lunes, 6 de febrero de 2017

Mi pizarra, mi ventana


Muchas veces, en el transcurso de mis clases, hay momentos que podríamos llamar de conexión intergeneracional. Ante la pasividad de algunos alumnos, caras de aburrimiento o incomprensión o también frente a quienes parecen reaccionar al estímulo académico y se enfrentan a sus estudios con la motivación del buen resultado, no puedo dejar de sentir empatía, mucha empatía.

Siento a veces que mi voz debe abrirse paso, pertrechada de la entonación y firmeza que la ocasión requiere, y cruzar la gran muralla que asedia sus mentes. Y, de repente, la memoria me traslada al otro lado de la trinchera, y me veo de nuevo sentada en una de esas mesas verdes, con catorce o quince o dieciséis años, intentando escuchar un discurso vacío para mí, además de indescifrable si se trata de números. Soy una adolescente y en absoluto entiendo esa gravedad y ceremonia con la que los profesores dan a conocer sus conceptos, que me resultan tan extraños y parecen encriptados con la mala fe de quien preferiría seguir siendo el único poseedor de la verdad...

El profesor continúa con la tiza enrabietada sobre la pizarra verde, inundada de un galimatías de letras y números, guiones, corchetes y llaves, potencias, infinitos insufribles e inquietantes secuencias (i)lógicas... Recuerdo ahora a aquella muchacha para la que la historia era un entramado de fechas y eventos desconectados y lejanos, aunque a veces apasionantes; la poesía, un ritmo, con rima o sin ella, un espejo que nos trae de vuelta la imagen de quien querríamos ser. Aminoácidos y enzimas; lípidos y cromosomas, se empeña la joven en engullir, sin masticar, a traición, que luego habrá que demostrar. Ígneas o metamórficas, caen sobre mi mesa enormes y traicioneras rocas, que no termino de entender ni ubicar en mi mundo. Sólo atino a hacer propio el "sólo sé que no sé nada" y aquello que Platón sugería sobre el amor idealizado en el que ya están más que licenciados nuestros adolescentes.

Y frente a ese escenario donde los profesores celebran la liturgia del saber, yo, espectadora despistada y a veces indiferente, termino volviendo la cara, bien para buscar compañera de charla o bien el perfil del chico que me tiene ganado el seso (hasta ahora así, escrito solo con "s") y a ratos, el alma. Si no hubiesen venido ni uno ni otro a clase hoy, mis ojos se habrían ido, sin pensarlo, hacia la ventana, para quedarse allí atrapados, en los árboles del patio o los nubarrones que anuncian lluvia en el cielo, pero también tempestades en mi pensamiento. 

Estoy (están mis alumnos) secuestrada/os en otra dimensión, zarandeados por las voces paternales que me/nos riñen por llegar tarde, estudiar poco  y por esa habitación desastrosa que tenemos. "Tarde", "poco" y "desastrosa", palabras poco estimulantes para quien se siente también asediado por las etiquetas con las que le marca la red (más bien trampa) de ciberamigos: "empollón", "manta", "gordo/a", "chivato/a", "nenaza", "marimacho", "gafotas", "enano"...

Quiero silenciar estos ruidos, bajarles la frecuencia. Debo empezar a escuchar qué es eso de los polinomios y el verso hiperbólico ¿o era el tiro parabólico? Me preguntan por el grupo de clase si la acción del cuento que había que analizar era dinámica o estática y que cuántos sintagmas preposicionales había... Y yo que ando aún descifrando qué es eso del H2SO4 y su relación con las Cruzadas... A veces, estoy por decir "basta", "que me bajo", que yo no atino a comprender qué hay detrás de lo que me dicen, granizada de conceptos que me martillean y hunden, dejándome más clavado aún en esta silla. Abriré mi paraguas, para no mojarme con tanta tormenta de ideas... ¿Hay alguien ahí dentro que pueda escucharme? A lo mejor me vengo yo creyendo de la rama Sapiens de los Homo y va a ser que todavía no he pasado de invertebrado descerebrado... Me miro en el espejo y no me lo parece; ahí están mis rasgos en la cara y mis dos manos, que aún no sé si serán neurocirujanas, concertistas o recolectoras, de frutos o de mentes ajenas, o de ambas cosas... Y sé que pienso y que siento, que me emocionan las historias, los paisajes, la música y el viento... Pero, ando perdido en el bosque de las ideas.




A lo lejos parece oírse un murmullo, apenas audible, pero que sí entiendo... Ahora lo escucho más nítidamente, es mi profesor de Plástica, que me habla de perspectiva y está mostrándonos muchos lugares desde distintos rincones. ¡Hey, que yo sé de eso, de puntos de vista, de perspectivas extrañas y a veces incomprendidas, de la furia con que se mueven los árboles del patio y de lo gris que parece todo desde mi lado del cristal...! Cierro los ojos, que la oscuridad también da perspectiva.

Y abro los ojos, ya desde este lado de la mesa del profesor, y veo a ese alumno absorto en el cristal; a la chica de la fila de atrás que juega con el lápiz, misteriosa y taciturna; a los juguetones que, entre risas, me cortan cada cinco palabras; a las que copian o hacen (no sé bien) los deberes de matemáticas de la clase que viene después, para que nadie diga a sus padres que no traen la tarea; pares de ojos que me miran, pero están ausentes, pensando tal vez en el bocadillo del recreo o si verán a la chica de la clase de enfrente. 

Algo de lo que hoy he explicado sin duda habrá sido almacenado oportunamente por sus cerebros. Todos son muy capaces, aunque también es cierto que a una gran parte de ellos les falta hábito de estudio, espíritu de sacrificio e inquietud por conocer, por aprender. Hacen infinitos deberes por las tardes, como máquinas, a destajo, que hay que ir al tenis, a inglés o a música, y si no se sabe cómo hacerlos, se copia, que lo importante es que figure el positivo. Y siguen empeñándose en aprenderse de memoria los conceptos, uno o dos días antes, aun sin entenderlos, en castellano, inglés o francés, que todos somos ya bilingües, porque el sistema sigue poniéndonos delante exámenes que evalúan "al peso" nuestra capacidad memorística. 

Entienden que en la era que les ha tocado vivir, todo el saber está ya en Internet y que, incluso, hay tutoriales en Youtube para resolver problemas. La ley, los profesores y los libros de texto les bombardean también con conceptos de los que hay que dar cumplida cuenta, porque los padres quieren resultados favorables. ¿Que si han aprendido realmente? Creo que mucho menos de lo que habrían sido capaces, si no les hubiésemos convertido en autómatas escolares. ¿Si hubieran sentido deseo por aprender, necesidad de experimentar a través de las materias para comprobar después su evolución constante, si además de memoria se les hubiera pedido las otras dos potencias del alma que definían los pensadores griegos, el entendimiento y la voluntad... Y si aderezásemos la mezcla con la emoción...? La moderna neuroeducación ya nos dice que los aprendizajes verdaderos se producen cuando trabaja la amígdala, la parte del cerebro encargada de gestionar las emociones. 

Puede que nuestros estudiantes de Secundaria tengan la capacidad de comprender el entramado de contenidos que prevén los currículos, pero no cuentan con la madurez ni la perspectiva que les permitiría conectarlos todos y darles sentido. Deberíamos darnos cuenta de que en esta etapa la misión no es formar perfiles profesionales, como hacen los profesores universitarios, para los que sí son indispensables los conocimientos técnicos y especializados. Es el momento, por el contrario, de favorecer los aprendizajes verdaderos, los que no se borrarán de la memoria interna, y que no siempre van ligados al procesamiento de datos puros y duros (aunque también requieran dedicación y estudio, pero desde otro planteamiento). 

Los profesores de Secundaria ya no somos la única fuente de información, el transmisor inevitable al que hay que escuchar y entender. No tiene sentido ya, en la era de la comunicación y la información digitales y globales, intentar hacer a los alumnos depositarios de contenidos teóricos... Más bien debemos guiarles, abrirles caminos por los que transitar en el futuro y ventanas desde las que ver el mundo, despertar verdadera inquietud por el saber, que será lo que les convierta en adultos libres y formados. Los conceptos volverán de la mano de la vida, los aprenderán cuando haya llegado el momento de ser médicos, bomberos o mecánicos.

Quizá es ya la hora de que me quite mi traje de profesora (y de madre), deje de explicar y hablar a los ingenieros del mañana, me baje dos escalones de esta "tarima", real o figurada, que me mantiene alejada de ellos, y empiece a preocuparme por quiénes son y cómo son ahora, qué les interesa y preocupa, cómo podría yo convencerles de que la poesía, el arte, la ciencia o la filosofía son los que nos han convertido en humanos pensantes y sensibles y que también ellos pueden aportar su granito a este ciclo evolutivo.

Olvidarán quizá la perfecta métrica de un endecasílabo de Garcilaso, pero nadie jamás podrá arrebatarles el recuerdo de aquel primer soneto con el que se emocionaron. -"Dime, sí, la que mira por la ventana, ¿qué sientes que dice el poeta? -"Nos dice "Carpe diem, profe, aprovecha el momento". Así sea.


sábado, 4 de febrero de 2017

Súbete al Reto de Amaya con mis "Relatos cardinales"



Calendario solidario "El reto de Amaya" 2017

Ya está a la venta en Amazon "Relatos cardinales por "El reto de Amaya" (4,70€), una selección de los textos del blog "Palabras cardinales". Para comprar pincha en

https://goo.gl/cekF7R

Portada del libro

Todo lo recaudado será destinado a la causa solidaria de Amaya Gil, hija de nuestros amigos Susana y Jose y que padece el síndrome de Wolf-Hirschhorn. El propósito es colaborar con el reto de esta familia y ayudarles con los costosos tratamientos.

Gracias a todos por vuestro apoyo, por leer su historia y otros "Relatos cardinales". En nombre de la familia os animo a darle la mayor difusión posible. Febrero puede ser un buen mes para subirse a nuestro RETO CARDINAL :)




*"Relatos cardinales" es una publicación electrónica. Podéis descargar la aplicación Kindle para smartphones Android y también leerlo en tabletas y ordenadores.



¿¿¿Nos das un "ME GUSTA"??? ;)

miércoles, 11 de enero de 2017

Volviendo al cuento de nunca acabar


TEXTO: Emilia R. M.

FOTOS: Miguel J. Berrocal


Cada mañana, un trayecto casi diagonal en tren de cercanías, cuando el sol aún no ha salido, pero miles de personas ya marchan, cual ejército, camino de sus obligaciones. Es un viaje largo, de más de una hora, con un transbordo y numerosas estaciones de paso, unas en el subterráneo de la ciudad, otras al aire, marcando la dirección a la sierra. Me pregunto siempre cómo se pueden pasar tantas horas en un vagón sin terminar desquiciado con tanto empujón mañanero, tanta mezcla de olores, sonidos, voces, sintiéndose en medio de un cruce de miradas perdidas. Hay veces que cierro los ojos segura de poder llegar a escuchar los pensamientos de la chica que se sienta en frente de mí e intenta aislarse con sus enormes y noventeros auriculares.

Somos animales de costumbres. Después de practicar la misma rutina a diario, durante meses, uno terminaba por subir al mismo vagón del mismo tren en el exacto minuto en que lo hizo el día anterior, comprobando que esta maniática precisión es también buscada por los compañeros de viaje. Las caras se repiten cada jornada, tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta.

Pasan 15 minutos de las 7 de la mañana; he salido del portal de mi casa para dirigirme a la estación más cercana. Tres manzanas después, ya he empezado a buscar en el bolso el dichoso billete, siempre escondido más allá de la funda de gafas, los pañuelos y el paquete de cigarrillos. Primera prueba: encontrarlo antes de llegar al torno de control de viajeros. Superada. Ahora empieza de verdad el periplo. Un rosario de personas bordeando el andén, con la cabeza girada a la izquierda para ver aproximarse en el horizonte la luz del tren procedente de Alcalá de Henares o de Guadalajara -cualquiera de los dos para en mi estación y lleva a quien monte en ellos al centro de la ciudad o a otros puntos del norte de Madrid-.

La gente aquí aún se dedica alguna mirada, sabedora de que, a lo mejor, el que tienes al lado es el mismo que te encuentras cuando vas a comprar el pan o quién sabe si tu vecino de arriba; es lo que tiene vivir en el mismo barrio, no eres el anónimo ciudadano presa de la despersonalizada ciudad, menos aún tratándose de un barrio como éste, sencillo, más humano, probablemente. En aquel andén, decía, los viajeros nos miramos a los ojos con cierta complicidad matutina, como diciendo, “vecino, compañero, ánimo, que el día no ha hecho más que empezar; quizá nos veamos dentro de doce horas, de regreso a casa”. Se dice pronto.

Una adormilada expresión maquilla mi rostro a las 7,30 de este primer día de regreso a la realidad, cuando por fin llega el convoy de Alcalá. Apuro el cigarro, respiro hondo y subo al vagón. Apenas treinta segundos después, un pitido fuerte e intermitente anuncia el cierre de puertas. No hay peligro, aún no somos los suficientes viajeros, cabemos holgadamente, sin necesidad de apretarnos unos contra otros al oír la señal. Siete u ocho minutos después, el tren entra en la estación de Atocha, el gran hormiguero de más de 7 vías donde se cruzan caminos, direcciones, destinos, vidas; en definitiva, personas.



Tengo que bajar de mi primer tren y esperar en el andén 1 a que llegue el que a las 7, 45 arranca rumbo a mi destino. Ahora somos muchos más en el trasiego viajero de las mañanas de Atocha. Cuidado, el bolso. Mira, hay grupos de personas que parecen conocerse después de tanto subir y bajar. Quién sabe si además de compañeros de tren lo son también de trabajo. Un hombre joven, maletín en mano, mira impaciente su reloj de pulsera. Aquella chica de auriculares lleva bajo el brazo un enorme libro de anatomía, quien sabe si, al final del viaje, será de anatomía forense.

¡Vamos por fin!, que arranque ya este tren, que casi se me olvidó haber desayunado. Hay empleados de la estación encargados de “remeter” bien a los viajeros en los distintos vagones; como si condujeran al rebaño, nos apremian para que vayamos subiendo, apretándonos un poco contra el señor de en frente, para que detrás de nosotros quepan otros tantos. Aprovechamiento del espacio y del tiempo; hay que cargar bien el tren para amortizar el viaje y hacer hueco en el andén, que pronto bajarán otros varios centenares procedentes de Aranjuez, para enlazar con el de Alcobendas. Venga, venga, suban, hagan hueco… Delirante, diría un amigo mío. Ni que fuéramos al campo de concentración, oiga… Bueno, bien visto, a lo mejor somos eso, esclavos condenados a otro campo de concentración, disfrazado de modernidad y democracia. Un mismo y engañoso lema: “El trabajo os hará libres”. Escalofriante, diría ahora yo. Pues eso, vamos camino del trabajo, de la mentirosa libertad.

Estamos todos montados. Todavía no he conseguido asiento; para eso me quedan aún más de cinco estaciones, atravesar la ciudad por la oscuridad de los túneles del cercanías y leer, por lo menos, los titulares del día en el periódico del señor con el que comparto frontera textil (que casi vamos del brazo, vaya). Bajo un poco los ojos para intentar leer sin gafas las noticias, mientras la señora de atrás me clava el aliento en la nuca. Puedo sentir su cálida respiración detrás de mí; también, el intenso pachulí que eligió esta mañana para ir a trabajar. ¿Qué opinará ella de que le esté clavando mi enorme bolso en el costado? Todo depende del cristal desde el que se mira, está claro.

En Nuevos Ministerios, el centro económico y financiero de Madrid, se baja el impaciente hombre del maletín y el reloj de pulsera. El grupo de amigos-trabajadores lo ha hecho en la estación de Ramón y Cajal (quizá sean empleados del hospital). En Las Rozas se apeará la joven de auriculares y el libro de anatomía. Ahora sí que sí, ya puedo sentarme y abrir mi libro, mirar el paisaje hasta que lleguemos al final de trayecto y deleitarme con algún ciervo del Monte del Pardo.



“Próxima parada, El Escorial, final de trayecto”. Se acabó el dulce sueño apoyada en la ventanilla del tren que durante un buen rato me ha acunado; adiós a las fantasías con el paisaje campestre como telón de fondo. Sean bienvenidos a la realidad, una larga jornada por delante, y otras dos horas de viaje de regreso al final del día. Al llegar a casa habrán transcurrido ya doce horas desde que saliera al rayar el alba. No se muestra muy sugerente la rutina, pero teniendo en cuenta el privilegiado lugar en el que me encuentro, mientras cientos de miles de seres humanos pululan en la ciudad como las abejas en torno a sus colmenas, puedo darme por contenta.

domingo, 8 de enero de 2017

El niño de la media luna


Con cariño a mi amiga María F. A. y a su hijo Pedro (Madrid, 7 de enero de 2017).


"Tengo a la pequeña Candela pegada a mi espalda, tumbada, buscando el calorcito de mamá mientras duerme. Sentirla detrás de mí y a ti, delante, dentro de mi vientre, me inquieta... ¿Cómo haremos para compartir este espacio de sueño cuando tú llegues? Y ya queda poco; por favor espero que no te hagas de rogar, porque casi prefiero pasar las noches en vela pegadita a tu cuna o procurándote alimento a la luz de la luna que seguir sufriendo este insomnio, el de quien espera y desespera mientras siente el cuerpo al borde de la erupción, la tripa pesada, las piernas lentas y el corazón bombeante. Y tú, mientras, lanzas el mensaje, un aviso nítido que suena casi a tambor tribal, puñito arriba, rodilla abajo, vibra y se ondula el perfil de esta montaña con ombligo, como llama tu hermana al lugar donde anidan los nombres del futuro, las nuevas hojitas del árbol de mi genealogía.

Casi cuarenta semanas ya, mirando el calendario, leyendo incansablemente sobre este milagro de la vida; gestando, primero casi como una ensoñación de la que apenas tengo constancia, salvo por la exploración del doctor y el aleteo que sentí cumplidos los tres meses. Después, como evidencia creciente en mi volumen, en el de mi cuerpo y en el de la felicidad, que ya no me cabe ni en el pecho ni hay sonrisa suficientemente amplia para expresarla. Demasiados días velando por que crezcas sano y fuerte para cuando llegue el momento de estrenar mundo y pulmones. Hasta entonces, yo soy tu alimento, tu abrigo y cobijo, tu atmósfera interna... Y, por eso, cuido cada movimiento que hago, cada alimento que tomo y cada pensamiento hermoso que pueda hacerte sonreír ahí dentro. Sé que funciona así, seguro, pude verlo en la última ecografía, en la que tú, apenas ya sin poder mover las manitas, despejaste la hermosa redondez de tu cara para que yo pudiera verla, sonriente, feliz, porque tu mamá tenía en ese instante el corazón y la mente rebosantes de amor.

Pero, hasta ahora, has sido solo eso, una silueta blanca y encorvada sobre fondo negro y, a ratos, corpórea y anaranjada, como en las nuevas ecografías; un latido acelerado sobre el gráfico de la pantalla; cifras, longitudes y perímetros que aseguran que nacerás sano... Y yo ya necesito tu calor sobre mi pecho; el peso de tu pequeño cuerpo entre mis brazos y sentir el tacto algodonado de tu piel de bebé. Aunque te reconozco que a veces siento miedo, porque pienso que igual no sabré muy bien cómo ser una buena mamá de dos polluelos al mismo tiempo. Cuando tú llores por querer comer o porque tengas frío, Candela querrá jugar a las muñecas o salir de paseo... Y yo querré desdoblarme y procuraros todo cuanto necesitéis y no siempre podré tener el don de la omnipresencia... Por eso creo que dicen las abuelas aquello de que, con los hijos, no hay nada que repartir, porque el amor siempre con ellos se multiplica. Deberían multiplicarse también las manos y sus caricias, para que siempre tengáis quien os rescate y calme, pero también quien os reprenda si os ponéis en peligro por no escucharme y querer volar aún sin alas...

Son las 3 de la madrugada. Estoy recostada sobre mi lado izquierdo, así que tengo tan aprisionado el corazón que, a intervalos, parece querer zafarse de mí y se rebela, bombeando con tanta fuerza que siento que se me va a escapar hasta el alma del sobresalto con su cambio de ritmo. Trabaja a toda máquina, para mantenernos calientes y preparados, a ti y a mí.

Me duermes por dentro; te imagino acurrucadito, vuelto hacia mí, en esta media luna, creciente y naciente, que forma ahora mi tripa al reposar sobre el colchón. Ya no sé ni cómo poner las piernas para no entorpecer la vida nueva que espera durmiendo entre ellas.

Siento que me sobra cuerpo por todas partes o, quizá, mi cuerpo es el que ya se desborda por los cuatro costados. Los muros de contención, piel, músculos y emociones, al límite. El resorte de las lumbares puede saltar por los aires de un momento a otro. Y en ese preciso instante en que arqueo la espalda para descargar la presión, siento un latigazo fulminante que me atraviesa por dentro, rompiéndome. No, mi niño, espera, que de noche todos descansan y no parece que nadie vaya a saber ayudarme. Creo que ya no hay ni medio paso atrás. La vida no se programa, al menos no la de esta criatura. Llegará cuando la naturaleza lo ordene y dé por inaugurada la gran eclosión... Ya no es una sospecha, debo avisarles. Mi pequeña sigue dormida. Mi guardián, que lleva meses como un noctámbulo, velando mis movimientos y malestares, parece justo ahora un prisionero del sueño al que nada parece que vaya a inquietar. ¡Me duele mucho!", le grito al oído sin querer gritar, apretando los dientes y triturando con ellos la "ch", como si así fuera a aliviarse esta punzada. He conseguido liberarle del pesado abatimiento que le tenía inmovilizado. Abre los ojos, me mira incrédulo. "No, no puede ser, se nace por la mañana, con la mente clara...". Decido dejarle reaccionar y desperdiciar si quiere unos segundos. Yo debo ponerme por lo menos en pie. Tan pronto me incorporo e intento abandonar la cama, siento cómo se rompe tu cunita de agua, que me empapa primero, me surca las piernas y termina activando la alerta definitiva. "¡Levántate ya, por favor, y cógelo todo. Date prisa o verás a tu hijo nacer aquí mismo!".

No puedo apenas pensar. Ahora solo es importante llegar a tiempo, antes de que sienta que se me abre el vientre en dos mitades, la tuya y la mía. Pero, tú, mi pequeño, parece que quieras derribarme con un solo empujón, el definitivo, el que te deje coronar, aún sin laureles, la gloria de tu nacimiento. Dame una tregua para que pueda disfrutarlo, para aliviar estos dolores y calambres que se empeñan en arrebatarme la sonrisa del rostro, porque yo quiero que, cuando salgas y me veas, sea mi cara una fiesta de bienvenida. "La carretera está vacía; te ruego (con "r" multivibrante e imperativa) que des alegría a este coche". Se me han debido escapar las furias contracturadas por la mirada porque, de repente, tengo la sensación de que por fin volamos al hospital...

No podrán calmarme porque ya estás en la puerta, así que, una vez tumbada, no habrá más camino que el de las luces fugaces del techo, que me llevan a tu alumbramiento. Tu padre viene detrás, corriendo, ya le dije que parir no tiene horario ni programa previo, esto es la vida en directo. Sonrío confiada. No tengo miedo. Sé que saldrás a escena en una maniobra casi teatral, limpia y perfecta, sin más exceso que la máscara fluida, entre roja y blanca, con la que vienes a ver el mundo, por si aquí hace frío. Y lo hará, porque ya por fin te oigo llorar, con fuerza, inspirando por primera vez oxígeno gaseoso. En esta sala, todo huele artificial, menos tú. Créeme, en medio del campo, en primavera, respirar te parecerá hermoso y desaparecerá el llanto.

Ya te traen, arropadito, sólo con la cara al aire, todavía sin limpiar, y te ponen sobre mi pecho descubierto. No existe el dolor ni la angustia en este maravilloso instante. No hay pensamiento ni palabra que puedan dar forma a la sensación que me embarga. Ahora es a mí a quien se le escapan las lágrimas, no por enfado, sufrimiento ni pena. Es amor lo que humedece mis mejillas mientras te miro y te arrullo en esta otra media luna que forman ahora mis brazos al rodearte. Creciente, porque se irán ensanchando contigo, y menguante, para guarecerte si sientes frío. Mirad todos a Pedro, mi niño, el de la media luna".




martes, 27 de diciembre de 2016

Donde el hada nos lleve, amiga

Diseño de Agustín Linares, www.veletas.net

Veleta de viento. Para mí, representa la dirección hacia donde nos lleva la poesía, el arte, la música, simbolizados por el hada que con suavidad sopla e inspira.

Ésta de la fotografía fue un regalo de mi amiga y compañera de profesión Almudena LiCa; el diseño y la creación es de su padre, Agustín Linares (www.veletas.net). La conservaré siempre como recuerdo de las maravillosas coincidencias que la vida a veces nos pone delante; cruce de caminos, de personas, de destinos...

Cuando decidí que este blog se llamase "Palabras cardinales", enseguida pensé en la imagen de una veleta para la página principal. Busqué una por internet, sin mucho miramiento respecto a los derechos de uso de las imágenes que encontramos en Google. Elegí una muy sencilla y la utilicé en el diseño del blog. 

Poco tiempo después, mi compañera de Física y Química, una andaluza salerosa recién llegada a Madrid, me preguntó que de dónde había sacado la foto de la veleta que compartía junto a mis textos. Le conté el proceso conforme lo he hecho ahora y ella, con una amplia sonrisa, me reveló que aquella veleta era diseño de su padre, un ingeniero aficionado al hierro forjado y las veletas de viento. La imagen del blog le resultó muy familiar y la mostró en casa, donde pudieron comprobar que, efectivamente, presentaba una serie de detalles técnicos que caracterizan las obras de Agustín.

No sabía dónde meterme. ¡Qué vergüenza! La primera cosa que "robo" y me viene a pillar una compañera de trabajo. Le pedí disculpas y le prometí que la quitaría, por supuesto. Me dijo que ni se me ocurriese, que se lo había comentado a su padre y hasta le había hecho gracia. Tampoco era la primera vez que encontraba sus veletas decorando páginas web.

La anécdota me inspiró para escribir "Ingeniería poética", un texto que dediqué a Almudena y a Agustín como muestra de agradecimiento y que utilicé en algunas clases, refiriendo cuál había sido mi motivación, para mostrar a los alumnos cómo la realidad puede generar ficción. Aquella historia de sus profesoras y la veleta del hada animó a algunos de ellos a experimentar con la narración. Ésta es la prueba de cómo un ingenuo clic en Internet puede poner en marcha el complejo engranaje del universo... A la familia Linares debió agradarle el relato, tanto que el padre me envió esta preciosa veleta del hada como muestra de afecto y amabilidad. 

Llevaba tiempo queriendo escribir sobre ella. Hace unas semanas salí al campo a hacerle una "sesión de fotos al hada". Pensé que sería bonito utilizar la imagen como portada del libro "Relatos cardinales". Finalmente, el diseño fue otro, especialmente dedicado a Amaya Gil, la niña a la que está dedicada la publicación. Reservaré mi reportaje fotográfico a la veleta de Agustín para otra ocasión. 

Quiero dedicar esta entrada a Almudena Linares, que además siempre lee, y generosamente comenta, los textos del blog. Un abrazo y gracias, por el cariño y apoyo que siempre me has brindado en este proyecto. Sigo creyendo que tan maravillosas coincidencias no son mera casualidad.

sábado, 24 de diciembre de 2016

La Nochebuena de la abuela Mónica


Casi todo el mundo considera la Nochebuena el día navideño por excelencia; y lo ha sido para muchas generaciones sin necesidad de que un gordinflón rojo alimentara ilusiones con sus regalos y sus nórdicos renos. Recordamos nuestras  Nochebuenas de infancia por la reunión familiar, la cena entre langostinos, entremeses y turrones, los villancicos populares al pedir el aguinaldo y, para algunos, por la "Misa de Gallo" que coronaba la "Noche de noches".

Mi abuela era una mujer de tradición y familia. Quizá por eso quiso instaurar entre sus hijos, nietos, y a la postre bisnietos, la hermosa costumbre del "Niñico Jesús". La Nochebuena era el único día en que conseguía reunirnos a todos en torno a su mesa, cinco hijos, con sus respectivos cónyuges, y doce nietos; así que debía hacer del encuentro un momento único e inolvidable. Ponía todo su esfuerzo engalanando la casa con un hermoso Nacimiento y nos agasajaba con elaborados platos y artesanos mantecados y toñas (un dulce navideño bañado en miel típico de Almoradí y alrededores).

Antes de la cena se escuchaba con atención el mensaje navideño del Rey. Mi abuelo siempre fue un monárquico convencido y la Nochebuena disfrutaba comentando sus inquietudes ideológicas con hijos, yernos y nueras. 

Tras unos villancicos con el acompañamiento al piano de mi madre, ¡todos a la mesa! Los niños, en un apartado especialmente dispuesto para ellos. Y, ya hacia los postres, un golpe seco en la gran puerta del salón nos dejaba a todos los pequeños expectantes e ilusionados. ¡Por fin había venido el Niño Jesús! Para celebrar su Nacimiento, el Niño lleva a todos los niños buenos regalos y dulces. Jolgorio, fiesta y juego con los primos. Alguna desilusión para quien espera alguna muñeca en vez de tanto y tanto libro (ya me iban marcando camino).

De aquellas Nochebuenas ha quedado en la memoria el sabor del turrón de chocolate junto al de los primeros sorbos de sidra y el olor dulzón del plástico de las primeras muñecas, aligerados por el helado ambiente del coche en el viaje de regreso a casa, cargado de ilusiones infantiles.

Y también una tradición que he perpetuado a través de mis hijos. Esta noche, los tres esperan la llegada del Niño Jesús y sus presentes navideños. Saben que en las casas de sus amigos hay otras costumbres y mágicas visitas. El mundo es grande y son muchos los niños a los que hay que hacer sonreír. En nuestra casa, en Nochebuena seguiremos cantando y esperando al "Niñico Jesús" de la abuela Mónica.

Feliz Noche a todos.

jueves, 15 de diciembre de 2016

"Relatos cardinales por "El reto de Amaya", ya a la venta en Amazon


Ya está a la venta en Amazon "Relatos cardinales por "El reto de Amaya", una selección de los textos del blog PalabrasCardinales. 


Todo lo recaudado será destinado a la causa solidaria de Amaya Gil, una niña que padece el síndrome de Wolf-Hirschhorn. el propósito es colaborar con sus padres en los costosos tratamientos.

Gracias a todos por apoyar la causa, leer su historia y otros "Relatos cardinales". En nombre de la familia os animo a darle la mayor difusión posible.

*"Relatos cardinales" es una publicación electrónica. Podéis descargar la aplicación Kindle para smartphones Android y también leerlo en tabletas y ordenadores.

(...)


Prefacio

Queridos amigos,

Os presento "Relatos cardinales", una modesta aventura electrónica que reúne algunos de los textos publicados en el blog “Palabras cardinales”. Hace ahora un año que me lancé de nuevo a escribir, movida por la necesidad de poner en palabras un sueño muy especial que acababa de tener. Aquel primer texto representó un pequeño homenaje a un amigo (MI AMIGO DEL ALMA, así, con mayúsculas, presente siempre en mis sueños y pensamientos), desaparecido cuando apenas contábamos dieciocho años y fantaseábamos con qué queríamos ser de mayores. Ahora que yo ya soy mayor y soy capaz de mirar atrás sin perder el equilibrio, desde estas coordenadas con las que me siento capaz de orientar mi rumbo, quiero recordar de nuevo a Pascual, que de algún modo también me guía y protege.

Desde aquel primer texto, ya no ha habido manera de parar de escribir, con mayor o menor acierto o efecto estético, con mayor o menor periodicidad. Al principio, sólo los compartía en redes sociales, como publicaciones espontáneas destinadas a los amigos más cercanos. Recién estrenado este año 2016, varios amigos (y lectores generosos) me animaron a crear un blog especialmente dedicado a mis textos. Debo reconocer que me pareció en principio pretencioso; tampoco estaba haciendo nada del otro mundo para creer que aquello fuera merecedor de un espacio virtual propio, al que habría que obligar a los amigos a visitar y festejar, aun cuando no lo mereciera…

Me costó lanzarme, pero terminé haciéndolo. Con el nombre “Palabras cardinales”, aludiendo abiertamente al hecho de que cada texto es, en realidad, un mapa de situación vital de su autora, creé el blog en enero pasado. Ha sido una gran sorpresa comprobar cómo, gracias a la magia de internet, ha ido creciendo el número de visitas, hasta alcanzar las casi veinte mil actuales, desde multitud de países a los que jamás pensé que pudiera llegar y que, probablemente, nunca llegaré a conocer.

Gracias a todos los que, en algún momento, habéis contribuido a este proyecto que, sin afán literario, ha servido también como vehículo de expresión de mis experiencias como docente y como material de trabajo, de comentario y de motivación a la escritura para algunos de mis alumnos. Gracias a los que amablemente habéis tenido el gesto de haceros con un ejemplar de este libro. Ya os avancé que todo lo que se consiguiese recaudar con su venta iría destinado a una causa solidaria, a favor de Amaya Gil Sampere.

Entre todos, estamos colaborando con “El reto de Amaya”. La pequeña Amaya es hija de Susana y Jose, unos amigos cercanos que tuvieron que reinventarse como padres y personas el día que nació “su princesa”. La vida les puso por delante un reto grande, que quizá creyeron insalvable al principio, pero que les ha permitido crecer como individuos y como miembros de una fantástica familia numerosa. Después del periodo de asimilación y aceptación que representó para ellos el diagnóstico de Amaya, que padece el síndrome de Wolf-Hirschhorn, estos padres decidieron hacerse fuertes y buscar aliados con los que combatir las dificultades de  su hija. Como ocurre con todas las enfermedades raras, las instituciones sanitarias no destinan suficientes recursos económicos y son las familias las que deben asumir casi todos los costes de los tratamientos, que ayudan a los afectados a tener una mayor calidad de vida. Susana y Jose llevan años movilizando la solidaridad de su entorno. Yo me sumo ahora con este libro, Relatos cardinales. En el primero de sus textos podréis descubrir más sobre quiénes son los Gil Sampere, con la dulce Amaya como bandera, y cuál es su Reto…

Pequeños pasos hacen camino... Amaya lo sabe mejor que nadie. A pesar de lo que representa en sus vidas el síndrome de Wolf-Hirschhorn, Amaya y su familia trabajan y se esfuerzan diariamente por conseguir salvar las barreras que impiden su integración. Ellos saben mucho de sortear todo tipo de obstáculos burocráticos y de romper con los prejuicios sociales hacia las personas con dificultades. Rara es la enfermedad... Ella es Amaya...

Gracias a todos por vuestro interés y colaboración.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Consolación (Epílogo a "Demonios encarcelados").

"Consolación", Edvard Munch, 1907


Querida Eva:

Puede que no lo creas, pero el día que tú naciste fue el más maravilloso de mi vida. Recordaré siempre ese primer instante en que te tuve sobre mi pecho, recién llegada, envuelta en una toalla, con los ojillos aún cerraditos, que mira que me costó verte con ellos abiertos, porque parecía que te resistieras a conocer el mundo y desearas volver al vientre, para quedarte allí bien protegida de tristezas, de golpes, de los sinsabores que nos quedaban por delante.

Ninguna madre sabe muy bien cómo ser madre, ¿sabes? La naturaleza te va guiando; lo más fácil es dar de comer a un hijo cuando se intuye que tiene hambre, taparlo para darle calor y curar las heridas cuando se cae. Hay veces que escuchamos un llanto desconsolado y no sabemos qué dolor debemos calmar... Un médico nos orientará y nos dará una medicina, la inyección que todo lo cura, la receta para devolver el buen color y la temperatura a los hijos.

Pero, ¿Qué hacemos los padres cuando no hay fiebre ni herida abierta que curar; cuando la hija se nos aparece como alma en pena por el pasillo; cuando la oímos llorar en su cuarto; cuando preguntamos "qué te pasa" y no hay palabra de vuelta; cuando pongo un plato caliente en la mesa y lo apartas; cuando te compro un pantalón y me lo lanzas a la cara; cuando me niego a verte siempre vestida de negro con el pelo en la cara y me gritas e insultas; cuando me enfado porque sólo te veo con una manzana y una botella de agua;  o al entrar, creyendo que estudias, te veo en esas páginas de Internet donde salen chicas esqueléticas?

¿Qué hago, Eva? Dime tú cómo podía ayudarte. Yo sólo sé que se me salta la piel de las manos a tiras  de tanta lejía, estropajos y fregonas; desde que tenía apenas tu edad tuve que remangarme y ponerme a trabajar, porque había que comer y salir adelante. Quizá no te entienda porque yo no pude pararme delante del espejo a pensar si me gustaba mi cara; si lucía bonito el peinado o si tenía más o menos caderas. Las chicas de entonces no estábamos para pensar en esas cosas. Claro, a lo mejor, porque no teníamos la libertad de disfrutar de todo lo que tenéis ahora los jóvenes...

No podía conciliar el sueño por las noches de pensar en ti, tan llena de rabia y de frustración. Yo no tengo la culpa -pienso en el silencio de la noche-; yo quería traer al mundo una hija y Dios me dio una criatura maravillosa, pero, me digo, yo no tengo la culpa del color de sus ojos, de los rasgos de su cara o de la forma de su cuerpo. Cada uno es como le corresponde por la herencia familiar, ¿no funciona así eso de los genes? Pues, mira Eva, cariño, créeme que, si es eso lo que te hace sufrir, lo siento; siento no ser perfecta ni especialmente hermosa; lamento mis hechuras de madre entregada al trabajo y no ser rica ni exitosa. Es lo que tu padre y yo podíamos ofrecerte: una vida y los mejores cuidados, sin lujo, ni apariencias que mostrar a todos. ¿Acaso te parece poco?

"La niña enferma", Edvard Munch. 1885


Al principio creí que tu mal no era otro más que el de la insolencia y la ingratitud de una adolescente. ¡Después de todos los sacrificios por sacarte adelante, para comprarte ropa y libros para la escuela; para pagar las clases de gimnasia aunque no llegásemos a final de mes! Se me abrían las carnes al ver lo injustamente que nos tratabas cuando nos ignorabas o, en el mejor de los casos, nos desobedecías.

Yo andaba con el enfado calado hasta en los huesos cuando llegaba a casa y te veía en el sofá, en tu mundo, con los auriculares, sin estudiar, pasando de tus clases de rítmica que con tanto esfuerzo pagábamos. Y, en la cocina, el plato de guiso sin tocar y la nevera, revuelta. Cosas raras -creía-, payasadas de las tísicas de Internet; querrías imitarlas, ¿o no era eso, Eva?

Aquel día debería haberme tragado la tierra para no ver lo que vi; deseé no haber siquiera nacido para no tener que recoger a mi hija del suelo del baño, desnuda, desmayada, embadurnada en vómito y locura. Cogí tu cabeza poniendo mi mano bajo el cuello y te creí muerta, como muertos me parecieron tus brazos extendidos e inertes sobre la fría losa de gres. Y entonces las vi, las marcas, esos cortes hechos vete a saber con qué; no están tiernos, eran heridas ya curadas por fuera, que no por dentro, porque el mal que las ocasionaba estaba instalado en lo más profundo de tu ser... ¡Yo no entiendo, hija! Para mí sufrir es no tener qué comer o no poder pagar mi recibo de la luz... A ti te estaba doliendo el alma y yo (no es que no tenga alma, que de piedra no soy) miro de frente al mundo para poder vivir en él y ahora entiendo que tú sólo sabes mirar para tus adentros, para buscarte o perderte, eso ya no lo sé...

"Desnudo femenino de rodillas", Edvard Munch. 1919.

Quise esconderlo. Nadie podía enterarse de que mi hija había enloquecido y se hacía cortes en los brazos. Ni a tu padre... ¡Que no, hombre, que no, que esto es un pueblo muy pequeño y no hay más que darle alas al pregonero! Ni siquiera a ti te dije nada cuando volviste a tu ser, para que no te avergonzases y también para no tener que enfrentarme a una situación tan extraña para mí. Pensé que lo mejor sería controlarte; pasar más tiempo en casa, aunque tuviera que trabajar menos horas y cobrar menos y, así, no dejarte sola en esos bajones tuyos de asaltar la nevera y castigarte después.

No me valió, porque pronto me llamaron del Instituto. Resulta que tú terminaste estallando allí, contándole a alguien tu vacío y condena y seguro que pensaron "vaya madre debe tener esta chiquilla, qué pena, tan frescos andarán por su casa". Así que, cuando me citaron para hablarme de tu situación, sentí que me estaban juzgando. ¿De verdad alguien cree que podría haber sido mejor madre que yo para ti, Eva? ¿Debo sentirme culpable por no haber sido la madre perfecta? ¿Hay alguna madre por ahí que pueda decirme cómo se tiene que hacer cuando una hija no se quiere a sí misma; desvía la mirada cuando pasa cerca de un espejo; cuando me grita y desprecia porque quizá crea que debería haber sido yo quien la hubiera parido más guapa, más alta, más del gusto de todos? Hija mía, yo adoro tu rostro, la luz de tus ojos, la misma que lucían el día que naciste. Eres una niña aún y tú cuerpo debe desarrollarse y modelarse; no te odies, eres tú y tienes que vivir contigo misma para siempre. No escupas al cielo y a la madre que te trajeron hasta aquí; estarías escupiendo y despreciando al futuro que te hemos brindado. Tienes una maravillosa oportunidad, un camino por delante.

En tu instituto me dijeron que debía llevarte al psicólogo porque, conforme tú lo habías relatado, te encontrabas en una situación extrema. "Voy a volverme loca", le dijiste a tu profesor de Plástica. Me enseñó aquel dibujo que hiciste: Los ojos de esa chica que pintaste no se me parecen a los de mi niña; miran algo que espanta y duele. No hay vida en ellos. ¿Por qué los labios cosidos, Eva? ¿Qué es eso que te corroe tanto y crees que no puedes decirnos? Me dijo el psicólogo que quizá tampoco te habíamos estado ayudando mucho no dejándote ser tú misma. ¿Es eso lo que callas? ¿Son esos los demonios que se esconden en tu cabeza? ¿Es rabia por no poder ser la Eva que sientes que eres o sufres acaso porque no eres como el mundo dice que deben ser las chicas; porque tú querrías seguir dando patadas al balón de fútbol y no tener que competir en agilidad y ligereza con las compañeras de la gimnasia rítmica? ¿De verdad crees que serías más feliz si pudieses llevar una talla 36? Cariño, que los kilos de más y de menos no quitan ni ponen sonrisas; que la vida es otra cosa, ya lo aprenderás con el tiempo. No sé cómo convencerte de que, diga lo que diga una báscula o la etiqueta de tu ropa, tienes unas cualidades maravillosas que deberías cuidar y potenciar. Me dicen tus profesores que en todos los trabajos demuestras una sensibilidad especial; tienes talento con los lápices, también escribiendo. Todo ese mundo que llevas dentro no se alimenta de manzanas ni de hojas de lechuga; pero, si sigues castigándolo, puede que todo en él se marchite para siempre. 

Confío en que sepas escuchar a otros, en que se te caiga la venda que te está cegando y que no pase mucho tiempo, porque siento que te estoy perdiendo. Te sentí ya un poco menos mía el día que tuviste que ingresar en aquel centro de rehabilitación para personas con trastornos de la alimentación. Nunca creí que podría estar días sin poder verte, sin ser yo quien te preparase la comida, aunque apenas comieras. Me dijeron que allí se encargarían de estabilizarte, de enseñarte a comer saludablemente, a cuidar tu cuerpo y tu mente. No quiero que tengas que volver allí; sí, ya sé que te cuidaron y velaron por ti, pero mi niña debe siempre dormir en su cama, comer de lo que hay en casa... Mi Eva tiene que ser feliz con lo que tiene. Los médicos y psicólogos no saben dar besos de buenas noches ni arropar cuando hace frío...

"Pubertad", Edvard Munch 1894.

Deseo con todas mis fuerzas que sigas avanzando, para que un poco más adelante, allí donde esta senda deja de ser de piedra, volvamos a encontrarnos. Espero que entonces, cuando los sufrimientos de la adolescencia hayan quedado desperdigados y olvidados, puedas comprender que, aunque no fui perfecta, soy tu madre y algo bueno, además de la vida misma, puedo llegar a ofrecerte.

Tendré que esperarte en el borde del camino, sentada, rezando para que sepas encontrarme y para que, a pesar de las heridas, puedas reconocerme y perdonarme. Y mientras miro el horizonte para ver si ya llegas, te prometo que yo también me esforzaré para saber escucharte y comprenderte y reanudar juntas, por fin, este viaje.

sábado, 22 de octubre de 2016

Liberación. Segunda parte de "Demonios encarcelados".

"Demonios encarcelados"
¿Cómo no iba a darme cuenta de que Eva era especial? Cualquier profesor lo habría visto, sin duda; de hecho no fui el primero en reparar en su enigmática mirada. A estas edades, ya sabe que lo más común es que los chavales sean ruidosos y se dejen sentir allá donde estén. No hay quien les haga callar ni en los pasillos ni en el aula ni bajo el agua... Y, claro, en medio de ese ruido torrencial, una silenciosa presencia termina resultando muy llamativa.

Hay alumnos que son tímidos, sin más; no hablan como los otros ni destacan entre el bullicio escolar no porque no deseen significarse y dar rienda suelta al verbo; simplemente, no han encontrado todavía la tecla de su altavoz. Sin embargo, no era éste el caso de Eva. Al principio no supe bien qué le sucedía; bueno, ya sabe, una adolescente rara, como muchos otros, que sienten que están en otra frecuencia, que están decidiendo aún el registro de su voz. ¿Sabe a qué me refiero, no? Yo con esta chica enseguida presentí el sufrimiento. Al entrar a nuestra aula de Dibujo, la única que aguardaba sentada mi llegada era ella; refugiada detrás de su media melena, escondía el perfil mientras esbozaba figuras con su lápiz. Cuando conseguía que los demás guardaran un silencio razonable y se sentasen, me tomaba la molestia de pasar lista y de intercambiar unas pocas palabras con los chicos, preparando el terreno para mi clase, claro. Al llegar a Eva, la comunicación terminaba en mí, porque nunca hallaba en ella la réplica. Después de escucharme pronunciar su nombre, sólo atinaba a levantar los ojos de su papel y dirigirme una mirada esquiva como respuesta. "¡Vaya, aquí tenemos a nuestra artista! ¡Tomad nota de su trabajo!", dije aquella primera vez para aligerar la tensión en que me pusieron los ojos de Eva.

Aquellas retinas me parecieron dos espejos para ese mundo interior suyo que andaba buscando órbita. Ahora creo que en el cuerpo de esta niña ha permanecido secuestrada la mujer adulta en la que tendría que convertirse. Usted es psicólogo, esto debe tener un nombre; una disfunción cronológica de la personalidad, ¿no cree? Sí, niños que más parecen sabios con canas y arrugas, adultos atrapados en el juego infantil, ¿verdad? Eso es, esta chica sufría por sentirse fuera de lugar, por la extrañeza ante su propio yo y el mundo que la rodea. Como si entre su cuerpo y su espíritu hubiese un infinito universo, insalvable. ¿Cómo si no explicamos ese dibujo?, dígame...

Labios condenados; palabras obligadas al silencio, entre firmes costuras, infranqueables, como barrotes. ¿Y qué me dice de los ojos? Grandes, muy abiertos y tan fijos que dejan una sensación estática, como si estuvieran castigados a mirar a la pared o a admirar algo que embruja y a un tiempo mata. Quizá, es eso lo que asfixia a Eva, contemplar un mundo hostil que deja ante ella un paisaje impuesto, en el que debe aprender a vivir. Le dicen cómo debe ser una chica de su edad; cómo debe vestir si quiere ser como las demás; qué ver y qué escuchar; hacer de sí misma un escaparate para exhibir una talla, poca tela, mucha piel... Una máscara. Porque los ojos, aun siendo apenas una niña, deben de ribetearse de negro; los labios, de rojo; las prendas pegadas casi al alma de tan pequeñas. ¿Y el alma, dónde está? Se pregunta Eva. "¿Y dónde estoy yo? Ni soy como ellos quieren, ni hay dentro de mí nada que mostrar bajo esos focos".

Al mirarse en el espejo y no reconocer en él ni un gramo de cualquiera de esas chicas que tanto admira, siente frustración, rabia, ganas de decirle a todas adónde pueden llevarse sus caras o caretas bonitas y sus contornos de maniquí raquítico, al mismísimo infierno... sin saber que el infierno se expande no muy lejos, en su cabeza, y tan insufrible resulta convivir con lo deseado, pero inalcanzable; con el dolor de sentirse rechazada y el de rechazarse a sí misma, que hasta los demonios quieren huir de esa cárcel. Mire, mire, el dibujo: ahí están, con cara desencajada, representando lo que Eva quiere gritar y no puede; la desesperación y la desesperanza de quien se ve amordazado física y mentalmente. ¿Qué son, si no, esos cortes? Un castigo al que se somete el que se culpa de ser distinto, una extraterrestre que, por mucho que quiera, no consigue ser de este planeta.

A pesar de ese muro que Eva había levantado a su alrededor y que cortaba el paso a todos (no sólo a mí, sino, como supe después, también a sus padres y a sus mejores amigos), yo insistía en mostrarme cercano a ella. A veces, sólo una mirada cómplice de "Hola, estoy aquí y quiero ayudarte"; en otras ocasiones, me acercaba con la intención de elogiar su lápiz, sus colores o la profundidad de sus acuarelas. Me costó mucho llegar hasta ella, conseguir que me mirase a los ojos, que escuchase mi impresión como profesor sobre sus trabajos de clase. Y es que, después de tantos años en esto, imagínese que mi misión terminase al sonar el timbre o que todo pudiese resolverlo a base de exámenes. Usted pensará igual: con un test no puede atender a un paciente; necesita escucharle, escrutarle y después, con suerte, devolverle las riendas de su vida. Pues yo me siento un poco así, como un guardián para los chavales. Me debo a ellos, y no sólo porque se espere de mí que les enseñe el valor del arte, su historia, sus técnicas, sino porque, ante la idea de poder tener delante a un nuevo Da Vinci o un Picasso, me propongo siempre despertar en todos ellos el lado oculto, la sensibilidad que viene cifrada en su código genético, para que terminen dándole forma sobre una lámina o un lienzo. Otro psicólogo, vamos.

Un día, al final, conseguí que se acercase a mi mesa mientras yo recogía el material. La vi venir por el rabillo del ojo y en ese instante debo reconocer que me sentí muy satisfecho; seguro que aprovechaba para preguntarme algo sobre el trabajo de clase, el de la técnica del retrato. Se me licuó sin embargo la sangre cuando, ya en mi mesa, Eva despegó los labios y me puso al borde del precipicio. "Profe, no estoy bien. Necesito tu ayuda". A lo mejor era eso lo que yo esperaba escuchar, lo que me permitiría lanzarme al reto de ser su guía era esa bandera de alerta que la chica acababa de desplegar frente a mí, pero en ese momento sentí que se me acababa de caer encima un enorme edificio de veinte plantas. ¿Ayudarla yo? Pero ¿en qué? ¿Qué irá a contarme? Se me disparó la imaginación. Quería confesarme algo y ni de lejos imaginaba la magnitud de su problema. "No me soporto -continuó diciendo-. ¿Podríamos charlar un día, fuera de clase?". Le juro que sentí ganas de salir corriendo. ¡Yo soy profesor, no psicólogo! ¿Sabría ayudarla? Y, además, yo, hombre; aunque tengo hijas no ando muy suelto a la hora de comprender a las adolescentes. Pero no tenía más opción; después de todo, le había transmitido ese mensaje con la mirada: "Estoy aquí. Puedes contar conmigo". No pude evitar sorprenderme que Eva, que tan hermética se había mostrado ante todos, hubiera dado aquel paso al frente, con tanta seguridad, y con un mensaje tan directo: "Estoy mal... Necesito ayuda. Quiero contarte qué me pasa, por qué me odio tanto".

No supe si hablar antes con mis compañeros, con su tutor o con la orientadora; nunca se me había planteado una situación así, ¿sabe?, ser consciente de que un alumno te ha elegido para hacerte depositario de su confianza, para desvelar su mundo. Estaba inquieto, pero al final opté por la lealtad y el silencio, a la espera de ver qué dimensiones cobraba la historia conforme me la fuera revelando...

Ni de lejos sospechaba hasta qué punto Eva estaba sintiéndose acorralada por Eva. El día antes de que nos reuniéramos para charlar se me ocurrió pedirle que trajese algo escrito: ¿cómo te describirías?; ¿qué cualidades destacarías de ti misma?; ¿qué te gustaría cambiar en tu vida?... ¿No es eso lo que habría preguntado un profesional para romper el hielo? A mí me pareció una buena manera de empezar a hablar y, si además lo traía escrito, Eva se sentiría menos bloqueada; leyendo estaría dándome las claves de su problema. Creí que se nos iría más tiempo con esta primera parte, porque, iluso de mí, pensé que tendría mucho que contar de sí misma, pero no: "Soy una chica sensible. No hay nada en mí que pueda gustar a los demás. Tengo algo bueno, sé ponerme en la piel de los demás, y sufro con los demás. Querría cambiarlo todo, a mí, al mundo, pero no puedo". Así me quedé, petrificado.

-Pero, ¡si eres una muchacha maravillosa, con talento!

-Bueno, no sé. Yo querría mirarme en el espejo y verme guapa, delgada y feliz. Hace mucho que estoy intentando cambiar y perder kilos. Me odio y los demás huyen de mí, porque me toman por loca y eso me duele, me duele mucho, pero no se lo digo. Sí me grito a mí misma lo que callo ante el mundo y escupo a esa persona que odio tanto y que vive detrás de mí espejo. Todos me piden que sonría cuando de lo único que tengo ganas es de llorar, porque me siento destrozada... Y por eso, porque dentro de mí no encuentro razones, me sigo destrozando.

Y en ese momento se levantó las mangas del jersey y colocó los dos brazos sobre la mesa, con las palmas de la mano hacia arriba. Ni una palabra me salió de entre los labios. ¿Qué se puede decir cuando una niña te muestra las señales de su sufrimiento? Eva me dijo que sentía aquellas heridas como versos terribles compuestos por ella misma, grabados a cuchilla sobre su piel: "Me inspiran -continuó diciendo- esas voces que vienen a trastornarme cada noche, a criticarme y repetirme mil veces mis defectos y errores. Mis voces, mis musas".

Perdone, doctor, me cuesta hablarlo. Creo que siento hasta dolor en el pecho cuando recuerdo a Eva de esa manera... Bueno, enseguida supe que estaba dispuesta a todo. Quizá fueron esas mismas voces maléficas de las que la chica me hablaba las que la convencieron de que dejara de comer. Me contó que, como ya sospechábamos todos los profesores, intentaba ayunar todo lo que podía. Nada en el desayuno; tampoco almorzaba en el recreo (lo que su madre le preparaba lo tiraba a la papelera del patio). Al llegar a casa debía comer algo, claro, para que sus padres no se enfadaran, pero por la tarde... debía sentir un hambre terrible y, como me dijo, "arrasaba con todo lo de la nevera; un poco de cada cosa, para que no se notasen los vacíos...". No hizo falta que me diera más detalles sobre cómo iba a terminar la escena. A las siete  de la tarde empezaba su entrenamiento y Eva no iba a presentarse allí, bajo ningún concepto, desbordada de comida y de angustia, así que intentaba reconciliarse consigo misma, vaciándose de excesos, aunque realmente lo que estaba ocasionando con cada arcada que se provocaba era una fractura irreparable entre lo que era y lo que creía ser. Su espejo ya no le devolvió jamás una imagen nítida de su persona. Desapareció la luz sobre el cristal.

En aquella primera sesión de confesiones me sentí desbordado. Intenté convencerla de que le contase todo a su madre, a nuestra orientadora, a alguien que no fuera yo, porque yo no era psicólogo y cualquier indicación que le diera, tratándose de una menor, habría sido irresponsable sin el visto bueno de sus padres. Eva me contó que precisamente con su madre no creía que pudiera contar. "Me protegió mucho cuando de pequeña se enteró de que había niños que me acorralaban e insultaban, pero, ahora que me he hecho mayor, dice que le parezco muy rara; que entiende que los demás se alejen; me pide que deje de hacer cosas extrañas y de querer llamar la atención de todos. No pienso decirle lo que siento. No lo va a entender y me hará sentir aún peor".

Al final, la convencí de que tuviese una entrevista con la orientadora del centro; si conseguía que se sincerara también con ella, todo sería más fácil, podríamos contactar con la familia para citarla oficialmente y, así, ayudar a Eva a contar sus tormentos. Los acontecimientos, al final, se precipitaron, porque la madre la descubrió un día en el baño de su casa, casi inconsciente, la piel fría, impregnada de la humedad de las lágrimas y el vómito. Ésa fue la primera vez que entró en un hospital y se vio obligada a explicar su estado físico y mental, el porqué de su naufragio.

Me enteré de lo ocurrido por otro alumno, Nacho, el único amigo de Eva, me atrevería a decir. Sentí vértigo, mucho miedo. Cómo no me vería aquel muchacho que tuvo que sentarme en mi propia silla de clase, para recobrar la palabra y el sentido. Una situación tan dramática como la de esta chica es una bofetada para nosotros, los adultos, los padres... Una evidencia del fracaso estrepitoso de este mundo que hemos construido a los sucesores...

Usted conoce mejor que nadie estos trastornos. La bulimia nos llegó hace ya más de veinte años. Entre las chicas de mi grupo de entonces ya había alguna que empezaba a sentir los estragos de esta enfermedad. Nadie quiere quedarse fuera de este espectáculo que hemos hecho de la vida misma, pero, imagínese, todos quieren ser protagonistas, nadie desea ser segundón, ni figurante, ni mucho menos mero espectador. Y cualquiera no da la talla, ¿verdad? Se encargan de ponernos el listón muy alto.

¿Cree que debe ser fácil? A mí me da pánico, porque tengo dos niñas, casi adolescentes. ¡Se me pone la carne de gallina cuando las acompaño a ver tiendas! Ahora no vale de nada que nos escandalicemos, ni que pongamos el grito en el cielo. ¿Qué otra cosa podía suceder con esta sociedad de consumo que nos rodea y que nosotros mismos alimentamos? Ven, compra, yo te doy todo lo que necesitas para lucir sobre el escenario. Vente conmigo y te convertirás en el centro de todas las miradas. Pasarelas, pantallas, redes sociales... Pasen y vean, quédese fuera quien no quiera estar en primera fila. ¿Y yo, cómo resuelvo la encrucijada con mis hijas... y con mis alumnos? La imagen ha sido siempre importante, el canon de belleza que estudiamos en Arte, pero ¿dónde nos deja la publicidad, la exhibición constante de Internet, el consumo voraz al que nos abocan las grandes multinacionales, el afán que se alimenta entre los jóvenes de ser "lo más de lo más", el objeto de deseo y de admiración de todos aquellos que les rodean? Dígame si me equivoco, ¿no han tenido ustedes las consultas más llenas que nunca? ¿Cómo no vamos a tener hijos o estudiantes desmotivados, frustrados, que se sienten a años luz del objetivo marcado por los que mueven los hilos? Y ¿quién demonios mueve estos jodidos hilos? ¿Quién consiente que los chavales que deben convertirse en el futuro de nuestra especie, de nuestra sociedad, acaben ahogados, sin anhelos para mañana?

Eva salió de aquel primer ingreso tocada, mutilada, aún más... aunque ahora ya no podría seguir ocultándose; cada descabellada aventura con la comida o con las cuchillas sería supervisada por la madre, que no sería la mejor amiga, pero sí la más honestamente comprometida con ella; por su amigo Nacho, que desde entonces decidió no dejarla ni a sol ni a sombra; y por mí y por Esther, la orientadora, sus dos guardianes en el instituto. Conseguimos que volviera a las clases; la primera semana, la pobre parecía un fantasma. Pronto nos pusimos manos a la obra. Esther la vería al menos una vez por semana, para comprobar que seguía estable emocionalmente. Organizamos talleres para todo el instituto sobre la importancia de unos hábitos saludables de vida; también hubo actividades desde el lado del deporte. Todos nos implicamos; nadie puede mirar hacia otro lado...

De todos modos, lo que creo que más ayudó a Eva a reencontrarse consigo misma no fue la tranquilidad de no tener que esconderse, o de saber que, si volvía a verse en el abismo, podría gritar y ser escuchada; ni siquiera creo que fuera por contar con su apoyo... Acordé con su madre que Eva y yo nos veríamos una vez a la semana en el taller del departamento, para intentar ayudarla a través del dibujo y la pintura; se le daban bien y le procuraban paz, la necesaria para pensar con claridad, para ejercitarse en la aceptación. Se lo digo siempre a mis hijas: "No debemos competir con nadie más que con nosotros mismos. Siempre encontraréis a alguien más alto, más guapo, más listo. Es de locos aspirar a la perfección (o lo que nos han hecho creer que es la perfección). Esforzaos siempre, claro, pero por ser mejores que ayer; luchad por ser la mejor versión de vosotras mismas. Y encontrad vuestro talento, la pasión que os mueve...". Eva terminó encontrándolos. Ése dibujo fue el primero de su transformación. Ya veo que a usted también se los mostró... Buena cosa, porque todos hallamos la salvación cuando hemos logrado sacarnos de dentro los demonios que nos castigan. Y Eva los ha ido desterrando con cada trazo, con el pincel por escoba. Algún día la veremos brillar, se lo digo yo. Prepárese, que iremos juntos a contemplar su obra expuesta. ¿Acaso lo duda?

jueves, 13 de octubre de 2016

Demonios encarcelados... (Primera parte)


Ya le digo que Eva era mi mejor amiga. El primer mensaje que recibía por la mañana era su "whatsapp" preguntándome qué tal había dormido. Mal síntoma el del día que no daba señales madrugadoras. Si llegaban las 10,00 y  andaba aún silenciosa con el móvil, me daba prisa por echarle un ojo a su "was" y, efectivamente, allí estaba ella, sin foto de perfil ni nada, o, a veces, con un pantallazo negro y agorero... Mala espina la que se me clavaba en la garganta de imaginarla en medio de su hundimiento sin poder hacer nada por reflotarla.

Cuando se ahogaba en el miedo, Eva se esforzaba por desaparecer, eso sí dando señales claras al mundo de que andaba con los ojos vueltos hacia adentro, mirándose los recovecos del alma, y, por eso, dejaba siempre frases fulminantes en su estado de las redes... Foto agónica total y mensaje lapidario para dejar a todos tiritando de susto.

-"No hagas eso, niña. Así sólo parece que quieras llamar la atención y la gente termina cansándose de tanto teatro de penas...".

- "Y yo pensando que tú eras quien mejor me comprendía... ¡Que te den...!".

Sentía una patada en la boca del estómago cada vez que ella me soltaba aquellas palabras, que acompañaba de una mirada que conseguía partirme, así, a cuchillo... Era mi mejor amiga, sin lugar a dudas. Ya ni me acuerdo, pero quizá desde el tercer curso de primaria.

Me encantó aquella niña que en nada se parecía a las demás, escondida detrás del silencio o la vergüenza cuando estaba en clase y crecida como un titán a la hora del partido en el patio. La única chica de entonces capaz de correr y disputar el balón aunque para ello hubiera que clavar la rodilla y el amor propio en el terregal del improvisado campo de juego. Los otros niños de la clase se burlaban al principio a sus espaldas; Eva se lo olía, pero como si nada. Cabeza bien levantada, objetivo establecido y balonazo a la red del portero: su derecha terminó por convertirla en el "rayo de 4° B".

Cuando terminaban los partidos se sentía eufórica y empezaba a narrar, con atropello y orgullo, cada una de las jugadas, reviviendo el subidón que habíamos tenido poco antes con cada entrada y cada gol. Y, entonces, se le relajaban los músculos de la cara y conseguía reír, soltar la alegría, ser ella misma... Regresábamos juntos a casa y, en ese camino fue cuando conocí a Eva sin careta, al natural. Tremendamente divertida, aunque pocos lo supieran.

Sí, debió ser en aquella época. Alguna vez me contó que, cuando los chicos del equipo estábamos preparándonos para el entrenamiento, en el vestuario de las chicas, las de la clase de rítmica  se reían de ella, primero con cierto disimulo, entre cuchicheos cómplices; poco tiempo después, sin ningún tipo de reparo, aprovechaban el momento en que Eva se ponía la equipación de fútbol para hacer un corro en torno a ella e insultarla abiertamente. "Nacho -me confesó un día sollozando- , me llaman gorda y marimacho mientras se carcajean en plan burlón. Un día consiguieron que saliera de allí medio derribada por sus pelotas de gimnasia".

Así perdió mi amiga su sonrisa. Dejó de ir a los entrenamientos. Nadie sospechaba cuáles eran sus razones. Los demás compañeros de equipo se lo reprochaban cuando la veían por el colegio y ella, huidiza y sintiéndose más avergonzada aún, terminó por no querer ir a las clases. Su madre debió sufrir mucho al verla convertida en un espíritu errante entre las cuatro paredes de su cuarto. Se empeñó en no ir al colegio porque allí volvía a encontrarse con esas chavalas de la rítmica, las mismas que consiguieron que odiara el fútbol y que se odiara a sí misma.

No tardaría mucho en volver a verla en la clase; sin justificación médica o causa de fuerza mayor, ningún niño puede ausentase del colegio ni ningún padre puede dejar de cumplir con la obligada escolarización. Eso sí, la que regresó no parecía Eva, mi amiga y compañera de mesa; allí, a mi lado, se sentó apenas una sombra de aquella niña que corría tras el balón; sin luz ni ilusión en el gesto se presentó de nuevo ante el mundo. Todos la observamos con cierta curiosidad morbosa, ¿qué tiene y por qué se han apoderado de ella las ojeras? Eva no decía nada, pero yo, con solo mirarla a los ojos, la escuchaba gritar angustiada. Aun cuando se esforzaba por serenar su expresión facial, yo juraría haberla visto llorar. No había humedad en sus mejillas, aunque anduviese con el corazón anegado de dolor, hecho añicos y desesperanzado...

Ningún compañero se atrevía a cruzar la frontera y, bien por indiferencia o por vergüenza, nadie se acercaba a interesarse por Eva. Yo rehuí durante varios días de la que, sin lugar a dudas, era mi obligación como amigo. Sentí extrañeza ante alguien en cuyo ademán ya no reconocía la complicidad de entonces, la de cuando a ella no le importaba más que el fútbol, al que se entregaba en cuerpo y alma. Desde entonces, su cuerpo lucía muy desmejorado, flacucho y débil, y su alma, secuestrada por la voluntad de quienes la hirieron con el insulto fácil y la arrinconaron en un vestuario infantil.

Sí, así es... Usted lo ha dicho. Fue entonces cuando me enteré de que, por las tardes, Eva asistía a las clases de gimnasia artística. Me costó mucho creerlo, ¿Qué sentido tenía terminar acercándote a quienes te habían hecho sentir tan insignificante? ¿Para qué querría mostrarse ante aquellas arrogantes  chicas, precisamente en el momento en que más vulnerable resultaba? Y no sólo porque su mirada y su ánimo parecieran resquebrajarse a cada paso, sino porque su cuerpo también tenía un aspecto muy frágil.

Poco después lo entendí, claro... en cuanto me detuve a observarla en clase, siempre estática, mirando al infinito verde de la pizarra, hasta que algún profesor pretendía rescatarla de su ensimismamiento. Era entonces cuando Eva, en un intento de respuesta, se sentía atrapada, primero por la sensación de mareo y, después, por el desmayo.

- Muchacha -entonaba el profesor  con intención amable-, ¿Pero tú has desayunado hoy?

Eva sólo atinaba a apretar los dientes y agachar los ojos. Ahí mismo me di cuenta. Mi amiga había empezado a comer menos que poco, porque necesitaba ser como las demás, las que podían enfundarse en la moda que llevan las chicas de ahora, ajustada, atrevida, para marcar, como me contaba ella, los huesos de las caderas y lucir una pronunciada clavícula, sobre la cual algunas, las más extremas, colocaban piedras redondeadas para después poder demostrar en las redes sociales el poder de sujeción de sus esqueletos.

Eso mismo pensé yo, una locura, una extraña locura. ¿Por qué, Eva? "Necesito sentir que me quieren, que aquellas chicas me aceptan en su grupo, porque creen que estoy tan delgada y soy estilosa como ellas. Y quiero que ellos me miren y me sonrían al verme; que deseen hablarme y sea yo quien les esquive; que les guste acercarse a mí y tengan en cuenta lo que digo y lo que hago. ¿Tú saldrías conmigo, Nacho? Dime, ¿te gustó así, como para querer salir y que te vean conmigo? ¿Te parezco interesante acaso con mi camisa ancha y mis vaqueros rectos de chico, talla enorme, que llevaba antes? Anda, no mientas...".

-"Eva, tú eres mi amiga" -le decía- y , en ese instante, se hacía el vacío, un terrible silencio venía a caerme encima, como una enorme losa que me sentenciaba y aniquilaba, por idiota, por insensible.

Yo no sé si era porque la conocía desde la niñez y no era capaz de ver en ella todo lo que en las demás me parecía un sagrado deleite, o porque una chica de gesto tan gris y hundido no venía precisamente a despertar pasiones ni sentimentales ni hormonales. Sea como sea, no lograba ver en sus ojos más que un remoto recuerdo de la niña desenfadada y feliz que un día fue, con sus botas del fútbol y su balón bajo el brazo... Y, ahora, la miraba y buscaba allí en la pupila de siempre a la amiga, mas solo encontraba un gesto hostil, a veces hueco.

La veo frente a su espejo. Se ha desnudado. Va recorriendo con los ojos cada recodo de su figura, mientras da voz a su infierno interior diciéndose "¡mira qué horrible eres; tienes muchas caderas y la celulitis se ve por todos lados; qué pelo tan soso y áspero; llena de granos y sin apenas pechos...! ¿Cómo les vas a gustar?". La mirada se detiene ahora a la altura de los brazos extendidos. Veo espantado esos terribles cortes, algunos ya cicatrizados, otros más recientes, y otros pocos sólo arañazos de lo que aspiraba a ser una herida de muerte y se vio frustrado por el miedo y el abatimiento. Eva llora cada vez que se descubre la piel y comprueba las marcas inconfundibles de la autodestrucción. Piensa en ese momento que es inútil castigarse con el hambre, llenando vacíos con agua y manzanas; así que, asestada por la frustración y un latigazo en el estómago, carga su ira contra la puerta de la nevera, para sacar de ella todo lo que pueda ayudarla a calmar sus ansias. Se le escapa la furia de entre los dientes y chilla, entre bocado y bocado. Se odia por estar haciendo eso, por llenar su boca más y más, sin dar tiempo a masticar. Le corren las lágrimas por la cara y siente cuando traga un jirón por dentro. Deprisa, que pueden verte; traga, Eva, ¡qué más da! No vas a ser como ellas...

Me contó que aquellas escenas continuaban en el baño, agarrada a la taza e intentando vaciarse de culpa y comida con ayuda de los dedos en la garganta. Y así la descubrió su madre. En los párpados superiores le vio unos puntitos rojos muy marcados, por los capilares rotos con el esfuerzo del vómito y un día en la ducha vio las lesiones de los brazos. Además, después de esos episodios compulsivos, Eva caía en un estado emocional que la recluía en su cuarto y la ahogaba en llanto. La vida terminó haciéndose insostenible. "Nacho, no me soporto; odio mi imagen en el espejo; odio a mis padres; odio este mundo porque no hay lugar en él para mí... Y por eso quería un día ser valiente y poner fin a este infierno. No me quedan fuerzas ni para estar clase ni para continuar con los entrenamientos. Nadie se dará cuenta de mi ausencia, lo sé".

Eva comenzó a visitarle desde entonces. Su madre acudió primero al instituto para averiguar si allí ya se habían dado cuenta de algo. La orientadora la informó de que casi todos los profesores comentaban que el carácter de su hija había cambiado mucho en el último año. Había pasado de ser una alumna participativa y motivada en el primer curso de secundaria, a convertirse en un espíritu silencioso, ajeno a los libros; a los compañeros; a mí, que era su mejor amigo, e incluso a sus dos pasiones, el balón y los pinceles y lápices que tan bien se le daban. La madre se enteró también de que hacía meses que Eva había dejado de ir a las clases de gimnasia rítmica de las tardes. Ya no se lo pensó más; la trajo a su consulta medio engañada, haciéndole creer que iba a hacerse unos análisis de sangre. La verdad no sé si realmente usted consiguió ayudarla en algo. Es muy fácil eso de "habla, que yo te escucho" o decir "debes quererte más y hablar con tus amigos".

No sé cómo no reaccioné antes. Sí, ya lo sé, alguien que dice ser el mejor amigo de otro alguien debe acercar el hombro; vigilar los silencios, las lágrimas y las furias del amigo, a veces sólo escuchar y otras, simplemente dar un abrazo. Tendría que haberle dicho antes que a mí sí me gustaba, por su profunda mirada, su sonrisa de antes, sus atléticas piernas, el pelo en media melena que siempre se le venía a la cara; por su hondo pensamiento, que hacía que los demás pareciésemos mentes superfluas y ridículas. A mí no me parecía que fuese una chica gorda. Ninguna falta le hacía pretender una escuálida figura con la que lucir más ligera y elegante, al danzar con las cintas o lanzar las mazas, sobre todo porque a Eva no le gustaba de verdad esa constante exhibición que exige la gimnasia rítmica. No era su pasión; la suya habría sido poder seguir corriendo tras el balón sin que nadie la señalase y la hiciera sentir ridícula. "Amiga, llevas la belleza en tu manera de ser, no en la talla de tu pantalón ni debajo de la lycra del maillot. No dejes que te asfixien más. No castigues más tu cuerpo y tu insegura alma". Sí, tendría que haber ido a su casa para decirle todas estas cosas, para que tomase contacto con los de este mundo; ella hacía tiempo que había entrado en otra dimensión, donde las de sus edad a veces eran incluso ingresadas para recuperar un poco de peso y templar los nervios. La madre de Eva me contó que una de aquellas amigas casi "transparentes" había estado más de un mes ingresada en un centro especial y que, cuando salió y vio el estado en el que se encontraba su hija, le aconsejó que en la próxima visita al psicólogo le dijera que cuando vomitaba echaba también sangre, aunque fuera mentira. Así se aseguraba el ingreso de rescate. En qué estado no estaría Eva... Si seguía así, si a escondidas continuaba lesionándose, sin apenas comer ni hablar ni sonreír... Sucedería, con seguridad. ¿No supo usted actuar? ¿Le contaba ella sobre los demonios que vivían entre sus pensamientos? ¿Lloraba cuando hablaba? ¿Hablaba acaso? Tendría que haber sido yo el que estuviera en su sillón, no le quepa la menor duda. También podría haberle dicho a su madre que dirigirse siempre a Eva con esa dureza no iba a servirle más que para que se aislase más aún en su castillo interior. "No me gusta que vistas así, siempre de negro, con esa raya en el ojo. Come ya y deja de querer llamar la atención, que un día nos vamos a cansar y te quedarás sola...". Yo no te voy a dejar sola, Eva... aunque tenga que ir a rescatarte allí dentro y enfrentarme a ese dragón que tan celosamente te asedia...

Ni fue usted, ni su madre ni yo. Un día, por sorpresa, llamó a su casa su profesor de Plástica. No podía creer que su mejor alumna, la "artista del boli Bic", como él la llamaba en clase, llevase tanto tiempo sin aparecer por clase. Ya sabía, claro está, que a Eva ni le iban del todo bien las cosas. No hizo falta que la dirección del centro le diese muchas pistas sobre las razones de su ausencia. Un tipo inteligente y sensible como aquél supo ver desde el primer día que en los ojos de Eva había otros muchos ojos acechando desde dentro.