Los últimos meses nos han parecido una montaña cuya
cumbre se antojaba inalcanzable. Subir sin perder a nadie por el camino. La
expedición ha estado integrada por dos montañeros experimentados en esto de
pelearse con los elementos y tres hijos a los que no siempre ha sido fácil
convencer de que la meta estaba cerca y que sólo había que esforzarse un poco
más... Ya sabéis, los pequeños tienen muchas necesidades que atender a diario,
sin contar con las posibles enfermedades que pueden paralizar la escalada y
dejarnos varios días convalecientes en el campamento base.
Ha habido momentos en
que he llegado a pensar "esto no merece la pena; renunciar a estar con mis
hijos para racanear una escasa hora y media de estudio al día, después de
trabajar y otros menesteres domésticos, no sé si no terminará pasándome una factura
demasiado elevada, sobre todo teniendo en cuenta que cabe la posibilidad de que
todo haya sido en vano y las oposiciones sean, de nuevo, un proyecto
frustrado".
Menos mal que mi
compañero de fatigas montañeras lo ha tenido claro desde el primer momento,
"A por todas es a por todas. Hazlo por ellos. Estás esforzándote por el
futuro y el bienestar de todos nosotros". Hala, pues ni mil palabras más.
Como una hormiguita delante del Everest, haciendo camino sin perder la ilusión,
viendo pasar las estaciones y esperando la llegada del día D para coronar mis
ocho mil... Los niños y su padre "desaparecían" por pequeños
intervalos para dejarme un rato de soledad ante los libros.
Hasta aquí hemos
llegado. No sé si habrá medalla para premiarnos (ya se verá cuando se conozcan
los resultados), pero yo ya nos considero vencedores por haber peleado hasta el
final, sobreponiéndonos al cansancio, al aburrimiento y, a veces, al mal humor.
He intentado estar a la
altura de las circunstancias como madre, esposa, profesora y opositora, pero no
soy infalible ni mucho menos perfecta, de manera que siempre hay cosas que se
escapan a nuestro control. Para terminar e intentar ilustraros aquello a lo que
me refiero, voy a contaros una anécdota simpática, al menos al final porque,
cuando se produjo, sentí que se me paraban los pulsos. Al día siguiente la
relaté en clase y los alumnos y yo nos desternillábamos de la risa...
En una de esas tardes de
estudio (o intentona de estudio), después de varias horas de ordenador, entre
unidades didácticas y textos varios, me tocaba hacerme cargo del último
tramo del día con los niños. Su padre había estado de aquí para allá con ellos
toda la tarde, con el fin de apoyar mi causa estudiantil, así que después era
yo quien debía atender los baños, las cenas y acostarles. Cumplí con todos los
cometidos a la perfección; llegado el momento del postre, antes de dormir, les
dejé un ratito viendo la televisión, a don Bob Esponja y compañía... Yo
aprovecharía unos diez minutos más para acabar unas cosas de trabajo que se me
habían quedado a medias.
El pequeño de mis hijos,
que aún no había cumplido entonces los tres años, se colocó cerquita de la
pantalla con un vaso de plástico duro que yo le había preparado con el postre
(no diré aún de qué fruta se trataba), para no perderse nada de lo que le
pasaba a "esta esponja marina tan surrealista". No creo que sean los
mejores dibujos animados, pero para el tiempo del postre... Debió ser por el poder
de sugestión de los enormes agujeros que horadan el cuerpo del amigo Bob…
Estaba sentada frente al teclado, tic, tic, tic, tic (es lo que tiene
mecanografiar con dos dedos). "¡¡Mamá!!", me exclamó lloroso el
pequeño acercándose a mi sitio. "Ay, Gabriel, déjame terminar, cariño, que
no me queda nada". Él siguió gimoteando, yendo del salón a la habitación
para que, o sus hermanos o yo, le hiciéramos caso, pero los primeros andaban
abducidos por Patricio y Bob y yo, atrapada en una absurda pantalla...
No entendía lo que
quería decirme, "assa, assa". ¿Qué estará parloteando? Mira que ni
cinco minutos de paz... En la siguiente visita que me hizo al ordenador lo vi
ya muy inquieto y, de repente, mis neuronas empezaron a atar cabos. Allí
estaba, con su vaso de pasas en la mano, tocándose la nariz, y pensé en Bob
Esponja y en el amago de palabras de Gabriel, "assa",
"assa". ¡Madre míaaaa! "Hijo, ¿te has metido una pasa en la
nariz?". Asintió y sentí que se me congelaba la sangre. Lo cogí en brazos
y me lo llevé corriendo debajo de la luz para intentar ver si, efectivamente,
había algo ahí dentro; el agujerillo de su fosa nasal es tan pequeño que era
imposible ver nada. De hecho, pensé que era físicamente inviable que cupiera
algo en aquel orificio. "¿Estás seguro?". Dijo que sí. Emergencia,
gabinete de crisis. "Apagad la tele; pensemos", le dije a los otros
dos como si fueran a arrojar mucha luz al asunto... "Ay, Dios, esa manía
de los niños de explorar e imitar. Te odio, Bob Esponja, que más pareces un
queso "gruyére". ¿Qué podía hacer?
El niño empezó a llorar del agobio
y empecé a plantearme opciones de emergencia. La primera, un
"chufletazo" de agua con jeringuilla por el orificio contrario, como
nos enseñan a las mamás para combatir las mucosidades. Intento en balde... Unas
pinzas de depilar, desinfectadas con alcohol... Esto no entraba en un
agujerillo tan minúsculo... Ay, Dios, tanto desvelo con los hijos, tanto
apurarnos para que nada les pase y ahora una puñetera pasa sultana, del tamaño
de una habichuela, nos deja al borde del precipicio... Y venga a llorar el niño
y venga a hacer aspavientos la madre. "¡Manuel! Trae una toalla y papel;
vamos a insistir con las jeringuillas de agua de 5 ml de propulsión...". Y
el mediano diciendo: "¡mamáá! ¡¡No le hagas daño!!". Yo me veía ya en
el hospital, en el peor de los supuestos...
Pero, a la cuarta
intentona de jeringuilla (sin aguja, claro) de agua, mientras que el
pobre zagalillo no atinaba ya ni a patalear, un objeto de tamaño considerable,
y apenas identificable por el envoltorio de fluidos nasales que lo acompañaban,
salió disparado dirección a la ventana... El pobre Gabriel respiró; yo sentí
que había dado a luz otra vez y mi hijo mayor, presa del asco y la impresión
decidió tirar por la borda la amorosa cena que su madre le había preparado.
Cuadro cómico y lamentable a partes iguales. Cuando les acosté, ya serenos,
sentí hasta vértigos...
Y es que esto de querer
estar a todo al cien por cien no es ni medio humano. Cada día termina
convirtiéndose en una proeza. Ríete tú de Hércules y sus gloriosos trabajos.
Los hijos y el entorno se encargan de aderezarnos las rutinas con tintes "cuasi" dramáticos.
Afortunadamente todo "pasa", aunque en el momento no sabes ni que hacer ni decir.....y al contarlo a Toro pasado todavía más sensación de vértigo con lo que podía haber sido y no fue......lo bueno es que nos echamos al final unas risas....
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