cierro los ojos segura de poder llegar a escuchar los pensamientos de la chica que se sienta en frente de mí e intenta aislarse con sus enormes y noventeros auriculares.

Somos animales de costumbres. Después de practicar la misma rutina a diario, durante meses, uno terminaba por subir al mismo vagón del mismo tren en el exacto minuto en que lo hizo el día anterior, comprobando que esta maniática precisión es también buscada por los compañeros de viaje. Las caras se repiten cada jornada, tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta.

Pasan 15 minutos de las 7 de la mañana; he salido del portal de mi casa para dirigirme a la estación más cercana. Tres manzanas después, ya he empezado a buscar en el bolso el dichoso billete, siempre escondido más allá de la funda de gafas, los pañuelos y el paquete de cigarrillos. Primera prueba: encontrarlo antes de llegar al torno de control de viajeros. Superada. Ahora empieza de verdad el periplo. Un rosario de personas bordeando el andén, con la cabeza girada a la izquierda para ver aproximarse en el horizonte la luz del tren procedente de Alcalá de Henares o de Guadalajara -cualquiera de los dos para en mi estación y lleva a quien monte en ellos al centro de la ciudad o a otros puntos del norte de Madrid-.

La gente aquí aún se dedica alguna mirada, sabedora de que, a lo mejor, el que tienes al lado es el mismo que te encuentras cuando vas a comprar el pan o quién sabe si tu vecino de arriba; es lo que tiene vivir en el mismo barrio, no eres el anónimo ciudadano presa de la despersonalizada ciudad, menos aún tratándose de un barrio como éste, sencillo, más humano, probablemente. En aquel andén, decía, los viajeros nos miramos a los ojos con cierta complicidad matutina, como diciendo, “vecino, compañero, ánimo, que el día no ha hecho más que empezar; quizá nos veamos dentro de doce horas, de regreso a casa”. Se dice pronto.

Una adormilada expresión maquilla mi rostro a las 7,30 de este primer día de regreso a la realidad, cuando por fin llega el convoy de Alcalá. Apuro el cigarro, respiro hondo y subo al vagón. Apenas treinta segundos después, un pitido fuerte e intermitente anuncia el cierre de puertas. No hay peligro, aún no somos los suficientes viajeros, cabemos holgadamente, sin necesidad de apretarnos unos contra otros al oír la señal. Siete u ocho minutos después, el tren entra en la estación de Atocha, el gran hormiguero de más de 7 vías donde se cruzan caminos, direcciones, destinos, vidas; en definitiva, personas.

Tengo que bajar de mi primer tren y esperar en el andén 1 a que llegue el que a las 7, 45 arranca rumbo a mi destino. Ahora somos muchos más en el trasiego viajero de las mañanas de Atocha. Cuidado, el bolso. Mira, hay grupos de personas que parecen conocerse después de tanto subir y bajar. Quién sabe si además de compañeros de tren lo son también de trabajo. Un hombre joven, maletín en mano, mira impaciente su reloj de pulsera. Aquella chica de auriculares lleva bajo el brazo un enorme libro de anatomía, quien sabe si, al final del viaje, será de anatomía forense.

¡Vamos por fin!, que arranque ya este tren, que casi se me olvidó haber desayunado. Hay empleados de la estación encargados de “remeter” bien a los viajeros en los distintos vagones; como si condujeran al rebaño, nos apremian para que vayamos subiendo, apretándonos un poco contra el señor de en frente, para que detrás de nosotros quepan otros tantos. Aprovechamiento del espacio y del tiempo; hay que cargar bien el tren para amortizar el viaje y hacer hueco en el andén, que pronto bajarán otros varios centenares procedentes de Aranjuez, para enlazar con el de Alcobendas. Venga, venga, suban, hagan hueco… Delirante, diría un amigo mío. Ni que fuéramos al campo de concentración, oiga… Bueno, bien visto, a lo mejor somos eso, esclavos condenados a otro campo de concentración, disfrazado de modernidad y democracia. Un mismo y engañoso lema: “El trabajo os hará libres”. Escalofriante, diría ahora yo. Pues eso, vamos camino del trabajo, de la mentirosa libertad.


Estamos todos montados. Todavía no he conseguido asiento; para eso me quedan aún más de cinco estaciones, atravesar la ciudad por la oscuridad de los túneles del cercanías y leer, por lo menos, los titulares del día en el periódico del señor con el que comparto frontera textil (que casi vamos del brazo, vaya). Bajo un poco los ojos para intentar leer sin gafas las noticias, mientras la señora de atrás me clava el aliento en la nuca. Puedo sentir su cálida respiración detrás de mí; también, el intenso pachulí que eligió esta mañana para ir a trabajar. ¿Qué opinará ella de que le esté clavando mi enorme bolso en el costado? Todo depende del cristal desde el que se mira, está claro.

En Nuevos Ministerios, el centro económico y financiero de Madrid, se baja el impaciente hombre del maletín y el reloj de pulsera. El grupo de amigos-trabajadores lo ha hecho en la estación de Ramón y Cajal (quizá sean empleados del hospital). En Las Rozas se apeará la joven de auriculares y el libro de anatomía. Ahora sí que sí, ya puedo sentarme y abrir mi libro, mirar el paisaje hasta que lleguemos al final de trayecto y deleitarme con algún ciervo del Monte del Pardo.

“Próxima parada, El Escorial, final de trayecto”. Se acabó el dulce sueño apoyada en la ventanilla del tren que durante un buen rato me ha acunado; adiós a las fantasías con el paisaje campestre como telón de fondo. Sean bienvenidos a la realidad, una larga jornada por delante, y otras dos horas de viaje de regreso al final del día. Al llegar a casa habrán transcurrido ya doce horas desde que saliera al rayar el alba. No se muestra muy sugerente la rutina, pero teniendo en cuenta el privilegiado lugar en el que me encuentro, mientras cientos de miles de seres humanos pululan en la ciudad como las abejas en torno a sus colmenas, puedo darme por contenta.


Del cuento de Misha al verso de Lorca



Murcia, en torno a 1980, año de las Olimpiadas de Moscú, que tuvieron por mascota al osito Misha


"Emilia, érase que se era, en un pueblecico de las montañas, un osito muy regordete y simpático llamado Misha". Así comenzaba mi abuelo su cuento de "buenas noches" siempre que me quedaba a dormir en su casa. Yo era muy pequeña, tanto que me perdía en las cuatro esquinitas de su cama. También la noche me parecía enorme e inquietante, hasta que mi "eyo" daba comienzo a la fábula infantil. Su voz grave y profunda contrastaba con el tono entrañable de las aventuras de aquel osito.

Misha y Natasha, los protagonistas, me parecían graciosos, al menos en los argumentos que mi abuelo les preparaba improvisadamente en aquellas veladas en las que se sentía tan afortunado y dichoso por poder librarse de su soledad, la inseparable desde que se fuese para siempre su Emilia, mi abuela.

Otra Emilia escuchaba, con oídos atentos y ojos curiosos, fijos en el infinito verde de los de mi abuelo, convencida de poder ver, si permanecía inmóvil, siguiendo la cadencia del cuento, al oso Misha y sus muchos amigos, saltando y cantando conforme aquel narrador de lujo dictaba. Creía que mi abuelo era especial; me sorprendía que él, que tan serio y triste se me antojaba siempre, imaginara esas historias tan simpáticas para mí. No sabía que, en realidad, se inspiraba en la serie de dibujos animados que en aquellos años 80 se emitía en la televisión. Qué pequeña e ingenua no sería yo que no alcanzaba a conectar lo que veía en la pantalla con lo que mi abuelo recreaba para mí en sus cuentos. El cerebro del niño construye el mundo a su manera, tendiendo puentes entre aquello que nunca ha existido y cerrando los ojos, sin embargo, ante lo que para los adultos en tan obvio y simple.

Decía que mi abuelo, Bartolomé Jesús, debía hilar sus relatos con retazos de las sesiones que pasaba sentado en su mecedora de mimbre, aliado con la apreciada televisión, que acompañaba sus interminables tardes en soledad. Sé que siempre estaba encendida, con el volumen muy alto, no tanto porque aquello que la pequeña pantalla mostraba le resultase verdaderamente interesante, como por llenar el vacío salón de sonidos e imágenes. Y, en ese baile incesante de personajes tras el cristal, aparecía cada día Misha. No creo que mi abuelo estuviera pendiente del argumento de la serie; seguramente reconstruía historias para la nieta rescatando un par de nombres, tres escenarios y mucha imaginación de su parte.

Si tuviera que recrear el recuerdo de mi abuelo tendría que hacerlo yo también a base de retales e imágenes; la memoria es discontinua y no nos permite elaborar un relato del pasado completamente fiel a la realidad y ajustado a una exacta cronología, de manera que llenamos los vacíos como si fuera un mosaico, con escenas que quizá, incluso, ni sucedieron. A él podría ahora evocarle, devolverle a mi mente, sentado frente al mar, con el recuerdo perenne de su esposa dibujado en la arena, mientras tararea alguna canción de la admirada Concha Piquer, "la del famoso baúl". O bien, con gesto excesivo y teatral, declamando versos de García Lorca; comiendo un crujiente pastel de carne murciano de la pastelería Bonache o un "Pío Nono" del otro santuario del "abuelo goloso", la confitería Máiquez, al tiempo que me explica lo excelso de la obra del escultor Francisco Salzillo: "Nena, esa Dolorosa parece que está hablando". Apasionado del arte y artista; sus dibujos de juventud eran verdaderas joyas de buen gusto.

Ensimismado otras veces en sus oraciones y melancólico pensamiento, dejaba en mí una amarga tristeza cuando tocaba despedirse hasta la próxima y dejarle en su salón, sentado en la austera mecedora, aunque, eso sí, rodeado de hermosos óleos con los que, con tiempo y acertada elección, consiguió vestir aquellas paredes.
Dedicó su vida a la enseñanza y la abogacía, profesiones que imagino que ejerció con el apasionado fervor que ponía en todo aquello que le gustaba. Le encantaban los superlativos: "extraordinario, bellísimo, espantoso, maravilloso...", adjetivos que podía utilizar para hablar de un cuadro, una joya, una canción o un hervido de alcaciles y cebollas. Él fue siempre un poco hiperbólico y superlativo, para mí no fue "un abuelo", fue "el abuelísimo".

¡Qué extraña relación ésta entre el tiempo y la vida! Yo, que hasta hace poco sentía que "el abuelísimo" era un personaje principal en el fotograma global de mi vida, por lo mucho que había representado en mi infancia y por su huella en la primera juventud, y que no parecía destinado a desaparecer, tomo conciencia de que el tiempo avanza sin mirar atrás y de que dentro de poco serán ya nueve los años que hace que se fue y muchos más los que quedan de su ausencia, y de ausencias de otros tantos que se irán.

Y todo lo que pudimos decir y no dijimos; lo que se esperaba de nosotros y nunca llegó a realizarse. Sólo nos queda entonces enmendarnos con los que aún están y "hacer" y "ser" conforme habríamos querido que "hiciesen" y "fuesen" con nosotros.


Dibujo de Jesús Martínez Balibrea, en sus años de Magisterio, antes de la guerra civil

A una sirena




De su baile en el mediterráneo oleaje 
se pueblan las heroicas leyendas
de la Grecia de antaño, 
las de la epopeya y el verso de Homero.

Dicen que no eran ni su escamado contorno ni la exultante belleza
los que arrastraban al desastre
y la locura a cuantos los mares surcaban.

Era su melódico canto el que enajenaba y condenaba al naufragio 
a los necios hombres, fuesen marineros o aguerridos héroes.

Temidas, porque con ellas se hundían las más exitosas naves.
Deseadas, pues en ellas se encarnaban lo prohibido y la vida soñada.

Mas ella, Parténope, cantaba sin pretender el desastre.
Solo entonaba la envolvente armonía
para poder sentirse, entre el viento y la furiosa marea,
libre como el pájaro alado.

Las velas conducían a Ulises hacia las tierras de Ítaca,
donde la paciente Penélope tejía ya canas. 
El amor de siempre lo espera;
el viaje sin fin aplazó un reencuentro que se antoja ya absurdo y lejano.
Les separan años de ausencia, besos no dados,
y la extrañeza silenciosa del olvido amargo.

Él deshizo las ataduras que lo mantenían protegido en el mástil.
Escuchó embrujado su canto. 
Sintió que Ítaca lo esperaba en los brazos de la mujer del Mar,
pues allí hallaría todo cuanto había buscado, 
el verdadero viaje a la profundidad, 
al oscuro y excitante vértigo de no poder respirar.
En ella, en su regazo, 
encontrará una odisea y la libertad...




Modas y hábitos. Entre el canon estético y la salud...



En los centros escolares, en sus aulas y pasillos, se evidencian muchas realidades, académicas y sociales, algunas de ellas inquietantes.

¿Cuál creéis que es la pregunta más recurrente que he tenido que hacer a muchos alumnos estas últimas semanas? No, no acertaréis si apostáis a que ha sido una relacionada con deberes, con estudio o con ortografía. Suelo observar bastante a los chavales, su manera de estar y de relacionarse y si algo me parece raro o sospechoso, en un alarde detectivesco y de fiscalización, activo el dispositivo interrogativo, intentando que ellos no se sientan intimidados y huyan despavoridos.

-"Profe, ¿puedo salir al pasillo (o llamar a casa)? Estoy muy mareada; no me encuentro bien; me duele la cabeza...".
-¿Has desayunado hoy?
- Pues no.
- ¿Y has traído almuerzo?
"No, profe. Ya no como nada hasta la hora de comer", me responde la alumna con mirada triste. Confiesa a continuación que no ingiere ningún alimento desde la noche anterior hasta el mediodía, cuando llega a casa, pasadas las 15,00.

Afortunadamente, aunque su revelación es más que preocupante, la situación no se debe a la falta de recursos económicos de la familia, o de las familias, porque son muchos los adolescentes que andan en este absurdo y peligroso coqueteo con la "des-nutrición". Las niñas de catorce años, a pesar de estar aún en pleno proceso de crecimiento y transformación, quieren lucir contornos imposibles y enfundarse en esa endiablada lycra, marcando hueso, como los maniquíes del escaparate de la tienda y como esos irreales perfiles que vende ese otro gran escaparate, el de internet.

Hace apenas una semana se ha celebrado el día internacional de la lucha contra los trastornos alimenticios. Los datos sobrecogen: más de cuatrocientas mil mujeres padecen en nuestro país algún tipo de trastorno relacionado con un desorden de la alimentación. Si cualquiera de nosotros puede llegar a ser permeable ante las tendencias que marca la moda global, no parece descabellado que los adolescentes, que están atravesando por una etapa crucial en su desarrollo personal, en la que resultan más vulnerables que el común de los mortales y fácilmente impresionables, terminen convirtiéndose en las víctimas más rentables e inocentes de este gran "mercado de las vanidades", presas del consumo más atroz y desaprensivo.

La adolescencia ha sido siempre así de cruel; nos hace sentirnos extraños con nosotros mismos y ante el mundo. Nos miramos en el espejo con ojos inquisidores y nada indulgentes. Somos los peores críticos y, si nos analizamos por dentro, encontramos una imagen bastante pobre de nuestra persona.

Creemos que la verdad está fuera, la belleza está fuera, la razón la tienen los otros, hay que ser como los otros, como los de la televisión, la publicidad, como los que se venden como el colmo de la perfección en las redes sociales. Precisamente, en la era de la comunicación social, nuestros chavales están más sobre expuestos que nunca a la influencias estéticas externas, que les llegan en forma de canon, o "anticanon", que hay que imitar.

Otro dato escalofriante al tiempo que sintomático: esta semana se retransmitirá el desfile de ropa íntima de una conocida firma, que pondrá sobre la pasarela a sus escuálidas modelos "angelicales". Se prevé que sigan el pase quinientos millones de espectadores en todo el mundo. No hay comentarios.

Es natural que todos deseemos tener un buen aspecto. Es agradable poder sonreír y mostrarse satisfecho ante el que se asoma a saludarnos al espejo cuando nos miramos en él cada mañana. Y si somos adolescentes, con mayor motivo, porque en ese momento vital necesitamos más que nunca reafirmamos como entes individuales, llamar la atención de nuestros padres, de nuestros amigos, del primer amor y del primer enemigo, que a veces encontramos en nosotros mismos.

El problema es que lo que podría ser un proceso de construcción del yo, en el que se diera forma a nuestra autoestima, termina convirtiéndose en una trampa fatal. Miramos fuera para querer ser como el de fuera, la exultante modelo o la famosa actriz, como mi amiga esbelta y popular o como esa otra chica a la que no conozco, pero que tanto sonríe.

Todos parecen mejores, más guapos, más altos y más exitosos. Se nos olvida que el camino debería ser inverso, de dentro hacia fuera, hallar en mí lo que me hace especial, creer en ello, alimentar la confianza en esa imagen, en mis cualidades y atributos, físicos, intelectuales o emocionales. Cuando me haya encontrado y me reconcilie conmigo mismo, me sentiré más cómodo bajo mi piel, frente al espejo, delante de los demás. Y todo será de verdad, no una afectada pose ni una burda imitación de la moda hueca que también pasará de moda.

Pero, claro, todo este planteamiento llega, con suerte, con los años, con el aprendizaje de los propios errores y la madurez.

¿Qué podemos hacer para luchar contra los trastornos emocionales que arrastran a los jóvenes hacia conductas poco saludables? Trabajar desde dentro. Una prioridad de nuestra sociedad debería ser el fomento de hábitos saludables desde los primeros años de vida. Si cuidamos nuestro cuerpo, lo alimentamos convenientemente, se desarrollará en condiciones óptimas y se desmarcará de graves problemas como la obesidad o las afecciones cardiacas, entre otros. Por eso, los pediatras llevan años haciendo especial hincapié en los correctos hábitos de alimentación en los niños, comer de todo, pero frecuentando más las frutas y verduras que la bollería o los platos preparados, a los que deberíamos desterrar más pronto que tarde.

Por otra parte, desde la infancia deberíamos ya iniciar a los más pequeños en alguna actividad deportiva, como una buena opción para el tiempo de ocio, para interactuar con los demás y conseguir el equilibrio físico. Los beneficios que estas costumbres saludables tienen sobre nuestro estado emocional están más que demostrados. Tras el ejercicio físico, en el cerebro se generan sensaciones muy placenteras que contribuyen al bienestar emocional y éste es finalmente el responsable de una saludable percepción del yo, o lo que es lo mismo, que nos queramos más. Así que no hay que ser como "menganito", sino cuidar más al "zunganito" que llevamos dentro. Sobre estas cuestiones relacionadas con el desarrollo personal debería haber talleres en los institutos.

Otro dato, éste personal. Con 18 años, en plena "crisis post adolescente", pesaban sobre mí 30 Kilos más. No lo sabía aún, pero me estaba acercando al principio de la obesidad. Mis hábitos alimenticios eran poco recomendables; el ejercicio físico, inexistente. Pesaban sobre mí también 30 Kilos de complejos, 30 kilos de prejuicios hacia mí misma, una frágil autoestima de quien quería ser como todos menos como ella misma. Podría haber sido feliz con esos 30 de más si me hubiera querido más y hubiera realizado ese camino interior. Hasta que el médico no me hizo ver que además existía un daño físico, que traducido en datos ponía mi colesterol y mis triglicéridos al borde del abismo, no comprendí que había llegado el momento de dar el salto.

Finalmente, lo que realmente me cambió la vida no fue la pérdida de peso, sino descubrir que tenía una fuerza de voluntad tremenda, que había alguien ahí dentro con mucho que ofrecer a los de fuera, que muchas cualidades estaban ahí por explotar. Y perdí peso, aprendí a alimentar el cuerpo y alimentar el alma, porque fue cuando me inicié en las letras y dejé de ser la mala estudiante para aplicarme en algo que verdaderamente me motivaba.

Mi salud emocional ha ido creciendo con los años porque creo que he sabido trabajarla desde dentro. Para lo del deporte he sido más perezosa; algo hago ahora con casi cuarenta años y tres hijos. Nunca es tarde si se trata de predicar con el ejemplo.

Ojalá todos tomemos conciencia de que es preciso proteger a los más jóvenes de la locura del "canon fashion" que la sociedad del consumo y del espectáculo les venden. Y todo pasa por cuidar la mente y cuidar el cuerpo, por aprender a apreciar lo que nos hace ser únicos e inimitables.

El pequeño "hacker", Marius el "anonimus"...


Estos chicos nuestros aderezan siempre el escenario de la clase con toda suerte de "cuñas", improvisaciones y payasadas. Y si, para colmo es viernes, la suerte está echada, amigo profesor... Nos olvidamos de la sintaxis y recurrimos a contenidos más asequibles, pequeñas lecturas y apartados más apetecibles, como, por ejemplo, el "proceso de la comunicación"...


"Como ya sabéis de otros años, el término "comunicación" procede del latín "comunicatio, comunicare", que vendría a significar, "entenderse con alguien". El proceso necesita de la participación de una serie de elementos que no pueden faltar bajo ningún concepto. Existe siempre un emisor, encargado de elaborar el mensaje lingüístico conforme a sus intereses e inquietudes; el contenido del mensaje se formula con los signos del código (en nuestro caso, el código es el español, el idioma elegido para entendernos) y es trasvasado al receptor por medio del canal. Una vez recibida la señal emitida, el receptor la decodifica y procesa. Dicha interpretación del mensaje tendrá en cuenta la situación, o sea los factores contextuales...

Pensad en la comunicación que establecéis con un amigo por "whats'app". Parece claro quién es el emisor y cómo, movido por unos intereses concretos, codificará su mensaje con palabras, emoticonos o imágenes y lo hará llegar, por medio de la lengua escrita y a través de una aplicación del teléfono, hasta el receptor. ¿No es así?". " Sí, claro, profe. ¿Lo podemos poner así en el examen? -"Bueno, hombre, esfuérzate por contar otras muchas cosas que os he explicado es este punto del tema...".

Así termina mi clase de hoy. Parece que va muy descargada de contenidos, pero creedme si os digo que sólo conseguir que guarden silencio, que no se griten ni se dediquen perlitas, es todo un reto. De manera que no parece estar nada mal conseguir que interioricen, un viernes cualquier, tres conceptos básicos. He puesto el remate a la sesión con la grata sensación de haberles explicado con claridad y pulcritud el tema de la comunicación... (Jeje, ingenuas suposiciones que caerán, cual castillo de naipes, el día del fatídico examen).
Y la satisfacción como docente ha durado lo que ha tardado en acercarse a la mesa mi alumno Marius. De nacionalidad rumana, estoy casi convencida de que este chico de ojos marrones e impertérrita sonrisa es tan listo que sabe hasta leer arameo al revés y con los ojos cerrados.

Emoticón wink
-"Dime, Marius, ¿en qué puedo ayudarte?...
-"Profe, ¿Tú sabes cómo funcionaba el "messenger" del facebook antes? Ahora ha evolucionado, para resultar más accesible a los usuarios. Ha perdido en posibilidades, pero ha ganado en funcionalidad, para que cualquier ciudadano de "a pie" pueda utilizarlo. Pues con "whats'app ocurre lo mismo... ¿Sabes?
-Marius, ¿por qué dices esas cosas? Si ya va a empezar el recreo, hombre...

Me dedica una fina mueca con la que me viene a decir, "Ja, déjame que te cuente y verás". He ido sacando mi bocata y mi mandarina para no perder ni un minuto de descanso en cuanto el chaval me contara este asunto según él tan importante. Dos bocados después, el susodicho ha aprovechado que yo masticaba con cara de "por favor, acaba que me quiero ir" para decirme: "mira, profe, yo puedo saber perfectamente con quién hablas y de qué hablas con tu "Whats'app"; es una aplicación tan ingenua y tan poco encriptada que con tan solo un ordenador y sabiendo tu número móvil puedo "hackear" la cuenta y tener acceso a los contenidos y perfiles de usuario".

¡Glub! He tragado bocata, saliva y el orgullo adulto. No ha sonado para nada a amenaza; el muchacho, con su acento del Este y su don comunicativo me ha confiado con satisfacción una de sus habilidades fundamentales, de índole lógico- matemática...

-"Pero, Marius. ¿Te me vas a hacer "hacker" o qué?, le replico con ánimo de alimentar su ego y subrayar lo mucho que me admira su potencial.
-"Sí, bueno, me haré de la legión de "Anonymous".
- "¿Perdona? Válgame, Marius, vas a hacer que me atragante. ¿De qué me estás hablando?".
- "Pues de un grupo global de "hackers" informáticos que, de manera anónima, pretende defender la libertad, para lo que boicotean las páginas de aquellos que quieren hacer el mal, como los terroristas...".
-Pero tú, con 12 años, ¿cómo has aprendido a hacer todo eso?
-"Profe. Está todo en "YouTube". Dime tu número de móvil y te lo demuestro..."
-"Marius, el Anonimus, ni lo sueñes, pero recuérdame que te ponga directamente un 10 cuando haya que hacer el examen sobre el proceso de la comunicación... ".
Y así me he ido al recreo, con la cara de póquer o de "jaque al rey". Ya con un café en la mano y volviendo a la anécdota con mi alumno, el inquietante "hacker", he llegado a dos conclusiones:
La primera es que Marius evidencia cuál es la dirección correcta hacia donde deberían dirigirse los esfuerzos en materia educativa. Trabajar en competencias debe ser eso, conseguir que un alumno lleve a la vida práctica el aprendizaje adquirido en la escuela y que lo incorpore a su vida. Solo viendo la utilidad a las cosas sentiremos interés por conocer más acerca de una determinada área de conocimiento. Creemos que los profesores deben seguir transmitiendo contenidos teóricos, como el del proceso de la comunicación que viene en el libro de Lengua, y resulta que la realidad transita en paralelo y que mi alumno acaba de darme siete mil pares de vueltas.

Señores compañeros docentes, ilustres políticos y cabezas pensantes a quienes tanto les gusta parchear la normativa educativa, dejémonos la fórmula teórica, el manual académico y sesudo. Debemos comprender que no habrá aprendizaje real si empleamos un código distinto al que manejan los alumnos; si seguimos pretendiendo que los conceptos sean memorizados sin más. El cerebro es un formidable disco duro que debe rentabilizar su espacio y su potencial; ¡qué pena malgastarlo y no darle la oportunidad de aprender a la inversa, no del libro a la realidad, sino de la realidad al libro, es decir que la experiencia del mundo nos conduzca a reflexionar sobre los procesos técnicos que rigen el mundo... Marius ha entendido el tema 4 gracias a "Whats'app" y a "Youtube", no gracias a mí.


Por otra parte, y como guinda a mi aportación de hoy, sería más que oportuno señalar que todos deberíamos, después de las revelaciones de Marius en materia de comunicaciones, ser muy celosos de nuestro "guasap" y prudentes con los contenidos y manifestaciones, verbales o icónicas. ¡Ojo con urdir ningún complot ni criticar a la vecina del quinto! Lo más privado e infranqueable es tomarse un café y practicar la conversación según los usos analógicos 
Emoticón wink
 Alguien puede "jaquearnos" anónimamente.