miércoles, 21 de junio de 2017

Queridos graduados, el futuro es vuestro...

 21 de junio de 2017
Queridos alumnos:
Muchas veces me habéis preguntado cómo era yo a vuestra edad. Pues, dejadme que os cuente… Un recuerdo regresa. Barcelona y Sevilla fueron las ciudades protagonistas de aquel año 1992, en que yo tenía vuestra misma edad; y lo fueron porque, como os habrán contado, España fue sede de los Juegos Olímpicos y de la Exposición Universal. Con quince años, yo pertenecía, sin ser consciente de ello, a una generación que representaba los anhelos de modernidad de nuestro país. A los ojos de nuestros padres y abuelos, nosotros, los que nacimos después de la dictadura, simbolizábamos el cambio en todos los sentidos. En esos “dorados años 90”, los quinceañeros apenas nos diferenciábamos de vosotros, creedme. Bueno, salvo por unas cuestiones de estética y técnica, porque nuestro “look” era más convencional y porque, hace veinticinco años, ni soñábamos con teléfonos móviles ni con la posibilidad de “navegar” por el ciberespacio (si pudiera viajar en el tiempo y contarme a mí misma algo sobre Internet, me tacharía de majadera, seguro).

Éramos modernos por estudiar en centros públicos mixtos, por tener cada vez mayor acceso a la universidad, viajar (los más afortunados) a estudiar inglés al extranjero, ir a campamentos de verano… y ¡tener un reproductor de CD en casa! Todo un lujo para muchos, no creáis. Ahora, en pleno 2017, todo eso se da por sentado; cada día que pasa se moderniza el día anterior. Vivimos en “digital”, en una versión 2.0 que además de enredarnos en lo social nos lanza al vacío virtual. Yo crecí en analógico, cuando la game boy y loswalky-talkies profetizaban los tiempos modernos que estaban por llegar.
Lo que quería contaros sobre aquel año 92 era que yo estudiaba el equivalente a vuestro 4º de la ESO (equivalente sólo en edad, porque a mí me quedaba aún un año para completar la etapa de estudios de Bachiller). No era precisamente una alumna ejemplar y no sabía muy bien por qué caminos quería que transitara mi vida. Tampoco me preocupaba. Me sentía rebelde y adolescente, aun sin whatsapp ni Instagram ni Facebook. Las cosas se vivían más cara a cara; ¡madre mía, si hubiera tenido un móvil con conexión a internet por aquel entonces…! Todo habría sido, si cabe, más divertido. La perdición para muchos.
Ojalá hubiera tenido la suerte de ser entonces un poco como vosotros: ser jóvenes, con los cinco sentidos bien atentos, siempre dispuestos a escuchar, con las mentes puestas no sólo en el presente, sino también en el futuro, con toda la información en un click… Sí que es verdad que hay aspectos de los jóvenes de ahora que han hecho que algunos os etiqueten como la “generación malcriada y materialista”, acostumbrada a poseer y poseer, sin apenas esfuerzo o sin ninguno. Dicen algunos que sois los hijos de aquellos jóvenes “post-dictadura”, que quisieron educar al revés que fueron educados, sin restricciones, desde el “colegueo”, dando a sus hijos todo cuanto demandaran. Los estudiosos en esto de la educación creen que a ESTOS PADRES se les terminó metiendo en casa el enemigo y terminaron por crear pequeños “monstruos” caprichosos y sin valores; suele justificarse con este argumento la pérdida de respeto que se ha impuesto hoy frente a la autoridad paterna o al maestro.
A los de nuestra generación, la primera que vivía en democracia el despertar económico y social de España, se nos dijo que para triunfar y ser alguien de provecho debíamos saber mucho de ordenadores, hablar inglés e ir a la Universidad. En 2017 ya se ha alcanzado el hito: tenemos unos jóvenes adolescentes bilingües (y más), convertidos en la primera generación con la competencia digital de serie. ¿Qué “future challenge” se plantea para vosotros? Pues, mirad, creo que el gran reto que se os avecina, ahora que tenéis todos los canales de comunicación abiertos y a vuestra disposición, es llenaros de contenido, de ideas y palabras con las que expresaros e intentar hacerlo juiciosamente; es decir, el reto es que con el esfuerzo de vuestros padres, con el nuestro como profes y con vuestra inteligencia, consigamos que aflore en estas cabecitas un criterio propio, una manera de mirar y valorar el mundo, para que nadie pueda engañaros con los estereotipos publicitarios ni las tiranías consumistas, para que podáis elegir vuestra ideología, estética y ética, sin imposiciones ni intereses particulares. No es fácil; pero tampoco imposible. Si lo conseguimos, habremos reclutado para nuestra sociedad individuos auténticos, independientes, con valores, sin trampa ni cartón. Y creo que precisamente eso es lo que le hace falta a nuestro mundo. Personas sensibles y concienciadas que entiendan que el bienestar de uno depende del bienestar de todos; que antes del yo está el nosotros; que el egoísmo y el materialismo voraz no nos hará prosperar como especie.


A pesar de vuestras muchas cualidades, no sois perfectos (nadie lo es), pero dais sentido al trabajo que se hace en vuestro instituto, donde, no vamos a negarlo, a veces las cosas no son siempre fáciles de sobrellevar. Nos acecha el desaliento y el cansancio, sobre todo frente a quienes se empeñan en taparse los oídos e ignorarnos. No es muy gratificante sentir que se predica en el desierto. Y, sí es verdad, algún que otro chaval caprichoso y consentido encontramos al otro lado. No pasa nada; no nos rasguemos las vestiduras, sólo es consecuencia del contexto que le ha visto crecer.

Decía al principio que en 1992 yo no sabía qué quería ser de mayor ni imaginaba que cinco años después, en 1997, estaría matriculándome en Filología Hispánica. No me guiaba todavía el deseo de ser profesora, como les sucedía a otros compañeros de promoción, pero ya había descubierto qué era lo que me hacía sentir bien y me motivada: el estudio de nuestra lengua española.




Quién me iba a decir que sólo dos años después estarían viniendo al mundo ¡los bebés que se convertirían después en mis alumnos. ¡Qué vértigo da ver que lo que para mí es un breve intermedio en el transcurso del tiempo para vosotros es toda una vida!! Desde que inicié mis estudios universitarios hasta ahora, han transcurrido los momentos más importantes de mi vida, en el ámbito académico, profesional y personal. En este tiempo, vosotros os habéis convertido en lo que sois, unos jóvenes excepcionales con un hermoso libro en blanco por escribir. En algo habrán contribuido vuestros padres; estad seguros de ello. Dejad que os sigan indicando el camino correcto durante algunos años más; el vuelo en solitario os tocará levantarlo cuando ya hayáis descubierto vuestro rumbo y sepáis qué cielos y sueños queréis perseguir con vuestras alas…



El mensaje final es en realidad un principio: seguid siendo así, creed en vosotros mismos, y trabajad mucho, porque, de verdad, algo que sí he aprendido es que los triunfos en la vida no son gratuitos. Sólo quien se esfuerza llega a la meta. Y durante la carrera no olvidéis uno de los lemas que nos ha acompañado estos años en Literatura: Carpe diem; tempus fugit (“Aprovecha el momento; el tiempo se escapa”). Si os caéis, levantaos; pero no os quedéis por el camino.



Como profesora, he sido muy afortunada por haber podido compartir este año con muchos de vosotros; por haberos tenido como alumnos. Si tenía alguna duda acerca de esto de ser “maestra”, de momento, la habéis disipado. Después de haberos conocido, quiero seguir siendo lo que soy ahora, aprendiz de profesora. Gracias por haber desmentido las leyendas urbanas que circulan acerca de los adolescentes. Sé que “hay perversos adolescentes” sueltos por el mundo, pero ahora también sé que quiero seguir en este barco para intentar cambiar la dirección de su vuelo.
Por último, sólo me queda recordaros que siempre llevéis en vuestra “mochila del viaje de la vida” una buena dosis de buen humor, otra de tesón y energía y reservas suficientes de constancia para el largo camino. ¡Buen viaje!

miércoles, 7 de junio de 2017

Tiranas heridas


Aún me pesa en el alma el dolor de aquellas heridas. Con el verano, volvía el suplicio del calor en mi tierra, a orillas del mar o del infierno, según se vea, momento inexcusable para el bañador, que los bikinis no eran por entonces tendencia... Yo me lo ponía, no quedaba otra, aunque luego anduviera siempre con una camiseta amplia puesta o la toalla envuelta, tapando, siempre tapando. 

Detestaba mirarme en el espejo... ¿Cómo iba a dejar que las chicas con las que salía me vieran y supieran que no era como ellas, que juzgasen implacables mi talla, mi redondez, mi inseguridad bajo aquella tirana y escueta licra? ¿Y los chicos? ¡Qué más daba! Ellos no miraban ni escuchaban a la que se ocultaba tras la toalla y la sonrisa a medio dibujar.

Fueron los años en los que empecé a salir por la noche. Ya podía sacudirme la arena de la playa, lanzar el bañador del demonio contra las cuerdas y volver a esconderme, ahora tras la ropa. "No puedes ir en verano con esos vaqueros. Te va a dar algo, niña. Mira a tus amigas...". Tengo que ser un poco como ellas, para sentir que me aceptan, y para conseguir que ellos también reparen en mí. Me pongo una falda, larga, estilo hippy, como las que estaban de moda. Son anchas, disimulan, ya no voy con mi pantalón de pata recta talla "casi 48". Camino casi feliz, bordeando el mar, de camino al encuentro con la pandilla. No me gusta del todo aquel disfraz casi hawaiano; no me siento cómoda bajo la tela, aunque me agrada la idea de ser chica de las que parecen chicas, que mi abuela ya me dice que hay que ponerse faldas y zapatos con un poquito de tacón para parecer una mujercita... 

Pero, en mi caso algo falla, a mí me rozan las piernas, al principio no es más que un incómodo encontronazo entre los muslos por su cara B; en un "anda que andarás", el roce se intensifica, aumenta la molestia, un leve escozor que termina por abrasarme por efecto del calor y del sudor. La piel termina levantándose, furia extrema, y comienza a hacer la herida. Una vez que he llegado al encuentro con mis amigos, se me ha terminado de torcer la sonrisa. Me duele y me seguirá doliendo el resto de la noche. Al regresar a casa, descubriré al desvestirme dos enormes heridas en la cara interna de mis piernas. Me arde la piel, grita mi amor propio. Regreso de mi guerra con la carne abierta y el corazón en guardia, rígido, también dolido... En dos días se irá formando una costra sobre aquella herida, que volverá a rozarme al contacto con mi pantalón vaquero...

No fui una niña gorda, aunque apuntaba maneras. Me gustaba comer, sobre todo dulces. No había tanta conciencia entonces sobre la salud alimentaria o la necesidad de practicar deportes. Hace veinticinco años, estar entraditos en kilos era síntoma de estar bien alimentado. Y debo decir que yo lo estaba, pero no había cosa que me gustara más que comprar bollos, que ahora llamamos industriales, siempre a escondidas, dejándolos a deber a la tendera del ultramarinos del pueblo; mi madre no debía enterarse de que las rosquillas con quesitos que ella me ponía para el recreo me sabían a poco y que antes de sus lentejas me recreaba con los croisánt rellenos de chocolate de la tienda de abajo...

Aunque en casa tomaban como una cuestión importante la buena alimentación, tampoco se me machacó en exceso con el tema de los kilos y las tallas. No se me reprendió más de lo razonable por comer chocolate ni se me impuso ningún tipo de dieta. Era una niña y estaba creciendo. Esas dos mismas razones son las que defendió mi madre para convencerme de que, con once o doce años, no debía ponerme determinadas prendas. Era impropio que una niña llevase faldas por encima de las rodillas, con medias y taconcito, para aparentar y jugar a ser mujer. Así que, aunque a mí me llamaba la atención que algunas amigas vistiesen con volantes, tuve que conformarme con los pantalones y jerseys o el chándal para ir al colegio. A regañadientes, pero en el fondo aliviada porque empezaba a darme cuenta de que, conforme iba aumentanando de peso y edad, me apetecía menos exponerme a los demás más de lo necesario. Por esto y porque mi abuela seguía insistiendo en que debía empezar a ponerme faldas y zapatos finos, yo terminé por reafirmarme en otro estilo a la hora de vestir. En un gesto de rebeldía, que en su trasfondo escondía también mucha frustración por no sentirme identificada con la tendencia dominante, quise tener mis primeros vaqueros elásticos, algunos rotos, camisas holgadas y originales, con un toque inevitablemente masculino, puesto que los estilos en la moda estaban por entonces muy estereotipados y las camisas de cuadros eran rectas y amplias, sin pinzas, y se compraban en la sección de chicos. 

Creía haber encontrado la ropa con la que me sentía a gusto, conforme, para, al final, terminar rindiéndome a la evidencia de que yo seguía sin ser el tipo de chica que "molaba" tener como amiga ni aquella en la que se fijaban los chicos. Y eso que la publicidad no era todavía tan voraz ni estábamos sometidos aún a la sobreexposición a la que nos abocan internet y las redes sociales.

Queriendo ser aceptada, terminaba siempre cayendo en la trampa, en el convencionalismo por el que, históricamente, la mujer se significa como tal a través de sus prendas de vestir (tacones, faldas, medias), su maquillaje y su peinado, aderezado todo con las poses 100% femeninas que terminan definiendo su condición. 

Casi siempre en verano, volvía a arrinconar mis tejanos de chicote para atreverme con la falda, con la que me sentía insegura y ridícula, no tanto por verme gorda, sino porque esa indumentaria no se correspondía con mi manera de ser adolescente. Con aquel cambio de look forzoso terminaba traicionando mi verdadera esencia y estilo. No importaba. Había que cumplir con el canon, a toda costa, aunque bajo aquella tela vaporosa terminara sintiendo la herida abierta y sangrante tras el roce de mis muslos carnosos. Alguien me aconsejó que antes de salir me pusiese polvos de talco para suavizar la piel e impedir que se irritase. La que al final acababa el día con el alma escamada era yo, entre el dolor y la pena.

Había enterrado en el olvido estas imágenes. Hace apenas unas semanas, cuando empezó a hacer calor, vinieron de nuevo a mi cabeza. Y es que, caminando por los pasillos del instituto, empezaron a dejarse ver todas las muchachas con sus pantaloncitos cortos, cortísimos, exiguos hasta decir basta... Y más allá de que yo piense que deberíamos darles un repaso sobre la importancia de la adecuación, tanto en el vestir como en el hablar, en razón al contexto (a una entrevista de trabajo no se debe ir en "shorts" ni a la piscina con traje y corbata), lo que verdaderamente me enfada es ver a bastantes chicas adolescentes que, como yo, tienen sobrepeso y que intuyo que andan bajas de autoestima, enfundadas en pantalones ridículamente reducidos que, según creen, las ponen en la primera fila del frente femenino. 

Piensan, ingenuas, que luciendo muslos consiguen igualarse a las demás y cumplir con la tendencia generalizada en las tiendas y promovida por las marcas de referencia y las influencers de turno. Aunque rocen las piernas y duela, aunque en el fondo muchas no se sientan realmente ellas mismas, aunque en el silencio de sus corazones sigan sintiéndose maltratadas por la implacable tiranía de las tallas y el culto a la imagen social...

No digo yo que una chica gordita no deba ponerse un pantaloncito porque le quede mal; digo que es tremendo que lo haga no por deseo y expresión de libertad y desenfado, sino por imposición del consumismo más salvaje. Si quiero ser y estar en este mundo, tendré que ser y aparentar como dicta este mundo de escaparate continuo, aunque yo no me reconozca en el espejo al verme a diario enseñando hasta las ingles y a pesar de las heridas que me pueda llevar para siempre en la piel o en el alma.

-Profe, de verdad, es horrible, se me pegan los muslos a la silla.

-¿No será que falta tela en tu pantalón que te proteja?

(Risas).

Se me acercan varias chicas. "De verdad, profe, los llevamos porque en las tiendas no hay muchas más opciones. No hay otra cosa".

¿Es la moda expresión de tu gusto estético y tu libertad? "No". Y encima ¿me dices que eres consciente de que no hay donde elegir, que os están obligando a consumir ese estilo? Hay que rebelarse contra los cánones que nos encasillan y cosifican. Si se empeñan las marcas en que todas debemos llevar "megashorts" y enseñar cachete desde tierna edad... Mala cosa, porque no es fruto de una libre elección, sino una imposición del consumismo y los mercados... Chicas, sois grandes e irrepetibles, independientemente de cuantos centímetros de piel enseñéis. No hay que esconderse ni ir con traje de neopreno, pero tampoco "ir como todas". Sois únicas. Elegid vuestro estilo. Sed vosotras mismas, siempre.

sábado, 3 de junio de 2017

"Doll Face". La historia de Eva, mi muñeca rota



Yo conocí también una de estas muñecas, articulada y manipulable. Entonces se llamaba Eva y no encontraba espejo donde mirarse. Y el no hallar reflejo devuelto por un cristal era lo que le ocasionaba aquel malestar general, la sombra en la mirada, el gris en la piel y el negro vacío en la mirada. Se sentía sola y perdida, confundida... Andaba engañada, creyendo que ella no tenía identidad ni sonrisa solo porque no encontraba imagen en la que reconocerse. Y más le habría valido no haberla encontrado nunca, pues la ventana que para ella se abrió no vino a mostrarle precisamente el lado amable de la realidad.

Primero se sintió feliz y quiso lucir como aquella otra chica, la que le sonreía desde el otro lado del cristal. Parecía lustrosa, segura de sí misma, feliz y libre. Eva quiso imitarla, vestir como ella, maquillarse como ella, imitar sus gestos y poses. Su madre y sus amigas se lo advertían, "esas chicas no son de verdad, hija; sus cuerpos son imposibles, los movimientos mecánicos e irreales. No te dejes engañar. Tú ya eres hermosa por ser tú. No te castigues por ser una muñeca más o terminarás siendo una muñeca rota".

Todos corremos el peligro emocional de pretender ser quienes no somos, sobre todo cuando uno todavía es aspirante a adulto. Todos en algún momento nos hemos sentido hipnotizados por los millones de imágenes con los que se nos bombardea en esta era de la comunicación y el consumo voraces...

¿Y qué es de nuestros niños y adolescentes? Están atrapados en millones de pantallas por todo el mundo, secuestrados por estereotipos tiranos que les imponen moda, lenguaje y hasta una actitud vital...

La Eva de mi historia terminó recogiendo los trozos de sí misma, de su muñeca, y anda por este mundo buscando restaurador para su cuerpo y para su alma.

miércoles, 17 de mayo de 2017

La escuela, un "lugar seguro", ames a quien ames. No a la "LGTBIfobia"


17 de mayo, día internacional contra la homofobia y la transfobia
Una de las cuestiones que más inquieta a la comunidad educativa, a las familias y lógicamente también a la sociedad en su conjunto, es el llamado acoso escolar. Muchos niños y adolescentes son objeto de la desconsideración más descarnada, que procede de algunos de "sus iguales", otros niños y adolescentes, que lejos de actuar como compañeros de clase son, en realidad, el enemigo que nadie espera encontrar entre los pupitres y las mochilas del colegio.
No creo que los niños sean buenos o malos por naturaleza; sí estoy convencida, sin embargo, de que son el vivo reflejo del entorno que les ha visto crecer, que ha alentado u obviado, en ocasiones, los comportamientos menos ejemplares del ser humano. "Son cosas de niños" o "Mira a mi hijo, menudo es. Gruñe como una bestia y dice unas cosas...". Los acosadores toman siempre la bandera de la intolerancia, del prejuicio, con la que pretenden excluir a aquellos a los que consideran distintos a ellos; no les cuesta encontrar público que les aplauda o que, preso del miedo, baje la cabeza temeroso y acobardado. Sus víctimas no entienden por qué en el lugar al que deberían ir a aprender han terminado encontrando un infierno en el que son objeto de insultos, ataques, burlas o de la demoledora indiferencia de quienes deberían ser sus amigos.
Ningún niño debe sentirse excluido, jamás, en la escuela. Aquí vienen a aprender contenidos, pero también los valores que deben sustentar a las sociedades democráticas y que no son otros que el respeto y la tolerancia hacia el prójimo, sea cual sea su raza, su religión, su nacionalidad, su sexo o su orientación sexual.
Siempre se ha dicho que la infancia es un momento crítico que puede llegar a determinar nuestro desarrollo posterior. La adolescencia, por su parte, representa ya en sí misma una transición que a veces conlleva confusión y mucho sufrimiento. El entorno familiar y el escolar deben procurar siempre a nuestros menores un espacio seguro, donde puedan compartir sus inquietudes, sus satisfacciones, donde resolver sus dudas, donde encontrarse, para aceptarse como individuos, seguir caminando y poder encontrar su sitio en el mundo.
Hoy pienso en todos mis alumnos, pero especialmente en aquellos que acaban de descubrir (o están a punto de hacerlo) que no forman parte de la mayoría dominante en lo que a la orientación sexual se refiere. Son chicos y chicas que puede que sientan miedo a verse señalados, juzgados, rechazados por ser "distintos", por "amar distinto" ("distinto" a lo que la tirana mayoría dice que debe ser "amar").
El 17 de mayo se celebra que hace 27 años que la homosexualidad fue retirada de los manuales de médicos, donde figuraba como una enfermedad mental. El parlamento europeo y la ONU lo han institucionalizado como el día contra la homofobia y la transfobia y anima a los centros escolares a impulsar actividades de carácter informativo acerca de la comunidad de LGTBI (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales), que favorezcan el ambiente de respeto y la convivencia deseables en el lugar donde deben formarse los adultos del futuro.

Conseguiremos desterrar todas las fobias que nos han ido lastrando a lo largo de la Historia cuando seamos capaces de educar, en casa y en las aulas, en el respeto y el amor, hacia uno mismo y hacia los otros.
Comparto con vosotros el manifiesto que un grupo de adolescentes valientes y resueltos ha leído hoy en el instituto. Se trata de un mensaje, un llamamiento con el que reclaman el derecho a ser ellos mismos, a no esconder ni el más mínimo resquicio de su identidad, a desarrollarse y crecer como personas, plenamente y en libertad.
Un abrazo a todos ellos.
"Hoy, viendo el camino recorrido en estos veintisiete años, decimos alto y claro que las vidas de lesbianas,  bisexuales, intersexuales, gays y trans importan. Son nuestras vidas y tenemos el derecho y las ganas de vivirlas a tope.
Reclamamos el derecho a una adolescencia íntegra y segura, a una juventud digna y una vida que merezca la pena ser vivida. Por esto, hoy colgamos nuestra bandera, que todas y todos ya conocemos. Este multicolor alegre y respetuoso, bajo el cual solo hay sitio para el respeto, la inclusión, el diálogo, la cercanía y el amor.

Reclamamos una vida igualmente segura para  las personas LGTBI de todo el planeta. Ni una calle, ni un barrio, ni un pueblo, ni una ciudad, ni un país en los que nuestras vidas estén en riesgo de muerte, real o simbólica. Este año condenamos especialmente la reclusión de hombres gays en campos de concentración en Chechenia; el mantenimiento de los crímenes de honor en Turquía; los asesinatos de personas trans en Brasil y la mutilación genital de millones de niñas en el mundo.
 
Agradecemos de corazón al profesorado, al personal del centro, a nuestras compañeras y nuestros compañeros su compromiso con las libertades sexuales, su alianza con nosotras y nosotros para erradicar de nuestras aulas cualquier discriminación y hacernos sentir bien. Así de fácil, hacernos la vida mejor entre todos.

Por el placer y la libertad de ser quienes somos, ames a quien ames
…".

miércoles, 10 de mayo de 2017

#InfluencER: #Horrores lingüísticos


Ahí van mis intentos por persuadir al público en edad escolar acerca de la importancia de cuidar nuestras expresiones, orales y escritas, nuestra "logoimagen" (lo que reflejamos a través de nuestras palabras).

Pueden confirmar quienes han sido mis alumnos que lo que podéis ver en estos vídeos es viva imagen de lo que se encuentran ellos en mis clases, con todo lo bueno y todo lo menos bueno que hay en mí... xD



lunes, 8 de mayo de 2017

Cómo entrenar a tu furia nocturna. #EducaciónEmocional


Saben mis alumnos que una de las bromas que más me gusta contarles tiene que ver con la película de animación "Cómo entrenar a tu dragón". En ella, el protagonista es un adolescente vikingo que se siente rechazado por la gente de su aldea por negarse a cumplir con la tradición, que obliga a los varones a luchar y dar caza a los dragones...

A pesar de su negativa, "los dioses" quisieron que el chaval terminase conociendo a un dragón, negro azabache y mirada aparentemente inofensiva, al que bautizaría con el nombre de "Desdentao", porque al esbozar una sonrisa parecía más bien un bebé totalmente mellado. Pronto descubrirá que, en realidad, su nuevo amigo es un ejemplar único de "furia nocturna", el más temido por los vikingos desde tiempos remotos. Y tal nombre no le viene precisamente por ser el más bondadoso y sosegado del mundo de los dragones... Hipo y "Desdentao" terminarán formando un tándem perfecto una vez que el muchacho haya conseguido domeñar los impulsos instintivos y descontrolados de su amigo el dragón...

Y el guiño a mis alumnos viene precisamente en este punto de la historia. En esos días en los que ellos están especialmente revueltos, habladores e inaguantables (que son más de los que los profes querríamos y sus padres imaginan), les pido que sean cautos y tengan cuidado, porque, aunque yo soy mujer contenida y gesto calmado, como la versión zen del dragón de la peli, también puede aflorar en mí el lado oscuro, el gesto torcido, con gruñido incorporado, que me acerca peligrosamente a la especie de las furias nocturnas. Como si me poseyera un diablo, puedo llegar a retorcerme alrededor de mi eje vertebral y empezar a soltar sapos y culebras por la boca, entre llamaradas de olor sulfurado. De repente, un nanosegundo de silencio; calma tensa... Y carcajada general e incrédula. "Reíd, reíd", que las risas también hacen que me salga una furia de dentro, jejeje.



No es fácil gestionar nuestras emociones. No dejamos de oír hablar del control de los impulsos y de la respiración profunda y consciente como herramientas para mantener a raya nuestro volcán interno, para combatir la ansiedad y una buena lista de sentimientos asociados al desequilibrio de la "psique"...

"Mindfullness" lo llaman algunos, algo así como vivir cada instante llenando la mente solo de la experiencia que te está procurando el momento. Consciencia plena, respiración pausada que calma los sistemas fisiológicos y la corriente alterna de las emociones... Sin embargo, siempre hay algo que viene a dinamitar nuestra calma, a llenar el horizonte de nubes tormentosas y, así, sin ir más lejos, como el rayo inclemente, el intermitente sonido de la alarma mañanera nos atraviesa y zarandea, ahí mismo, en la cama, cuando apenas pasan diez minutos de las 6 de la mañana y el día se levanta delante de nosotros, como un Everest helado y angosto, unos ocho kilómetros de respiraciones profundas y tropezones varios hasta la cima, que remataremos con ducha, cena, pijama y vuelta a empezar... Ha acabado el día y haciendo balance compruebo el número de veces en que he levantado la voz, por fuera y por dentro; cuántos minutos me he sentido presa del pánico escénico delante de los demás; cuántas escenas amables y sombrías han venido a mi mente a lo largo del día; momentos en que me he sentido satisfecha, agobiada, hastiada, contenta, plena, triste o feliz... ¿Se darían cuenta también los demás? Sin duda...

Una vez en pie, mientras llevo a cabo con minuciosa precisión la ceremonia del desayuno, aprovecho para amueblar los pensamientos, dejando de lado a esos cansinos que se levantan conmigo y pretenden venirse cada mañana, en la mochila; han llegado desde el lado oscuro del sueño y se empeñan en arruinar mi pacto con el buen humor. "Emilia, el enfado o la irritación no ayudan en nada, créeme. El día volverá a tener veinticuatro horas y dará paso al siguiente, sí o sí, así que más te valdrá abordar el trance con buena actitud...".

La leve sonrisa que había conseguido esbozar levantado las comisuras de los labios se tuerce pocos minutos después. Se despiertan los hijos, cada uno a una hora, reclamando atenciones. "Tranquila, inspirar, espirar. No pierdas los estribos. Gritar no te va a ayudar a salir antes por la puerta de casa. Cuanta más calma apliques, menos tensión tendrás por dentro, la furia nocturna resoplará y se revolverá, pero no atacará... Así, conseguirás que los tres dragoncillos no lloren ni chillen ni se enfurruñen, quizá hasta consigan ir peinados, aseados e incluso contentos... ¿Para qué tanta pedagogía de libro si luego te desatas en el primer envite del día? que no... Que a los hijos hay que enseñarles modales y valores; llevarlos a la escuela para que aprendan los conocimientos básicos, sin duda, pero lo que más necesitan, de cara a ser felices y saber convivir con el resto de la humanidad, es precisamente capacidad de autocontrol o educación emocional: saber controlar los impulsos (mantener nuestra furia a raya, para no ser víctimas de ataques de ira); desarrollar la tolerancia a la frustración; saber expresar sus necesidades a los otros sin necesidad de gritar o llorar; mirarse al espejo y aceptarse conforme es, con su "desdentado" y con su "lado oscuro" o "furia nocturna", y empatía, mucha empatía, para poder ser consciente del miedo que el otro puede llegar a sentir cuando nos vea con los dientes de dragón fuera, batiendo nuestras alas para sembrar temor...". Y, sobre todo, la enseñanza principal para padres e hijos será saber sonreír, porque hasta los dragones feroces saben hacerlo e, incluso, tienen amigos.


¡Qué fracaso de madre seré si no consigo sobreponerme a mis zozobras internas para saber escuchar y atender las necesidades de mis hijos! Qué triste sería que viviéramos tan ofuscados que olvidáramos que la mayor lección para un niño pasa por saber quererse y querer a los demás, respetarse para ser respetados, sin que para ello haga falta infundir miedo o malhumor inútil en los otros.

Y lo mismo con los alumnos. ¡qué mala profesora soy el día que llego a clase acompañada de mi furia, absorbida de rabias o preocupaciones, sin darme cuenta de que esa actitud no me va ayudar en mi misión. Al contrario, solo conseguiré transmitir agresividad y despertaré rechazo en los chavales. Lógicamente, los profesores somos humanos y no todos los días respiramos igual, pero merece la pena intentar dejar en casa a los dragones, porque sus gruñidos y llamaradas sólo consiguen más gruñidos desabridos y gestos desagradables. En ese clima tan hostil ni podrá haber sana convivencia ni tendrá lugar un provechoso aprendizaje. 

Merece la pena pues que aprendamos a entrenar a nuestra furia interna, porque quizá así consigamos ser mejores padres, profesores y personas... ¿Sí o qué? (Que dirían los alumnos).

lunes, 17 de abril de 2017

InfluencER en verso: docencia y pasión en las redes...


Indudablemente, el futuro de la educación va a transitar por los caminos tecnológicos y de las redes sociales, que favorecen el encuentro virtual (y deseamos que fructífero) entre alumnos y profesores...

De manera muy modesta e ingenua, yo ya he terminado por lanzarme a esta aventura, sobreexponiéndome, quizá, más de lo acostumbrado. Nadie suele ver qué ocurre dentro de las aulas, cuando el maestro comienza su lección... No solemos tener espectadores externos ni jueces... Sería saludable para el sistema que se abrieran las puertas de las clases, aunque también peligroso, porque todo el mundo se cree con el legítimo derecho de opinar cuando hablamos de la enseñanza de nuestros hijos. 

Internet ofrece una ventana amplísima y pública para que los docentes nos asomemos a contar, cantar, exhortar a los alumnos a que pongan atención a lo que allí ocurre, porque no todo en las redes tiene por qué ser trivialidad o nadería.

Empecé por las sintaxis y continuaré en las próximas semanas con las lecciones sobre el Predicado. Pero no debo olvidar que mi materia es "Lengua Castellana y Literatura" y, por eso, es de ley que dedique un espacio a las letras escritas en español... De momento, la poesía, que siempre conecta bien con los jóvenes por ser expresión bella y contradictoria de nuestros mundos interiores (ellos necesitan encontrar el punto de encuentro entre lo que llevan dentro y el mundo en el que viven). 

Creo que a ellos les gusta la iniciativa, porque están hartos de que la Literatura consista en memorizar corrientes artísticas y biografías lejanas. No pretendo dar clases magistrales sobre Literatura; no tengo el conocimiento suficiente ni tendría mucho sentido, porque lo que mis interlocutores necesitan es motivación, no docta explicación. Desean que alguien o algo prenda un fogonazo en sus conciencias, para lanzarles al arte, al verso, al mundo y que aprendan a descifrarlo a solas y por deseo propio. 

Sed indulgentes conmigo, que no quiero ni debo hacer mucho ruido...

Vídeos recitando poesía:

Gloria Fuertes:



Sor Juana Inés de la Cruz:




Gustavo Adolfo Bécquer. Rima LIII:




viernes, 14 de abril de 2017

Viernes Santo en Murcia: "La Pasión según Salzillo"


Oración del Huerto

Imágenes tomadas de "La Pasión según Salzillo", libro conmemorativo editado por Cajamurcia en 1995.

Viernes Santo. No ha salido aún el sol, pero se escucha a los pajarillos anunciando a los murcianos que ya ha llegado el día para lucir sus Salzillos, toda la belleza y el colorido de la más imponente imaginería barroca. 

Paso de la Última Cena

Acompaña esta vez generosa la primavera, cielo azul, salpicado a ratos de alguna nube. Ya, desde primera hora, la temperatura es agradable. La iglesia de Jesús es el lugar de encuentro para el cortejo que acompañará al Nazareno por el "Vía Crucis" que conforman los pasos de la procesión. La ciudad se transforma; las calles y plazuelas de Murcia ya no son las mismas en Viernes Santo. Las gentes acuden a la llamada de la música, del sordo ruido de tambores, de las trompas de plañir quebrado que entonan el lamento popular en este día de duelo para los cristianos.

Trompas



"La Dolorosa"

El desfile de los pasos de Salzillo saca la Pasión y la muerte de Jesús al encuentro con nuestro ajetreado mundo. Arte y devoción en grado sumo. Se para el tiempo al contemplar el cortejo procesional, belleza en movimiento, acunada por la brisa cálida de abril y el fervor del pueblo. 

Última Cena

Sería imposible no acordarme hoy de mi abuelo Jesús, con quien asistí a los primeros Viernes Santo, en alguna ocasión desde la salida de la procesión, haciéndonos hueco entre el tumulto, y otras en la Plaza del Cardenal Belluga, a ver la llegada de la Última Cena a la Catedral. Él era un fiel devoto, tanto en su sentir religioso como en su pasión por el arte. Poseía una extraordinaria sensibilidad estética. Yo lo vi llorar incluso al contemplar el rostro del San Juan, la Dolorosa o el Ángel de la Oración del Huerto... Tal es el poder catártico de una imagen bella. Siempre recordaba que el escultor valenciano Mariano Benlliure dijo sorprendido al ver salir de su templo el San Juan que talló Salzillo: "Dejadlo, que anda solo".

San Juan Evangelista a su salida de la Iglesia de Jesús
San Pedro y Malco, detalle del Prendimiento

Desde Murcia, en Viernes Santo, un recuerdo especial para todos los que lo hacen posible cada año, también, cómo no, para mi abuelo. Os animo a todos a conocer los Salzillos y disfrutar de la Semana Santa murciana.

"La Verónica"

Medias de un Nazareno estante

San Juan Evangelista. Al fondo, la Catedral de Murcia

miércoles, 5 de abril de 2017

InfluencER sintáctica: el sintagma nominal SUJETO


Sigo trabajando en este modesto proyecto educativo, grabando vídeos para mis alumnos de Secundaria. El objetivo es ayudarles con los contenidos gramaticales que más se les resisten, casi todos pertenecientes a la parte de Sintaxis: sujeto, predicado nominal, predicado verbal, oraciones transitivas o impersonales...

Recopilo en esta entrada los tres vídeos que acabo de compartir en Youtube y que tratan de resolver las cuestiones relacionadas con el concepto de sujeto gramatical. Espero que os resulten útiles:




sábado, 25 de marzo de 2017

InfluencER: Lo que decimos + Cómo lo decimos = Lo que somos y ve todo el mundo




Porque no es fácil aprender a analizar las entrañas de un idioma, aunque sea el materno y el que sentimos como parte de nuestro ADN; por eso, quiero ayudaros desde esta ventana digital...

porque aprender no es sólo memorizar conceptos, sino tener activados los sensores de la motivación para saber por qué y para qué estudiamos algo...

Porque en la era de la comunicación global, en la que, casi desde la cuna, los humanos aprendemos a mantenernos en continua conexión con el mundo a través de las redes sociales, debemos cuidar nuestro lenguaje, su expresión formal y su contenido, como parte de nuestra imagen, la que mostramos a diario y que habla de nuestra inteligencia, de nuestra sensibilidad; en definitiva, de nuestro mundo interior.

Porque la realidad nos demuestra que no solo se aprende en las aulas... Sería una ingenuidad creer que sobre los pupitres y las pizarras están formándose los adultos del mañana... Ellos, los actuales estudiantes, los infatigables navegantes, cambiaron el líquido amniótico que les trajo hasta aquí por el buceo en aguas tecnológicas, internacionales, apasionantes y a veces peligrosas... Como profesores, debemos "echar una red a la gran red" para ayudar y guiar, para mostrar nuevos rumbos...

Estaría bien conocer cómo valoran ellos sus procesos de aprendizaje, su realidad académica, sus perspectivas de futuro... ¿Qué les interesa y qué les gustaría aprender...?




sábado, 18 de marzo de 2017

Ser tu sujeto...


Ser tu sujeto...

Por ser mi comienzo; 
tú, mi predicado, que se conjuga y transforma para brindarme la esencia:
un número, un tiempo, una persona. 

Podré ser yo tu agente o tu paciente, 
realizarte o bien recibirte con los brazos abiertos de mi sintagma...

Lo sustantivo en mi seno
casa con tu alma de verbo, 
que me copula o me predica,
tal es tu sintaxis en mi enunciado.  

No importa si otras quieren cortejarte, 
palabras hay muchas en el mar de nuestro idioma. Mas solo una, la mía, que es cardinal y certera, concuerda contigo,
cual binomio que me mueve,
me sujeta...
y me resuelve.


InfluencER sintáctica

jueves, 16 de marzo de 2017

"InfluencER" sintáctica



Comparto con todos vosotros los enlaces de los vídeos (caseros, muy caseros, de momento), con los que he querido "echar un cable" a mis alumnos antes de su examen de Sintaxis. 

La acogida por parte de los chavales ha sido fabulosa, tanto que me he animado con la idea de poder ser "una influencer" sintáctica, jajajajaja. En realidad, lo que me satisface es pensar que, con el tema de ver a la profe "sin cabeza" hablando delante de la cámara, han terminado por "engancharse" hasta quienes nunca escuchan y parece que nada de los libros les importa. No les creáis, no hay alumno malo; es solo cuestión de actitud... 

Hay que renovar las metodologías en los centros escolares, no sólo porque el conocimiento teórico no es ya la clave del aprendizaje y deberíamos trabajar por competencias, sino porque en un aula de la escuela pública es imposible explicar contenidos a 29 alumnos ruidosos y bastante desmotivados. Libros inabarcables, clases muy "nutriditas" y numerosas pruebas y exámenes (internos y externos) por superar. 

En ese contexto, con el simple hecho de poder dar una clase, sin interlocutor activo, con el sosiego de saber que no va a haber interrupción... Claro, ¡me vengo arriba! ¡me emociono! Sin dudarlo... ¡¡¡Si por la mañana en el aula siento que predico en el desierto!!!

Aquí os los dejo... A pesar de lo chocante de haberme lanzado a salir espontáneamente, hasta sin cabeza... ¡Un profe debe dejarse en casa los complejos!

Saludos y gracias a todos, a los generosos y pacientes amigos y a los alumnos, que tanto me animan... 







lunes, 6 de marzo de 2017

Palabra de mujer




Lo que recitan mis neuronas de mujer,
en el eléctrico verso que las conecta con cada rincón y cada poro; con mis contornos visibles y los que solo yo conozco, con la intimidad de mi alma y la de cada uno de mis pliegues y cadencias.. 

Esas notas arrancadas al pentagrama de mi pensamiento y convertidas en rimas; toda mi métrica y poética te susurro esta noche, para que sepas quién soy y dónde encontrarme, donde vibran las palabras, las cardinales.

martes, 28 de febrero de 2017

Yo fui como tú



"Te entiendo, porque yo fui un poco como tú. Y como tú. O tú". Yo también fui adolescente y anduve distraída en platónicas ensoñaciones y quise rebelarme contra quienes querían imponerme su manera de ver el mundo y preferí siempre salir con los amigos a sentarme a estudiar; incluso alguna vez practiqué el escapismo y me esfumé de alguna clase por la puerta de atrás, aun cuando yo era la delegada y responsable del parte de faltas, versión rudimentaria muy alejada del registro digital que ahora llevamos los profesores. 

Sí, me sentí como vosotros, en un cruce de caminos, desorientada; en el ojo del huracán, el centro de todas las críticas y presiones: "tienes que estudiar; es la única herencia que te podemos dejar" -decían mis padres-; "deberías ser como menganita, que saca todo dieces y va a ser dentista" -sugería algún familiar-; "¡qué pena que suspendas tantas, si eres buena chica...!" -otro comentarista inoportuno-; "el futuro está en las ciencias y la tecnología, quien no sepa de ordenadores y maneje el inglés irá seguro al paro"- idea extendida entre la mayoría de los estudiantes, promovida por algunos orientadores de entonces...

Que sí, que yo también suspendía asignaturas en el instituto y muchas por trimestre. Había terminado la etapa de Primaria con muy buenos resultados. Fui una niña aplicada y obediente. Mis padres eran profesores y digamos que, en ese sentido, el contexto me resultó muy favorable, porque ellos estaban ahí para reforzarme y apoyarme, pero sobre todo para estimular mi inquietud hacia aquello que me contaban en la escuela. En mi casa había muchos libros y mucho amor a la pedagogía. Mi padre solía leer poesía o filosofía y mi madre me explicaba apasionadamente la genealogía de la monarquía española desde los Reyes Católicos hasta Juan Carlos I, que por cierto aprendí de memoria en 8° de EGB para luego exponerla en clase casi con la misma efusión que mi maestra. 

En el colegio, un centro público de un pueblo pequeño, conté con unos profesores extraordinarios que consiguieron mantener la llama encendida en el corazón de aquella niña. Doña Isabel, don Vicente, don Salvador, la señorita Victoria o Manoli (que ya no gustaba ni del "doña" ni del "señorita") están en mi memoria escolar, junto a los "progresa adecuadamente" y las calificaciones de entonces.

Llegó el momento de dar "el gran salto" a la educación secundaria, que por aquel entonces tenía lugar una vez acabada la Educación General Básica y tras haber adquirido el correspondiente Graduado escolar. La mayoría de nosotros tenía ya trece años y, en muchos casos, debíamos acudir a un centro de otro municipio, ya que, en aquellos años 80 y 90, la red de institutos no era tan grande ni estaba tan bien dotada de recursos como la actual.

Cambiaban el escenario, el pueblo y el aula, pero también los compañeros y la dinámica académica, en tanto que pasábamos a tener un profesor especialista por cada una de las materias y estas se multiplicaban por áreas de conocimiento: Historia, Biología, Dibujo técnico, Música, Matemáticas, o Latín, Filosofía, Geología y Física y Química, que llegarían ya en los cursos superiores. Cada docente llegaba al aula con su propio repertorio, con un estilo de enseñanza y sus exigencias; los había muy tradicionales y severos, mientras otros procuraban desmarcarse con algún que otro pinito de innovación metodológica. El caso es que para mí, al borde del precipicio adolescente y con una frágil autoestima académica, aquellas interminables clases de doctos señores terminaron por hundirme en el "sólo sé que no sé nada". Quizá no supe adaptarme al hecho de que ya no existiera un director que orquestase el conjunto, ese profesor de la Primaria que venía a ser casi como un padre o madre y que velaba por saber en todo momento cómo estabas y cómo podía ayudarte. Allí, cada uno llegaba con su instrumento, a ejecutar, magistralmente, sin duda, su partitura. Una pena, pero para mí, aquello no era un concierto, sino un caótico ir y venir de profesores, de sesudos libros de texto y sus indescifrables contenidos, que vinieron a convertirse en una sinfonía tortuosa, que nada parecía tener que enseñarme. Eso sí, había que aguantar como fuese el concierto hasta el final y demostrar que uno había entendido la finalidad del mismo. 

Todo aquel que pensase en "ser algo el día de mañana" debía acabar el BUP, el COU e ir a la universidad. En la España de la democracia empezó a crecer el número de jóvenes que cursaba estudios de secundaria y el que luego accedía a las distintas facultades a graduarse. Comenzó entonces la "fiebre académica" que sembró nuestro país de licenciados y diplomados. La educación se perfilaba como un horizonte prometedor que nos haría progresar como ciudadanos y como sociedad. Aunque es obvio que el grado de cualificación condicionaría las oportunidades laborales futuras, una muchacha adolescente como era yo, que aún no había descubierto sus aptitudes intelectuales, no podía apropiarse de aquellas elevadas expectativas. 

Yo, como otros en mi clase de entonces y otros tantos en las clases de hoy, no tenía la madurez ni la perspectiva suficientes para saber qué camino emprender; no era consciente de la dificultad de su trazado ni del nivel de exigencia del mismo. No estaba pensando en el futuro; solo importaba mi presente, mis rebeldías y apasionamientos y mis amigos. Me preocupaban mis malos resultados, pero no porque supiera que me cerrarían puertas venideras, sino porque disgustaban a mis padres y me hacían creer que yo no sabía, ni servía ni aprovechaba. Nada parecía poder sacarme de aquel estado de bloqueo. 

Ahora, que tan de moda está hablar de trastornos de déficit, creo que podríamos decir que yo sufría uno muy dañino, el TDM, o lo que bautizo desde ya con el nombre de Trastorno de Déficit de Motivación... El colmo fue escuchar a mi tutor de segundo de BUP decirle a mi madre que sería mejor que pensase en otra alternativa para mí, "porque Emilia no parece que valga para los estudios". Hala, sentencia firme: "como no sabes bien qué es eso del cálculo infinitesimal, cuando "x tiende a infinito"; como no parece que la velocidad, el tiempo y el espacio o la aceleración te inmuten lo más mínimo y dado que las espinas del "rosa, rosae" se te han atragantado, te has perdido entre el Mío Cid y Espronceda y no sabes de verbos transitivos, yo te declaro "estudiante incompetente" para el mundo académico universitario y para el desarrollo de cuantas profesiones exigen el título de marras". ¿Y si mis padres hubieran hecho caso a los augurios agoreros de mi profesor? ¡Qué peligrosas son las etiquetas, que nos segregan y limitan!



Afortunadamente, mis padres intuyeron que en mí había una semilla que un día germinaría. Sólo era cuestión de tiempo, de paciencia y de trabajo. La realidad era que había que pasar por los filtros del sistema e ir superando los cursos y lo fui consiguiendo, con profesores particulares de apoyo que me ayudaron a aprobar, que no a comprender, y "empollando" datos sin procesar para después "vomitarlos" sin saber muy bien por qué ni para qué. El trayecto de la secundaria me resultó si cabe más difícil porque, cuando llegó el momento de elegir materias optativas, me dejé guiar por las voces proféticas que nos convencían que "ser de ciencias" te daría trabajo seguro... De nuevo, las etiquetas. Convencida de que no tenía ningún talento en concreto, hice lo que todas las futuras promesas hacían, optar por "ciencias puras", firmando sin saberlo mi sentencia de muerte y así, llegué, fracasada antes de empezar a la anhelada universidad... 

Con mi nota media del instituto y la Selectividad, solo podía matricularme en Ciencias Exactas, Físicas o Biológicas. Mi necedad y el sinsentido de la secundaria me condujeron a un callejón sin salida. Necesité dos años de descalabro universitario para aceptar que me había equivocado, que necesitaba encontrar algo que me hiciese sentir útil y viva, porque aquellas clases de Botánica y la disección de la sardina estaban hundiéndome poco a poco en un fracaso abisal. Cuando veía a una de mis compañeras hablar emocionada de sus clases de la facultad sentía mucha envidia sana. "¡Cuéntame! ¿Qué es eso que estudias tú?". -"Filología Hispánica. No sé qué me gusta más, chica, si la Psicolingüística o las clases sobre García Lorca". -"¿y crees que alguno de tus profesores me dejaría entrar a una de esas clases como oyente, a ver de qué van y si me gustan?"... Una tarde entré a la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia y ya no salí; quedé seducida por versos, sintagmas y semánticas renovadas. Descubrí aquel día que había para mí un lugar donde aprender y una oportunidad de futuro (gracias a mi amiga Arantxa Martín por arrojar luz a mi vida y llevarme al "santuario" de las Letras).

Terminé mis estudios de Filología Hispánica y por primera vez me sentí satisfecha, a pesar de que, por aquel entonces, ni me planteaba la enseñanza como profesión, aun siendo como era el final más previsible. Otros diez años hicieron falta y una primera incursión laboral en el mundo del Periodismo, para terminar descubriendo que mi sitio era este, que mi función en este mundo era ser docente, transmitir (o eso espero) y persuadir a los más jóvenes de la belleza del lenguaje...

La enseñanza ha ido evolucionando y procura cada vez más adaptarse a la diversidad de los alumnos, a los nuevos y trepidantes tiempos, pero aún tiene mucho que modernizar en sus entrañas. Hay profesionales extraordinarios empeñados en hacer realidad esa necesaria transformación, ese cambio de mentalidad. Porque ya no creemos que haya uno solo tipo de inteligencia; hay que apostar por que todos tenemos un talento, por que es muy necesaria la educación, pero también la motivación, poner en marcha el "motus", "lo que te mueve". Y, puede que sea verdad que en ese mundo tecnológico y global haya grandes oportunidades para quienes sean diestros en los aspectos científicos, pero también hay lugar en él para pensadores, artistas, emprendedores, músicos, profesores e, incluso, vendedores de sueños...

No dejéis que nadie os convenza de lo que sois o no sois capaces, porque todos tenemos una semilla, una cualidad que merece atención y cuidado. Necesitará de alguien que sepa regarla convenientemente, pero no os confundáis, requerirá además de toda vuestra entrega y esfuerzo. No creáis que la vida regala nada. Cada día perdido es una oportunidad que no vuelve. Yo tuve que cumplir los veinte años para saber qué rumbo quería tomar; para ello, fue fundamental el apoyo incondicional de mis padres, que apostaron por mí, a pesar de mis reiterados batacazos. No siempre las circunstancias son favorables; no siempre los padres pueden estar dando soporte material a nuestros despistes e inseguridades. Por eso, vosotros debéis perder el miedo a saber qué queréis ser; nosotros, los profesores, debemos procuraros no sólo la guía académica, sino también la humana y la emocional, y los padres tendrían que dejar a los hijos descubrir su talento, su camino, más allá de lo que ellos tenían previsto para el futuro. No proyectemos en nuestros hijos nuestros sueños. Dejémosles ser y soñar. Chicos, no dudéis de que el futuro es vuestro, de nadie más. Creed en vosotros y apostad fuerte siempre. Ganaréis.